TENGO PACTOS PARA HOY

Pues no me queda claro. No sé si Albert Rivera es un panoli de derechas o un imbécil de izquierdas. Porque depende de a quién escuches en estos días de zozobra post electoral te quedas con una cosa o con la otra.
Por ejemplo, en Andalucía, Ciudadanos ha cerrado ya un pacto con Susana Díaz para que la líder socialista pueda seguir gobernando mi tierra. Lógicamente, ese acuerdo ha dejado a la líder de Podemos más mosqueada que Belén Esteban en unos ejercicios espirituales de San Ignacio. Tan enfadada estaba Teresa Rodríguez que llegó a anunciar que Susana Díaz iba a ser “embestida”, en vez de “investida”. En qué estaría pensando… Pero, claro, en Andalucía ella no es la única indignada, porque también los del PP consideran que Ciudadanos está cavando su tumba pactando con el PSOE y mostrando una patita rojilla que no les gusta un pelo.
En Madrid los mosqueos cambian de acera. El que ayer estaba que fumaba en pipa era Gabilondo viendo que parece hecho el acuerdo entre PP y el partido de Albert Rivera para que Cifuentes sea la nueva presidenta madrileña. El candidato del PSOE venía a decir que Ciudadanos, con este pacto, demostraba que estaba con la vieja política y que no tenía ninguna intención de cambiar de verdad las cosas. Y yo, mira que respeto a Ángel Gabilondo, pero no estoy de acuerdo.
A mí me parece estupendo lo que está pasando. Me encanta ver al PP jodido. Y me encanta ver al PSOE pasando las de Caín. Estoy convencido de que, a pesar de sus muy diferentes modelos de corrupción, de las maneras de gobernar que han mostrado en los últimos 30 años, de las gestiones de la crisis-no-crisis, estos viejos partidos, con sus viejos políticos y sin mayorías absolutas pueden hacer que cambien las cosas. Pero les toca tragar. Tienen que aceptar que el rodillo se lo deben introducir por el recto y empezar a ceder a otros para poder seguir gobernando. Puede que, aún así, nos salgan rana, pero, a pesar de todo, me fío más de PSOE o PP que de estos profetas de la «nueva» política que, se supone, nos van a enseñar lo que es la Democracia verdadera. Joder. Si me tienen que enseñar lo que es la democracia Pablo Iglesias y sus colegas, la verdad, prefiero quedarme en el limbo de la inconsciencia.
Que pacten. Que se sienten a hablar. Que practiquen con ese sustantivo del que se les llena la boca para exigírselo a los demás, pero les cuesta un mundo aplicarse. El Consenso. Pues practiquen consenso, señores. Acostúmbrense a escuchar lo que dice el de enfrente, que a lo mejor no es tan malo. Dejen de utilizar las instituciones como si fueran ese pesebre en el que sólo pueden meter el hocico los de su cuadra. Dejen de repartir cargos, prebendas y subvenciones a sus colegas y dense cuenta de que hay otras opciones y que, incluso, se puede gobernar sin pensar que estás en tu cortijo y todo lo que abarcan tus ojos es tuyo. Y si, en esos consensos, los de Podemos o sus marcas blancas, acaban gobernando, me alegraré también. Será un modo de comprobar si se cumplen mis peores temores o si terminan siendo, como anuncian, una alternativa de democracia verdadera y pureza virginal.
Lo sé. Con tantos buenos deseos, sueno ingenuo. Pero también pensaba hace unos meses que la crisis se iba a llevar por delante mi empresa y ese optimismo que Dios me dio me hizo no deprimirme del todo. Y seguir insistiendo con eso que los amigos que me quieren llaman tenacidad y, los que no me quieren, pesadez extrema. Y por eso hoy puedo contar a mis amigos cabreros que este próximo sábado día 13 a las 13 horas estreno con Marta Solano un programa que se llama Seguridad Vital en la 1 de TVE. Yo, que no soy muy supersticioso, tengo algunas pequeñas manías. Una de ellas es la de la sal en la mesa, la otra lo del amarillo (jamás he vestido de ese color en un plató) y la otra es una cierta fatiga cuando veo el número 13. Pues ahí vamos; estrenando un 13 a las 13. Como ya no tiene remedio, confío en que la llegada de mi amigo Jesús Hermida al cielo, haga que, desde allá arriba se me proteja y el programa funcione. Y, si no, pues como otras veces, a encajarlo con deportividad y a seguir montado en la bici. Y, si nos toca irnos al hoyo, al menos, que entremos en la fosa con buena cara. Y pedaleando.

