Me apuesto 10 contra 1 a que muchos de ustedes al leer el titular de esta Cabra de hoy han pensado: “Menudo facha”. Porque estamos en un país en el que, curiosamente, se identifica a la República con la izquierda más maja y a los que no somos republicanos con gente antidemocrática, de derechas cavernarias y no sé qué montón de cosas horribles.
Pues no. Yo soy un demócrata convencido, no soy de derechas, ni cavernario, ni tan siquiera sé si soy muy monárquico, pero sí creo firmemente que la monarquía que nos trajo Juan Carlos I es de lo mejor que le ha pasado a España en los últimos cien años. Y opino que, con sus fallos, sus elefantes, su yerno desviado, sus devaneos amorosos y hasta con sus supuestas comisiones por negocietes internacionales, es el mejor Jefe del Estado que hemos podido tener. Y estoy convencido de que su hijo, Felipe de Borbón, va a ser un buen Rey y le va a dar un aire nuevo a la Institución y a todo lo que rodea al poder en España.
Es que se nos olvida cómo éramos y cómo estábamos cuando murió Franco. Con medio país acojonado pensando en que iban a volver los rojos a quemar iglesias y a robar a la gente que era de derechas y el otro medio pensando que este Rey iba a ser un pelele en manos de las fuerzas más negras del Franquismo. Y mira tú. Que ni una cosa ni otra. Este fue el Rey que apostó por Suárez. Este fue el Rey que promovió una Constitución que le quitaba cualquier tipo de poder ejecutivo a la Jefatura del Estado. Este fue el Rey que permitió que volvieran Tarradellas y Alberti y la Pasionaria y Carrillo. El que se enfrentó, a pesar de lo que cuentan intoxicadores como Pilar Urbano, a los militares en el 23-F y el que, con su firmeza tras el golpe, puso al país en disposición de permitir que en 1982 ganara las elecciones y gobernara el PSOE sin que pasara nada.
Creo que lo peor de los pueblos es la falta de memoria. Y negarle a este Rey todo eso y hablar hoy de una monarquía impuesta por el franquismo es o tener memoria ligera, o, directamente, no tener ni puta idea de la Historia de España. Yo no me niego a que se pueda hacer un referéndum sobre la Monarquía, pero que no se haga sobre la base falsa de que es un Rey puesto por un dictador. Es cierto que fue Franco el que lo nombró su sucesor, pero la Constitución del 78 le dio toda la legitimidad que hoy le niegan (es curioso) la extrema derecha y la extrema izquierda. Porque es que ya vale de tontadas y de no llamar a las cosas por su nombre. ¿Pueden los comunistas-leninistas dar lecciones de democracia? ¿Pueden los fascistas dar lecciones de democracia? Yo creo que no, pero tener que escuchar a muchos filo-comunistas hablar de democracia, me daría risa si no fuera porque, del repelús que me provocan, me erizan los pelos de la nuca igual que los filo-fascistas.
Es que es muy llamativo esto de los que se erigen en definidores de quiénes somos demócratas y quiénes no. Me hace gracia cómo estos amigos de lo totalitario dicen que son demócratas aunque, para ellos, lo importante no es lo que vote la mayoría, sino lo que gritan los que están a su lado en la manifa. Nada es mejor por el hecho de que lo pida “mucha gente”. ¿Deberíamos expulsar a los musulmanes si de repente apareciese “mucha gente” pidiendo que los echemos de España? Yo creo que no y que a los que pidieran eso se les debería decir lo mismo que a los que reclaman el fin de la Monarquía o cualquier otra cosa que suponga ciscarse en nuestra Constitución. Ya me fastidia repetir casi palabra por palabra lo que dijo al respecto la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, pero es que es así: Oiga; esto es lo que hay y, si quiere cambiarlo, ahí tiene mecanismos para hacerlo.
Utilicen esos mecanismos, cambien la Constitución y, si la mayoría de los españoles vota por el fin de la Monarquía, pues que se vaya el futuro Rey Felipe VI. Yo, como demócrata, aceptaré lo que vote la mayoría. Pero hasta entonces, por favor, que dejen de pretender que los que apoyamos al Rey somos unos caducos pseudofranquistas poco amigos de la democracia. Que yo, sinceramente, me considero amigo íntimo de la democracia, pero según, claro; si el modelo de lo que hay que hacerse amigo es el de Chávez, Maduro, los Castro, Xi Jinping and company, pues pueden ustedes empezar a considerarme un enemigo de la democracia.
Por cierto, ya de paso, cómo somos en España. Ha bastado que pasen 3 días tras la abdicación para cambiar las cosas y que ayer, en las Ventas, el Rey recibiera una ovación prácticamente unánime con casi toda la plaza puesta en pie durante un minuto y medio. Fue emocionante y a mí, lo reconozco, todavía me duelen las manos de aplaudir.
¿CAPTARÁN EL MENSAJE?
Era una de las bases de la clase de redacción cuando yo estudiaba Periodismo; JAMÁS comenzar con un titular entre interrogantes. O sea; un cero. Pero no se me ocurre otra manera de arrancar esta breve Cabra de emergencia tras lo de las Elecciones al parlamento Europeo. Porque los resultados de ayer a mí, lejos de parecerme alentadores, me dieron miedo. No sé que tiene de bueno esta fragmentación tremenda del electorado. No le hizo bien históricamente a Italia la época del pentapartito, y no les cuento cómo le fue a Cataluña con el tripartito. Ciertamente es bueno que PP y PSOE se den cuenta de que estamos de ellos hasta las mismísimas, pero ¿Creen de verdad ustedes que ellos ayer captaron algún mensaje? En la alocución de Cospedal y Arias Cañete no hubo ni una sola frase referente al enorme bofetón que supone perder 8 escaños. Todo su argumento era: “Hemos ganado y hemos aumentado la ventaja sobre el segundo”. Vaya, como ese chulito al que le han partido la cara reventándole siete dientes y te dice que sí, que sí, pero que no veas el daño que se ha hecho el otro en los nudillos.
