ABUSONES

Lo sé. Han pensado todos ustedes en el gran abusón contemporáneo que es el presidente de los EE. UU., Donald Trump. Yo pensaba que, con Pedro el Inmarcesible, había conocido a la persona más narcisista de la Historia. Pero no. Trump, que siempre había estado patológicamente enamorado de sí mismo, en su última presidencia ha batido todos los récords y ha llegado ya a un clímax del que, francamente, no sé cómo vamos a salir. Porque este señor no solo está arrasando con principios intocables de su tierra, sino que, constantemente, se cisca en lo más sagrado porque, como él es el líder del mundo libre, puede hacer lo que le salga del bolo.

Y lo de lo más sagrado no es una forma de hablar. En un país mayoritariamente cristiano, Donald le dice a la gente, sin que le dé la risa, que Dios le salvó del atentado para que hiciera otra vez grande a América. Este Narciso constantemente en sus discursos se refiere a él mismo como el mejor en casi cualquier cosa y como un hombre tan tocado por la mano del Altísimo como Jesucristo.

Imagino que habrán visto las delirantes fotografías en las que Trump se inviste con túnicas y luces celestiales o esa en la que apoya su rubia cabeza en la frente del que, hasta ahora, era el hijo único de Dios. Parece que, con Donald, hay por lo menos dos.

El otro día en otra Cabra hablaba de que en Hollywood van a tener que cambiar los finales de muchas películas en las que los buenos buenísimos son los yankees. Los que salvan a las democracias de los tiranos. Los que hacen que sufran los que obran mal. Los que defienden a los débiles en el colegio. Ya no. Tienen allí como presidente a un enfermo mental que, cada día, nos da motivos para pensar que los EE. UU. ya no son los líderes del mundo libre, como les gusta decir en sus series y películas, sino otra cosa mucho más oscura. Y digo a un enfermo mental y no a un idiota, porque Trump es cualquier cosa, menos un idiota. Pero claramente, su psiquiatra (si es que alguna vez estuvo en tratamiento) hizo un pésimo trabajo. Y no hay datos para apoyarlo, pero me juego una mano a que en el colegio al que fue el pequeño Donald pasaron dos cosas; o él era el que abusaba o él fue el niño al que todos agredían y todo lo que está pasando es una respuesta enferma a los abusos.

Cuento esto porque ayer asistí a uno de esos eventos a los que vas sin saber muy bien qué te vas a encontrar. Presentaba un libro la hija de unos muy queridos amigos. La autora firma como Lis de Vernal y el libro se titula “La niña que quería pintar estrellas”. Yo acudí con prisas, llegando tarde porque venía de la presentación del libro de otra amiga, Nieves Herrero. Iba simplemente a mostrar mi afecto porque no quería quedar mal con Lalo e Irene, pero no pensaba que esa presentación me fuera a resultar tan iluminante, si es que se puede utilizar este palabro en este contexto. Pero salí de allí emocionado y reconfortado. Lis, a la que yo toda la vida he conocido como Lisi (diminutivo de Elisa), hablaba con toda la naturalidad del motivo que le llevó a escribir este libro de cuentos en los que una niña va enfrentándose a miedos y peligros y va escondiendo sus fragilidades para que no le hagan daño. Lisi, como otros miles de niños, sufrió lo que hoy conocemos como bullying que, cuando yo era pequeño, era que te putearan en el colegio. Y podía ser por cualquier cosa; tu manera de vestir, de andar, de pensar… Tus gafas, tus sentimientos, tu físico… Lisi era una niña especial con una sensibilidad artística que le hizo ganar con 14 años un Premio Nacional de Literatura. Era diferente. Y en ese río de la infancia y de la adolescencia, el que no va con la corriente principal, tiene problemas. Lisi los tuvo. Y bien gordos. Y sufrió cada día que iba al colegio. Días en los que su único refugio era el rato en el que podía estar leyendo durante los recreos. Y la autora de estos cuentos maravillosos, que parecen capítulos de una novela corta, (solo he podido leerme dos desde anoche) nos habló con toda naturalidad de su sufrimiento. Lisi, sin ponerse dramática ni ser excesivamente explícita, nos emocionó a todos y nos contó cómo esa creación de espacios mágicos la salvó de la locura. Nos dijo que, desde que se abrió al mundo para contar lo que ella ha vivido, encuentra constantemente a personas que le hablan de ese mismo sufrimiento. Y escuchando a Lisi te haces consciente de esa enorme bola de dolor escondido que está ahí aplastando a tantas personas sin que los demás, incluidos los padres, seamos conscientes de lo que está pasando.

Yo le pregunté a Lisi si había pensado en hacerles llegar el libro a todos aquellos niños y niñas que le habían hecho sufrir tanto. No como venganza, sino como herramienta para que ellos, hoy adultos, eduquen a sus hijos de un modo diferente. Me dijo que, evidentemente, no tenía excesivas ganas de volver a contactar con ellos e hizo una reflexión que da idea de lo terrible que es ese sufrimiento de tantos niños.

  • Ni siquiera creo que ellos me recuerden. O que recuerden lo que me hicieron. Tienes que tener en cuenta que lo que para mí era el peor día de mi vida para ellos era, sencillamente, un martes.

Esta Cabra está dedicada a Lis de Vernal, que ha sido capaz de convertir su dolor en algo bueno y a todos aquellos padres y madres, niños y niñas que quizás leyendo este libro encuentren un camino para conseguir que todos los días sean, sencillamente, un martes.