LA SONRISITA

Es una regla no escrita del bloguerismo. No hables de un tema del que ya se ha dicho todo. Y yo que soy de natural tirando a insumiso con las reglas no escritas, pues me paso todas esas normas por el arco escrotal.
Los lectores cabreros más amigos ya sabrán que hace un par de semanas me afanaron el ordenador. A pesar de las recomendaciones de cualquiera que tenga dos dedos de frente y de haber visto cosas que les han pasado a otros, yo no tenía hecha ninguna copia de seguridad de todo lo que había en mi portátil. Un drama informático, coño. La cuestión es que me voy dando cuenta de ese drama de la memoria a pocos y uno de esos momentos fue la semana pasada cuando me puse a escribir la Cabra. Me entró tal mala leche al constatar que he perdido todas las Cabras, que ya no tenía guardados los contactos de los amigos a los que les mando el blog, que no fui capaz de terminar el artículo. Preferí levantarme, dejar colgados a mis lectores e irme por ahí a lamerme un rato las heridas.
Y, aunque suelo publicar los jueves, como ayer fue festivo en Madrid, he cambiado a hoy viernes el día de publicación. Así que pido disculpas por el fallo de la semana pasada y por las 24 horas de retraso de hoy. Y me ha dado rabia tanto la demora como la cancelación de lo de la semana pasada, porque ha habido tantas cosas de las que hablar, que un bloguero de pro como yo estaba deseando comentar lo de Carmena y Colau, lo de la Espe, lo de Rajoy, que sigue pensando que ha ganado… No sé; estas elecciones locales y autonómicas han dejado el panorama político español que parece una manta de esas de patchwork. Va a tener sus cosas buenas el que los políticos tengan que sentarse a pactar, pero creo también que esto de ponernos en plan pentapartito a la italiana le puede hacer daño al país. Pues quería hablar de todo esto y de alguna cosa más, pero, sobre todo, quería hacer una Cabra sobre la sonrisita.
Imagino que sabrán que me refiero al gesto placentero del presuntamente Honorable Artur Mas mientras escuchaba en la final de la Copa del Rey la tremenda pitada que se llevaron, al alimón, Felipe VI y nuestro himno nacional. Porque cómo no voy a hablar de esa sonrisita. Es que parecía el malo de aquellos inolvidables Spaghetti Western. Es la típica cara que ponía Lee Van Cleef en las de Sergio Leone cuando le estaban haciendo daño al bueno rebueno. Ese gesto, no muy inteligente, que viene a decir: «cómo me alegro” y “te lo mereces». No afirmo con esto que Artur Mas sea bobo y una mala persona (que pudiera ser que lo fuera) lo que digo es que el presidente de una comunidad autónoma, un hombre que representa a sus ciudadanos, a los que pitarían el himno y a los que no, no puede comportarse igual que Belén Esteban, un tertuliano de Sálvame o, ya que hablábamos de cine glorioso, como el villano de “Aquí llega Condemor; el Pecador de la Pradera”.
Lo malo es que comportamientos tan irresponsables como el de Artur Mas, sacan lo peor de nosotros mismos. Muchos le insultan gravemente, a otros les salen discursos llenos de fervor nacionalista y otros se cagan en Cataluña y en los catalanes; así, en general. Y, aparte de que, como dijo Ortega: “No es esto, no es esto”, lo peor de estas reacciones viscerales es que dan alimento al victimismo nacionalista. Todos estos insultos a Mas y a los que silbaron el himno, esas reacciones de vena hinchada, ayudan al nacionalismo tontorrón a seguir pensando que los que no opinamos y no sentimos como ellos somos unos fascistas.
Y debería todo ser mucho más sencillo. Hacer leyes que prevean este tipo de comportamientos. Y actuar, pero no quedarnos en este sí es no, tan de Rajoy, en el que ni se sanciona, ni se dice que nos parece fenomenal que se piten los himnos. Esta feo autocitarse, pero hace un par de meses escribía yo una Cabra titulada “Lo del Himno” en la que pedía, sencillamente, respeto. Sin que nos explote la yugular y sin que mezclemos churras con merinas. No puede ser que un tipo al que yo considero un buen chaval como es Xavi Hernández, diga que pitar el himno de un país es una manifestación de la libertad de expresión. No me jodas, Xavi. Pitar los símbolos de alguien es una demostración de pésima educación y aplaudir a los maleducados es poner abono para que algún día alguien pise también tus símbolos. Y entonces puede que no te parezca que sea algo que tenga que ver con la libertad de expresión. Pero claro, estas cosas siempre nos parecen fatal cuando las sufrimos nosotros. Es como lo de los robos y el trato que deben recibir los chorizos. A todos nos sale el demócrata que llevamos dentro hasta que el chorizo se mete en tu coche y te roba tu portátil. Entonces te sale el cromagnon, que también todos llevamos dentro, y te encantaría que fuera como en las pelis, que un poli amiguete que conoce a los malotes de la calle, se vaya a por el que te ha robado, le pegue dos leches bien dadas y te devuelva lo que es tuyo. Pero eso sólo pasa en las pelis. En la vida real sucede lo que cantaba Sergio Makaroff cuando le robaron la mountain bike, que me parece que es lo mismito que le ha pasado a mi portátil. Sniff.

“qué dura es la vida hermano
me quedé con el candao en la mano
y mientras te canto mis penas
la bici va rodando por sus venas.”

EQUIVOCACIONES

Yo soy un tipo bastante romántico. Creo que no soy ñoño, pero claro, a alguien cursi, repipi, hortera o merdellón, no le preguntes si lo es, porque nadie así es capaz de reconocerse como tal. Vaya; las bodas, por ejemplo, son fantásticas para descubrir el gusto de la gente. Se supone que todos, cuando vamos a un evento social relevante, vamos con nuestras mejores galas y, cuando ves lo que es para cada cual “su mejor gala”, sabes si le confiarías o no el vestuario de tu familia. Si alguien va espantoso a una boda es que se ve bien así.
A lo que voy es a que yo no me considero ñoño, pero quizás algunas personas me dispararían en un pie si leyeran alguna de las cartas y poemas de amor que le he dedicado a lo largo de mi vida a mi mujer. Cuento esto porque yo, que, como he dicho, soy un tipo romántico-no-ñoño flipé ayer con la noticia de un juicio en el que se acordó una pena de 6 meses de cárcel para José Laparra, un ex presidente del Castellón, por asaltar la casa de una pitonisa aragonesa. Es curioso, porque es la segunda semana consecutiva que hablo del Castellón en la Cabra, pero es que la historia es de esas de llorar o de pena o de risa. Resulta que el ex presidente del Castellón estaba enamorado hasta las trancas de una señora. Al parecer Madame no le hacía ni caso y a Monsieur no se le ocurrió mejor remedio que encargar un conjuro de amor para que la hembra cayera rendida a sus pies. Hasta aquí puede ser el comienzo de una peli de Almodóvar. Lo que la convierte en una de Esteso y Pajares es que el dirigente futbolístico pagó ¡¡¡165.000 euros!!! por ese conjuro de amor. Y la receta era de esas que las ves en una peli de Disney y te parece que el guionista desbarra; debía lavarse con un agua en la que habían estado inmersas flores durante 40 días y, posteriormente, untarse por el cuerpo tierra de un cementerio. Puede que, para enamorar a Cruella de Vil, aquello hubiese tenido éxito, pero la paisana castellonense pasó millas del señor Laparra y él no entendió nada. Tras unos días de estupor y de tragarse el sapo de las calabazas, el enamorado decidió vengarse de la pitonisa y contrató a dos matones para ir a reclamarle el dinero a la bruja y a partir de ahí comenzó esta historia que hoy aparece en las páginas de los sucesos de los periódicos.
Yo no dudo de que Laparra sea un tipo romántico. Creo que su concepto del amor es un poco psicopático, pero lo que parece obvio es que para pagar 165.000 euros por un conjuro de amor hay que ser dos cosas; millonario y absolutamente gilipollas. Sin querer prejuzgar, porque no conozco a Laparra ni como ser humano ni como dirigente deportivo, no pondría yo en manos de este hombre el destino de mi empresa y no me gustaría verlo cerca de ninguna de las mujeres que quiero.
Pero hablamos con mucha ligereza de los demás y quizás todos tenemos en nuestra vida alguna equivocación gorda de la que arrepentirnos. No sé, hablando de política, ya que votamos el domingo; quizás Mariano Rajoy se arrepienta de alguna de las elecciones de personal que se han hecho en su partido. ¿Algún tesorero equivocado? Y no sólo en el PP ¿Algún adelanto electoral equivocado por parte de Susana Díaz? ¿Algún acercamiento equivocado de Artur Mas al independentismo y no sabe cómo salir de esa? Probablemente los partidos nuevos también hayan cometido errores, pero vamos a dejar que gobiernen los de Ciudadanos y los de Podemos, si llegan, y ya les daremos caña cuando les toque.
Porque ninguno podemos mirar atrás y no reconocernos en medio de un error. Uno de los míos, estuvo a punto de provocar un abuelicidio.
Era el año 1993. Acababa de nacer mi sobrino Javier y habíamos acudido en manada toda la familia a la casa de mi hermana que, entonces, vivía en Alicante. Mi abuela Julia había viajado desde Málaga para conocer a su bisnieto y estaba con nosotros allí pasando unos días. La hermana del recién nacido tenía un muñeco grimoso que era calcado a un bebé de verdad. Yo, que tengo ideas de bombero retirado (alguna vez tendré que preguntarme el por qué de esta referencia despectiva hacia los bomberos jubilados) decidí hacerle una broma a mi mujer; envolví al muñeco en la toquilla de mi sobrino recién nacido y entré en el salón con él en brazos. Cuando llevaba un par de minutos como durmiendo al supuesto bebé, se lo tiré a mi mujer, desde 3 metros de distancia, como quien pasa un balón de baloncesto. Mi mujer casi se muere del susto, pero la que estuvo cercana al síncope fue mi abuela, que, sin que yo la hubiera visto, estaba justo detrás de mi mujer y pensó que moría su bisnieto…
Primero tuvimos que atender a la Bisa, porque creíamos seriamente que le daba un pasmo. Luego hubo un momento de mucha risa nerviosa y, al cabo de unos minutos, la familia en pleno me estuvo echando una bronca tras otra por imbécil. Yo no sólo estaba abochornado, sino verdaderamente preocupado de ver lo cerca que uno está en ocasiones de salir en la sección de sucesos de un periódico por hacer el zopenco. “Un joven da un verdadero susto de muerte a su abuela”. Habría sido un titular de periódico que yo creo que no habría sido capaz de superar.