Pero es que el resto de los partidos también deberían hacérselo mirar. Lo del PSOE es para que convoquen un Congreso urgente en la reunión de la Ejecutiva Federal que se celebrará esta mañana. Izquierda Unida y UPyD, que suben mucho, deben hacer una reflexión y preguntarse cómo un partido recién creado como es el de Podemos, puede ponerse un escaño por delante del partido de Rosa Díez y tan sólo uno por detrás de la coalición de izquierdas. Y ya que hablamos de reflexiones, quizás en el partido de Pablo Iglesias, deberían darle una vuelta al tufillo de república bananera que tiene el hecho de que en las papeletas aparezca la efigie del líder, en vez del logotipo. Y lo peor es cuando te lo explican y te dicen que es porque la gente así identifica mejor la papeletea porque a su líder lo conoce mucho la gente por la televisión. Coño; ¿Eso es pensar que los que le van a votar son iletrados o lelos? ¿O estoy haciendo demasiadas preguntas?
En fin, eso por no hablar, porque ya da pereza, la verdad, de la que se está liando en Cataluña, donde la coalición liderada por ERC ha ganado claramente, los partidos nacionales se hunden y el conjunto de los que apoyan la consulta supera el 55 por ciento de los votos. ¿Y lo de Andalucía? Como andaluz, me parece deprimente que, a pesar del paro y del terrible estancamiento de nuestra economía, sigan ganando los mismos con un resultado peor que otros comicios, pero magnífico, comparado con el resto de España.
Esto va a dar para días y, probablemente, semanas de análisis y réplicas del seísmo y, como había prometido que iba a ser una Cabra corta, acabo ya. Pero, hombre ya puestos, cómo un merengue como yo no iba a hablar hoy de la Décima. Mira que me dan pena los del Atleti, pero ese gol de Ramos en el descuento fue de las alegrías más gordas que me he llevado como espectador de fútbol. Eso y comprobar que Íker Casillas es el mejor portero del mundo y uno de los tíos más afortunados del Planeta. Dije hace meses en una Cabra, que cuando Íker falla el Madrid nunca pierde y que eso era porque este gran portero tiene en el culo, no una flor, sino el huerto entero de las Clarisas de Carrión de los Condes. Hoy rectifico, lo que tiene en el pompis este muchacho es el Real Jardín Botánico de la Plaza de Murillo de Madrid.
HÉROES
Mira que me dan ganas, pero no voy a dedicar una tercera Cabra consecutiva a los descerebrados de Twitter. Parece que, entre el gobierno y la Comunidad judía, se están empezando a tomar las cosas en serio y hay ya unos cuantos a los que el soltar veneno por las redes sociales, les va a costar un disgusto. A mí me sigue pareciendo que regular las redes sociales es como defenderse de un Tsunami poniendo las manos mu apretás, pero si sirve para que algún desalmado se lleve un susto, pues me alegro.
Tampoco voy a hablar de la polémica por las declaraciones desafortunadas de Cañete y Jáuregui, que son un ejemplo perfecto de lo que es la política. Uno mete la gamba; el que sea. Y el rival político sale al rato con cara de mártir al borde de su holocausto para decir de su contrincante: “¡¡¡Huy qué malo, qué malooooo!!!” Los del PSOE le han dado la del pulpo al tufo machista de Cañete, tanto que el candidato del PP a las europeas, ha acabado pidiendo perdón, aunque él, en el fondo, no cree que tenga que pedir perdón por nada. Con Jáuregui sucedió igual; los del PP dándole caña por manifestar sus dudas respecto a la condena por maltrato a su colega de partido Jesús Eguiguren. Jáuregui acabó rectificando aunque él, realmente, piensa lo que dijo.
Pero me estoy desviando y no quiero que teman ustedes, ni por un minuto, que el calificativo de héroes se lo dedico en modo alguno a los políticos. Héroes, en todo caso, somos nosotros que, con la cantidad de motivos que nos dan para mandarlos a la mismísima mierda, ahí seguimos votándoles por millones como si no hubieran pasado las cosas que han pasado. Pero no. No hablo de los políticos. Me refiero a los toreros que, para mí, cuando yo era chico, eran unos héroes a la altura de Simbad, Daniel Boone, Superman o Luke Skywalker.
Imagino que todos habrán conocido la noticia de la suspensión de la corrida del pasado martes en la plaza de toros de Madrid. Tras la lidia del segundo toro, hubo que dar por terminado el festejo porque los tres matadores estaban en la enfermería. Uno de ellos, David Mora, había sufrido una cornada gravísima que no lo mató porque estaba en la Plaza de Madrid y en las manos de un cirujano como Máximo García Padrós. Tras salir de la plaza, en las horas posteriores busqué constantemente información sobre el estado de Mora y, en cada noticia que encontraba, me topaba con los comentarios despiadados de lectores antitaurinos que decían cosas tremendas sobre el torero. Insisto en que no voy a hablar de tuiteros, ni de esos comentaristas que dan la sensación de tener la mente muy enferma. Pero sí creo que alguien debería hacer algo para defender una parte de nuestra cultura que, a este paso, puede acabar muriendo en unos años. Yo comprendo a los antitaurinos, que creen que los aficionados disfrutamos viendo sufrir a un animal. Porque creen eso. Pero alguien, y aquí hablo de las instituciones españolas, debería saber explicar a cualquier niño que se educa en España, qué es la Tauromaquia, por qué se hace lo que se hace y cuál es la fisiología de un toro. Porque la lidia es una prueba de bravura. Cada paso que se sigue en los 15-20 minutos que el toro está en el ruedo, tiene un sentido y da información al ganadero sobre si la línea de cría de ese toro, puede seguir dando buenos ejemplares o no. Ninguna de las cosas que se le hacen al toro le daña de manera irreparable, excepto, y lamento la obviedad, la estocada. Y, hombre, no es lo mismo hacerle todo eso a un toro que, y es lo que piensan los animalistas, a un perro o a un lindo gatito. El daño que se le hace al toro, se le concentra en la zona del morrillo, entre la cabeza y el lomo. Si se le hacen bien las suertes, el animal no tiene por qué sufrir un daño estructural y prueba de ello es que, cuando un toro es indultado, en un porcentaje elevadísimo de ocasiones, unas semanas después, está curado y paseándose por la finca cubriendo vacas.
