Yo de pequeño odiaba las matemáticas. Me da cosa reconocerlo, porque tengo hijos todavía en edad escolar y uno, ante la progenie, tiende siempre a fantasear con su currículum académico. Las notas de los padres; ¡ese gran secreto que algunos mantenemos oculto de las miradas de nuestros hijos! Porque vaya, yo tampoco es que fuera un desastre, pero tenía más SF que SB, aunque alguna I se colaba, al hablar de matemáticas. Y encima es que era un poco chulito piscinas. Recuerdo una bronca con don Marcelo, mi profesor de mates de cuando tenía 13 años. Yo, que ya entonces tenía clarísima mi vocación, le decía, con la insolencia propia de los pre-adolescentes, que para qué quería las matemáticas un periodista. Y don Marcelo, en vez de darme una colleja, tirarme una tiza (tenía peor puntería que don Juan) o ponerme un cero, se entretenía en discutir conmigo. Don Marcelo me hablaba de estadísticas, de ordenación del cerebro, del pensamiento matemático y de algunos cálculos que, inevitablemente, iba a tener que hacer en la vida. Quizás por aquella insistencia de este profesor, hoy me entretengo de vez en cuando en hacer cuentas. Y en ocasiones esas cuentas me generan un mosqueo monumental.
Imagino que, cuando han leído el título de este artículo, todos han sabido de qué estaba hablando. Y sin necesidad de ser economistas. Hasta hace un par de años para mí “El Rescate” era un juego infantil o, en Málaga, el nombre de una cofradía y uno de los Cristos más populares de la Semana Santa de mi tierra. Ahora todo el mundo habla de ”El rescate” como si fuera un amigo de la familia de toda la vida. Y realmente no se sabe muy bien lo que es, porque el gobierno se hartó de decir que nadie estaba rescatando a nadie y se buscaron distintos eufemismos para decir lo obvio; que había que echarle un cable a los bancos y a las cajas y que la broma nos iba a costar a los españoles un huevo de la cara, porque ya no nos quedan ojos. Entre los avales del rescate de la UE, las ayudas a los bancos por quedarse con cajas y las diferentes inyecciones a esas cajas que se han tirado años despilfarrando dinero aconsejadas por los políticos de turno, el asuntillo nos ha salido por unos 80.000 milloncejos de euros de nada. Y hay algunos que dicen que es mucho más. Collons, que diría Artur el Libertador. Es que ya hablamos de los euros como si fueran pipas. Pero ¿se han parado a pensar en lo que son 80.000 millones de euros? Es que la cifra en pesetas, además de que no cabe en mi calculadora, marea; son 13.310.880.000.000 pesetas. O sea, trece billones, trescientos oncemil millones de pesetas. Y de ese dineral mareante, ¿Qué parte se fue directamente al retrete por una gestión lamentable y manirrota de amiguetes de nuestros políticos?
¿Cuántos patrocinios absurdos? ¿Cuántas operaciones financieras fallidas para favorecer a los amiguetes? ¿Cuántos avales a proyectos faraónicos y fuera de la realidad? ¿Cuántos créditos concedidos con criterios que no tienen nada que ver con el buen gobierno de una entidad bancaria? Son preguntas tontas a las que no me va a responder nadie, pero que yo me hago para quedarme a gusto. Lo peor de esto es que la mayoría de los directivos que hicieron aquellos desmanes están hoy tralarí tralarí mirando para otro lado como si tuvieran una tortícolis gravísima. Y no creo que a ninguno, o a casi ninguno, le vaya a caer encima el peso de la ley por malgastar nuestro dinero.
En fin, menos mal que, a pesar de estas cosas y de los novedosísimos mapas de Espanya de TV3, de vez en cuando la vida te regala momentos de risa. Ayer varios amigos compartieron con mi mujer y conmigo el típico texto de esos que corren por el Facebook. Está en inglés y se titula “My promise to my children”. Viene a decir aquello de que, quien bien te quiere, te hará llorar y que la función de un padre no es ser el amiguete enrollado de los hijos, sino el que marca los límites y que eso no siempre gusta. Se lo leímos anoche en la cena a nuestros hijos y terminaba así: “Si nunca me has dicho, murmurando entre dientes, “te odio” es que no he hecho bien mi trabajo como padre.” Después de unos segundos de ligero desconcierto de mis hijos, Paula, la mayor, soltó mientras rebuscaba con el tenedor entre la menestra, “Bueno; yo os lo he dicho mazo de veces”. Mi mujer y yo no supimos contener la risa, aunque, la verdad, yo a estas alturas no sé si la frase significa que hemos hecho bien nuestro trabajo o que la hemos cagado tremendamente. Visto lo maja que nos ha salido la niña, me inclino por lo primero.
EL DUELO
En las últimas 3 semanas han muerto dos de los mejores amigos de mi padre. Pepe Jiménez Villarejo falleció el día 15 de diciembre y, el día de Año Nuevo, murió su hermano Fernando. Ambos fueron importantes en mi infancia y en mi juventud, no sólo por ser íntimos de la familia, sino porque eran de esas personas que hacían mejor el mundo que les rodeaba.
Pepe era jurista y justo fue que llegara a lo más alto en su carrera como presidente de dos de las Salas del Tribunal Supremo. Era un hombre fundamentalmente bueno y alegre y yo recuerdo en aquellos años del tardo franquismo y la primera transición la valentía que tuvo de ponerse en el lugar en el que te podía coger el toro apostando por la democracia y por una nueva justicia. Pero más allá de sus virtudes como juez o su mérito como hombre comprometido, lo que más me gustaba de él era su faceta de hombre de familia y amigo conversador. Daba gusto siempre ir a casa de los Jiménez Villarejo. Trini, Pepe y sus hijos eran una gente habitualmente tranquila y contenta con la vida que les había tocado vivir. Aunque escondían algunos juguetes cuando llegábamos mis hermanos y yo (para que no los arrasáramos), he de reconocer que aquellos fines de semana y días de verano en su casa de Chilches son de los favoritos de mis recuerdos de infancia. Años más tarde, cuando ya vivían en Madrid, me gustaba sentarme a hablar con Pepe de lo que fuera; de política, de periodismo, de la Justicia, de la Iglesia o de poesía. Pepe era un gran poeta, pero, sobre todo, era un gran conversador. En la misa corpore insepulto que se hizo en el tanatorio el sacerdote dijo que Pepe nunca hablaba como desde un púlpito; que siempre tenías con él la sensación de estar de igual a igual. Y así era. A mí me encantaba, a mis 20 años, poder hablar con uno de los amigos de mi padre con la sensación de que, verdaderamente, escuchaba y valoraba lo que le estabas diciendo, aunque yo imagino que muchas de las cosas que me escuchaba le daban para estar riéndose un buen rato.
