MENSAJES DE LA MASA

Las masas están claramente sobrevaloradas. Las únicas veces en las que se debe hacer caso a lo que dicen las mayorías es en los procesos democráticos, pero, quitando las votaciones, en general, las masas me ponen nervioso. No voy a decir aquello de que “la democracia es el menos malo de los sistemas” porque pensamientos como este acaban abriendo la puertecita a esos mesías que, desde que la humanidad existe, deciden que van a venir a salvarnos a los demás. No. La democracia es un sistema magnífico en el que, de vez en cuando, se cuelan hideputas que la pervierten y dan munición a los que están deseando pasarse al pueblo por el arco escrotal.
Digo esto porque me sorprende la importancia que le damos, fuera de los procesos democráticos, a las supuestas opiniones de “la mayoría”. Me hace gracia la cantidad de políticos que utilizan frases como “mucha gente exige”, “el pueblo pide”, “los ciudadanos reclaman” para apoyar sus argumentos. Pero nunca explican de dónde han sacado el material demoscópico con el que nos deleitan. También tenemos nuestra parte de culpa los periodistas que mostramos una tendencia admirable a convertir en general lo que suelen ser comportamientos de tres o cuatro orates sin demasiada masa cerebral en funcionamiento. Por ejemplo, un equipo, después de una mala racha, pierde un partido muy señalado y, al salir de los vestuarios, se quedan quince o veinte aficionados a llamar de todo al entrenador, a los jugadores y/o a los directivos. Pues normalmente, esos periodistas, en vez de decir: “15 ó 20 aficionados increparon a”, suelen decir “la afición abuchea a”. ¿Representan 15 ó 20 exaltados a la afición de un equipo? Yo creo que no. Del mismo modo que 20, 200, 2.000 o incluso 200.000 personas diciendo cosas en Twitter, no representan a nadie. Ninguna cosa es mejor por el hecho de que la digan muchas personas a la vez. Ningún argumento es más válido porque, el que lo profiera, tenga un enorme megáfono. Pero en estos días de éxito de las redes sociales, partidos políticos, empresas e instituciones, varían sus estrategias en función de cómo se mueve Twitter o Facebook. Conozco empresas que han dejado de lado proyectos porque han recibido unos cuantos miles de menciones críticas en las redes sociales. Claro que también estuve hablando el otro día con un gran empresario español que me decía, y cito textualmente, que le importaba “tres cojones lo que digan los de Twitter”. Varios de sus subordinados y miembros de su consejo de Administración le invitaban a cambiar una decisión empresarial por la protesta de 100.000 twiteros en una de esas operaciones pseudomilitares de las redes sociales que nadie sabe quién arranca pero que tienen una eficacia sorprendente. El empresario dijo que no pensaba hacer ni caso, aguantó el chaparrón y hoy ni Blas se acuerda de lo que provocó aquel aluvión de mensajes contrarios.
Viene todo esto a cuento de lo que ha sucedido en las redes sociales con el asesinato de la presidenta de la Diputación de León a manos, supuestamente, de una señora que quería vengar el despido de su hija. Hubo dos imbéciles muy imbéciles, curiosamente ambas concejalas gallegas del PSOE, que soltaron bilis en las redes sociales contra la muerta. Una diciendo que “el que siembra vientos, recoge tempestades” y, la otra, afirmando que este asesinato debía poner en guardia a otros líderes del PP y soltaba: “Tiembla Bauzá” en referencia al Presidente de la Diputación de Pontevedra. Estos dos comentarios y otros miles de personas con evidentes problemas de socio y psicopatía, han llevado a decenas de comentaristas a advertir un ambiente general de inquina y de pre-guerra civil que a mí me parece una desmesura. Es cierto que comentarios como los de las dos concejalas dan una idea de lo que ellas habrían hecho de 1936 a 1939 con sus rivales políticos, pero creo que esa insistencia en decir que estamos en un clima de pre-guerra es una demostración terrible de desconocimiento de lo que sucedió en el 36.
Es cierto que estamos mal, es verdad que hay mucha gente desesperada, que abundan los representantes políticos infames y que a veces dan ganas de poner una guillotina en la carrera de San Jerónimo, pero estamos infinitamente mejor que en 1936. Lo único que tenemos que hacer es recordarle a nuestros políticos que somos nosotros los que mandamos. Que los podemos mandar a esparragar cuando nos dé la gana. Y una ocasión magnífica para hacerlo son las próximas elecciones europeas. A mí me gustaría que estos comicios, aunque no tengan que ver exclusivamente con España, los utilicemos los ciudadanos para gritar sin gritar nuestro cansancio. ¿Y si en vez de mostrar nuestro cabreo no yendo a votar, lo mostramos dejando de votar como autómatas a los dos partidos hegemónicos? Quizás así no arreglemos nada, pero les íbamos a dar un aviso a navegantes con mucho mayor valor que las mamonadas que se escriban en Twitter y en Facebook, por mucho que quien las diga haya sido elegido como concejal.