COGEDME EL RÁBANO

Ya siento que este titular cabrero me quede así como bajondino, chabacano y faltón, pero en cuanto me explique van a entender perfectamente por qué me refiero a los rábanos y por qué pido que me lo agarren por el bulbo, y no por las hojas. Bueno, realmente no soy yo el que pide tal cosa. Es una licencia que me he permitido; la de ponerme en la piel del líder de Ciudadanos y hablar por su boca después de la que se ha liado con lo que dijo anteayer.
Me hace mucha gracia, en estos días de acojone pre-electoral de los partidos tradicionales, cómo están todos los líderes prestos y dispuestos, que diría José Mª García, a salir a la arena a poner a parir a Albert Rivera cada vez que tropieza, mete la pata o dice una palabra más alta que otra. Y no sólo son los políticos; ya se sabe que entre los tertulianos hay una especie que es el “tertuliano partidario”. Se trata de aquel periodista, o asín, que cuando acude a una tertulia tiene, como objetivo principal, soltar los dos o tres mensajes que le ha indicado su político de cabecera. Son esos que tienden a ridiculizar a los que no opinan como ellos. Los que, cuando ven a alguien brillante que puede hacer daño a su “jefe”, pelean como jabatos para hacer ver, en algún momento, que ese ser brillante no lo es tanto y que, incluso, su brillantez puede ser consecuencia de algo oscuro.
Son mercenarios de la palabra. Son soldados con una disciplina que ya querrían para sus tercios algunos capitanes de la Legión. Son tíos listos con un objetivo claro y con una determinación implacable porque saben que, el día en el que dejen de ser así, el “jefe” les retirará el apoyo y se acabarán las prebendas, las tertulias pagadas estupendamente y los pesebrazos de alrededor.
Digo esto porque seguramente ustedes también conocerán lo que dijo el líder de Ciudadanos en un desayuno hablando de sus candidatos al ayuntamiento y la comunidad de Madrid. En un discurso bien construido, Albert Rivera acaba llegando a una conclusión discutible, pero con la que yo estoy bastante de acuerdo. La construcción defendía que el primer gran cambio lo trajo Suárez al meternos en la democracia, siendo un hijo de la Dictadura. El segundo gran avance lo provocó Felipe González que modernizó España llegando desde la clandestinidad contra Franco y demostró que podía gobernar la izquierda sin que se quemaran iglesias ni ricos. El tercer empujón fue la convergencia con Europa; lo protagonizó Aznar, que dejó claro también que la derecha era capaz de tomar el gobierno sin arrasar totalmente el estado del Bienestar. Según Rivera, ahora lo que hace falta es una regeneración de nuestra democracia y ese vuelco de la pileta se debe hacer principalmente con gente que ha nacido en democracia. Eso fue lo que dijo inicialmente. Luego, en esos arrebatos de claridad y concisión que les dan a los políticos, quitó el “principalmente” y remató su argumento diciendo que esta regeneración “sólo” la pueden hacer los que hayan nacido después del 75 y no tengan mochilas de corrupción, ni cuentas en Suiza. Y ahí la cagó, porque les dio munición a todos los que van por el país con la escopeta abierta para, en cuanto Rivera o uno de los suyos mete un poco la pata, dispararles dos o tres cartuchos a la ingle.
Porque, a ver; ¿Alguien cree de verdad que Rivera piensa que los mayores de 40 años están incapacitados para la política? Yo creo que no, sobre todo porque, si así fuera, tendría que echar a más del 70 por ciento de las personas de sus equipos. El líder de Ciudadanos pudo patinar, puede que su argumento tenga elementos frágiles, pero lo que es indiscutible es que en España hace falta un tiempo nuevo y va a ser difícil que los que lideren esa regeneración sean los que llevan décadas en la poltrona. ¿Alguien confía en que Susana Díaz va a hacer que Andalucía sea mejor, si ella representa al partido que ha llevado a mi tierra adonde está hoy? ¿Alguien piensa que Rajoy puede liderar una cruzada contra la corrupción habiéndole mandado aquel “sé fuerte, Luis” a un tío que se llevó a Suiza, que sepamos, 43 millones de euros? Llámenme suspicaz, pero yo opino que no.
Y ahora les ruego que me dejen que vaya a lamerme las heridas después de que un canterano del Madrid, Morata, que tuvo que salir de aquí por la puerta de atrás, nos dejara anoche sin la Final de la Champions contra el Barça. Ya podrán imaginar con quién voy a ir ese día. Y no sólo porque yo quiera que pierda hasta el Barça de Hockey sobre patines, sino porque soy de la Juve desde los 8 años. Una prima de mi padre se casó con un turinés. En el año 1973 vinieron a vernos a Málaga y, el marido de mi tía, me trajo una camiseta de la Juve. En aquella época, había que comprarse por un lado la camiseta y, por otro, el escudo y luego coserlo a la pechera. Al día siguiente yo, todo ufano y sin escudo, me llevé mi camiseta blaquinegra para utilizarla durante la clase de Educación Física. Cuando me la puse, me sentí el más elegante de mis amigos, pensando en los Bettega, Mazzola, Zoff o Gentile y recordando las victorias míticas que contaba el tío Giancarlo. Todo muy épico, hasta que uno de mis amigos, que jamás había visto un partido de la escuadra italiana, dijo: “Anda Jirfe, vete a la mierda, que esa camiseta es del Castellón”. Yo la seguí usando durante mucho tiempo, aunque no hubo manera de convencer a mis amigos de que, realmente, aquella camiseta, y sea esto dicho con todo respeto, era de un equipo mucho más glamuroso que el de la Plana.