El otro hermano era Fernando. Era sacerdote. He conocido a pocas personas tan alegres como él. Recuerdo cuando éramos pequeños que mi padre nos hablaba de su amigo Fernando que estaba en las misiones en África. Y nosotros nos hacíamos a la idea de un Fernando heroico luchando con leones y otras fieras para llevar la palabra de Dios a los negritos del África Tropical. Muy de Tintín. Y cuando regresó de las misiones, paró en casa de mis padres unos días y sacó un cargamento de diapositivas que había ido haciendo. Nosotros nos sentamos esperando ver a Fernando blandiendo su machete triunfante sobre las fieras de la sabana y nos encontramos con una serie de fotos en las que curiosamente, sobre todo, lo que salía era gente contenta. A mí me resultó muy chocante aquella felicidad africana, pero con el paso de los años comprendí que esa alegría, sin duda, era Fernando que, por cierto, nos enseñó a no hablar de “negritos” con esa superioridad benevolente de los blancos. De hecho, esas “filiminas”, que decíamos de pequeños, me hicieron pensar durante un tiempo en hacerme misionero de la Compañía de Jesús, hasta que mi tío Carlos, que era Jesuita y me conocía bien me dijo: “pero sabes que, para ser jesuita, hay que estudiar 14 años, ¿No?”. Y, en aquel instante, San Ignacio perdió una vocación. El tío Ferdi, como le llamaban sus sobrinos y como le acabamos llamando mis hermanos y yo, volvió a pasar algunas temporadas en nuestra casa de Madrid y aunque ya no venía con diapositivas africanas, siempre nos contaba anécdotas divertidas y nos hacía sentir unos niños especiales a los que él quería como si fuéramos sus sobrinos.
Eran dos hombres buenos que hacían mejores a los demás. Y se han ido. Y sus muertes me han removido en estos días en los que estamos a punto de celebrar que hace 3 años, en la mismísima Noche de Reyes, mi padre descansó. Y digo que me han removido porque, cuando murió mi padre, yo me quedé con la sensación de que su muerte, después de un largo sufrimiento, me iba a producir alivio. Y no fue así exactamente. Por supuesto me alivió que dejara de sufrir, pero, en ese egoísmo tan propio de los hijos, al fin y al cabo, yo estaba contento con tener a mi padre ahí. Le podía coger la mano. Y hablarle. Me lo habían avisado. Que son como mínimo tres años de duelo. Y a mí me parecía que, a mi edad, ya no podía afectarme tanto que muriera mi padre. Pero vaya si afecta. Yo hoy, recordando a sus buenos amigos, he añorado a mi padre más de lo normal, que es bastante. Supongo que el duelo terminará el día en el que vea una foto de mi padre que tengo en mi cuarto y no me suponga ninguna emoción especial. Hoy, todavía, cada vez que la veo me da un pellizco en la boca del estómago. El mismo que sentí hace veinte días, primero, y hace 3 días, después, cuando me dijeron que las sonrisas de Pepe y de Fernando se habían ido para siempre. Al menos sé que ellos, como mi padre, descansan en Paz.
LOS ABORTOS DE NUESTROS POLÍTICOS
Pues no sabía qué hacer, la verdad. Por un lado me apetecía tomarme unas vacaciones navideñas cabreras, pero, por otro lado, me daba rabia no estar en medio de tantas cosas que están pasando. De algunas ya hemos hablado en La Cabra con profusión. Es más (o podría decir es Mas), del aburridísimo tema de “La Consulta” hemos escrito ustedes y yo mucho más de lo razonable y no sé si tiene sentido volver al asunto. Aunque, desde que publiqué la primera Cabra sobre el tema hasta hoy, la situación ha ido muy claramente a peor y aquella brecha, de la que hablábamos en octubre y noviembre de 2012, se ha convertido en una sima de la que no se ve el fondo.
Pero hoy no quiero hablar de Mas, sino, sobre todo, de la propuesta del gobierno para cambiar la Ley del Aborto. Me parece que esta reforma pone en negro sobre blanco el que, para mí, es el principal problema nacional de España; la bajísima calidad de nuestra clase política. No sé dónde empezamos a perder el Oremus, pero es obvio que, en los últimos años, nos hemos ido permitiendo tener políticos cada vez más alejados del pulso de la sociedad. Son tantos ejemplos; González y “sus” corrupciones varias de las que el presidente se enteraba por la prensa, Aznar y “su” Guerra de Irak, Zapatero y “sus” jaimitadas con el Estatut, con ETA y con la crisis-no-crisis o Rajoy y “sus” plasmas, su ley de Educación y, más recientemente, su proyecto de ley del Aborto.
Me da una pena profunda. No hallo en nuestra democracia una época de menor nivel en el debate parlamentario y de peor sensación al mirar al hemiciclo del Congreso de los Diputados. Y esto no lo digo por decir. No sé si recuerdan el tristísimo día de la aprobación de la última ley de Educación. Y no entro en si la LOMCE es mejor o peor. Lo que me pareció deprimente fue ver a los diputados del PP y al ministro Wert riendo y aplaudiendo a rabiar tras la aprobación de un texto que no tenía ningún apoyo en el resto de partidos. Aunque casi fue más cruda la depresión posterior al ver igual de sonrientes y alborozados a decenas de diputados de la oposición que anunciaban, descojonándose, que pensaban derogar la ley en el momento en el que llegasen al poder. Olé vuestras criadillas. No sé dónde le veis la gracia. A mí me parece un drama que nuestros políticos traten la educación de nuestros hijos con semejante ligereza. Quizás piensan que, cambiando de leyes como quien se cambia de calzoncillos, vamos a conseguir salir de esas estadísticas tristes, tremendas y demoledoras de los informes PISA que, año tras año, nos dicen que lo estamos haciendo rematadamente mal. ¿Cómo puede aprobar un gobierno o un partido una ley tan importante como esta sin contar con el principal partido de la oposición? Me recuerda a la era Zapatero en la que se hartaban de decir que ZP gobernaba y legislaba con consenso (pactando con los partidos que tenían acogotado al PSOE), pero no hicieron ni una sola ley contando con el PP. Ahora pasa igual; basándose en su mayoría absoluta, el PP legisla sobre temas esenciales sin contar con el partido que representa, más o menos, a un 30-40 por ciento del electorado. Y así nos va.