Pero no. Aquí en España hasta los que somos taurinos vamos como pidiendo perdón y hacen más las instituciones francesas por la tauromaquia que las españolas. De este modo, los matadores de toros, a su faceta heroica de enfrentarse a un animal que los puede partir por la mitad, deben unir en los últimos tiempos, el coraje y la intrepidez para sobrellevar la soledad. Están solos. Y así se sienten los empresarios, los ganaderos, los subalternos y los miles de personas que forman parte de la Fiesta de los Toros. Lo malo es que yo creo que no acaban de darse cuenta del peligro que corren y, en vez de unirse, van cada uno por su lado a ver si alguien lo arregla por ellos. Y eso es imposible imposible. Como decía un amigo mío poco agraciado y que tiene escaso éxito con las mujeres; «Tan imposible como que yo tenga una luxación de cadera por exceso de sexo”. Pues eso.
MENSAJES DE LA MASA
Las masas están claramente sobrevaloradas. Las únicas veces en las que se debe hacer caso a lo que dicen las mayorías es en los procesos democráticos, pero, quitando las votaciones, en general, las masas me ponen nervioso. No voy a decir aquello de que “la democracia es el menos malo de los sistemas” porque pensamientos como este acaban abriendo la puertecita a esos mesías que, desde que la humanidad existe, deciden que van a venir a salvarnos a los demás. No. La democracia es un sistema magnífico en el que, de vez en cuando, se cuelan hideputas que la pervierten y dan munición a los que están deseando pasarse al pueblo por el arco escrotal.
Digo esto porque me sorprende la importancia que le damos, fuera de los procesos democráticos, a las supuestas opiniones de “la mayoría”. Me hace gracia la cantidad de políticos que utilizan frases como “mucha gente exige”, “el pueblo pide”, “los ciudadanos reclaman” para apoyar sus argumentos. Pero nunca explican de dónde han sacado el material demoscópico con el que nos deleitan. También tenemos nuestra parte de culpa los periodistas que mostramos una tendencia admirable a convertir en general lo que suelen ser comportamientos de tres o cuatro orates sin demasiada masa cerebral en funcionamiento. Por ejemplo, un equipo, después de una mala racha, pierde un partido muy señalado y, al salir de los vestuarios, se quedan quince o veinte aficionados a llamar de todo al entrenador, a los jugadores y/o a los directivos. Pues normalmente, esos periodistas, en vez de decir: “15 ó 20 aficionados increparon a”, suelen decir “la afición abuchea a”. ¿Representan 15 ó 20 exaltados a la afición de un equipo? Yo creo que no. Del mismo modo que 20, 200, 2.000 o incluso 200.000 personas diciendo cosas en Twitter, no representan a nadie. Ninguna cosa es mejor por el hecho de que la digan muchas personas a la vez. Ningún argumento es más válido porque, el que lo profiera, tenga un enorme megáfono. Pero en estos días de éxito de las redes sociales, partidos políticos, empresas e instituciones, varían sus estrategias en función de cómo se mueve Twitter o Facebook. Conozco empresas que han dejado de lado proyectos porque han recibido unos cuantos miles de menciones críticas en las redes sociales. Claro que también estuve hablando el otro día con un gran empresario español que me decía, y cito textualmente, que le importaba “tres cojones lo que digan los de Twitter”. Varios de sus subordinados y miembros de su consejo de Administración le invitaban a cambiar una decisión empresarial por la protesta de 100.000 twiteros en una de esas operaciones pseudomilitares de las redes sociales que nadie sabe quién arranca pero que tienen una eficacia sorprendente. El empresario dijo que no pensaba hacer ni caso, aguantó el chaparrón y hoy ni Blas se acuerda de lo que provocó aquel aluvión de mensajes contrarios.
Viene todo esto a cuento de lo que ha sucedido en las redes sociales con el asesinato de la presidenta de la Diputación de León a manos, supuestamente, de una señora que quería vengar el despido de su hija. Hubo dos imbéciles muy imbéciles, curiosamente ambas concejalas gallegas del PSOE, que soltaron bilis en las redes sociales contra la muerta. Una diciendo que “el que siembra vientos, recoge tempestades” y, la otra, afirmando que este asesinato debía poner en guardia a otros líderes del PP y soltaba: “Tiembla Bauzá” en referencia al Presidente de la Diputación de Pontevedra. Estos dos comentarios y otros miles de personas con evidentes problemas de socio y psicopatía, han llevado a decenas de comentaristas a advertir un ambiente general de inquina y de pre-guerra civil que a mí me parece una desmesura. Es cierto que comentarios como los de las dos concejalas dan una idea de lo que ellas habrían hecho de 1936 a 1939 con sus rivales políticos, pero creo que esa insistencia en decir que estamos en un clima de pre-guerra es una demostración terrible de desconocimiento de lo que sucedió en el 36.
Es cierto que estamos mal, es verdad que hay mucha gente desesperada, que abundan los representantes políticos infames y que a veces dan ganas de poner una guillotina en la carrera de San Jerónimo, pero estamos infinitamente mejor que en 1936. Lo único que tenemos que hacer es recordarle a nuestros políticos que somos nosotros los que mandamos. Que los podemos mandar a esparragar cuando nos dé la gana. Y una ocasión magnífica para hacerlo son las próximas elecciones europeas. A mí me gustaría que estos comicios, aunque no tengan que ver exclusivamente con España, los utilicemos los ciudadanos para gritar sin gritar nuestro cansancio. ¿Y si en vez de mostrar nuestro cabreo no yendo a votar, lo mostramos dejando de votar como autómatas a los dos partidos hegemónicos? Quizás así no arreglemos nada, pero les íbamos a dar un aviso a navegantes con mucho mayor valor que las mamonadas que se escriban en Twitter y en Facebook, por mucho que quien las diga haya sido elegido como concejal.