EL HOMBRE AL QUE ME GUSTARÍA PARECERME

Mira que es jodido escribir cuando uno tiene que sacar las palabras de la parte esa del estómago en la que se te agarran las angustias fuertes. Normalmente la Cabras las escribo en un tris. Sin demasiado esfuerzo, una vez que tengo la idea, las palabras van fluyendo fáciles aunque a veces me cueste empezar. O terminar.

Pero hoy tengo que hablar de la muerte de un hombre que ha sido verdaderamente importante en mi vida. Ayer, a las nueve menos dos minutos de la noche, le decíamos adiós a Jesús Hermida. Alguna vez he contado en esta Cabra que Jesús fue, primero, mi jefe y, luego, mi amigo. El viernes pasado, merendando en su casa, recordábamos la primera vez en que nos encontramos.

NUESTRO PRIMER ENCUENTRO

Ni él ni yo sabemos por qué, pero nos caímos mutuamente bien desde ese primer momento. Y eso que, ni el lugar ni el desarrollo de aquel encuentro, fue para echar cohetes líricos. A Jesús, a pesar de que llegaba como una gran estrella a la Antena 3 del año 91, le asignaron un curioso despacho que estaba en medio de un pasillo. Era un sitio más bien oscuro y a Jesús, que tampoco le apasionaban los interiores muy luminosos, le había dado por cerrar persianas, apagar la luz y dejar encendida una lamparita pequeña de mesa.

En ese entorno inquietante, un muchacho de veintiséis años entraba a entrevistarse con un mito de televisión. Y este fue el diálogo surrealista que nos condujo a una amistad indisoluble:
CGH: Buenas tardes, soy Carlos G. Hirschfeld…
Jesús Hermida: ¿Has pensado en dejarte bigote?
CGH: Ehhh, mmmm, buenoooo es que no me sale. (Yo siempre he sido tirando a lampiño)
JH: Y tú ¿Qué tipo de reportero eres?
CGH: ¿Como que qué tipo de reportero soy?
JH: Sí (ampliando las palabras en deje muy hermidiano). ¿Eres intréppiddo, divverrtido o senntimmental?
CGH: Pues, hombre, yo creo que un poco de cada cosa. Depende del reportaje.
JH: No se puede ser esas tresss cosas a la vezzz.
CGH: Buenooo, yo creo que sí. Yo he hecho reportajes de todo tip…
JH: No. Eso esss imppposibbble.
CGH: No es imposible, porque yo los he hecho.
JH: No, no y no
CGH: Sí, sí y sí.

Ahí, la verdad, pensé que mi posibilidad de trabajar con él se iba a ir a la mierda. Siempre me habían dicho mis padres que no fuera inoportuno, que midiera y en aquella primera conversación mi repetición del sí en respuesta a su repetición del no era el primer escalón del infierno. Pero le debió hacer gracia, porque después de darme caña, decirme que no iba a atreverme a dejar informativos para irme con él a hacer programas y unas cuantas cosas más, me pidió que volviera con algún reportaje que hubiera hecho.

Salí de su despacho lamentando no haber hecho caso a mis padres, pero, una hora y pico más tarde, regresé a su cubículo con tres cintas Betacam y le dije:
CGH: ¿Puedo pasar?
JH: Sí.
CGH: Aquí tienes (las puse en su mesa un poco chulito haciendo un ruido ni demasiado fuerte, ni demasiado flojo); un reportaje intrépido, uno sentimental y uno divertido. A ver cuál te gusta más.
Jesús no me dejó irme. Fue metiendo las cintas en un magnetoscopio y, a medida que iba viendo los vídeos, algo me dijo que a ese tipo al que yo admiraba desde mi infancia, me lo había metido en el bolsillo.

EL MEJOR JEFE DEL MUNDO

Como subordinado le disfruté tremendamente. Cada reto, cada propuesta marciana. Lo mismo te pedía que tiraras en aguas de Huelva un barril con un mensaje para que llegara a América, que te pedía que hicieras un reportaje sobre el 200 aniversario de la muerte de Mozart, pero sin hablar de Mozart. Lo del barril fue fracaso absoluto, porque no llegó ni a Matalascañas, pero el de Mozart es de los reportajes que uno guarda en la memoria como algo que hizo bien.
Recuerdo también cada regañina porque tu reportaje no estaba todo lo redondo que él había pensado y cada salto de alegría porque tu vídeo le gustaba y le habías dado un buen momento de televisión. Porque era muy exigente, pero no he tenido, jamás, un jefe más generoso con sus equipos.

RIGOR, ÉTICA Y RESPONSABILIDAD

Y, sobre todo, tengo muy grabadas esas lecciones que nos daba sobre lo que se debe y no se debe hacer cuando uno tiene la inmensa responsabilidad de hacer un programa de televisión. Se ha hablado mucho de Jesús como creador de formatos, como contador de historias y como forjador de equipos. Pero no se ha dado excesiva importancia a lo que a mí más me marcó de él; un extraordinario sentido ético de la profesión. Un sentido del rigor, de la independencia, de la justicia y de la responsabilidad del que se dedica a contar lo que pasa en un medio que puede hacer tanto bien y tanto daño como es la televisión.

En los últimos tiempos le había podido un cierto desencanto y decía sentencias como que “En Televisión sólo se puede ser una cosa: el dueño”. Pero en cuanto le hablabas de proyectos se ponía a proponerte ideas y enfoques y volvía el director entusiasmado que yo conocí durante tantos años de amistad. Como periodista y como jefe, le podré tener siempre presente, porque ahí están nuestras experiencias juntos y las hemerotecas y los archivos de radio y televisión. Pero le voy a añorar tremendamente como amigo.

Esas llamadas en las que yo decía siempre: “Hola Bosssss”. Y él me contestaba: “Cuéntame cosas buenas, Filfilito”. Y yo, con mi optimismo radical, le iba contando sobre el mar y los peces. Y él me hablaba de su ánimo o su desánimo, pero siempre, antes de despedirnos, me contaba una de esas historias que le encantaban. No he conocido a nadie tan culto y con tanta capacidad para aprenderse de memoria fragmentos interminables de novelas, poemas, canciones y óperas. En aquella última conversación del viernes me repitió algo que estaba diciendo mucho últimamente.

MI PENACHO

Como previendo que se acercaba su final. Me contaba el desenlace de Cyrano, cuando el caballero dice a las puertas de la muerte que podrán quitarle todo, pero que nadie le podrá arrebatar su penacho; su orgullo, su grandeza. Puedo jurar que Jesús Hermida, mi amigo, mantuvo hasta ayer a las 20.58 horas su penacho agarrado bien fuerte y en alto. Y allí estuvimos su familia y sus amigos para verle hacer su última reverencia.