El tema del aborto es tres cuartos de lo mismo. ¿De verdad cree Gallardón que esta reforma era una reclamación de la sociedad española? O, yéndonos unos años atrás, ¿De verdad pensaba ZP que la reforma que hicieron en su día era una reclamación de la sociedad española? Yo creo que no. Pero ambos legislan pensando en sus convicciones, sin tener en cuenta, en absoluto, lo que opine la mayoría del país, que eso es la democracia. En cualquier caso, igual no era tan mala la ley ZP, aunque tuviera artículos absurdos, porque, en el último año, bajó el número de abortos practicados en España.
Puede que esta nueva ley del Ministro Gallardón aplaque las conciencias de algunos dirigentes del PP y tranquilice a algún sector muy conservador de los votantes populares. Quizás. Pero es probable que provoque que volvamos a aquellos años de los abortos londinenses de la gente con posibles o al horror de los abortos clandestinos de la gente sin dinero. Y no discuto si el aborto es bueno o malo; asesinato o medida terapéutica. Es un asunto tan delicado que estoy cansado de ver a buenos amigos a los que considero inteligentes enfrascarse en discusiones sobre si el aborto es o no es un asesinato. Ambas partes consideran que su argumento es irrefutable y no se dan cuenta de que es una opinión inevitablemente bañada por sus creencias personales. Y ahí debe estar la diferencia. Nosotros los ciudadanos, podemos permitirnos decir esas cosas y actuar según nos dicten nuestras respectivas conciencias. Los políticos, no. Precisamente les votamos y les pagamos porque se supone que van a gobernar buscando el bien común, escuchando lo que les pide la mayoría del pueblo y no haciendo caso a esa pequeña voz de la conciencia que llevan ahí adherida desde la infancia. Que todos tenemos a nuestro Pepito Grillo diciendo cosas, pero el de Gallardón o el de ZP, por poner dos ejemplos, en vez de un Pepito es, claramente, un Pepote con gigantismo.
LAS ENTRAÑABBBLES
Pues a mí me sigue gustando la Navidad. Y eso que mis hijos ya van teniendo una edad poco candorosa. La pequeña, Macarena, tiene 12 años y en casa ha desaparecido esa magia de la Epifanía que, a mi mujer y a mí, nos hacía esperar el día de Reyes casi con más ilusión que nuestros propios hijos. Porque en mi familia somos de los Reyes Magos. A nosotros esta invasión nórdica o estadounidense del Santa Claus o el Papá Nöel nos toca las narices y en casa se mantiene la muy hispánica tradición de escribir la carta, ir a la cabalgata, tomar el chocolate con roscón, poner el agua y las zanahorias para los camellos, el anís y los mantecados para SSMM y acostarse el día 5 esperando los regalos como cuando teníamos 6 años. Que no entiendo yo la manía de importar tradiciones, sobre todo cuando ves un 23 de diciembre en Málaga, es un poner, con un día soleado a la una de la tarde y 20 grados de temperatura a un tío vestido de rojo y blanco, forrado de fieltro y a punto de morir de un golpe de calor en la puerta de El Corte Inglés. Vaya, tampoco es que los Reyes Magos vistan camiseta, pero entre morir disfrazado de duende con obesidad mórbida o vestido de Rey Mago, yo, qué quieren que les diga, escogería el atuendo de monarca.
Es que lo de las tradiciones importadas me parece un colonialismo socio cultural inaceptable, especialmente porque tendemos a importar lo chorra. No me digan por ejemplo la mamarrachada esa del Halloween. Que todavía te proponen importar el día de Acción de Gracias y tiene un pase, pero aceptar pasivamente la invasión de Santas Clauses y disfraces terroríficos me empalaga sobremanera. Y no es un tema de nacionalismo rancio, ni de que yo piense que, “como lo españó, ná de ná”. He tenido la suerte de vivir en otro país y conocer otra cultura y eso te ayuda a valorar mucho tu casa, pero también te hace ver que fuera hay infinidad de comidas, bebidas, fiestas y tradiciones igual de estupendas que las tuyas. Para mí el problema es que, con esto de las tradiciones chorras estadounidenses, yo me siento invadido. Quizás lo llevaría mejor si fuera un intercambio y, de vez en cuando, lográramos exportar alguna de nuestras cosas. Yo qué se. Los mantecados y los roscos de vino. O el turrón, las peladillas y los mazapanes. O las empiñonadas. O el roscón de Reyes, que nos está ganando por la mano un bollo tan soso como el Pannetone y que me perdonen mis amigos italianos. Las panderetas, las zambombas y los matasuegras; el líquido frío-calor para el culo, los terrones de azúcar que hacían espuma y las bombas fétidas del día de Inocentes… Pero no. Cada vez más, nos invade el gordo vestido de rojo y unos adornos que puede que queden muy bien en el crudo invierno de Wisconsin, pero quizás tengan menos sentido en la Plaza Mayor de Minglanilla, en la provincia de Cuenca.
Pero, como me pasa con frecuencia, me estoy desviando de la cuestión. Yo no quería hablar sólo de la invasión de tradiciones tontorronas que no son nuestras. Quería hablar de la emoción de la Navidad y de esos sentimientos que, cuando nos vamos haciendo mayores, nos van pareciendo ñoños. Conozco cada vez a más gente que tiende a la melancolía, a la pereza o, directamente, al cabreo cuando se acercan estas fechas y ven las luces de colores y observan cómo se pone en marcha la máquina consumista a todo meter. Lo de la melancolía puedo entenderlo porque, en estos días, uno recuerda a los que ya no están, pero estuvieron y nos dejaron un hueco así de gordo en la mesa y en la memoria. Yo, por ejemplo, llevo varios días pensando en mi padre, que al pobre le dio por morirse en la noche de Reyes de hace 3 años. Para mí es inevitable la melancolía, pero se pueden vencer la pereza y el cabreo. No se me ocurre cómo animar a los que cruzan el gesto ante las Navidades, pero puedo contarles algunos trucos que yo he ido utilizando a lo largo de los años. Quizás, como las peladillas, no sean exportables, pero yo voy a intentarlo.
