VALLE DE LA CONCORDIA

No sé si estamos para reconciliarnos. Lo que ha pasado en España en los últimos meses, desde que el PSOE llegó al gobierno tras la moción de censura, ha ido encabronando todavía más un clima político que ya empezaba a ser difícilmente respirable.

Hay que reconocer que la manifiesta debilidad del gobierno de Sánchez es un caramelo para los que hoy están en la oposición, pero también hay que reconocer que Sánchez y sus ministras y ministros se lo están poniendo a huevo a sus enemigos. Las dos primeras dimisiones ministeriales generaron convulsión y echaron por tierra la imagen de gobierno de la gente, de la regeneración, que quería transmitir Sánchez en esos días felices en los que se le notaba siempre como a punto de tener un orgasmo. Hoy todavía mantiene esa cara de profundo placer, sobre todo en las reuniones internacionales y cuando recibe a dirigentes de otros países a los que toca mucho más de lo que indica el protocolo, pero ya se le va notando el rictus de la Moncloa. Lo de Máxim y lo de Montón le empezaron a agriar el Camelot, pero lo de su Tesis, primero, y lo de la Ministra Delgado, después, le están sacando una cara de mala leche que no se le veía desde aquel día en el que tuvo de salir de Ferraz por la puerta de atrás.

No es fácil que hoy encontremos puntos de consenso. El PSOE no entiende que PP y Ciudadanos no acepten que es legítimo que Sánchez esté en el gobierno tras conseguir más que holgadamente los 176 votos necesarios para su investidura. PP y Ciudadanos tampoco entienden que el PSOE no acepte que igual de democrático que fue la moción de censura es el hecho de que el Senado mantenga una mayoría absoluta del PP o la constatación de que en la Mesa del Congreso manda la oposición. Y en esos estupores de ambos bandos vamos perdiendo tiempo y energía mientras la ciudadanía no sabe muy bien a qué atenerse. La prueba es que, en las primeras encuestas tras la moción de censura, el PSOE pega un subidón que no se lo creen ni los más optimistas de Ferraz. Yo estoy seguro de que todas las mierdas que están saliendo estarán haciendo que baje el soufflé, pero lo cierto es que Sánchez cree que, con un año y pico más en Moncloa podrá ir a las elecciones de 2020 con garantías de mantenerse en el gobierno.

Pero yendo a lo que iba en el título de la Cabra, no creo que este sea el momento de reclamar consenso, concordia y espíritu de reconciliación a nuestros políticos. Yo considero que, salvo gentes con una implicación muy personal en el asunto, la mayor parte de las personas con las que hablo opinan que un Dictador no debe tener un mausoleo como es, lo queramos reconocer o no, la tumba de Franco en el Valle de los Caídos. Ahí ha estado durante más de 40 años, pero es ciertamente extraño que un dictador cuente con un lugar grandioso para la peregrinación de sus partidarios.

Claro que tampoco entiendo la manera en la que Pedro Sánchez habló del tema en su primera entrevista como primer ministro en TVE. Dijo entonces que él, aparte de retirar de ahí los restos de Franco, quería convertir el Valle en un memorial para las víctimas del Fascismo. Y ahí es donde creo que empieza el error. Lo que precisamente separa hoy a muchas personas al hablar del tema es el empeño actual de seguir convirtiendo la Guerra Civil en una historia de malos y buenos. Y en esa lectura de la Guerra los malos eran, por supuesto, los del bando golpista y, los buenos, los del bando de la República, que era el gobierno legítimamente constituido. Cuando yo creo que el número de hijoputas y de burradas y de pasarse el Estado de Derecho por el arco del triunfo fue análogo en ambos bandos. De hecho, en el bando de la República tuvo una importancia capital el Partido Comunista y, en todo lo que pasaba, tuvo una influencia determinante la URSS, que no es que fuera un modelo de democracia.

Pero ¿ve alguien posible que se haga en España un monumento de homenaje a las víctimas del fascismo y del comunismo? Yo no porque, a pesar de todo lo que se vio en el siglo XX y de lo visto en lo que llevamos del XXI, sigue teniendo mucha mejor imagen el comunismo que el fascismo aunque las cifras de muertos, exiliados, reprimidos y torturados de ambas ideologías pudieran acabar en un tenebroso empate técnico.

Por eso yo buscaría, si es que se puede, convertir el Valle de los Caídos en un monumento a la Concordia. O, en todo caso, para que no se me molesten fascistas ni comunistas, en un monumento a las víctimas del fanatismo o de la intolerancia, que viene a ser casi lo mismo.

En fin. Para que pasase esto deberíamos tener más políticos con Grandeza y no parece que este sea nuestro mejor momento. Y no hablo de Grandeza por la parte Noble, que esos de la aristocracia tendrán la sangre azulada pero les puedo asegurar que sus cuescos huelen igual que los de los arrabales. El otro día salí con prisa de un evento y, en la caja automática del Parking, veo que está un Grande de España hablando por teléfono. No diré nombres, pero, cuando llegué a su altura olía a pedo descomunal. Y sufrí el síndrome del ascensor del que ya hablé en una Cabra*. El noble, mientras yo metía a toda prisa el ticket y la tarjeta y esperaba el recibo, se apartó unos metros y me dejó allí, pagando, con el resto de su gas intestinal invadiéndolo todo. Por suerte no vino nadie. Terminé de pagar y, cuando salí hacia mi coche, aliviado, me despedí de él diciéndole. “Oye; te has dejado un cuesco en la caja”. Juraría que le oí decirme algo, pero entre mi sordera y el ruido ambiental no sé si se cagó en mis muelas o me dijo aquello tan común de “no es mío”.