BORRACHOS DE TWITTER

Un lío. Mira que, por lo general, tengo una opinión clara de las cosas, pero hay otras que me hacen estar dando vueltas y no aclararme durante mucho tiempo. Imagino que habrán escuchado la noticia de que han condenado a pagar 1.300 euros al troll que insultó a través de Twitter a la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes. Para empezar habría que explicar qué es un troll. Este tipo de seres dicen cosas tremendas a través de las redes sociales, escondidos tras un pseudónimo y, habitualmente, con una cuenta abierta con datos falsos, para evitar ser perseguidos. Este anonimato, a ellos les da una sensación de impunidad que, de vez en cuando, es alterada por la policía y por los jueces. Lo que sucede es que, salvo que hablemos de delitos mayores, la policía y los jueces sólo intervienen si el perjudicado denuncia, con lo que, en la mayoría de las ocasiones, uno puede decir casi cualquier cosa de casi cualquier persona sin temor a sufrir ninguna consecuencia.
A mí eso me parece cobarde y estoy seguro de que, quienes hacen esto, son de esas personas que no aguantarían ni una mala mirada de aquel al que critican. Pero una cosa es que yo crea eso y otra que considere que se debe perseguir judicialmente al que insulta en Twitter. No opina lo mismo que yo Cristina Cifuentes y por eso, cuando L.J.M la llamó puta bajo el pseudónimo de Ximicomix, le denunció. El tal Ximicomix no debía estar tan bien escondido, porque la policía le localizó y lo puso a disposición de un juez. Antes de que hubiera juicio, los abogados se han puesto de acuerdo y han cambiado la solicitud de ¡¡4 años de cárcel!! por una multa de 1.300 euros para el bocazas internáutico.
Por un lado me alegro tremendamente de que uno de estos gallitos con capucha se lleve un palo de este calibre y de que se haga un aviso a navegantes. Por otro, me pregunto si, el hecho de que alguien te insulte debe recibir un castigo. Yo creo que, cuando uno tiene exposición pública, debe aceptar que haya muchos que no estén de acuerdo con lo que dices, con lo que haces o con lo que no haces o no dices. Y, si en uno de esos desencuentros, a alguien se le escapa un insulto, pues qué se le va a hacer. A mí, en los 27 años que llevo trabajando, me han dicho de todo. Lo que pasa es que, cuando yo empecé, el nivel de difusión de los insultos era mínimo. Llamaba alguien a la radio o a la tele, o escribía una carta y te ponía a caer de un burro. O salía un crítico al que no le gustaba tu trabajo y te hacía un destrozo literario y personal sin meter ni un insulto en su texto. Ahora no. Ahora mismo cualquiera, sin necesidad de que se le dé el título de crítico, ni un espacio en un medio de comunicación, puede darte estopa de manera inmisericorde. Y, si lo que dice tiene éxito, puede resultar que cientos de miles de personas se enteren de que hay alguien por ahí que te está poniendo a parir. Y esto hay que aceptarlo. Aunque no nos guste.
Hace unos meses, cuando sufrí enormes varapalos por aceptar presentar el programa Punto Pelota en Intereconomía, escribí una Cabra en la que decía que lo de Twitter es como la barra de un bar en el que hay dos tíos muy mamados gritando a pulmón. Antiguamente en los bares, al borracho, le oían cuatro gatos y, tocándole un poco la chepa, te lo llevabas a casa intentando que no se abriera la frente contra una acera. Esas barras de bar con dos tíos muy mamados, con las redes sociales, se han convertido en una enorme plaza de pueblo en las que un solo borracho, encapuchado para que no se sepa quién es, puede conseguir que sus insultos los escuchen cientos de miles de personas.
A mí todavía hoy, cada vez que digo algo de Mourinho, hay un grupo de fieles del ex entrenador del Madrid, que me insultan y me dicen de todo menos bonito por no estar de acuerdo con ellos. Pero, aunque me insulten, aunque me deseen una muerte lenta y cruel, ¿Debo tener derecho a denunciarles? Yo creo que, si yo fuera una persona anónima, podría tenerlo, pero, desde en el momento en el que decides dedicarte a una profesión con proyección pública, y el periodismo y la política lo son, debes aceptar que te van a caer palos que no les caerán a otras personas que trabajan en entornos discretos.
Dicho esto, no crean que soy Mahatma Gandhi. En general los insultos y las críticas me la bufan, pero otras veces me dan ganas de irme a por el de la capucha que está mamado y quitarle la cobardía y la borrachera con un buen par de hostias. Lo que pasa es que, no sé por qué, creo que eso no me iba a ayudar a estar más tranquilo.

UNA OPORTUNIDAD

Vaya dos noches de alegrones consecutivos que he tenido esta semana. Y no hablo de atletismo sexual, ni nada parecido. Ya lo siento. Hablo de los partidos en los que el Madrid y el Atleti han conseguido clasificarse para la final de la Champions. Me van a perdonar los no futboleros, pero si no dedico hoy un poquito de mi Cabra a hablar de esto, yo creo que me da algo.
Allá que nos vamos a ir mis hijos y yo el 24 de mayo en coche a Lisboa con mis cuñados y mis sobrinos; unos del Atleti y otros del Madrid. Sabemos que algunos van a volver, seguro, contentos en el coche. Y algunos muy jodidos. Pero creo que esa es la gracia del fútbol; que se tengan esos sentimientos intensos de derrota o de victoria sin que, al que pierde, le den ganas de partirle la cabeza al que ha ganado. Yo espero que, en esa final, los del Madrid y los del Atleti demos un ejemplo de aficiones que van allí a disfrutar de lo que pase, aunque lo que pase sea que nuestro equipo del alma pierda.
Claro que puestos a ser ejemplares, podrían aprovechar la oportunidad los dos equipos de la capital de España para cambiar un poco esa imagen chusca que transmiten, habitualmente, los futbolistas. No sé si ustedes se han preguntado alguna vez por cosas que ni siquiera los que hemos jugado al fútbol entendemos. Y no voy a entrar en esas modas recientes de no agacharse los de la fila de delante cuando les hacen la foto de equipo antes de comenzar el partido. Cuando yo era chico, los de delante posaban en cuclillas. Ahora se ponen con el culo en pompa, como si estuvieran de visita en el proctólogo. Y tampoco me voy a referir a la manía que les ha dado a todos de taparse la boca para decirse cosas; coño, que parece que se estén dictando la receta de la Coca-cola. Lo malo es que los niños les copian y el otro día, en un partido de alevines, vi a un defensa hablando en un córner con uno de su equipo con la mano puesta en la boca, como si hubiese comido ajos y tuviera un aliento pestilente.
Pero ya digo que estas cosas, me chocan, pero no dan mala imagen. Lo que sí da repelús es la cantidad de veces que escupen, se suenan los mocos y se tocan el paquete los jugadores profesionales de fútbol durante los partidos. Y yo creo que es cosa de que los tíos somos en general más guarros. Porque no es que yo vea mucho fútbol femenino, pero estoy seguro de que las chicas no escupen tanto, ni expulsan mocos, ni se tocan el pubis con la frecuencia de los chicos. Vaya, yo no digo que los jugadores vayan con un pañuelito metido en la manga, como hacían nuestras abuelas, simplemente podían aprender de los jugadores de baloncesto, que hacen un esfuerzo físico parecido o incluso superior y sólo escupen si a alguno le rompen la boca y sangra abundantemente. Y jamás he visto a un baloncestista taparse un orificio nasal y hacer, por el otro orificio, un lanzamiento de moco estilo Mazinger Z al grito de ¡Mocos fuera!
Por eso yo tiendo a pensar que estos comportamientos son consecuencia de la unión de un deporte como el fútbol, con un grupo de seres humanos de sexo masculino juntos y solos. Y para que lo entiendan, les voy a contar algo que hacíamos en el equipo de fútbol en el que jugué varios años; algo que pertenece a esos secretos de vestuario, pero han pasado ya tantos lustros que no creo que ninguno de mis compañeros se moleste por contarlo. Yo nunca competí en ligas de primer nivel, pero estuve muchos años jugando con un equipo de amigos en ligas menores. No recuerdo que fuéramos máquinas de escupir y moquear, pero teníamos una manía muy chorra. La típica tontada que hacemos los tíos cuando nos dejan juntos y solos entre los 15 y los 90 años. No sé quién del equipo decidió un día que, al que marcase un gol, había que darle un manotazo en los testículos. Absurdo. Lo sé. Pero lo hacíamos. Y había que vernos cuando marcábamos un gol. Imagino que recordarán con los pelillos de punta la carrera frenética que se pegó Iniesta cuando metió el gol que daba la victoria a España en la final del Mundial de Suráfrica. Pues esa galopada fue un trote cochinero al lado de las carreras que dábamos los de mi equipo cuando marcábamos un tanto. Los equipos rivales y la gente que iba al campo se quedaban de pasmo cuando nos veían correr desmelenados. El que había marcado haciendo un sprint tipo Bolt y los demás del equipo detrás de él gritando como 10 neanderthales a punto de cazar el bisonte que les arreglaba la semana. Todo muy masculino. Lo que no sabían los que no eran del equipo era que aquella carrera del que marcaba, no estaba influida por la alegría de haber hecho un gol, sino por el miedo real a perder un huevo en un campo de tierra del extrarradio de Madrid y no saber cómo explicarle la cosa, después, al cirujano que tuviera que reparártelo.