Tratar de bañarse de espíritu navideño desde mediados de diciembre. Nosotros arrancamos la Navidad poniendo el árbol, el Belén y los adornos en torno al 10 de diciembre. Por supuesto, esa tarea la hacemos toda la familia escuchando villancicos.
Tratar de escuchar todos los días música navideña. A ser posible que sea un buen disco, aunque en la selección uno, sin querer, a veces mete la pata. Yo compré hace años un CD que contenía un verso terrorífico que decía “ dale a la zambomba, dale al almirez, y dale al tendero un tiro en la sien”. El contenido musical no era malo, pero el letrista debía ser de las juventudes etarro-hitlerianas o algo así.
Apuntarse a alguna tradición familiar, de tu grupo de amigos, de tu barrio que te haga sentir la Navidad. Nosotros, por ejemplo, quedamos cada año todos los hermanos con mi madre y los nietos para hacer borrachuelos. Hoy nos toca; saldremos todos esta tarde oliendo a fritanga cosa mala, pero también oliendo a Navidad.
Mantener como sea la ilusión infantil. En mi casa, como decía al comienzo, mis hijos ya no creen en la magia de la Epifanía, pero cada noche del 5 de enero, seguimos haciendo las cosas convencidos de que, unas horas más tarde, los camellos van a entrar volando por la terraza del salón y van a dejarnos los sofás llenos de regalos.
Y, sobre todo, intentar ir a las cenas, comidas y meriendas familiares y de amigos imbuidos del espíritu del niño Jesús o, ya puestos, del Mahatma Gandhi. No sé qué extraño germen hace que en esas celebraciones algunos, en vez de al Mahatma, saquen al Increíble Hulk que todos llevamos dentro.
Pues eso, que Feliz Navidad y que espero que estas pequeñas ideas prenavideñas ayuden a alguno a superar la pereza que sé que a muchos les embarga el cuerpo ante la llegada de las entrañables.
AY
En general no me gusta quejarme mucho. La verdad. Soy de natural optimista y, casi siempre, le busco el lado bueno a las cosas. Puede que eso, en ocasiones, haga que la gente piense que soy un poco tonto, o muy tonto, pero a mí me da un nivel de felicidad bastante aceptable. Por eso en estos días de tremenda convulsión para mi vida he intentado evadirme, porque soy optimista, pero lamentablemente no soy una piedra.
Desde que, hace una semana y un día, empecé a sustituir a Josep Pedrerol en el programa Punto Pelota sé que ha habido infinidad de mensajes, noticias y comentarios en los que aparecía mi nombre no siempre asociado a elogios, por decirlo con un giro eufemístico. He conseguido aislarme con bastante eficacia, pero es inevitable que te lleguen determinadas cosas. Que te enteres, vaya, de que te están poniendo a parir. Uno de los caminos de entrada de las críticas fue este mismo blog. Cuando arranqué esta “Cabra en el Garaje”, me prometí que iba a contestar a todas y a cada una de las personas que me escribieran. Yo, que soy todavía un poco cateto en esto de las redes, sigo considerando una descortesía que alguien te escriba y no responderle. Por eso me agobian Twitter y Facebook. A veces hay tal cantidad de comentarios a una publicación que se hace absolutamente imposible contestar a todo. De manera que preferí no entrar en Facebook, más que para dar un mensaje de gracias a los que me apoyaban y criticaban. Contesté a los casi 300 comentarios de la Cabra y entré en Twitter de un modo muy controlado. Aún así, el viernes por la mañana pude comprobar por qué ha habido varias personas públicas que han abandonado esta red.
Era un día festivo y estábamos mi esposa y yo, después de desayunar, planificando el día. Mi mujer, que es poco morbosa, me dijo: “¿Por qué no miras un poco qué están diciendo en Twitter?”. La verdad es que en ese momento me alegré por los orates de este país de que mi mujer se dedique al marketing y no a la psicoterapia, porque como psicóloga no tiene precio. Je. A mí mucho no me apetecía, pero yo que, como periodista, sí que soy morbosillo, acepté. Nada más abrir mi cuenta comprobé, para empezar, que mis seguidores se habían multiplicado por 3. Yo, que estaba muy contento con tener unos 900 y pico, pasé a casi 2.700. Lo siguiente que hice fue mirar en los tweets referidos a mí y flipé. Sólo leí 20. De ellos, había 3 que me daban ánimos, 15 que lo mejor que me decían era mojabragas (creación adjetival nueva para mí) y 2 que, directamente, me deseaban una muerte lenta y cruel.
No sé quién decía que Twitter es una especie de barra de bar en la que hay tíos estupendos que se mezclan con seres humanos que están como una cuba y no paran de gritar. Y debe ser que a mí me tocaron dos o tres que estaban mamados. Porque a mí, que me critiquen, me da igual. Hombre, no voy a mentir; preferiría no haber generado ninguna polémica y que todo el mundo dijera que soy un tío guay, pero hay veces en las que uno tiene que tomar decisiones sabiendo que puede no gustar a muchos. Y por eso, porque llevo muchos años en esto, respeto profundamente al que me critica, al que piensa que soy un manta o al que considera que los programas que yo hago son una basura inaceptable. Y no me molesta que se me diga. Lo que me sorprende es que alguien pueda tener la suficiente mala leche en el cuerpo como para desearle la muerte a un padre de familia por no estar de acuerdo con que el susodicho sea el nuevo presentador del programa que le gustaba. Sé que son minoría y por eso ni les he contestado, ni les he bloqueado, sobre todo porque, para hacerlo, me temo que tendría que volver a leer unos cuantos mensajes que me deseasen el ingreso inminente en la caja de pino. Y, qué quieren que les diga, pues no me apetece.