 

* Ver «Un pedo en el ascensor»

ANORMAL

Hoy es todavía el día de la estupefacción. Es por supuesto el día del dolor y del desgarro y del nudo de angustia en la boca del estómago. Y de la incredulidad. Y de desear, con todas las fuerzas, que sea una pesadilla. Y de una pena profunda. Como van a ser muchos días, de ahora en adelante, para la familia y los amigos de Celia Barquín.

Hay muchas cosas en nuestro día a día que podemos calificar como “anormales”. Es anormal que un ex presidente del gobierno comparezca en una comisión del Congreso en tono chulesco y hablando como si estuviese discutiendo en un bar con los amiguetes. Claro, que también es anormal que un representante del otro gran partido español (con casos de corrupción sonrojantes) dé clases de limpieza política a nadie. O que otros dos representantes de partidos (sobre todo Rufián) estuvieran allí más pendientes de hacer su numerito de tertuliano televisivo que de hacer preguntas.

Es anormal que el presidente del gobierno más frágil de la historia de nuestra democracia aparezca en TV en una entrevista de una hora y dé una imagen tan penosa y deje claro, por ejemplo, que no se sabe los números básicos de una de las propuestas políticas más importantes para su gobierno.

Es anormal que tengamos un sistema universitario que permita tantas cosas irregulares (legales o no) como las que parece que se han producido y no sólo en la Rey Juan Carlos.

Y podría seguir desgranando anormalidades, como lo de Cataluña, pero es un tema que me produce tal pereza que mejor lo voy a dejar para una futura Cabra. Si eso. Porque quería centrarme en una anormalidad terrible que tiene mucho que ver con el que yo creo que es el principal problema del periodismo moderno. La falta de rigor, el boteprontismo, la necesidad de decir algo, lo que sea, sobre cualquier asunto, porque, si no, en la prisa vertiginosa que hoy nos abate, te quedas atrás.

Imagino que habrán leído el tweet que publicó ayer un tal Alfredo Pascual. Se supone que es periodista porque lo pone él mismo en su perfil de Twitter. Muy poco después de que saliera la primera noticia sobre el terrible asesinato de una niña española de 22 años en Estados Unidos, este ser publica lo siguiente: “No la conocía absolutamente nadie, pero los asesinatos de gente de clase alta son rentabilísimos en prensa”. Les doy unos segundos para asimilarlo.

Se cruzan en este tweet varias anormalidades. Siendo un periodista, podía haber dedicado los 3 segundos que se tarda en escribir “Celia Barquín” en la barra del buscador de Google para haber descubierto unas cuantas entradas hablando de los éxitos deportivos de esta “desconocida”. Pero no. A Alfredo Pascual le pasa lo que a tantos otros compañeros míos de profesión: “lo que yo no conozco, no existe”. Y da por hecho, primer error, que Celia es una absoluta desconocida.

Yo llevo presentando desde hace muchos años la Gala anual de la federación española de Golf. ¿Saben cuántas veces he tenido que pronunciar el nombre de Celia en los últimos 10 años? ¿15 veces? ¿20? Pues no lo recuerdo, pero todos los años ganaba algo en competición individual o por equipos. Pero es que, este año, Celia estaba embalada. Había ganado el campeonato de Europa individual amateur. Una pasada. Había podido jugar el US Open. Otra pasada. ¿Sabes, Alfredo, cuántas buenísimas jugadoras se retiran sin poder jugar un Major? Y estaba clasificada para la segunda fase de la escuela de la LPGA. Un logro al alcance de muy pocas jugadoras profesionales en el mundo. Y ella, aún, era amateur.

Pero es que no contento con hablar sin detenerte a contrastar, das por hecho, segundo error, que Celia es de clase alta. Como si fuera malo o bueno alguien por el hecho de ser de clase alta o de clase baja. No sé de qué clase social eres tú, pero no me gustaría, francamente, que te acercaras a una de mis hijas.

Celia era una niña luminosa hija de un matrimonio encantador. Personas normales, trabajadoras que se habían encontrado, de repente, con que su niña era buenísima en su deporte favorito y estaban dejando que su don fluyera primero en los equipos de la federación asturiana, luego en el CAR de la Blume y, desde hace 4 años, becada, por su talento, en una Universidad Americana en la que se encontró con el indeseable Collin Daniel Richards.

Y lo que me hace considerar tu tweet como anormal no es que te equivoques. No es que siendo supuesto periodista des por hechas cosas sin pararte a pensar o a contrastar. No es que tengas la falta de criterio periodístico como para pensar que esta noticia no merece la atención de los medios españoles.

Lo que me parece profundamente anormal, y deberías quizás pedir ayuda profesional para ello, es que ante la noticia de la muerte de una niña de 22 años tu primera reacción no sea la pena, la estupefacción, la compasión, el pensamiento en esa niña, en esos padres, en esos familiares, en sus amigos, en sus compañeros de equipo, en sus profesores… No. Tu primer pensamiento es correr a publicar un tweet cabreado porque en los medios (curiosamente citas al medio en el que trabajas) se le da importancia a una niña rica porque va a ser muy rentable.

No espero que cambies, porque asumo que, a estas alturas, el mal que se cocina en tu cabeza y en tu corazón ya está bien cocido. Lo que sí espero, de verdad, es que deje de ser cierto lo que pones en tu perfil de Twitter; que escribes reportajes para “El Confidencial”. No le deseo mal laboral a nadie, pero no entendería que un periódico serio siguiera dando trabajo a una persona como tú.

Mientras tanto, los demás; los que sí sabemos quién era Celia Barquín, dedicaremos hoy una buena oración, un buen pensamiento, un buen deseo en su memoria y en la de su familia.