MORIRSE

Debo reconocer que, anoche, estuve a punto de cambiar el tema de mi Cabra y hablar del partido que jugó y ganó el Madrid contra el Bayern. Llevo muchos días pensando que me encantaría que jugásemos en la final de la Champions contra el Chelsea, llegar al minuto 120 con empate y que el equipo de Mourinho pierda después de que Íker Casillas pare dos o tres penaltis. Sería una bonita manera de cerrar el círculo maligno que el mentecato de Mou abrió en su paso por el Bernabéu. Lo que pasa es que para llegar a eso, primero, el Madrid tiene que clasificarse en Múnich y, segundo, el Chelsea tendría que eliminar al Atleti y yo, qué quieren que les diga, prefiero jugar la final contra el Atleti y, si tenemos que palmar en la final, que sea contra ellos. Pero debo seguir el sabio consejo que me dan mi mujer y mi corrector Pepe Jordana, que creen que las Cabras futboleras tienen poca gracia y, a mucha gente, le tocan las narices. Sea.
Así que haré caso al título de esta Cabra y hablaré hoy de la muerte porque con este tema, como con otros muchos, somos un país curioso. Por ejemplo, en España tenemos supuestamente un magnífico sentido del humor. Hacemos chistes hasta de lo más sagrado y con una rapidez que ya querríamos, es un poner, para nuestra burocracia. Y nos reímos jocosamente hasta que alguien se ríe de algo que para nosotros es tabú. Entonces nos sale el Atapuerco que llevamos dentro y nos encabronamos cosa mala con el que osa cachondearse de algo que nos toca la fibra. Con la muerte nos sucede algo parecido. Es muy raro poder hablar abiertamente sobre lo que queremos que nos pase o no nos pase en torno al trance de la muerte o que se nos permita decir muy claramente lo que queremos que hagan con nosotros cuando seamos fiambre. Sin embargo somos un país en el que la muerte está metida en nuestra cultura hasta los tuétanos. La Tauromaquia, tan denostada, está basada en la lidia y muerte de un toro, pero sólo tiene sentido si el público siente que el hombre que se enfrenta al animal tiene verdadero riesgo de morir. Nuestra Semana Santa es otro ejemplo. A mí me apasiona y me emociono cada año en Málaga viendo las procesiones, y me parecen lo más natural del mundo. Pero cuando vienen extranjeros y las ven, les sobrecoge y les sorprende que hagamos esa exposición tan abierta, tan evidente y, en ocasiones, tan festiva de la pasión y muerte de Jesucristo. Y ya no les digo si, a un turista, le da por venir en torno al día de Difuntos, que se celebra en todo el mundo, pero claro, en otros países a nadie se le ocurre comer Huesos de Santo. Yo, cuando estuve viviendo en Ginebra, hice por primera vez Huesos de Santo caseros. Me quedaron de escándalo y se los di a probar a mi profesora de francés. Le estaban encantando hasta que me dio por hacer expansión cultural y le dije que eran “os de Saint”. La pobre puso cara de “este tío se está riendo de mí” hasta que entendió que no era broma y que ese “rouleau de massepain” tenía la forma de un hueso y, efectivamente, estaba relleno de algo parecido al tuétano. Y estaba rico, pero a mi profesora le dio asco y le debió confirmar ese pensamiento que tienen tras los pirineos de que somos unos bárbaros. Eso por no hablar de los huesos de San Expedito, el brazo de Gitano o las tetillas de Novicia. La cuestión es que en esa relación extraña que tenemos con la muerte hace unos días me topé con algo que me pareció glorioso. Es una revista que encontré en un tanatorio sevillano cuando fui a acompañar a mi cuñado Damián, que despedía a su madre q.e.p.d. La revista se llama Adiós Cultural y es un auténtico festival del trato de tú a tú con la Parca. Si se fijan en la portada, que acompaño abajo en fotografía, tienen el santo estómago de buscar “el mejor cementerio de España 2014”. Y no sólo eso; dentro uno encuentra contenidos delirantes como un reportaje sobre velatorios portorriqueños en los que al cadáver se le viste de motorista y se le coloca en su moto. Hay concursos de tanatocuentos y secciones culturales como la de “Muertos de cine” u otra dedicada a las necrológicas y que lleva el magnífico título de “Mis queridos cadáveres”. La verdad es que, como suele pasar en los velatorios, la revista dio para algún que otro ataque de risa, pero estuvimos a punto de explotar cuando me di cuenta del nombre tan apropiado de uno de los redactores de la publicación. Nunca estuvo más acertado el director de Adiós Cultural que el día en el que contrató para su revista a Javier del Hoyo.