Pero, como comentaba al comienzo, todas las cosas tienen su parte buena y, en estos días, decenas de amigos y familiares me han mandado mensajes cariñosísimos, algunos de ellos muy emocionantes, que me dan una idea de lo que me quieren y de la cantidad ingente de hostias que me estaban cayendo. Y me quedo con el afecto. Ya digo que hubo muchos mensajes que me emocionaron, pero sobre todo encontré uno a las 9’14 minutos de la mañana posterior al primer programa. Era de mi hija Paula, la mayor. Me decía: “Salió genial; Papi eres un crack. Para mí eres el mejor…” y no pude leer más porque a mí, que a esas horas estaba bastante blando, se me saltaron las lágrimas.
EL HIJOPUTA
Menos mal que mi madre no tiene Twitter. Y lástima que no sea analfabeta, porque si hoy entra, por ejemplo, en algunos periódicos digitales no leerá cosas bonitas sobre su hijo.
Anoche me estrené presentando el programa “Punto Pelota” de Intereconomía en sustitución de Josep Pedrerol. Recibí al mediodía una llamada en la que se me preguntaba si estaba dispuesto a hacerme cargo del programa esa misma noche. Uno de esos aquí te pillo aquí te mato tan típicos de nuestra profesión y, más concretamente, de la tele. Y dije que sí. Es una de las cosas por las que me apasiona la televisión, porque te permite vivir momentos tan intensos y tan rejodidos como el de anoche. Porque no fue fácil. En ningún sentido. La mitad del equipo habitual del programa no estaba allí. La otra mitad, lógicamente, estaba bajo el impacto emocional de saber que el que hasta anoche había sido su jefe dejaba la casa y era sustituido por otro al que no conocían. Hubo que montar deprisa y corriendo un programa sin que se notase en exceso que habíamos empezado a hacerlo a las siete y media de la tarde y encontrar a no menos de 6 tertulianos para que nos acompañaran en el plató. Las últimas 4 horas antes de arrancar estábamos llamando a amigos periodistas y ex jugadores de fútbol para intentar cubrir un hueco que había quedado vacío y que había que tener lleno a las 12 de la noche. Y llegamos. No fue el programa ideal de ninguno de los que estábamos allí. Ni en el plató, ni fuera de él. Pero lo hicimos y esta noche tenemos el compromiso de hacer otro y conseguir que la nave vuelva a navegar sin zozobras cuanto antes.
El otro día escribí una Cabra que titulé “La Hijaputa” hablando de la liberación de la etarra Inés del Río. Hoy el Hijoputa soy yo. En las redes sociales, sin profundizar demasiado, he leído a gente diciéndome, además de hijo de mala madre, traidor, esquirol, mal compañero, ladrón, imbécil, arrastrado… Algunos aventuraban sobre (dicho finamente) mi tendencia a practicar el coito con las novias de mis amigos y no sé cuántas lindezas más que les ahorro. Y yo entiendo el cabreo, pero pido también a la gente que comprenda. Yo, además de periodista, soy empresario. Como nos pasa a todos por la cadena de impagados en la que se ha convertido este país, llevo casi un año pasándolas más que canutas con mi empresa para llegar a fin de mes y poder pagar las facturas. Hace meses tuve que despedir a todos mis trabajadores. En este momento mi productora no tiene ningún programa en el aire. Estoy felizmente casado y tengo tres hijos y llevo más de un año sin poder pagarme un sueldo porque mi empresa no se lo puede permitir. Y no pretendo dar ninguna pena, porque soy un tío inmensamente feliz y sé que hay millones de personas que lo pasan mucho peor que yo. Pero ¿debo en estas circunstancias decir que no a una oferta de trabajo que me hace una cadena de televisión? Yo creo que no. Evidentemente lamento la situación que ha vivido Josep Pedrerol al que no conozco personalmente y al que deseo lo mejor. Por supuesto me parece tremenda la angustia de los trabajadores de Intereconomía a los que se les debe dinero. ¿Pero alguien es capaz de decirme que, en mi situación, habrían rechazado un trabajo como el que me ofrecían? Yo creo que no. Pero me da igual. Yo me considero una buena persona, creo que soy un buen profesional y anoche, como esta noche y las que vengan, intentaré hacer el mejor programa de televisión posible. Y si a alguien le parece mal, lo lamento muchísimo. Si tengo que elegir, sinceramente, prefiero que me llamen hijoputa personas que no me conocen, a que me llamen tontolculo mi mujer y mis hijos por renunciar a un trabajo en un momento como este.
UNA CABRA URGENTE PARA RTVV
Acabo de ver, con el corazón encogido, las imágenes del momento del cierre de las emisiones de la radiotelevisión Valenciana. Decenas de trabajadores coreando diversos eslóganes e intentando esquivar lo inevitable; que la policía cumpliera con la orden judicial de apagar la emisión.
A mí como periodista y productor de televisión y como ciudadano, este cierre me provoca una mezcla de sentimientos y reflexiones que desgrano y escribo prácticamente mientras las voy pensando frente al ordenador.
Es un drama, primero, para los cientos de familias que se quedan sin un sueldo. Es una carga de angustia, además, para mil y pico trabajadores que se quedan en la calle en uno de los peores momentos que recuerdo para nuestra profesión. Es también una pérdida de talento y de esfuerzo de años para conseguir poner en pie una tele. Recuerdo la frase de Martín Ferrand que decía que los espectadores se ganan de uno en uno y se pierden de 1.000 en 1.000. Hoy RTVV ha perdido cientos de miles, quizás millones de espectadores y no parece que el cierre haya provocado (que yo sepa al menos) ni un solo indicio de dimisión de algún dirigente político que haya tenido que ver con este desenlace. Que alguno habrá. Digo yo.
