Pues yo, le perdono. Y ya siento si mi misericordia les parece mal a millones de personas. Pero yo, le perdono, Majestad.
Y sí; hablo de Juan Carlos I. Le perdono todas esas marranadas que se supone que ha hecho. Las de los dineritos y las otras. Y creo que ya estamos tardando, como país, en otorgarle ese perdón y en pedirle que vuelva inmediatamente del exilio en Abu Dabi, que dura mucho más de lo deseable para él, pero también para nuestra democracia. Veía el otro día los eventos de celebración de la longevidad de nuestra Constitución del 78 y me produjo una mezcla muy intensa de pena y de estupor ver la enorme ausencia del que fue, verdaderamente, Padre de esa Constitución tan criticada. Y es muy reprobada, por cierto, por los herederos de aquellos que más tenían que agradecer a esa Constitución; los partidos más a la izquierda del cuadro y los que reclamaban unas cotas de autogobierno mayores para sus, entonces, regiones. Es que ellos no votaron. Dicen. No te jode. Ni yo, que me pilló con 14 años empezando a darme cuenta de que las niñas ya no me parecían tan tontas.
Se ha hablado mucho de los 7 padres de la Constitución del 78; Gabriel Cisneros, Manuel Fraga, Miguel Herrero de Miñón, Gregorio Peces Barba, José Pedro Pérez-Llorca, Miquel Roca y Jordi Solé-Tura. Pero nunca se mete en el cuadro de honor al hombre que puso las bases de ese texto legal que enmarca nuestra convivencia; Juan Carlos de Borbón. Es cierto que lo hizo con la ayuda inestimable de Adolfo Suárez y de Torcuato Fernández-Miranda quienes, junto a él, pusieron en marcha aquella Ley de Reforma Política que nos llevó a ser una democracia plena y moderna.
Y no puedo entender que en España tengamos una memoria tan frágil. Que, ahora que lo pienso, no se trata de fragilidad, sino de decisiones muy conscientes de olvidar unas cosas (víctimas de ETA, por ejemplo) y recordar perfectamente otras. Desde luego, como sociedad, parece que se nos ha olvidado que Juan Carlos I “hereda” de Franco una Jefatura del Estado con poderes absolutos. Franco no solo era el Jefe del Estado sino que, cada semana, estaba en las reuniones del Consejo de Ministros y él sí que era el “Puto Amo” que está hoy tan de moda. El Rey podría haberse acomodado en aquel “statu quo”, pero decidió tirar, no por la calle de en medio, sino por un callejón oscuro, lleno de piedras que le podían partir los tobillos y sin ninguna luz al final del túnel. En aquel Rey no confiaban ni los franquistas acérrimos, ni los demócratas que habían estado en la clandestinidad. Y ese Rey denostado por casi todos, supo echarse una nación entera a la espalda, decirnos: “vamos por este camino” y logró convertirnos en lo que hoy somos: una democracia moderna, con una monarquía parlamentaria sin ningún poder ejecutivo y un país en el que da gusto vivir. Y aquello no fue postureo. Juan Carlos I fue dando pasos hacia la democracia y el remate de su obra fue una Constitución que le quitaba todos aquellos poderes que tuvo hasta la publicación de ese texto en el BOE el 29 de diciembre de 1978. Y hoy se nos ha olvidado. Y a aquel hombre al que le debemos tanto, lo tenemos viviendo fuera de España y mostrándole las uñas cada vez que viene a una Regata o a cualquier otro evento al que, muy ocasionalmente, se le invita.
Hoy en España al Jefe de Estado que nos hizo esa Transición que se estudia en universidades de todo el mundo, lo tenemos repudiado y en el exilio sin posibilidad de perdón. Y el problema es que ninguno de los procesos judiciales que se le abrieron han terminado en una condena. ¿Que el Rey hizo cosas reprobables? Pues seguramente. ¿Que un Rey no debería haber tomado muchas de las decisiones que tomó? Pues quizás sea cierto. Pero también lo es que un país que ha perdonado a los que montaron el GAL, que ha permitido que hagan política los que formaron parte de ETA, que indultó al General Armada por el 23 F o a los que lideraron el intento de golpe de Estado en Cataluña con aquella declaración-de-independencia-solo-con-la-puntita, no puede permitirse seguir sin perdonar a Juan Carlos I. Y, ojo, que no hace falta ningún indulto, porque, que yo sepa, no ha habido ni una sola sentencia en su contra. Se trata de un indulto moral. Se trata de permitir que vuelva y que, aunque pueda tener un coste para nuestro magnífico Rey Felipe, Juan Carlos I vuelva a estar en su casa y a formar parte activa de la Familia Real. Reconozco que no debe ser fácil el papelón de Felipe VI. El partido que nos gobierna, sus socios y numerosos medios de comunicación han apretado de lo lindo para poner el dedo acusador encima de la corona de Juan Carlos I.
Yo ya he contado en alguna Cabra que el día en el que entré como becario en Antena 3 de Radio en junio de 1987, el director general, Manolo Martín Ferrand nos dedicó un muy bonito discurso sobre la libertad de prensa, sobre nuestra responsabilidad como informadores y sobre nuestro deber de respeto a los oyentes. Nos dijo una frase que se me quedó clavada: “los oyentes se ganan de uno en uno y se pierden de mil en mil”. Y cerró su discurso de bienvenida con otra frase que también llevo grabada a fuego: “aquí vais a poder informar con total libertad con dos únicos límites: La Constitución y la Casa Real”.

Cuento todo esto porque me leí hace unas semanas la autobiografía de Juan Carlos I. Es obvio que el Rey es muy autoindulgente y que pasa muy como de puntillas por encima de los temas que le han llevado a la situación en la que está; presuntas comisiones, Urdangarín, Corinna… Pero también es cierto que don Juan Carlos hace un repaso de todo aquello que ha hecho por España y yo considero que, en la balanza, lo positivo debería pesar mucho más que lo negativo, pero no sé si hay alguien por ahí dispuesto a sacar ese balance positivo al panorama político que tenemos hoy.
Por eso creo que quien debe buscar una solución es Felipe VI. Nuestro Rey se enfrenta a un dilema parecido al que afrontó el Emérito en el 75 y opino que debería emular a su padre y, con finura personal y política, con mano izquierda y cintura, encontrar la manera de traerle de vuelta. Sobre todo, porque tengo la sensación de que muchos españoles no van a entender que Juan Carlos I muera fuera de España. Y presiento que, si se produjera ese fallecimiento con nuestro Rey en el exilio (Dios no lo permita), el primero que se iba a arrepentir, para siempre, es, precisamente, Felipe VI.