Adiós Hermi. Que descanses en paz, aunque sé que cuando llegues al lugar al que se van los buenos, después de dar un beso a tus padres te irás corriendo a ver si puedes hablar con Mozart, con Napoleón o con JFK o con Lennon. Aunque no; conociéndote, sé que te vas a ir directo a darle achuchones a Bola.

LA BUENA EDUCACIÓN

Qué manía tienen los políticos de controlar a los medios de comunicación. No siempre se salen con la suya, pero, si obedecieran a su primer instinto, la mayoría de los políticos cerrarían periódicos, encarcelarían a periodistas e impondrían la censura previa. Todas estas cosas, por supuesto, se piensan, se proponen y, en algunos casos, se ejecutan siempre en beneficio de “la sociedad”, para “no herir a personas decentes”, para proteger el “derecho a la buena imagen”… Jamás un político reconocerá que, cuando la hormona del macho alfa le pide aplicar leyes excepcionales a la prensa es, sencillamente, porque lo que les gusta es que los que les rodean y los medios de comunicación les hagan mucho y todo el rato la pelota.
Digo esto porque imagino que habrán oído hablar de la propuesta del Ministro de Justicia de plantearse si sería bueno sancionar a los medios de comunicación que revelen secretos de un sumario que esté en fase de instrucción. Y el benéfico fin que se perseguiría con esta medida es proteger el buen nombre de personas que son investigadas, pero a las que finalmente no se les encuentran pruebas de que hayan cometido delito alguno. Y yo estoy de acuerdo con Rafael Catalá en que es indignante la manera en la que muchas veces los periodistas manejamos este tipo de informaciones. Y creo que es triste ver cómo frecuentemente nos saltamos filtros profesionales y no contrastamos bien o no investigamos adecuadamente y, en portada a cinco columnas, damos por chorizo a un Santo varón. Lo malo de estas cosas es que, cuando se sabe a ciencia cierta que el Santo varón no ha delinquido, la rectificación no la hacemos a 5 columnas, sino con un titularcín en una esquinita bien pequeña de nuestra publicación.
Pero esto, señor Ministro, debe conducir a una reflexión entre los periodistas y, en el caso de que alguien se haya sentido perjudicado por una información, a una demanda judicial contra el medio que haya mancillado su nombre. Lo que no debe pasar es que sea un gobierno el que, en la búsqueda de la protección de honores ajenos, establezca filtros que coarten la libertad de prensa. Y esto no es corporativismo. Lo juro. Yo aquí hablo de las libertades generales. La prensa española en los últimos años no ha sido precisamente ejemplar, pero una sociedad libre necesita una prensa libre regulada por la Constitución y por el resto de leyes que rigen a esa sociedad. Y debe ser una prensa con derecho a equivocarse. Y, si se equivoca y alguien reclama judicialmente una reparación, que haya un juez independiente que dicte sentencia y castigue a ese periodista o a ese medio por el mal causado.
Pero para entender esto, nuestros políticos deberían llevar mucho más tiempo en democracia. A pesar de que nuestro sistema de libertades va a cumplir 37 años, países como Francia, Gran Bretaña y, sobre todo, EEUU nos llevan décadas de ventaja y aceptan unos medios de comunicación libres a los que, si meten la pata, se les cae el pelo. Por supuesto que los políticos estadounidenses desearían periódicos llenos de miel y alabanzas sin límite, pero tienen metido en la parte más profunda del cerebro que, con la libertad de prensa, pocas bromas. Es un problema de años de educación. Cuando Rafael Catalá estudió sus primeros años de colegio, a finales de los 60 y principios de los 70, todavía teníamos fotos del Glorioso Caudillo de las Españas en nuestras clases. En aquellos mismos años, en Estados Unidos, dos periodistas del Washington Post le estaban preparando el lecho mortuorio al primer Presidente estadounidense caído por mentir. Y es inevitable que, con esos antecedentes franquistas en el subconsciente, de vez en cuando, nos equivoquemos.
Y ya que hablamos de educación, me hace gracia la que se ha liado con la madre que corre a guantazos a su hijo por las calles de Baltimore. Por si no lo han visto, les adjunto aquí abajo el enlace. La muerte de otro joven negro a manos de la policía desató hace unos días unos terribles disturbios en esta ciudad norteamericana. Una cámara grabó cómo esta señora sorprendía a su hijo encapuchado en medio de una manifestación y se lo llevaba dándole collejas mientras le gritaba en un inglés muy de Maryland: “pa casaaaa y quítate ya esa capuchaaa”. No defiendo en absoluto la violencia paternal, pero muy probablemente ese muchacho se apartará del sendero del mal, si supera la vergüenza de que todo el mundo haya visto a su madre, como la Hidra, sacándole de la manifa a leches.
Pero es que los padres no debemos descuidarnos si queremos que nuestra progenie se mantenga en el buen camino. Y no hablo sólo de chicos más crecidos. La buena educación empieza desde bien temprano. Y hay que estar atentos, no sólo a lo que hacemos nosotros, sino a lo que les dicen a nuestros hijos los que les cuidan. Cuando mi hija Paula tenía un año y poco, generaba mucha admiración entre las amistades porque era un loro y decía perfectamente todas las palabras que aprendía. Un día, desperezándome de la siesta, escuché a la señora que trabajaba en casa decirle cosas a Paula mientras le cambiaba el pañal. Todo fue normal hasta que Mary (que así se llamaba la susodicha) anunció: “Le voy a limpiar a mi niña laaaa…” Y mi hija, para gran sobrecogimiento mío, gritó entusiasmada: “Chirlaaaaa”.
http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/la1-madre-baltimore/3109521/