No sé si las televisiones públicas tienen sentido. Seguro que es discutible. Pero si alguien considera que deben existir, lo normal es que se pongan las bases y los cimientos para que sean sostenibles. Y eso es lo que se les ha olvidado a la mayoría de los gestores de televisiones públicas que yo he conocido. Y, desde luego, a los numerosísimos políticos de todos los colores que han ejercido alguna responsabilidad sobre medios de titularidad pública. Llevo más de 25 años en esto y, según mi experiencia, por lo general, los medios públicos se han gestionado teniendo en la cabeza la triste frase de la ex-ministra Carmen Calvo. Aquello que se le escapó de que “el dinero público no es de nadie”. Lo jodido no es que una política diga esta frase, porque puede ser un desliz; una frase sacada de contexto. Lo jodido es que yo estoy seguro de que ese es el sentimiento que tienen todos los que llegan a este tipo de medios de comunicación colocados por su amiguete de turno. En los años que llevo trabajando he visto a televisiones públicas nacionales y autonómicas pagar cantidades astronómicas inexplicables e imposibles de amortizar por derechos deportivos y cinematográficos. He sabido de peleas por derechos en las que las teles públicas pagaban cifras desorbitadas para quitarle el contrato de una peli o de un evento a una cadena privada. Ese disparo con la pólvora del Rey era mirado con estupor en los mercados internacionales en los que los productores de otros países se reían de nosotros, con un punto de desprecio, por tener semejantes gestores de la cosa pública. Y así nos ha ido, claro.
A todo esto hay que sumar, aunque tenga seguramente un menor impacto en el desastre económico, el hecho cierto de que las televisiones públicas trabajan con unos convenios colectivos que impiden generar contenidos a precios de mercado. Si yo tuviera la estructura empresarial, salarial y de organización del trabajo de una tele pública mi empresa llevaría cerrada desde 6 meses después de nacer. Y de eso yo no sé si son conscientes los sindicatos y los propios trabajadores que, aferrados a convenios colectivos de otra época, convierten en insostenibles sus propios puestos de trabajo. Con esto no estoy culpando a los trabajadores de esta situación. Pero creo que sindicatos y trabajadores de medios públicos deberían hacer esta reflexión antes de que veamos alguna otra televisión echando el cierre y yéndose a negro con policías de por medio. Los que no parece que estén muy por la labor de reflexionar son nuestros políticos que siguen teniendo muy larga la mano a la hora de pegar tajos y hacer recortes. Y pegan sablazos mirándonos siempre a los ciudadanos como si fuéramos malos chicos y los culpables de la bancarrota sin darse cuenta de que son ellos los que con años y años de gestión descerebrada, han sido los principales responsables de este desastre.
NO PIDA TÉ, FRANCISCO
Espero que a Francisco no le den una tacita. Y que me disculpen los que creen a pies juntillas que Juan Pablo I murió como consecuencia de un infarto de miocardio. Confío en que al Papa Bergoglio no le suceda algo así. No sé cuánto hay de leyenda, pero distintos investigadores, historiadores y expertos en el Vaticano dan versiones diferentes sobre la causa de la muerte de Albino Luciani el día 28 de septiembre de 1978. Los hay que dicen que le inyectaron o le administraron una dosis mortal de un potente vasodilatador. Otros apuntan a que Juan Pablo I falleció como consecuencia de la ingesta de una taza de té o de café en la que alguien había echado algo más que un poco de azúcar. No lo sé, pero parece verosímil, teniendo en cuenta que el ánimo reformador de Juan Pablo I quería acabar con los privilegios y el enorme poder que en el Vaticano tenían determinados personajes y grupos de presión. Se habla de la mafia, de la Logia P2, de grupos ultraconservadores, del Instituto de Obras de Religión (el llamado Banco Vaticano), del Banco Ambrosiano…
Es un poco como el asesinato de Kennedy. Había tantos a los que Luciani estaba tocando las narices, que la supuesta tacita, en caso de existir, pudo venir desde diversos frentes. A Juan Pablo I le sustituyó Karol Wojtila, un Papa que, aunque lideró numerosas reformas, no pudo evitar que el Vaticano mantuviera un cierto olor a naftalina y a podrido que llegaba lejos. Y no sólo eso. Juan Pablo II fue un Papa muy vanguardista en algunos aspectos, pero enormemente regresivo en otros. Se rodeó de los movimientos del catolicismo más conservadores y durante su Papado ganaron una fuerza inusitada el Opus Dei, Los Legionarios de Cristo y Comunión y Liberación. Mientras, eran orilladas otras órdenes y congregaciones de un perfil más abierto como los Jesuitas. Durante años en Roma no se movía una silla sin que diera el plácet el Prelado del Opus Álvaro Portillo. Tres cuartos de lo mismo sucedió con los Legionarios de Cristo. Tuvieron que pasar años y decenas de denuncias para que el depravado Marcial Maciel fuera expulsado del paraíso por un Papa que lo defendió a muerte. Y durante años se taparon las vergüenzas de los curas pederastas consiguiendo, entre otras cosas, que haya acabado dando la sensación de que hay más curas pederastas que normales, cuando, gracias a Dios, los religiosos con esas mentes enfermas son una excepción dramática en un grupo de hombres y mujeres, en su mayoría, de conducta intachable y entregada a los demás. La cuestión es que, entre unas cosas y otras, durante años la imagen de la Iglesia Católica se fue tornando antipática, lejana y apolillada.
Digo todo esto porque, en estos días, el Papa Francisco ha publicado una “Exhortación Apostólica”. Es uno de los textos más claros, más positivos y más cargados del espíritu de Cristo de los que yo he leído procedentes del Vaticano. Nos pega un meneo a todos. A los creyentes y a los no creyentes. Francisco se convierte en una especie de olivarero dándole a los olivos con la vara cosa mala. Y se agradece el vareo.
Probablemente todos encontremos en el texto varias cosas con las que no estemos de acuerdo, pero creo que lo importante es el espíritu que nos transmite; la exigencia a los católicos de que seamos mejores. Nos pide alegría, claridad en el mensaje, tolerancia, alejarnos del consumismo y mirar a los que menos tienen; cercanía a los pobres y a los que sufren. Dice cosas como que “El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la Revolución de la Ternura”. Olé. Y no piensen que es un texto cargado de buenismo. Da bofetones de esos que te dejan pensando y exige a sus obispos, a los sacerdotes y a los feligreses un compromiso con el verdadero mensaje de Cristo. Reclama a sus evangelizadores “cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena”. Y dice en las primeras páginas que “un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral”. Y me pregunto si muchas de esas frases no las habrá escrito pensando, es un poner, en Monseñor Rouco Varela.