MÁS TONTO, IMPOSIBLE

Menos mal que existen las tildes y los signos de puntuación. Lo digo porque no es lo mismo decir: “MÁS TONTO, IMPOSIBLE” que “MAS; TONTO IMPOSIBLE”. Si no, quizás algunos de ustedes podrían pensar que yo estaba titulando mi cabra con un insulto para Artur Mas (sin tilde). Y eso no debo hacerlo, aunque me den ganas. Hombre, debo reconocer que, a mí, Mas no me parece muy listo. No sé si es más necio que loco o viceversa, lo que sí es cierto es que no le tengo en mi lista de los españoles más inteligentes (y que me perdone por lo de español). Digo esto porque anteayer seguí como pude, desde fuera de España, el Debate en el Congreso sobre el derecho a decidir. Sólo saqué en claro que, al menos, los líderes de los partidos estatales le han dicho a Mas que nanay. Pero habrá que ver si son tan firmes y terminantes en 2015 cuando, como se prevé, el voto de los nacionalistas sea fundamental para que alguno de los dos grandes partidos gobierne. Volverán entonces las innumerables tontadas que nos han traído estos lodos pertinaces en los que nada don Artur con su flotador de patitos. Por lo demás, me tiré todo el Debate intentando comprender qué es lo que ha pasado para que lleguemos al lugar en el que estamos. Y sigo sin entenderlo. Mas gana de manera exigua unas elecciones en cuya campaña se hartó de pedir a los catalanes que le dieran fuerza para exigir en Madrid. Visto que no había conseguido sus objetivos, un poco más tarde adelanta las elecciones para conseguir una mayoría amplia de verdad. Vaya; lo que viene siendo un plebiscito disfrazado de comicios. Y van los electores y le dicen a Mas que le den mucho por donde amargan “els cogombres”, que es como se dice pepino en catalán. Y, lejos de dimitir o pensar en qué se había equivocado, va el tío, se abraza a los independentistas y decide meter a Cataluña y a España en un jardín sin flores. Vamos, lo malo no es que no haya flores; es que hay miles de cactus y ni un solo parterre para pasear entre ellos. Y, a todo esto, en la sociedad catalana ha calado el mensaje de que España les roba y que, como lleva pasando desde hace siglos, les tratamos mal y que lo mejor que podría sucederles es la Independencia. Y claro, a ver quién es el guapo que arregla esto, porque yo he discutido con amigos catalanes muy moderados, que se niegan a reconocer que lo de Mas es una cagada descomunal y que, por mucho que se empeñe, no va a poder hacer de su capa un sayo sin provocar el tremendo daño que ya está haciendo. Porque ya que nos vamos a poner a cambiar la Constitución para contentar a los soberanistas (me gustaría saber con qué cambio en concreto se quedarían satisfechos), yo ya de paso reformaba también la ley electoral y reducía las posibilidades de que el gobierno del Estado siga estando cíclicamente en manos de los que, precisamente, no quieren pertenecer al Estado. Pero claro, eso es como pedir la luna y eso, de momento, sólo se le permite a Mas.
Y ya que hablamos de gente no muy lista a la que se le permiten cosas extravagantes, decía que el debate me pilló fuera de España. Estoy en Cannes en un festival de televisión. Es este uno de esos sitios a los que, cuando uno va, despierta oleadas de envidia entre las amistades, como si fuera a estar toda la semana alternando en los yates que están atracados a 100 metros del “Palais des Festivals”. Pero no. Te vienes hasta aquí para tirarte 3 días dando vueltas como un trompo entre casetas y stands hablando en todos los idiomas de los que tengas alguna noción. Mi mujer se ríe cuando digo que soy tetralingüe, pero juro que soy capaz de mantener reuniones a buen ritmo en inglés, francés e italiano. Vaya, algún ataque de risa nos entra cuando digo burradas, pero eso también sirve para hacer más distendido el ambiente.
Pero a lo que iba, que me desvío, es que en la noche del martes me fui a un Pub Irlandés para intentar ver el partido de Champions del Madrid contra el Borussia. Fue imposible y, visto el resultado, me alegro, pero daban el Chelsea-Paris Saint-Germain. Lógicamente la mayoría de los clientes iba con el PSG, pero había como un 10 por ciento de ingleses. Entre ellos, uno de esos de los que dices «más tonto, imposible». Era un inglés que estuvo toda la noche provocando a los franceses, gritando en inglés y francés frases poco afortunadas que iban subiendo de tono a medida que se aproximaba el final del partido. Cuando, en el último minuto, el Chelsea metió el segundo gol, que dejaba fuera de semifinales a los franceses, empezó a gritar como loco “Goodbye PSG”, “Au revoir la France”… Nadie le había dicho nada hasta entonces, pero un armario de tío, gabacho para más señas, ya no aguantó más, se le acercó y lo agarró por el cuello con ganas de partirle la cara. El británico en cuestión, que era canijo, lógicamente se amedrentó y empezó a decir tonterías en plan: “vamos a hablar”, “no hay que ponerse nerviosos” y tal y tal. Al francés, por suerte, lo agarraron entre varios y se lo llevaron mientras gritaba cosas como “fils de pute”, “con”, “putain” y “cochon” y otras palabrotas que ni mi tetralingüismo pudo entender. Y dirán ustedes que qué tiene que ver el inglés este con lo que estábamos hablando. Pues que el gallito provocador del Chelsea me recordó tremendamente a Mas. Sólo que al Honorable no sé cuándo va a aparecer alguien que, de verdad, y, a ser posible sin violencia, lo meta en vereda.

EL TONTO OPTIMISTA

“Un pesimista es un optimista bien informado”. Me parece una de las frases más gilipollas del catálogo de las frases tontas de la humanidad. No. Un pesimista es un tío que cree que siempre que algo puede salir mal, va a salir mal. A mí eso no me parece negativo en sí mismo. Allá cada cual con sus úlceras. Lo malo es que, no sé por qué, los pesimistas suelen ser tíos expansivos que se sienten en la obligación de compartir con todos los demás sus mensajes desoladores.

Y, del mismo modo que las espirales positivas son muy contagiosas, lo son mucho más las espirales negativas y, en un equipo que está arrancando algo con un entorno peligroso o incierto, un pesimista es un terrible compañero de viaje.

ZP; EL GRAN OPTIMISTA

Es una de las peores aportaciones de ZP a la historia anímica de España. Nos tuvo que tocar que el último gran optimista de nuestra historia haya sido, a la vez, uno de los tíos más tontones de nuestra democracia. De este modo, el optimismo de ZP, ese buenismo acompañado de cara de dibujo animado, esa negación de lo evidente, ha hecho que los optimistas hayamos caído en desgracia y ahora se nos mire con suficiencia.

Y, hombre, uno puede superar las miradas por encima del hombro cuando, ante una adversidad, dices a botepronto: “tranquilos, que lo vamos a hacer bien”. Lo que llevo fatal es que quien dude del final feliz parta de la base de que, en el fondo, no es muy de fiar nuestro comentario porque, ya se sabe que los optimistas no somos excesivamente inteligentes.