BORRACHOS DE TWITTER
Un lío. Mira que, por lo general, tengo una opinión clara de las cosas, pero hay otras que me hacen estar dando vueltas y no aclararme durante mucho tiempo. Imagino que habrán escuchado la noticia de que han condenado a pagar 1.300 euros al troll que insultó a través de Twitter a la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes. Para empezar habría que explicar qué es un troll. Este tipo de seres dicen cosas tremendas a través de las redes sociales, escondidos tras un pseudónimo y, habitualmente, con una cuenta abierta con datos falsos, para evitar ser perseguidos. Este anonimato, a ellos les da una sensación de impunidad que, de vez en cuando, es alterada por la policía y por los jueces. Lo que sucede es que, salvo que hablemos de delitos mayores, la policía y los jueces sólo intervienen si el perjudicado denuncia, con lo que, en la mayoría de las ocasiones, uno puede decir casi cualquier cosa de casi cualquier persona sin temor a sufrir ninguna consecuencia.
A mí eso me parece cobarde y estoy seguro de que, quienes hacen esto, son de esas personas que no aguantarían ni una mala mirada de aquel al que critican. Pero una cosa es que yo crea eso y otra que considere que se debe perseguir judicialmente al que insulta en Twitter. No opina lo mismo que yo Cristina Cifuentes y por eso, cuando L.J.M la llamó puta bajo el pseudónimo de Ximicomix, le denunció. El tal Ximicomix no debía estar tan bien escondido, porque la policía le localizó y lo puso a disposición de un juez. Antes de que hubiera juicio, los abogados se han puesto de acuerdo y han cambiado la solicitud de ¡¡4 años de cárcel!! por una multa de 1.300 euros para el bocazas internáutico.
Por un lado me alegro tremendamente de que uno de estos gallitos con capucha se lleve un palo de este calibre y de que se haga un aviso a navegantes. Por otro, me pregunto si, el hecho de que alguien te insulte debe recibir un castigo. Yo creo que, cuando uno tiene exposición pública, debe aceptar que haya muchos que no estén de acuerdo con lo que dices, con lo que haces o con lo que no haces o no dices. Y, si en uno de esos desencuentros, a alguien se le escapa un insulto, pues qué se le va a hacer. A mí, en los 27 años que llevo trabajando, me han dicho de todo. Lo que pasa es que, cuando yo empecé, el nivel de difusión de los insultos era mínimo. Llamaba alguien a la radio o a la tele, o escribía una carta y te ponía a caer de un burro. O salía un crítico al que no le gustaba tu trabajo y te hacía un destrozo literario y personal sin meter ni un insulto en su texto. Ahora no. Ahora mismo cualquiera, sin necesidad de que se le dé el título de crítico, ni un espacio en un medio de comunicación, puede darte estopa de manera inmisericorde. Y, si lo que dice tiene éxito, puede resultar que cientos de miles de personas se enteren de que hay alguien por ahí que te está poniendo a parir. Y esto hay que aceptarlo. Aunque no nos guste.
Hace unos meses, cuando sufrí enormes varapalos por aceptar presentar el programa Punto Pelota en Intereconomía, escribí una Cabra en la que decía que lo de Twitter es como la barra de un bar en el que hay dos tíos muy mamados gritando a pulmón. Antiguamente en los bares, al borracho, le oían cuatro gatos y, tocándole un poco la chepa, te lo llevabas a casa intentando que no se abriera la frente contra una acera. Esas barras de bar con dos tíos muy mamados, con las redes sociales, se han convertido en una enorme plaza de pueblo en las que un solo borracho, encapuchado para que no se sepa quién es, puede conseguir que sus insultos los escuchen cientos de miles de personas.
A mí todavía hoy, cada vez que digo algo de Mourinho, hay un grupo de fieles del ex entrenador del Madrid, que me insultan y me dicen de todo menos bonito por no estar de acuerdo con ellos. Pero, aunque me insulten, aunque me deseen una muerte lenta y cruel, ¿Debo tener derecho a denunciarles? Yo creo que, si yo fuera una persona anónima, podría tenerlo, pero, desde en el momento en el que decides dedicarte a una profesión con proyección pública, y el periodismo y la política lo son, debes aceptar que te van a caer palos que no les caerán a otras personas que trabajan en entornos discretos.
Dicho esto, no crean que soy Mahatma Gandhi. En general los insultos y las críticas me la bufan, pero otras veces me dan ganas de irme a por el de la capucha que está mamado y quitarle la cobardía y la borrachera con un buen par de hostias. Lo que pasa es que, no sé por qué, creo que eso no me iba a ayudar a estar más tranquilo.
UNA OPORTUNIDAD
Vaya dos noches de alegrones consecutivos que he tenido esta semana. Y no hablo de atletismo sexual, ni nada parecido. Ya lo siento. Hablo de los partidos en los que el Madrid y el Atleti han conseguido clasificarse para la final de la Champions. Me van a perdonar los no futboleros, pero si no dedico hoy un poquito de mi Cabra a hablar de esto, yo creo que me da algo.
Allá que nos vamos a ir mis hijos y yo el 24 de mayo en coche a Lisboa con mis cuñados y mis sobrinos; unos del Atleti y otros del Madrid. Sabemos que algunos van a volver, seguro, contentos en el coche. Y algunos muy jodidos. Pero creo que esa es la gracia del fútbol; que se tengan esos sentimientos intensos de derrota o de victoria sin que, al que pierde, le den ganas de partirle la cabeza al que ha ganado. Yo espero que, en esa final, los del Madrid y los del Atleti demos un ejemplo de aficiones que van allí a disfrutar de lo que pase, aunque lo que pase sea que nuestro equipo del alma pierda.
Claro que puestos a ser ejemplares, podrían aprovechar la oportunidad los dos equipos de la capital de España para cambiar un poco esa imagen chusca que transmiten, habitualmente, los futbolistas. No sé si ustedes se han preguntado alguna vez por cosas que ni siquiera los que hemos jugado al fútbol entendemos. Y no voy a entrar en esas modas recientes de no agacharse los de la fila de delante cuando les hacen la foto de equipo antes de comenzar el partido. Cuando yo era chico, los de delante posaban en cuclillas. Ahora se ponen con el culo en pompa, como si estuvieran de visita en el proctólogo. Y tampoco me voy a referir a la manía que les ha dado a todos de taparse la boca para decirse cosas; coño, que parece que se estén dictando la receta de la Coca-cola. Lo malo es que los niños les copian y el otro día, en un partido de alevines, vi a un defensa hablando en un córner con uno de su equipo con la mano puesta en la boca, como si hubiese comido ajos y tuviera un aliento pestilente.