Pues eso. Que Francisco se ha decidido a mover las ramas del árbol y parece que se aproxima una Iglesia nueva. O la misma Iglesia, pero con un mensaje distinto y, para mí, mejor. Espero que esta exhortación que nos anima a vivir nuestra fe con alegría, con optimismo y acercándonos de verdad al mensaje radical de Cristo, no la saltemos como una comba, ni la interpretemos cada uno a nuestra manera, con el botepronto ese que utilizan los niños para entender los mensajes básicos de la religión. Confío que no nos acabe pasando como a un primo de mi mujer que, cuando tenía siete años, en plena Semana Santa, se acercó a su madre angustiadísimo y le dijo: “¡¡Mamaaaá!! ¿Te acuerdas del niño Jesús que nació en Navidades?” Su madre le contestó que obviamente sí se acordaba y el niño lleno de zozobra le dijo: “¡¡Pues ya lo han matao!!”
Quizás estaría bien, por ejemplo, que se leyera la exhortación el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, al que tengo por buen cristiano. Si la hubiese leído estoy seguro de que anoche no se habría gastado la millonada que debieron costar las miles de caretas y decenas de pancartas que se hicieron para engordar aún más el ego de un grandísimo jugador de fútbol que, precisamente, fíjate tú, se llama Cristiano.
SER FAMOSO
Lamento ser así de directo y soez y quizás romper sueños infantiles de algún aspirante al Sálvame, pero ser famoso es un coñazo. Podría ponerme a buscar sinónimos y darles gusto a mi madre, a mi mujer y a mi tía Maravillas y decir que es un engorro, una lata, un fastidio, una pesadez o un tostón. Pero, mayormente, ser famoso es un coñazo.
Imagino que hay gente cuyo fin en la vida es ser célebre. Pero, cuando uno hace una carrera como es la de Periodismo, lo de que te puedas hacer famoso es una posibilidad, no un fin. Hombre, todos los que estudiamos periodismo tenemos un punto exhibicionista, vanidoso que hace que sintamos emoción, un cosquilleo, la primera vez que leemos nuestro nombre publicado o escuchamos a alguien darnos paso en una radio. Hay muchos de mis compañeros que lo niegan, pero casi todos los que nos dedicamos a esto tenemos un afán de protagonismo que no padece la mayoría de las personas normales.
COSAS BUENAS DE SER FAMOSO
Eso, como digo, no significa que uno estudie periodismo para hacerse famoso, pero es algo que va unido a nuestro negocio. Y reconozco que al principio es hasta divertido. Los primeros días en que te reconocen por la calle, los primeros autógrafos, las primeras veces que alguien te trata especialmente bien porque sales por la tele… Bueno de eso uno no se cansa; aunque hay que intentar no ceder ante las invitaciones para no echarlas de menos el día en que dejas de salir, porque se acaban gradualmente.
Mientras dura es estupendo y te proponen planes fantásticos, te regalan infinidad de cosas, te invitan a eventos en los que conoces a gente realmente interesante o te dicen que puedes irte con tu mujer y tus hijos gratis total a Eurodisney a cambio de hacerte una foto con Mickey Mouse. Yo, por suerte, tengo una mujer que odia el famoseo y siempre me ha dicho un NO rotundo cuando nos han propuesto cosas de estas. Y, de hecho, tenemos en casa setecientas fotos con Mickey, Goofy y hasta Chip y Chop, pero al viaje fuimos por nuestra cuenta y lo pagamos mi señora y yo con el dineral que ahorramos después de dejar de fumar.
NO TODOS LOS FAMOSOS SON LO MISMO
Pero a lo que voy, que me desparramo, es a que esa emoción inicial va pasando; que te reconozcan deja de ser divertido y pronto te das cuenta de que perteneces a un club nada exclusivo en el que hay mucha gente valiosísima y una ingente cantidad de petardos personales. Y me explico. Es famoso Matías Prats y lo es también Karmele Marchante, y no me negarán que la diferencia de solvencia y seriedad entre ambos periodistas es notable. Es célebre Arturo Pérez Reverte y lo es, a un nivel parecido, la reciente autora literaria Belén Esteban. Y es una estrella mundial Javier Bardem y no le va a la zaga, en reconocimiento social en España, Coto Matamoros.
Y en ese totum revolutum nadan las celebridades de este país y da pena cuando, en algún evento reciente he coincidido, y no voy a dar el nombre, con uno de los grandes literatos de España. No le pedía autógrafos ni Blasete, ni le hicieron fotos porque estaban periodistas y público mirando hacia la calle, como esperando el Santo Advenimiento. Yo me acerqué a darle algo de palique y, al cabo de unos minutos percibimos decenas de flashes destellando a nuestras espaldas. No era que hubiera llegado el Príncipe Felipe, ni Rafa Nadal o algún famoso que hubiera hecho algo glorioso por el país. Era que, en ese preciso instante, estaba haciendo su entrada Paquirrín.
OFERTAS RECHAZABLES
Y, vaya, no tengo nada en contra del muchacho, pero este mozo no es famoso, como sus hermanos mayores, por haber hecho algo en la vida, sino por sus andanzas genitales. Sin embargo es capaz de eclipsar con su llegada a otra celebridad que se ha ganado el reconocimiento con su talento.
Por eso me pasma que esté tan valorado socialmente el hecho de ser famoso y no entiendo que las personas que se dedican a crear nuevas celebridades o a recuperar famosos del pasado insistan tanto para que vayas a sus programas. A mí, desde que me fui de Antena 3 me han llamado para salir desde en el “Mira quien Baila” hasta en algunas de las islas, selvas o granjas en las que famosos en taparrabos intentan ganar un premio en metálico. Y lo malo no es que te llamen, que puedes hasta agradecerlo porque ofrecen buen dinero. Lo terrible es que, cuando les dices que muchas gracias, pero que no te ves ahí, te sueltan: “pero si a ti te viene bien salir, que llevas mucho fuera de la tele nacional”.
En fin. A ver cómo les explicas que tú eres feliz así, que ya no quieres ser más famoso de lo que eres y que, si algún día vuelves a estar en la tele nacional no quieres que sea porque te vea el país rascándote con una mano el escroto mientras con la otra intentas abrir un coco que se te resiste.