NI TONTOS NI INCONSCIENTES

Pero es que yo me pregunto con frecuencia: ¿para qué sirve el pesimismo? Mis amigos los no optimistas, cuando digo esto, me contestan con altivez asegurando que, cuando uno es pesimista, se anticipa a los problemas y es capaz de ver los peligros con los que se va a encontrar en el camino. Y estamos con lo de siempre. Yo estoy hablando de ser optimista. No de ser tontolculo. O sea.

Yo, cuando acometo un proyecto, no es que no vea los peligros, ni los problemas. Es que, una vez vistos, no les dedico ni un minuto más de mi tiempo. Todos esos minutos y horas, se las dedico a buscar la manera de sortearlos, con el convencimiento de que, al final, lo vamos a conseguir y vamos a llegar al objetivo deseado. Para mí no hay nada peor en un equipo que el cenizo. El que lo ve todo negro. El que siempre observa que el vaso está medio vacío.

CENIZOS, FUERA

Esa gente es tóxica en los momentos de tribulación y suelen conducir o al desánimo generalizado o a la bronca iracunda del jefe optimista que intenta tirar del equipo mientras el pesimista le hace la guerra sucia sottovoce. Yo, cuando trabajaba en informativos, viví muchos de esos días de aluvión en los que había algún suceso tremendo o se producía una noticia muy importante a media hora de empezar la emisión. Nunca fui capaz de empezar pensando en los problemas que me iba a encontrar.

Planteaba qué queríamos hacer, cómo lo íbamos a hacer y, al final, calibraba las posibles dificultades que podían surgir. Y, a partir de ese momento, no pensaba en otra cosa, más que en hacerlo bien. Si, en esos minutos de desconcierto venía alguien a mostrar su angustia ante los problemas, lo mandaba a esparragar con cajas destempladas. Y no recuerdo ni una sola vez en la que no consiguiéramos que el programa saliera bien. Las pasábamos canutas y nos encontrábamos, efectivamente, con setecientos problemas, pero, a pesar de las marejadas, llevábamos siempre la nave a puerto.

NO HAY EMPRESARIO PESIMISTA

Cuando eres empresario pasa un poco lo mismo. Yo siempre he pensado que es imposible que un empresario sea un tío depresivo. Desde mi punto de vista, un empresario tiene que ser obligatoriamente optimista e incluso tener un punto de locura, porque hay muchas decisiones que, si las tienes que tomar con los apuntes del Master en MBA en la mano, no las tomas ni borracho.

Hay veces que lo inteligente puede ser coger el camino de la izquierda, pero el instinto, la parte soñadora del cerebro, te dice que debes ir por el camino de la derecha y tiras por ahí entusiasmando a tu equipo para que vengan contigo aunque todos hubieran tirado por el de la izquierda. Con esto no estoy diciendo que sea infalible. Me he pegado galletas históricas y he cometido errores, pero, si miro hacia atrás, he tenido más éxitos que fracasos cuando, en las encrucijadas, he seguido mi instinto pensando en positivo y viendo sólo triunfo al final del camino.

LA MALA MEMORIA DEL PESIMISTA

Y, por cierto, esos pesimistas que yo no quería en el barco, tienen mucha más tendencia a recordar los momentos en los que te pegas el galletón, que la infinidad de ocasiones en las que mi optimismo y yo teníamos razón. Porque esa es otra, los cabrones de los pesimistas tienen una memoria selectiva que les hace mirar en negativo no sólo hacia delante, sino también hacia atrás, que ustedes me dirán para qué sirve.

Yo también tengo memoria. Y claro que recuerdo lo malo. Y las ocasiones en las que me he equivocado. Y las caídas en las que me he hecho muchísimo daño. Pero, qué le vamos a hacer, prefiero recordar las veces en las que no he tropezado y pensar en que, a pesar de que ahora mismo en mi empresa estoy más cerca del cierre que de los beneficios, va a llegar un momento en el que de nuevo triunfaremos. Vaya o por lo menos, que si me toca palmar, voy a entrar en la tumba con una sonrisa y, a ser posible, pedaleando.