ESOS POBRES NEGRITOS

Nos dan mucha pena. Hablamos de ellos casi siempre con ese sentimiento caritativo que nos da la certeza de que somos superiores a ellos. No sé si es el gen colonial, que lo tenemos ahí metido a fuego, pero seguimos en muchas ocasiones hablando de la gente del Tercer Mundo como de nuestros hijos pequeños. Con una mezcla de pena y conmiseración que nos deja muy tranquila la conciencia y permite que podamos seguir con nuestras vidas como si no hubiera pasado nada.
Nos gustan mucho los negritos del África Tropical. Quedan estupendamente para nuestras campañas de blancos enrollaos. Nos permiten sacar lo mejor de nosotros mismos, pero, si lo que les pasa a estos negritos es demasiado fuerte, pues oye, mejor miramos para otro lado que, al final, están lejos de cojones y ojos que no ven… Y somos capaces de olvidarnos porque, enseguida, tenemos encima otra noticia que nos tapa los orificios de entrada de dolor.
Cuento esto porque la semana pasada un buen amigo mío y seguidor habitual de la Cabra, Txema Marquiegui, me hizo ver que no entendía por qué nos sentíamos tan identificados con unos muertos y tan poco con otros. Se refería a la poca repercusión que habían tenido en el Norte los asesinatos de 147 estudiantes en la Universidad Keniata de Garissa. 6 bellacos del grupo terrorista Al Shabab masacraron a decenas de estudiantes para generar terror. Y como saben que su crueldad sin sentido nos sobrecoge, para meternos más miedo en el cuerpo, dijeron que habían dejado con vida a los estudiantes musulmanes. Son esas explicaciones inexplicables que dan los grandes malvados de la Historia para provocar espanto en los no afines y algo de empatía y admiración entre sus incondicionales.
Cuando aquellos desalmados entraron a tiro limpio en la redacción de Charlie Hebdo, no tardamos ni cinco horas en decir masivamente que todos éramos Charlie. Hubo manifestaciones en cientos de ciudades y líderes de todo el mundo acudieron a Paris a un gran acto contra la barbarie. En el atentado contra la redacción de esta revista satírica murieron 12 personas. Pero la muerte de esos 12 nos dejó más huella y fue, sin duda, porque vimos cómo el espanto se metía en nuestras cocinas. Esa sensación de: “Me puede pasar a mí” hizo que todos nos sintiéramos Charlie. Sin embargo estos 147 estudiantes forman parte de aquellos lejanos negritos del África Tropical que nos cantaban en nuestra infancia con el Cola-Cao. Y durante un rato, o dos, nos espeluznamos con el relato de la masacre, pero ninguno hemos sido en estos días ni Peter, ni Mary, ni Fred que son 3 de los nombres de los 147 desdichados que cayeron. Yo no puse ninguna foto en mi Facebook, ni hice ningún comentario en Twitter, ni dediqué ni una línea de una Cabra a reflexionar sobre la truculencia de este terrorismo yihadista que mata cada día a miles de personas en todo el mundo, pero que sólo nos toca la fibra cuando se cepilla a nuestro vecino.
Así que aprovecho esta Cabra para pedir perdón a esos 147 muchachos que se formaban para ser mejores ciudadanos y me comprometo a estar más atento a estos espantos, aunque nos los tapen diariamente los escándalos de nuestros políticos que, cada dos por tres, nos dan motivos para ponerlos en las portadas de los periódicos. Joder; por si no teníamos suficiente con Bárcenas, Gurtel, Púnica, los ERES, Pujol, Rato… es que ahora sale también lo de Trillo. Que hay que respetar la presunción de inocencia, pero ya mosquea que una constructora le pagara al ex presidente del Congreso por asesorías más de 350.000 euros. Eso por no hablar de la creación lingüística del Director de la Agencia Tributaria al referirse a la lista de los 715 amnistiados fiscales que levantan sospechas de haber hecho marranadas con su dinero. Esa “repera patatera” ha levantado multitud de comentarios y de exigencias de transparencia de todos los partidos de la oposición. Yo creo que piden eso porque ellos apuestan a que en la repera patatera hay más del PP que de los otros, pero yo no me fiaría mucho, no sea que alguno se lleve una sorpresita. Porque en esto de tener averiados en la tropa no puede ponerse estupendo ningún partido. Está tan gastada la palabra imputado, que hasta el PP ha decidido hacerla desaparecer de nuestro ordenamiento jurídico para sustituirla por “investigado”. Y la verdad es que es una pena porque imputar ha sido un verbo que, tradicionalmente, ha dado mucho juego en los juzgados. Sobre todo en mi tierra. Mi tío José Luis, que de joven fue juez en la localidad malagueña de Coín, siempre contaba la anécdota de un agricultor al que uno de sus compañeros, durante un juicio, le preguntó: “¿Está usted de acuerdo con el delito que se le imputa?”. El pobre hombre no entendió la pregunta y dijo: “¿Eingg?”. Cuando el magistrado le insistió: “Que si está usted de acuerdo con el delito que se le imputa”, el campesino ya torciendo el gesto y empezando a cabrearse gritó: “¿Quién? Hioputa yo?”
Pues eso. Que puede que en los juzgados no vaya a haber ya imputados, pero “hiosputa” me temo que va a seguir habiendo unos cuantos.

SUS SEÑORÍ@S

Pues hasta me produjo ternura. Y no hablo de un bebé, ni de un vídeo de gatitos, ni de un powerpoint hortera con amaneceres, ni de un sollozo de Belén Esteban, con lo que empatizo con ella. Hablo de Celia Villalobos. Lo sé; pensarán que he sufrido algún trastorno en las últimas horas, pero si me dejan que les explique lo van a entender perfectamente.
Ayer acudí a un Pleno del Congreso de los Diputados. No crean que el trastorno me viene de ahí. Antes de la sesión de Control al Gobierno, el ejecutivo iba a informar sobre una cumbre europea y, a las 9 de la mañana, el Presidente del Gobierno subía al estrado. Yo estaba en la tribuna de invitados y, como el discurso era más bien mortecino, me puse a fijarme en lo que iba viendo.
Lo primero que me pregunté fue: “Pero ¿qué hacían estos hombres y mujeres cuando no había móviles?”. Como si fueran una turba de adolescentes wasaperos, todos y cada uno de los diputados y diputadas andaban ahí con sus smartphones, sus tablets o sus ordenadores dale que te pego mientras Mariano Rajoy les contaba cosas que, se supone, les debían interesar. Había algunas excepciones; lógicamente el Presidente del Gobierno no tenía el móvil a mano. El líder de la oposición remataba el discurso que iba a leer. Algún que otro diputado miraba las musarañas y solamente hubo una persona que, durante la primera hora del pleno, no parecía un quinceañero compulsivo; Celia Villalobos. La Vicepresidenta del Congreso, a la que pillaron en un pleno jugando al Candy Crush, estaba como aquellas niñas de los cuentos de posguerra. No sé si será por el nombre, pero me acordé de aquellos recargados relatos sobre su tocaya, Cuchifritín y Paquito. La Villalobos parecía una de esas mozas de las que decían: «María Pilar es una niña traviesa, pero de gran corazón». Y si a María Pilar, la pobre, la sorprendían haciendo una trastada, tras recibir el castigo pasaba varios días mostrando a todo el que la viera una conducta de modestia y recato “comme il faut”. Y así estaba mi paisana. Mientras todas sus señorías y señoríos wassapeaban, leían la prensa online o jugaban al Candy Crush, ella, que fue puesta de cara a la pared con las orejas de burro, de manera ejemplar, no tocaba ningún elemento electrónico, no fuera a pensar el personal que estaba comiendo golosinas electrónicas.
Sólo 3 veces en esa primera hora acercó la mano a su móvil; como imagino que se acerca un alcohólico a un chato de vino, se puso sus gafas de ver y comprobó que no tenía mensajes nuevos. Pero soltó el aparto, como si le quemara, en menos de 30 segundos. Y a mí ese comportamiento de niña picaruela de buen corazón, que habría dicho Elena Fortún, me pareció enternecedor. Claro, que me duró poco la ternura, porque, justo al lado de la Villalobos, estaba sentada otra señora; la vicepresidenta 3ª del Congreso, Dolors Montserrat. Se nota que es de las más jóvenes diputadas. Me fijé en ella desde el principio porque, estando sentada en la Mesa del Congreso, a sólo 3 metros del orador, estuvo dándole al móvil continuamente. Creo que lo que hacía era wasapear o mandar emails, porque daba la sensación de que escribía, pero me resultó muy sorprendente la intensidad en el ejercicio y me lo tomé como un ensayo científico; la cronometré. En esa primera hora estuvo 53 minutos con el móvil en la mano. Hubo no más de siete minutos en los que soltó su smartphone y atendió, no a Rajoy o a Sánchez, sino a unos papeles que hojeó y en los que hizo dos o tres garabatos. Una vez consumada la anotación, cogía de nuevo su móvil y a chatear, que es gerundio, como diría la Esteban.
En fin. Esto me pareció lo más tremendo, pero también me resultó impropio de personas educadas la falta de atención a los oradores. Cuando habló por primera vez Rajoy, todo el hemiciclo estaba en silencio respetuoso. Cambió después, en el turno de Pedro Sánchez en el que un murmullo muy molesto iba creciendo, por la parte derecha de los escaños. Pero ya es la repanocha cuando intervienen los restantes portavoces de cada grupo. No les hacen caso ni sus respectivas familias y, si alguno logra que no haya ruido, es porque se produce el tristísimo silencio de la incomparecencia. Vaya; se te oye, porque no te está escuchando ni Blasete. No sé; quizás debería haber una regla en el Congreso que obligara a que hubiera un mínimo de diputados, aunque sea una chorrada. Lo que sí me parece obvio es que debería haber alguna norma que impidiera que nuestros Padres de la Patria se desaforen en el uso de la tecnología. Mi hija Macarena, anoche, se quedó dormida con el móvil a 20 centímetros de su cabeza y hoy va a estar castigada sin él. Por lo que yo vi ayer, sus señorías tienen menos autocontrol que mi hija de 13 años, así que igual debería haber alguien con autoridad para imponerles un castigo.
Claro que, a lo mejor, existen esas normas y no están muy claras, y a sus señorías les pasa como a los clientes de un Parking de Sevilla en el que metí mi coche hace unas semanas. Como verán en la foto, algún cachondo se dejó encendidas tanto la luz de Libre como la de Completo, con lo cual, el que llega, lee “Combreto”, en una intersección de letras y colores que llevaría al colapso a un alemán, pero que a un andaluz, optimista y de letras, como yo, le hizo dirigirse hacia la barrera convencido de que había sitio de sobra.