Pero ya digo que estas cosas, me chocan, pero no dan mala imagen. Lo que sí da repelús es la cantidad de veces que escupen, se suenan los mocos y se tocan el paquete los jugadores profesionales de fútbol durante los partidos. Y yo creo que es cosa de que los tíos somos en general más guarros. Porque no es que yo vea mucho fútbol femenino, pero estoy seguro de que las chicas no escupen tanto, ni expulsan mocos, ni se tocan el pubis con la frecuencia de los chicos. Vaya, yo no digo que los jugadores vayan con un pañuelito metido en la manga, como hacían nuestras abuelas, simplemente podían aprender de los jugadores de baloncesto, que hacen un esfuerzo físico parecido o incluso superior y sólo escupen si a alguno le rompen la boca y sangra abundantemente. Y jamás he visto a un baloncestista taparse un orificio nasal y hacer, por el otro orificio, un lanzamiento de moco estilo Mazinger Z al grito de ¡Mocos fuera!
Por eso yo tiendo a pensar que estos comportamientos son consecuencia de la unión de un deporte como el fútbol, con un grupo de seres humanos de sexo masculino juntos y solos. Y para que lo entiendan, les voy a contar algo que hacíamos en el equipo de fútbol en el que jugué varios años; algo que pertenece a esos secretos de vestuario, pero han pasado ya tantos lustros que no creo que ninguno de mis compañeros se moleste por contarlo. Yo nunca competí en ligas de primer nivel, pero estuve muchos años jugando con un equipo de amigos en ligas menores. No recuerdo que fuéramos máquinas de escupir y moquear, pero teníamos una manía muy chorra. La típica tontada que hacemos los tíos cuando nos dejan juntos y solos entre los 15 y los 90 años. No sé quién del equipo decidió un día que, al que marcase un gol, había que darle un manotazo en los testículos. Absurdo. Lo sé. Pero lo hacíamos. Y había que vernos cuando marcábamos un gol. Imagino que recordarán con los pelillos de punta la carrera frenética que se pegó Iniesta cuando metió el gol que daba la victoria a España en la final del Mundial de Suráfrica. Pues esa galopada fue un trote cochinero al lado de las carreras que dábamos los de mi equipo cuando marcábamos un tanto. Los equipos rivales y la gente que iba al campo se quedaban de pasmo cuando nos veían correr desmelenados. El que había marcado haciendo un sprint tipo Bolt y los demás del equipo detrás de él gritando como 10 neanderthales a punto de cazar el bisonte que les arreglaba la semana. Todo muy masculino. Lo que no sabían los que no eran del equipo era que aquella carrera del que marcaba, no estaba influida por la alegría de haber hecho un gol, sino por el miedo real a perder un huevo en un campo de tierra del extrarradio de Madrid y no saber cómo explicarle la cosa, después, al cirujano que tuviera que reparártelo.
MORIRSE
Debo reconocer que, anoche, estuve a punto de cambiar el tema de mi Cabra y hablar del partido que jugó y ganó el Madrid contra el Bayern. Llevo muchos días pensando que me encantaría que jugásemos en la final de la Champions contra el Chelsea, llegar al minuto 120 con empate y que el equipo de Mourinho pierda después de que Íker Casillas pare dos o tres penaltis. Sería una bonita manera de cerrar el círculo maligno que el mentecato de Mou abrió en su paso por el Bernabéu. Lo que pasa es que para llegar a eso, primero, el Madrid tiene que clasificarse en Múnich y, segundo, el Chelsea tendría que eliminar al Atleti y yo, qué quieren que les diga, prefiero jugar la final contra el Atleti y, si tenemos que palmar en la final, que sea contra ellos. Pero debo seguir el sabio consejo que me dan mi mujer y mi corrector Pepe Jordana, que creen que las Cabras futboleras tienen poca gracia y, a mucha gente, le tocan las narices. Sea.
Así que haré caso al título de esta Cabra y hablaré hoy de la muerte porque con este tema, como con otros muchos, somos un país curioso. Por ejemplo, en España tenemos supuestamente un magnífico sentido del humor. Hacemos chistes hasta de lo más sagrado y con una rapidez que ya querríamos, es un poner, para nuestra burocracia. Y nos reímos jocosamente hasta que alguien se ríe de algo que para nosotros es tabú. Entonces nos sale el Atapuerco que llevamos dentro y nos encabronamos cosa mala con el que osa cachondearse de algo que nos toca la fibra. Con la muerte nos sucede algo parecido. Es muy raro poder hablar abiertamente sobre lo que queremos que nos pase o no nos pase en torno al trance de la muerte o que se nos permita decir muy claramente lo que queremos que hagan con nosotros cuando seamos fiambre. Sin embargo somos un país en el que la muerte está metida en nuestra cultura hasta los tuétanos. La Tauromaquia, tan denostada, está basada en la lidia y muerte de un toro, pero sólo tiene sentido si el público siente que el hombre que se enfrenta al animal tiene verdadero riesgo de morir. Nuestra Semana Santa es otro ejemplo. A mí me apasiona y me emociono cada año en Málaga viendo las procesiones, y me parecen lo más natural del mundo. Pero cuando vienen extranjeros y las ven, les sobrecoge y les sorprende que hagamos esa exposición tan abierta, tan evidente y, en ocasiones, tan festiva de la pasión y muerte de Jesucristo. Y ya no les digo si, a un turista, le da por venir en torno al día de Difuntos, que se celebra en todo el mundo, pero claro, en otros países a nadie se le ocurre comer Huesos de Santo. Yo, cuando estuve viviendo en Ginebra, hice por primera vez Huesos de Santo caseros. Me quedaron de escándalo y se los di a probar a mi profesora de francés. Le estaban encantando hasta que me dio por hacer expansión cultural y le dije que eran “os de Saint”. La pobre puso cara de “este tío se está riendo de mí” hasta que entendió que no era broma y que ese “rouleau de massepain” tenía la forma de un hueso y, efectivamente, estaba relleno de algo parecido al tuétano. Y estaba rico, pero a mi profesora le dio asco y le debió confirmar ese pensamiento que tienen tras los pirineos de que somos unos bárbaros. Eso por no hablar de los huesos de San Expedito, el brazo de Gitano o las tetillas de Novicia. La cuestión es que en esa relación extraña que tenemos con la muerte hace unos días me topé con algo que me pareció glorioso. Es una revista que encontré en un tanatorio sevillano cuando fui a acompañar a mi cuñado Damián, que despedía a su madre q.e.p.d. La revista se llama Adiós Cultural y es un auténtico festival del trato de tú a tú con la Parca. Si se fijan en la portada, que acompaño abajo en fotografía, tienen el santo estómago de buscar “el mejor cementerio de España 2014”. Y no sólo eso; dentro uno encuentra contenidos delirantes como un reportaje sobre velatorios portorriqueños en los que al cadáver se le viste de motorista y se le coloca en su moto. Hay concursos de tanatocuentos y secciones culturales como la de “Muertos de cine” u otra dedicada a las necrológicas y que lleva el magnífico título de “Mis queridos cadáveres”. La verdad es que, como suele pasar en los velatorios, la revista dio para algún que otro ataque de risa, pero estuvimos a punto de explotar cuando me di cuenta del nombre tan apropiado de uno de los redactores de la publicación. Nunca estuvo más acertado el director de Adiós Cultural que el día en el que contrató para su revista a Javier del Hoyo.