LA UNIFORMIDAD

Más Cabra en el Garaje que nunca. Cuando comencé a escribir este blog hace un año y medio escaso confesaba que me sentía como una cabra en un garaje. O sea, como fuera de juego, con la sensación de que mi manera de pensar no acababa de acomodarse en ningún sitio. Me sigue sucediendo que mis amigos de un lado piensan que soy del otro y viceversa y, de este modo, en cualquier lugar en el que me hallo, soy un bulto sospechoso. Y me pasa con casi todo; por ejemplo el otro día con el Madrid Barsa. A mí me parece que Sergio Ramos comete el error de tocar la pierna izquierda de Neymar que, al sentir el roce, cae como si le hubieran disparado con un bazooka. Neymar puede que exagere, pero, por desgracia, es penalti y expulsión. Pues por decir esto he tenido que sufrir chanzas de amigos que insisten en que soy un mal madridista y que en el fondo mi color es azulgrana y qué sé yo. Es la uniformidad absoluta. Ahora mismo en España se te exige absoluta fidelidad a los pensamientos únicos y, si no los compartes, eres lo peor.
Imagino que tendrán muy presente la manifestación del pasado día 22. A mí me cogió fuera de Madrid, pero quizás habría ido porque comparto varias de las reivindicaciones de la Marcha de la Dignidad. Sobre todo creo que nos falta decirles más claramente a nuestros políticos que lo están haciendo fatal. Porque luego llegamos el día de los comicios y volvemos a votar masivamente a los que llevan ahí décadas. Otras de las cosas que decían los convocantes de la marcha, sin embargo, me sonaban a asamblea de facultad con dos o tres líderes anarcosindicalistas muy fumados, pero tenía más simpatía que antipatía por ellos. Y llegamos de nuevo a la uniformidad. Coño; ni una bandera española constitucional entre los convocados. Había miles de banderas republicanas y autonómicas, pero no vi ni una bandera española. Lo que me lleva a preguntarme: ¿No había ni uno sólo de los manifestantes que no fuera republicano? Es que no me lo creo, pero en ese pensamiento único si apareces ahí con una rojigualda te conviertes en el primo hermano de José Antonio el de la Falange. Eso por no hablar del desparrame posterior y lo que les está costando a los líderes convocantes criticar a los animales que pusieron en peligro las vidas de varios agentes de policía. Porque, si eres más crítico con los vándalos que con los policías (aunque se inventen la presencia de muletas fantasma), tampoco eres ya uno de ellos.
Ha sucedido en estos días con la muerte de Adolfo Suárez. Ha habido una absoluta uniformidad en el elogio a lo que hizo y ha habido muy pocos que hayan hablado de manera negativa del gran líder de la transición española. Y a los pocos que le han criticado les han dado hasta en el carné, por salirse de la gran autopista de peaje. Lo más gracioso, para mí, es que en esa uniformidad ha entrado hasta el brillantísimo Artur Mas que, por elogiar al difunto, defendió su manera de gobernar y dialogar. Quizás el Honorable no se dio cuenta de que ese Suárez al que utilizó para criticar a Rajoy fue el muñidor de la Constitución que el Washington del Maresme quiere pasarse por el escroto.
Y precisamente lo mejor de Suárez fue su falta de uniformidad. Que se salió de todos los carriles que le habían puesto por delante y tuvo las santas pelotas de coger al Rey de la mano y decirle que veía luz al fondo de uno de los 25.000 túneles oscurísimos que tenía ante sus narices. Y todos le gritaban que estaba loco, que ahí no había salida; los suyos, los que habían sido los suyos, los que eran los de enfrente, los militares rancios y los militares progres… Y él se metió por un túnel que decía consenso, concordia, paz, reconciliación y encontró luz. El problema es que, al salir del túnel le llovieron bofetones por todos los lados y decenas de los que en estos días de luto le alababan y pegaban el cabezazo ante su féretro le clavaron puñales y dijeron de él cosas tremendas.
Si yo fuese uno los hijos de Suárez no me acostumbraría demasiado a esta riada adulatoria en torno a sus exequias. En España el afecto, desgraciadamente sobre todo en estos casos, va por oleadas y lo mismo que te aturulla la riada afectuosa, te arrolla la marea brutal de regreso que, por lo general es para ponerte a parir. Lo que en estos días son alabanzas al hijo mayor, mañana serán críticas por haber dicho o no dicho o por haber hecho o no hecho. Y esto es así. Forma parte de nuestro ADN. Nos cuesta la de Dios alabar a alguien, hasta que le da por morirse. Entonces podemos llegar a ser los campeones del mundo del panegírico. Mientras el cadáver está caliente, se nos llenan el corazón y la boca de estima por el finado, pero, cuando desaparece el féretro, nos da cosa haber sido tan majos y tan blandurrios y nos jode haber tenido esa debilidad cuando, a lo mejor, “no era para tanto”. Y, entonces, esperamos la primera ocasión para sacar de nuevo nuestra especialidad nacional que es la crítica envidiosa con una retranca que ya empieza a verse en algunos hablando, por ejemplo, de lo que va costar o dejar de costar que el aeropuerto de Barajas se llame Adolfo Suárez. Ojalá me equivoque y por siempre mantengamos el afecto y el respeto por Suárez y su familia, pero me temo que sus herederos se han convertido desde ya en el próximo objetivo de la legendaria “Iberian bad host” que viene a ser la mala hostia ibérica, pero dicho en inglés, que queda mucho más fino.

UNIVERSO PARALELO

Quizás mi mujer, al leer esto, piense que me refiero a esas veces en las que tengo vacíos mentales. Esos momentos en los que me pongo a pensar en cosas que me entretienen y me puede caer al lado una granada de mano, que no me entero. Pero no. Estoy hablando de la sensación que deben tener esas personas que despiertan después de muchos años ausentes. Al regresar se encuentran un mundo que no reconocen. A mí me ocurre eso frecuentemente cuando veo los programas de televisión basados en famosos. Me da vergüenza reconocerlo porque soy productor de televisión y debería ver mucha más tele, pero en nuestra casa prácticamente lo único que vemos son series, películas y, para desgracia de mi mujer e hijas, partidos de fútbol y torneos de golf. No recuerdo la última vez que estuvimos todos juntos viendo algo que no fuera un capítulo de una serie o una peli. Por eso tenemos esa extraña sensación de que a nuestro alrededor suceden cosas que se nos escapan.
No sé si les pasa caer en una discusión de amigos en la que se habla de, es un poner, Toñi. Y tú preguntas, ¿Quién es Toñi? Pensando que hablan o de alguien muy amigo, o de ese tipo de famosos de los cuales diciendo el nombre o el apellido se sabe quiénes son; Íker (Casillas), Matías (Prats), Cela (Camilo José) o García (José Mª). De ninguna manera, oiga. Que preguntas por la Toñi y te dicen que es una tronista. Y yo, que tengo cierto hándicap auditivo, entiendo que la Toñi es cronista y digo que ya me choca no conocer a una cronista que sea tan buena como para hacerse célebre y pregunto que de qué hace crónicas. Y resulta que no es cronista, sino “tronista”. O sea, que se sienta en el trono, que no es el retrete, sino un espacio de un programa que se llama Mujeres Hombres y Viceversa. No sé muy bien cuál es la mecánica del programa, pero chicos y chicas de distinto pelaje se eligen entre ellos y muchos y muchas se han hecho celebérrimos. Pero vamos este MHYV es un ejemplo, porque otra fábrica de “celebrities” es el Gran Hermano y constantemente oyes: “Manolo de GH12”, como si fuese un título; o sea, Manolo, Doctor en Astrofísica. O los hermanos, padres, ex-novios y ex-novias y hasta sobrinos de famosos que llegan a la cúspide. Y la cúspide no es el reconocimiento por tus obras. La cúspide es que te hagan una entrevista-despellejamiento en el Sálvame o que vayas a que te puteen en taparrabos en una isla llena de mosquitos y amebas que desean entrar en tu intestino.
Digo esto porque el otro día leía una noticia sobre el comienzo de “Supervivientes 2014”, un programa en el que mandan a un lugar muy lejano a un grupo de famosos. Y leyendo el elenco, sólo era capaz de reconocer a 5 de ellos. Y, alguno, famoso de esos tipo Bibiana Fernández, que se han ganado su fama trabajando. Pero la mayoría es que no sabía de quién me estaban hablando; tronistas, famosillos de un programa llamado “un príncipe para Corinna” y diversos ex y familiares de otras celebridades, entre las que destacaba, para mi estupor, una sobrina de Aznar. Y lo malo es que en esa merdé en la que suena el nombre de un famoso porque acude su ex, su sobrino díscolo o su cuñado averiado, uno acaba formando parte de la isla, o de la playa o de la selva sin necesidad de ponerse el taparrabos. Así sucede que famosos que jamás acudirían al Sálvame o a un reality acaban manchados por los comentarios que sueltan aquellos que, por sangre o por una relación sentimental, un día pasaron por sus vidas. Y todo eso conduce a que se vaya formando la idea de que, al final, todos los famosos son iguales y vaya quedando un poso de falta de respeto hacia aquellos que han conseguido su celebridad, casi sin buscarla, sencillamente porque han sido los mejores en lo suyo. Porque yo he visto a esos periodistas de programas de despellejamiento humano hablar con la misma ligereza y falta de rigor de uno de estos tronistas, que de figuras cumbre del espectáculo, la cultura, el deporte o la tauromaquia. Y, al igual que no es lo mismo la Toñi que Matías Prats, no es lo mismo Víctor Janeiro, con todo mi respeto para el torero que fue, que Enrique Ponce.
Enrique sufrió anteayer en Valencia una cogida tremenda de la que salió vivo por auténtico milagro. Durante la tarde estuve siguiendo todas las informaciones que iban saliendo sobre la cornada y me entretuve en ir leyendo los comentarios de aquellos que tenían necesidad de decir algo. Y me resultó deprimente. Por supuesto había muchos que le deseaban una recuperación rápida, que hablaban de su valor y de su torería yéndose caminando a la enfermería con una cornada que le había partido medio pecho y una clavícula. Pero al lado de estos, en varios medios, había comentarios llenos de falta de respeto hacia un hombre que lleva 25 años siendo el mejor en lo suyo, que no ha entrado jamás en el juego del famoseo y que vive dedicado a su mujer y a sus niñas, a su familia, a su campo y a su profesión. Los comentarios negativos iban desde los anti-taurinos que defienden al animal pero se alegran de que sufra el torero, hasta los que trataban a Enrique como si fuera uno de esos que, por alcanzar su minuto de fama, son capaces de vender el amor de alguien de su familia o trepar en taparrabos a lo alto de la estatua de Colón.
Y, hombre, aceptando todas las opiniones, tendremos que convenir que no es lo mismo una cosa que la otra y que un señor como Enrique Ponce merece el respeto que yo le envío hoy, con un abrazo, desde mi universo paralelo.