ASUMIR LAS COSAS

Nos cuesta un mundo aceptar determinadas cosas. Vuelve hoy la Cabra después de una semana de vacaciones y ha habido tantos sucesos que tenían miga, que me ha costado no ponerme a escribir, aunque necesitaba un descanso. Y me ha resultado curioso observar que el denominador común de las noticias que más me han chocado es la dificultad que tenemos los humanos para asumir las derrotas, para saber ver que tenemos un problema, o para asimilar que, muchas veces, las cosas ocurren porque sí o porque hay gente que es, sencillamente, mala.
Empezando por lo más cercano en el tiempo les pongo el caso de lo que está sucediendo en dos partidos políticos después de las elecciones andaluzas. Por ejemplo en el UPyD de mi ex-admirada Rosa Díez. Yo creo que en los últimos tiempos han sido varias las noticias, las personas, los votantes y los compañeros de partido que le han dicho a la líder de UPyD que se estaba equivocando, que por ahí no, que igual debía darle una vuelta a una posible alianza con el Ciudadanos de Albert Rivera. Y ella, erre que erre, que no, que ella misma con su carisma iba a esquivar lo que anunciaban las encuestas; una leche planetaria en los comicios de Andalucía. Y lo tremendo es que, una vez confirmada la catástrofe, en vez de recular, pensar en qué se había equivocado, sentarse a hacer examen de conciencia, va la tía y da una rueda de prensa diciendo que la culpa es de los votantes que no saben votar bien, de los medios de comunicación que son duros con ellos y del empedrado, que es muy difícil andar por él con tacones.
Y gracias a su incapacidad de reconocer los errores propios, hoy UPyD es un partido en derribo en el que cada día sale una noticia de un diputado que se va o una diputada que no se va, pero pone dinamita en el maletero de la fregoneta.
Y, salvando las distancias, algo parecido está sucediendo en el PP. Están estupefactos. Y no reaccionan. Yo comprendo a Rajoy mejor que a Rosa Díez. Es obvio que Mariano y los suyos, en estos años, nos han apretado hasta la asfixia a ciudadanos y empresarios, han hecho recortes inaceptables y han gobernado pisándoles las pelotas a los más débiles. Pero igual de obvio es que recibieron un país en bancarrota que decía adiós a ZPeter ZPan con cara de espanto y hoy da la sensación de que España comienza a respirar. Ahora hace falta que respiremos los españoles, pero, aunque a la oposición le dé rabia, estos tíos han hecho muchas cosas bien. Lo chocante es que sean tan incapaces de ver que se están equivocando y sigan manteniendo el discurso de “bueno, bueno, que ya se darán cuenta los españoles de que somos guays”. Y los españoles, de momento, bastante tenemos con llegar a fin de mes y con no tener la sensación de que los políticos nos toman por bobos. Porque escuchar cosas como el discurso de Rajoy en la Junta Directiva nacional de anteayer, es para pensar que Mariano cree que somos memos. Según él, en el PP, no hay disensiones, no hay opiniones encontradas y a todo el mundo le ha parecido perfecto y súperchuli cómo se han hecho las cosas últimamente, aunque, según termine la reunión, salgan cuatro o cinco, o veinte de los suyos con cara de haberse tragado un pepino muy amargo y sin cortarlo en rodajas.
Pero no sólo quería hablar de política. Sigo aún impactado por la historia terrible del co-piloto Andreas Lubitz, que estrelló un avión en los Alpes para suicidarse matando a otras 149 personas. Me sigo preguntando por qué nos cuesta tanto aceptar que hay gente que es, sencillamente, muy mala. La historia clínica de Lubitz ha echado un manto de sospecha sobre los millones de personas que sufren depresiones en todo el mundo. Es de cajón que debían haberle controlado mejor en su empresa y que una persona de baja médica psicológica no debía haber montado en ese avión. Pero este Lubitz no estrella el avión porque estuviera deprimido. Estrella el avión porque era un grandísimo hijo de puta. Un hombre malo. Siempre nos pasa que, ante la maldad, tendemos a buscar explicaciones que nos hagan entender por qué hay gente que abusa de niños, que mata a su mujer o que estando en el poder masacra a los que no opinan como él. Probablemente haya miles de libros que argumenten el origen de esas averías mentales, pero, en muchos de estos casos hay detrás algo tan simple como la maldad absoluta. Que es muy incomprensible para nosotros, a pesar de que sea tan humana y tan difícil de encontrar como la bondad absoluta. Pero igual que hay buenos absolutos, hay también malos integrales y este copiloto alemán era uno de ellos.
No querría terminar esta Cabra del reencuentro de manera triste, así que les voy a regalar un buen ejemplo de una persona a la que también le costó asumir sus errores. Hace unas semanas, en un viaje, paramos a tomar un bocadillo en la provincia de Cuenca. Junto a la gasolinera en la que repostamos nos encontramos con una pequeña capilla. Yo me detuve un instante a contemplarla, aunque era tirando a fea, pero me resultó muy pintoresca. Y hallé algo maravilloso. Coronando la capilla había una inscripción que recordaba que el templito se había erigido en honor del patrón de los caminantes. Cuando me dio por leer el texto esculpido en la piedra, me fijé en que la N de San Cristóbal estaba invertida. Y que, al hacer la C, se les había colado una G, y rellenaron el rabito con yeso, para dejarla en C. No quiero pensar el pastón que le debió costar al paisano el monumento, pero sí quiero imaginar esos días de rabia, de no querer asumir que la habían cagado y que ya puestos, pues que ellos iban a hacer como los políticos españoles; “oye; mira palante, haz como si tal y ya verás cómo casi nadie se da cuenta”.