MÁS TONTO, IMPOSIBLE
Menos mal que existen las tildes y los signos de puntuación. Lo digo porque no es lo mismo decir: “MÁS TONTO, IMPOSIBLE” que “MAS; TONTO IMPOSIBLE”. Si no, quizás algunos de ustedes podrían pensar que yo estaba titulando mi cabra con un insulto para Artur Mas (sin tilde). Y eso no debo hacerlo, aunque me den ganas. Hombre, debo reconocer que, a mí, Mas no me parece muy listo. No sé si es más necio que loco o viceversa, lo que sí es cierto es que no le tengo en mi lista de los españoles más inteligentes (y que me perdone por lo de español). Digo esto porque anteayer seguí como pude, desde fuera de España, el Debate en el Congreso sobre el derecho a decidir. Sólo saqué en claro que, al menos, los líderes de los partidos estatales le han dicho a Mas que nanay. Pero habrá que ver si son tan firmes y terminantes en 2015 cuando, como se prevé, el voto de los nacionalistas sea fundamental para que alguno de los dos grandes partidos gobierne. Volverán entonces las innumerables tontadas que nos han traído estos lodos pertinaces en los que nada don Artur con su flotador de patitos. Por lo demás, me tiré todo el Debate intentando comprender qué es lo que ha pasado para que lleguemos al lugar en el que estamos. Y sigo sin entenderlo. Mas gana de manera exigua unas elecciones en cuya campaña se hartó de pedir a los catalanes que le dieran fuerza para exigir en Madrid. Visto que no había conseguido sus objetivos, un poco más tarde adelanta las elecciones para conseguir una mayoría amplia de verdad. Vaya; lo que viene siendo un plebiscito disfrazado de comicios. Y van los electores y le dicen a Mas que le den mucho por donde amargan “els cogombres”, que es como se dice pepino en catalán. Y, lejos de dimitir o pensar en qué se había equivocado, va el tío, se abraza a los independentistas y decide meter a Cataluña y a España en un jardín sin flores. Vamos, lo malo no es que no haya flores; es que hay miles de cactus y ni un solo parterre para pasear entre ellos. Y, a todo esto, en la sociedad catalana ha calado el mensaje de que España les roba y que, como lleva pasando desde hace siglos, les tratamos mal y que lo mejor que podría sucederles es la Independencia. Y claro, a ver quién es el guapo que arregla esto, porque yo he discutido con amigos catalanes muy moderados, que se niegan a reconocer que lo de Mas es una cagada descomunal y que, por mucho que se empeñe, no va a poder hacer de su capa un sayo sin provocar el tremendo daño que ya está haciendo. Porque ya que nos vamos a poner a cambiar la Constitución para contentar a los soberanistas (me gustaría saber con qué cambio en concreto se quedarían satisfechos), yo ya de paso reformaba también la ley electoral y reducía las posibilidades de que el gobierno del Estado siga estando cíclicamente en manos de los que, precisamente, no quieren pertenecer al Estado. Pero claro, eso es como pedir la luna y eso, de momento, sólo se le permite a Mas.
Y ya que hablamos de gente no muy lista a la que se le permiten cosas extravagantes, decía que el debate me pilló fuera de España. Estoy en Cannes en un festival de televisión. Es este uno de esos sitios a los que, cuando uno va, despierta oleadas de envidia entre las amistades, como si fuera a estar toda la semana alternando en los yates que están atracados a 100 metros del “Palais des Festivals”. Pero no. Te vienes hasta aquí para tirarte 3 días dando vueltas como un trompo entre casetas y stands hablando en todos los idiomas de los que tengas alguna noción. Mi mujer se ríe cuando digo que soy tetralingüe, pero juro que soy capaz de mantener reuniones a buen ritmo en inglés, francés e italiano. Vaya, algún ataque de risa nos entra cuando digo burradas, pero eso también sirve para hacer más distendido el ambiente.