UNA AUTOESTIMA EXAGERADA
Pues eso, que, como decía al comienzo, lo de ser famoso acaba siendo un coñazo aunque, bien pensado, también te permite tomarte licencias que a la gente normal no se le toleran. Y un ejemplo reciente lo tenemos en Leo Messi. Hay que tener mucha autoestima para llevar a un acto público una americana como la que lució ayer cuando le entregaron en Barcelona la bota de oro de 2013. No sé si es que su estilista es altamente asesinable, o si, con lo de la multa de Hacienda, el pobre está pasando apurillos y se ha hecho la chaqueta en una modista, como en la postguerra, con unas cortinas robadas en la sala de un tanatorio.

P.D. 1 Quiero dedicarle esta Cabra a mi amiga Almudena, que está pasando un rato malo.
P.D. 2 Y todo mi ánimo para los demócratas venezolanos que sufren al Antofagasto Panocho de su país, Nicolás Maduro, cada vez más parecido a Adolf Hitler. Ayer, como Hitler en 1933, consiguió que el Parlamento de Venezuela le diera poderes absolutos para gobernar por decreto.
PETICIONES RARAS
Es lo bueno y lo malo que tiene Internet. Se me ocurren muchos motivos para pensar que es una de las mejores cosas que nos han pasado en los últimos años y otros cuantos para pensar que nos ha hecho la cusqui. Hombre, sucede con muchas cosas en la vida; que tienen el ying y el yang, lo blanco y lo negro, lo claro y lo oscuro. Decía Baura que nada es blanco o negro, que hay una gama de grises enorme, pero que hasta un jersey gris perla tiene en su reverso un gris más claro. Baura ni soñó con Internet pero es cierto que pocos inventos nos han cambiado tanto la vida a mejor, y pocos inventos, a la vez, nos han afectado a la intimidad y a las relaciones personales de una manera tan invasiva. Pocos avances nos han ayudado más a comunicarnos con los demás y pocos avances nos han conducido más al aislamiento con el que tienes a medio metro. Pocas veces una propuesta popular ha obtenido más éxito en menos tiempo, pero pocas veces también, el que quería hacer daño a otros ha tenido un altavoz tan enorme y tan poco riguroso como el de las redes sociales.
Digo esto porque hace unos días me sorprendió una petición que hizo un señor llamado Valero Rioja, a través una web de iniciativas populares, en la que el promotor se ciscaba, directamente, en el derecho de huelga. Imagino que todos estarán al tanto de la huelga de limpieza urbana que hay en la capital de España y de las burradas que están llevando a cabo diversos piquetes impidiendo que trabajen los servicios mínimos y esparciendo toneladas de basura por las calles. Ante estos desmanes, el ciudadano Rioja ha solicitado a las autoridades, a través de www.change.org, que intervenga el ejército para limpiar las calles y hacer el trabajo que no están haciendo los huelguistas.
A ver. Yo no estoy defendiendo a los cretinos que participan de manera violenta en los piquetes, ni a los que están destrozando papeleras y contenedores y esparciendo detritus por Madrid. Pero, oiga, sí defiendo el derecho de estos trabajadores a hacer su huelga y el de los piquetes informativos a informar a los que no siguen los paros. Lo malo, que hay que decirlo todo, es que estos piquetes informativos normalmente lo que hacen, más o menos y permítaseme la licencia, es decir: “te informo de que, si no haces huelga, te voy a calzar dos hostias, esquirol de mierda”. Y en estos días, algún sopapo han calzado los piquetes. Y ha habido actos vandálicos. Yo sí apoyaría, por ejemplo, una petición para que la policía actúe con firmeza contra los vándalos. No sé qué estúpidos prejuicios nos llevan a permitir que la gente en diferentes manifestaciones, celebraciones deportivas y jornadas de huelga haga el burro por nuestras ciudades sin sufrir ninguna consecuencia. En casos de estos, si actúa la policía y alguno se lleva una leche más alta que otra, pues se siente. Pero, si yo fuese ministro del Interior, ponía a la policía a ser inflexible y a identificar a todos los que rompan una papelera o vuelquen un contenedor y que caiga sobre ellos el peso de la ley. En estos días, por lo visto, se ha identificado a más de 200 vándalos y se ha detenido a una decena escasa. Pero no sé por qué me temo que, como sucede habitualmente, se van a ir de rositas y sin pagar lo que hayan roto, que es lo que impediría que, en el futuro, lo hicieran tan alegremente.
Claro que, bien pensado, también podría el ministro del Interior hablar con la Alcaldesa de Madrid y pedirle que pongan un poquito de buena voluntad para arreglar el asunto. Resulta que, en la última renovación de los contratos con las empresas concesionarias de limpieza, el ayuntamiento rebajó los precios en un 16% y dejó a cada empresa que se comiese su marrón correspondiente. Lógicamente, ante esta situación, las empresas han tenido que ajustar costes y ahí surge la posibilidad de los ERES y las protestas de los trabajadores. Pues en todo esto la Alcaldesa Ana Botella se está poniendo, medio de perfil, exigiendo a ambas partes que lleguen a un acuerdo como si ella no tuviera nada que ver ni con el origen de la huelga ni con el hecho cierto de que la inmundicia está invadiendo nuestras calles.
Mientras la Botella juega a hacer de Cleopatra en un friso, la petición del señor Rioja ha alcanzado las 30.000 firmas. Lo malo para él es que otra petición de los trabajadores de limpieza de Madrid pidiendo que se respete su derecho a la huelga le ha duplicado y van ya por las 66.000. Y, por cierto, ya que hablamos del poder de Internet, a ver si sacan un ratín, se pasan por www.bancodealimentos.es y, como les proponía la semana pasada, se apuntan como voluntarios a la recogida de alimentos de los días 29 y 30 de noviembre y 1 de diciembre. Necesitan 20.000 personas y, de momento, no llegan a las 10.000. Son 4 horas de nuestro tiempo para recoger comida y poder dársela a miles de familias que el otro día se preguntaron si a César Alierta le patinó alguna neurona cuando tuvo las santas criadillas de decir que se ha acabado la crisis.