TEMPLO SAN CRISTOBAL GENERAL

TEMPLO SAN CRISTOBAL CORTO

PENA DE MI CORASOOOOÓN

Bueno, más que pena, es una mezcla de vergüenza, rabia, tristeza, cansancio y desesperanza. Mis más allegados se preguntarán qué puede hacer que un optimista radical como yo se halle así, pero a mí lo de las elecciones andaluzas del domingo me dejó desolado. No voy a decir, como han hecho algunos, que mis paisanos son unos incultos, unos analfabetos o que se han equivocado. Pero algo debe pasar para que, a pesar de todo lo que ha sucedido en los últimos años, el PSOE vuelva a ganar las elecciones con el mismo número de diputados que en 2012.
Yo creo que lo que ha sucedido muestra síntomas de una sociedad enferma. Creo que no es sano que parezca que a los andaluces nos da igual 8 que 80. Hay al menos indicios de que la enfermedad no es tan grave. Ha habido partidos que han recibido un castigo acorde con el mal que han provocado. El PP nos está sacando de la crisis y ha hecho muchas cosas bien, pero se lo ha puesto a huevo a sus rivales con una política bestial de recortes e impuestos que ha empobrecido de manera acusada a la clase media y media-baja del país. Por si eso fuera poco, lo de Bárcenas, la Gurtel, la financiación ilegal, las obras pagadas en negro, dan munición a los rivales que, en plena campaña electoral, quieren disparar contra el partido en la Moncloa. Y por eso perdieron 17 diputados el domingo.
En estos comicios, IU sufrió una hecatombe similar. El haber gobernado junto al PSOE ha demolido al partido pequeño que, además, sigue sin saber cómo hacer frente al Tsunami de Podemos. El maremoto de Pablo Iglesias ha arrasado a los comunistas, aunque la tropa podemista esté mohína porque creían que iban a ser clave para el gobierno y, al final, pues no tanto.
Otros que pueden ir haciendo las maletas tras lo de Andalucía son los de UPyD. El brutal ascenso de Ciudadanos, con 9 escaños, pone al partido de Rivera en condiciones de ser bisagra y al de Rosa Díez en condiciones de ser el dedo pegado en la bisagra con superglue justo un segundo antes de que se cierre la puerta y sea aplastado con gran dolor. O sea, pal arrastre.
De manera que no se puede decir que sea el andaluz un pueblo adormecido, que no piense, así en general. Porque ha habido reacción del electorado ante determinadas cosas. Lo que a mí me resulta chocante es que ese castigo o premio del electorado se aplique a todos los partidos excepto al que lleva gobernando en Andalucía desde hace treinta y tantos años. Coño, es que el otro día me decía un amigo que si en Euskadi se elige Lehendakari y en Cataluña al Molt Honorable, en Andalucía parece que elegimos al Caudillo. Y, hombre, no tiene nada que ver, porque el Caudillo llegó al poder tras un golpe de estado y una guerra, pero esa eternización en el gobierno suele ser sospechosa. O a mí, al menos, me lo parece.
Porque yendo por partes; da la sensación de que a muchos andaluces les ha calado más el mensaje de Susana Díaz de que el PP les ha robado con los recortes, que la infinidad de noticias, mandamientos judiciales e imputaciones que dan por hecho que desde el gobierno de la Junta el PSOE ha robado al pueblo con los ERES, los cursos de formación y otras mandangas. Y ahí es donde yo me pregunto: ¿Es que a la gente que ha votado al PSOE no les indigna que haya sucedido esto? Porque da la sensación, tras ver los resultados, de que a muchos andaluces, no les importa que la pasta se la lleven a casa de manera ilegal algunos, siempre y cuando esos algunos sean “de los nuestros”. Y lo que ya es de campeonato es la lamentable grabación de esa delegada de empleo de la Junta en Jaén. Esa tal Irene Sabalete que, como en las pelis de la mafia calabresa, conmina a su equipo a dejar de trabajar en lo suyo y ponerse a hacer campaña por el PSOE porque, si gana el PP se acabó el chollo.
Mi pregunta es ¿Cuántas Irenes Sabalete hay hoy en Andalucía? ¿Cuántos alcaldes de pueblos pequeños acojonan a sus vecinos diciéndoles que si no gana el PSOE se acabó el escándalo ese de las peonás? Que esa es otra. Está tan clara la utilidad electoral de las peonadas, que hasta los partidos de la oposición se cagan antes de anunciar en una campaña que le van a meter mano a una de las cosas que, desde mi punto de vista, tienen hundida a mi tierra. Porque esos miles de jóvenes que parece que tienen suficiente con esos 400 euros al mes más sus chapucillas, probablemente estarían más activos si alguien tuviera la buena idea de hacer que ese dinero les ayudara a emprender. Yo es que no me creo las cifras. Si el paro en mi tierra diera la imagen real de los ingresos de los andaluces, habría diariamente quema de contenedores y acosos a políticos en sus casas. Pero no. Allí estamos felices con nuestras ayuditas y nuestras chapucillas en negro y, si los nuestros roban un poco, pues bueeeno. Tampoco pasa ná; que los de la derechona y los señoritos estuvieron robando muchos siglos. Y así nos va. Y me imagino que esta Cabra me va a provocar algún dolor de cabeza y que se defequen en mis muelas unos cuantos de mis paisanos, también me lloverá algún aplauso desde la derecha, pero igual si comenzamos ya a llamar a las cosas por su nombre pueda empezar a cambiar algo por el Sur. Y así que deje de correrme la pena por las venas, “con la fuersa dun siclóoooon”.