Pero a lo que iba, que me desvío, es que en la noche del martes me fui a un Pub Irlandés para intentar ver el partido de Champions del Madrid contra el Borussia. Fue imposible y, visto el resultado, me alegro, pero daban el Chelsea-Paris Saint-Germain. Lógicamente la mayoría de los clientes iba con el PSG, pero había como un 10 por ciento de ingleses. Entre ellos, uno de esos de los que dices «más tonto, imposible». Era un inglés que estuvo toda la noche provocando a los franceses, gritando en inglés y francés frases poco afortunadas que iban subiendo de tono a medida que se aproximaba el final del partido. Cuando, en el último minuto, el Chelsea metió el segundo gol, que dejaba fuera de semifinales a los franceses, empezó a gritar como loco “Goodbye PSG”, “Au revoir la France”… Nadie le había dicho nada hasta entonces, pero un armario de tío, gabacho para más señas, ya no aguantó más, se le acercó y lo agarró por el cuello con ganas de partirle la cara. El británico en cuestión, que era canijo, lógicamente se amedrentó y empezó a decir tonterías en plan: “vamos a hablar”, “no hay que ponerse nerviosos” y tal y tal. Al francés, por suerte, lo agarraron entre varios y se lo llevaron mientras gritaba cosas como “fils de pute”, “con”, “putain” y “cochon” y otras palabrotas que ni mi tetralingüismo pudo entender. Y dirán ustedes que qué tiene que ver el inglés este con lo que estábamos hablando. Pues que el gallito provocador del Chelsea me recordó tremendamente a Mas. Sólo que al Honorable no sé cuándo va a aparecer alguien que, de verdad, y, a ser posible sin violencia, lo meta en vereda.
EL TONTO OPTIMISTA
“Un pesimista es un optimista bien informado”. Me parece una de las frases más gilipollas del catálogo de las frases tontas de la humanidad. No. Un pesimista es un tío que cree que siempre que algo puede salir mal, va a salir mal. A mí eso no me parece negativo en sí mismo. Allá cada cual con sus úlceras. Lo malo es que, no sé por qué, los pesimistas suelen ser tíos expansivos que se sienten en la obligación de compartir con todos los demás sus mensajes desoladores.
Y, del mismo modo que las espirales positivas son muy contagiosas, lo son mucho más las espirales negativas y, en un equipo que está arrancando algo con un entorno peligroso o incierto, un pesimista es un terrible compañero de viaje.
ZP; EL GRAN OPTIMISTA
Es una de las peores aportaciones de ZP a la historia anímica de España. Nos tuvo que tocar que el último gran optimista de nuestra historia haya sido, a la vez, uno de los tíos más tontones de nuestra democracia. De este modo, el optimismo de ZP, ese buenismo acompañado de cara de dibujo animado, esa negación de lo evidente, ha hecho que los optimistas hayamos caído en desgracia y ahora se nos mire con suficiencia.
Y, hombre, uno puede superar las miradas por encima del hombro cuando, ante una adversidad, dices a botepronto: “tranquilos, que lo vamos a hacer bien”. Lo que llevo fatal es que quien dude del final feliz parta de la base de que, en el fondo, no es muy de fiar nuestro comentario porque, ya se sabe que los optimistas no somos excesivamente inteligentes.
NI TONTOS NI INCONSCIENTES
Pero es que yo me pregunto con frecuencia: ¿para qué sirve el pesimismo? Mis amigos los no optimistas, cuando digo esto, me contestan con altivez asegurando que, cuando uno es pesimista, se anticipa a los problemas y es capaz de ver los peligros con los que se va a encontrar en el camino. Y estamos con lo de siempre. Yo estoy hablando de ser optimista. No de ser tontolculo. O sea.
Yo, cuando acometo un proyecto, no es que no vea los peligros, ni los problemas. Es que, una vez vistos, no les dedico ni un minuto más de mi tiempo. Todos esos minutos y horas, se las dedico a buscar la manera de sortearlos, con el convencimiento de que, al final, lo vamos a conseguir y vamos a llegar al objetivo deseado. Para mí no hay nada peor en un equipo que el cenizo. El que lo ve todo negro. El que siempre observa que el vaso está medio vacío.
CENIZOS, FUERA
Esa gente es tóxica en los momentos de tribulación y suelen conducir o al desánimo generalizado o a la bronca iracunda del jefe optimista que intenta tirar del equipo mientras el pesimista le hace la guerra sucia sottovoce. Yo, cuando trabajaba en informativos, viví muchos de esos días de aluvión en los que había algún suceso tremendo o se producía una noticia muy importante a media hora de empezar la emisión. Nunca fui capaz de empezar pensando en los problemas que me iba a encontrar.
Planteaba qué queríamos hacer, cómo lo íbamos a hacer y, al final, calibraba las posibles dificultades que podían surgir. Y, a partir de ese momento, no pensaba en otra cosa, más que en hacerlo bien. Si, en esos minutos de desconcierto venía alguien a mostrar su angustia ante los problemas, lo mandaba a esparragar con cajas destempladas. Y no recuerdo ni una sola vez en la que no consiguiéramos que el programa saliera bien. Las pasábamos canutas y nos encontrábamos, efectivamente, con setecientos problemas, pero, a pesar de las marejadas, llevábamos siempre la nave a puerto.
NO HAY EMPRESARIO PESIMISTA
Cuando eres empresario pasa un poco lo mismo. Yo siempre he pensado que es imposible que un empresario sea un tío depresivo. Desde mi punto de vista, un empresario tiene que ser obligatoriamente optimista e incluso tener un punto de locura, porque hay muchas decisiones que, si las tienes que tomar con los apuntes del Master en MBA en la mano, no las tomas ni borracho.
Hay veces que lo inteligente puede ser coger el camino de la izquierda, pero el instinto, la parte soñadora del cerebro, te dice que debes ir por el camino de la derecha y tiras por ahí entusiasmando a tu equipo para que vengan contigo aunque todos hubieran tirado por el de la izquierda. Con esto no estoy diciendo que sea infalible. Me he pegado galletas históricas y he cometido errores, pero, si miro hacia atrás, he tenido más éxitos que fracasos cuando, en las encrucijadas, he seguido mi instinto pensando en positivo y viendo sólo triunfo al final del camino.
LA MALA MEMORIA DEL PESIMISTA
Y, por cierto, esos pesimistas que yo no quería en el barco, tienen mucha más tendencia a recordar los momentos en los que te pegas el galletón, que la infinidad de ocasiones en las que mi optimismo y yo teníamos razón. Porque esa es otra, los cabrones de los pesimistas tienen una memoria selectiva que les hace mirar en negativo no sólo hacia delante, sino también hacia atrás, que ustedes me dirán para qué sirve.