CERRAR LA HERIDA

Que le vaya bonito, Monseñor. Ya me da pena que Antonio María Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid, haya mantenido su gesto hosco, antipático y poco misericordioso hasta en su último acto masivo como Presidente de la Conferencia Episcopal. Y no era un acto cualquiera. Era una misa en recuerdo de las víctimas de aquel día atroz del 11 de marzo de 2004 en el que los terroristas no sólo mataron a 191 personas e hirieron a 2.000. Aquellos villanos, además, abrieron una herida social que sigue abierta y que no sé si vamos a ser capaces de cerrar algún día.
Para empezar yo, que, soy católico practicante, no entiendo por qué un acto oficial de recuerdo a las víctimas de un atentado, presidido por los Reyes y el gobierno, se tiene que hacer en un templo católico y en una ceremonia católica. Estoy seguro de que, si la decisión la hubiera tomado el Papa Francisco, habría optado por ofrecer al resto de confesiones y a los no religiosos la opción de un acto ecuménico en el que se hubiera sentido cómodo un cristiano, un musulmán, un judío o un ateo. Pero no. Hala, hacemos una misa con 40 obispos, toda la pompa del Catolicismo de toda la vida y Monseñor nos suelta una homilía con su cara de haber olido un pedo y no haber sido él. Una alocución, por cierto, en la que soltó sutilmente frases en las que daba a entender que sigue sin estar claro quiénes fueron los autores de la matanza. Ya saben que una de las heridas que dejó abiertas el 11M es la de los que piensan que la investigación del atentado se hizo mal y que hubo un plan para ocultar la participación de alguien más que los islamistas de AlQaeda. Enfrente de ellos están aquellos que les llaman los “conspiranoicos” y que creen a pies juntillas que el 11M fue un atentado en venganza por la participación española en la guerra de Irak. Es curioso porque los de uno y otro lado dan por sentado que los suyos, en aquellos días terribles, lo hicieron bien y que fueron los otros los que lo hicieron mal. Si uno habla con alguien muy del PP, te dice cosas como que el gobierno no mintió, sino que le engañaron los policías de Felipe González diciéndole que era ETA. Si uno habla con los del PSOE te dicen que hubo simplemente indignación popular y no un comportamiento anómalo entre sus medios afines y entre los políticos de Ferraz.
Y yo, que, sinceramente, no tengo especial afinidad ni desafecto ni por unos ni por otros, recuerdo haber vivido aquello estupefacto, con la terrible sensación desde las 2 de la tarde del mismo 11 de marzo de que estaba pasando algo que se nos escapaba.
Yo entonces trabajaba en Antena 3. Estábamos todos los del equipo arrasados, rotos como el resto del país, en la redacción de mi programa y recuerdo, perfectamente cómo a eso de las 2 de la tarde todas las televisiones conectan con Moncloa porque hay rueda de prensa del Ministro del Interior, Ángel Acebes. Ya me sorprendió que no saliera el Presidente del Gobierno de la mano del resto de los líderes políticos para informar al país. Pues no. Era el Ministro del Interior, con su corbata negra para decir que la autoría del atentado era “sin ninguna duda” de ETA. Al instante varios periodistas que estábamos en la redacción nos miramos y dijimos: “¿Pero ya lo han reivindicado?”. Porque JAMÁS en los años en los que yo he trabajado se decía tras un atentado una frase como esa. Se recitaba como una letanía: “todos los indicios conducen a…”, pero nunca se daba por hecha la autoría de un atentado hasta su reivindicación y posterior investigación policial.
Yo no dudo de que al gobierno hubiera gente que le engañara desde dentro, pero, de lo que estoy seguro es de que al ejecutivo se le notó en exceso en aquellos días su deseo ferviente de que el atentado hubiera sido obra de ETA porque (y es una frase textual que me dijo aquella mañana un amigo del PP) iban a obtener 200 diputados. Del mismo modo creo que al PSOE y a los medios afines se les notó en exceso su deseo ferviente de que el atentado hubiese sido del entorno AlQaeda y por eso se habló de terroristas suicidas y hubo llamamientos a echarse a la calle contra el gobierno que nos metió en la Guerra de Irak. Porque ellos sabían que, si al final se certificaba la autoría islamista, podían darle a las elecciones el vuelco que finalmente le dieron.
Yo no sé si es cierta o no la teoría de la conspiración porque, además, los que están en un lado y en el otro, miran con suficiencia a los de enfrente como dando por hecho que son unos pobres simplones sin su perspicacia. Lo único que sé es que, 10 años después seguimos siendo incapaces de hacer una manifestación de toda la sociedad española para gritar contra los que nos hicieron esto. Ayer me deprimí al ver cómo en diferentes medios seguían rascando para mantener abierta la herida. En Libertad Digital insisten en que no sabemos quiénes fueron y califican de serviles y cobardes a los que afirman que fue un atentado islamista. En Público.es Aníbal Malvar llama “traidora” a Pilar Manjón por haber hecho algo que creo que hay que aplaudir y es que decidió acudir a la misa de Rouco para no dar una imagen de división de las víctimas.
Coño, una vez más tienen que ser las víctimas las que nos den lecciones. Pero, si los que más perdieron aquel día han sido capaces de mirar hacia delante y abrazarse, no sé a qué esperamos todos los demás, empezando por políticos, medios e Iglesia para dejar de soltar mensajes de división, ir allí y abrazarles diciéndoles algo parecido a perdón y gracias.

LOS HEMATOMAS DE CARDENAL

El pobre del Secretario de Estado para el Deporte, Miguel Cardenal ha hecho esta semana, por desgracia para él, honor a su apellido. Un hematoma del tamaño de una sandía debe tener en la espalda y en el ánimo después de la que se ha liado con el artículo que escribió en El País el pasado lunes. El artículo se titulaba “Orgullosos del Barça”, que ya hay que tenerlos bien puestos para titular así en un periódico de tirada nacional, y hace una defensa del equipo blaugrana como un ejemplo de muchas cosas buenas en unos días en los que la imagen de la directiva culé está por los suelos. Imagino que todos ustedes sabrán que un socio del Barça denunció a la Junta directiva del Club por haber declarado que la compra de Neymar al Santos costó menos de lo que se pagó realmente. Esta denuncia provocó la dimisión del presidente Rosell y ha hecho llegar el asunto a la Audiencia Nacional, en la que se investiga si, además de un posible fraude al fisco, puede haber, además, delito penal. Lógicamente, todo esto ha hecho que, durante días, el Barça y sus dirigentes hayan recibido todo tipo de palos justificados y sin justificar en prensa, radio y televisión y, sobre todo, en las tan temidas redes sociales. Lo que antes se llamaba tópicamente “correr ríos de tinta” habría que cambiarlo por “ríos de tweets” o “ríos de “me gusta””, porque ahora mismo los directivos de empresas e instituciones están casi más pendientes de lo que se dice en las redes sociales que de lo que se publica en la prensa supuestamente seria y contrastada.
A lo que voy es a que Miguel Cardenal en su artículo dice que no se puede hacer “totum revolutum” y permitir que parezca que una supuesta mala gestión de la directiva es lo habitual. Considera Cardenal que no debe pasar que un tropiezo, por gordo que sea, lo invada todo. El Secretario de Estado, en su escrito, por supuesto habla de respeto a la Justicia y dejar trabajar a los tribunales, pero pide que no se manche la imagen de un club por un suceso que está por ver que termine en una sentencia condenatoria. A mí el fondo me parece impecable e incluso la forma, salvo un par de cosillas que Cardenal se podría haber ahorrado. Por ejemplo dice: “Pero lo que sí tengo claro es que en este momento nadie piensa que alguien vinculado al Barcelona se haya apropiado de cantidad alguna, y también me consta la voluntad de sus directivos de cumplir con la ley”. Cáspita, vaya frase. No están los tiempos para soltar aseveraciones tan contundentes de confianza en la honradez de nadie y menos en un mundo tan proclive al chanchullo como el del fútbol. También podría haber matizado un pelín su afirmación de que: “No haría honor a la responsabilidad que me han confiado si callara mientras un escudo que ha aportado a nuestro deporte tanto como el que más es acosado y acusado”. Porque es obvio que Cardenal habla del apaleamiento popular y mediático y no del judicial, pero al decir la palabra “acusado” parece que el Secretario de Estado se está quejando de un acoso judicial, cuando de lo que habla, y lo dice expresamente en otro pasaje, es del juicio paralelo que se ha abierto sin esperar a que hablen los tribunales.
Pero es imposible pedir templanza en las críticas cuando estamos en la época del botepronto irreflexivo. Para empezar, me gustaría saber cuántos de los que le ponen a parir y piden su dimisión han leído íntegramente el artículo. Ahora mismo no vale un pimiento ser reposado y analítico ante las cosas que pasan; es mucho más valorado ser ingenioso y rápido en el tweet o en el comentario online aunque lo que esté diciendo su autor sea una mamonada sin ningún fundamento. Aparte de esto, Cardenal se enfrenta a varios hechos ciertos. En la política, arranques de sinceridad como el de su artículo no son frecuentes y uno se convierte en un bulto sospechoso cuando muestra una franqueza como la suya. Publicando su texto en El País, le está tocando las pelotas a todos los restantes medios a los que no entregó su artículo. Hablando del Barça de manera elogiosa, se está poniendo a la contra a esos miles de aficionados que piensan que alabar a un equipo es estar contra otro. Y esos miles son, precisamente, los que más ruido hacen en las redes. Para que se hagan una idea del absurdo, yo he recibido en Twitter amenazas de agresión física por decir que Íker Casillas me parece mejor portero que Diego López, o que considero a Guardiola un gran entrenador. O se me ha insultado gravemente por opinar que Mourinho fue un mal para el Madrid. O, a pesar de que soy más del Madrid que la familia Butragueño, se me llama antimadridista por decir que el fichaje de Bale fue una burrada, o por criticar determinadas actuaciones de la directiva de mi club.
Algunos le recomendarán a Miguel Cardenal que haga caso a ese consejo tan de abuelas que dice: “Hijo; tú no destaques”, pero yo le alabo la valentía. Y creo que no tiene por qué dimitir. Aún así, en el caso de que tenga ganas de mantener el cargo, le recomiendo, primero, que cierre oídos y ojos para no ver ni oír a los que le ponen a parir. Y, segundo, que escuche el sabio fandango de Cantimpalo del inolvidable Emilio el Moro en el que nos previene ante la tendencia a alabar a personas o instituciones.
Dice así y, con esto, termino:
“No le eshe piropo a nadieeee
Que te puede ehquivocaaaaa
No le eshe piropo a nadie
Que te puede ehquivocaaaa
Ayé miré a una morenaaa
Ayé miré a una morenaaaa
Y me di cuenta mu tarde
Que era un tío con melenaaa”