Yo también tengo memoria. Y claro que recuerdo lo malo. Y las ocasiones en las que me he equivocado. Y las caídas en las que me he hecho muchísimo daño. Pero, qué le vamos a hacer, prefiero recordar las veces en las que no he tropezado y pensar en que, a pesar de que ahora mismo en mi empresa estoy más cerca del cierre que de los beneficios, va a llegar un momento en el que de nuevo triunfaremos. Vaya o por lo menos, que si me toca palmar, voy a entrar en la tumba con una sonrisa y, a ser posible, pedaleando.
LA UNIFORMIDAD
Más Cabra en el Garaje que nunca. Cuando comencé a escribir este blog hace un año y medio escaso confesaba que me sentía como una cabra en un garaje. O sea, como fuera de juego, con la sensación de que mi manera de pensar no acababa de acomodarse en ningún sitio. Me sigue sucediendo que mis amigos de un lado piensan que soy del otro y viceversa y, de este modo, en cualquier lugar en el que me hallo, soy un bulto sospechoso. Y me pasa con casi todo; por ejemplo el otro día con el Madrid Barsa. A mí me parece que Sergio Ramos comete el error de tocar la pierna izquierda de Neymar que, al sentir el roce, cae como si le hubieran disparado con un bazooka. Neymar puede que exagere, pero, por desgracia, es penalti y expulsión. Pues por decir esto he tenido que sufrir chanzas de amigos que insisten en que soy un mal madridista y que en el fondo mi color es azulgrana y qué sé yo. Es la uniformidad absoluta. Ahora mismo en España se te exige absoluta fidelidad a los pensamientos únicos y, si no los compartes, eres lo peor.
Imagino que tendrán muy presente la manifestación del pasado día 22. A mí me cogió fuera de Madrid, pero quizás habría ido porque comparto varias de las reivindicaciones de la Marcha de la Dignidad. Sobre todo creo que nos falta decirles más claramente a nuestros políticos que lo están haciendo fatal. Porque luego llegamos el día de los comicios y volvemos a votar masivamente a los que llevan ahí décadas. Otras de las cosas que decían los convocantes de la marcha, sin embargo, me sonaban a asamblea de facultad con dos o tres líderes anarcosindicalistas muy fumados, pero tenía más simpatía que antipatía por ellos. Y llegamos de nuevo a la uniformidad. Coño; ni una bandera española constitucional entre los convocados. Había miles de banderas republicanas y autonómicas, pero no vi ni una bandera española. Lo que me lleva a preguntarme: ¿No había ni uno sólo de los manifestantes que no fuera republicano? Es que no me lo creo, pero en ese pensamiento único si apareces ahí con una rojigualda te conviertes en el primo hermano de José Antonio el de la Falange. Eso por no hablar del desparrame posterior y lo que les está costando a los líderes convocantes criticar a los animales que pusieron en peligro las vidas de varios agentes de policía. Porque, si eres más crítico con los vándalos que con los policías (aunque se inventen la presencia de muletas fantasma), tampoco eres ya uno de ellos.
Ha sucedido en estos días con la muerte de Adolfo Suárez. Ha habido una absoluta uniformidad en el elogio a lo que hizo y ha habido muy pocos que hayan hablado de manera negativa del gran líder de la transición española. Y a los pocos que le han criticado les han dado hasta en el carné, por salirse de la gran autopista de peaje. Lo más gracioso, para mí, es que en esa uniformidad ha entrado hasta el brillantísimo Artur Mas que, por elogiar al difunto, defendió su manera de gobernar y dialogar. Quizás el Honorable no se dio cuenta de que ese Suárez al que utilizó para criticar a Rajoy fue el muñidor de la Constitución que el Washington del Maresme quiere pasarse por el escroto.
Y precisamente lo mejor de Suárez fue su falta de uniformidad. Que se salió de todos los carriles que le habían puesto por delante y tuvo las santas pelotas de coger al Rey de la mano y decirle que veía luz al fondo de uno de los 25.000 túneles oscurísimos que tenía ante sus narices. Y todos le gritaban que estaba loco, que ahí no había salida; los suyos, los que habían sido los suyos, los que eran los de enfrente, los militares rancios y los militares progres… Y él se metió por un túnel que decía consenso, concordia, paz, reconciliación y encontró luz. El problema es que, al salir del túnel le llovieron bofetones por todos los lados y decenas de los que en estos días de luto le alababan y pegaban el cabezazo ante su féretro le clavaron puñales y dijeron de él cosas tremendas.
Si yo fuese uno los hijos de Suárez no me acostumbraría demasiado a esta riada adulatoria en torno a sus exequias. En España el afecto, desgraciadamente sobre todo en estos casos, va por oleadas y lo mismo que te aturulla la riada afectuosa, te arrolla la marea brutal de regreso que, por lo general es para ponerte a parir. Lo que en estos días son alabanzas al hijo mayor, mañana serán críticas por haber dicho o no dicho o por haber hecho o no hecho. Y esto es así. Forma parte de nuestro ADN. Nos cuesta la de Dios alabar a alguien, hasta que le da por morirse. Entonces podemos llegar a ser los campeones del mundo del panegírico. Mientras el cadáver está caliente, se nos llenan el corazón y la boca de estima por el finado, pero, cuando desaparece el féretro, nos da cosa haber sido tan majos y tan blandurrios y nos jode haber tenido esa debilidad cuando, a lo mejor, “no era para tanto”. Y, entonces, esperamos la primera ocasión para sacar de nuevo nuestra especialidad nacional que es la crítica envidiosa con una retranca que ya empieza a verse en algunos hablando, por ejemplo, de lo que va costar o dejar de costar que el aeropuerto de Barajas se llame Adolfo Suárez. Ojalá me equivoque y por siempre mantengamos el afecto y el respeto por Suárez y su familia, pero me temo que sus herederos se han convertido desde ya en el próximo objetivo de la legendaria “Iberian bad host” que viene a ser la mala hostia ibérica, pero dicho en inglés, que queda mucho más fino.