PACO Y LOS FALLOS DE SAN MARTÍN

Hay un montón de cerdos a los que nunca les llega su San Martín. Mira que me gustan los refranes, pero hay algunos que resultan tremendamente falsos y este es uno de los que más veces he visto errar. No sé si a ustedes les ha sucedido, pero cuando he oído a amigos pronunciar esta frase, con frecuencia he pensado: “ya te gustaría a ti; anda que no he visto yo género porcino sin su San Martín”. Hace veintitantos años, el gran Santiago Amón me contó el origen de esta sentencia; San Martín de Tours se celebra el 11 de noviembre y ese es el día en el que, en muchos pueblos de Europa, comienza la matanza del cerdo. Yo he estado en matanzas hasta en febrero y marzo, pero ese es el refrán. Y lo que viene a decir es que a todas las personas malas les acaba llegando su castigo. Y, en fin, supongo que ustedes, como yo, habrán visto infinidad de marranos yéndose de rositas sin que San Martín les toque un alamar.
Yo creo que no soy especialmente rencoroso, pero he de reconocer que hay determinadas personas que me gustaría no haberme cruzado en la vida. Esos seres humanos que son malas personas, que son cizaña y generan a su alrededor oleadas de energía negativa. Vi algunos cuando era chico en el colegio, luego me crucé con unos pocos de estos en la Universidad y no les cuento la cantidad de ellos que he padecido directa o indirectamente, en carne propia o en la de mis compañeros, en los diversos trabajos por los que he ido pasando en mis 27 años de vida laboral. Eso por no hablar de la cantidad de cerdos a los que he visto triunfar a costa de lo que haga falta en la política y la vida pública de España y del Mundo sin que les llegue ese día de la Matanza. Estoy seguro de que todos, al leer esto, pensamos en nuestros diferentes puercos favoritos que desaparecen de nuestras vidas sin haber recibido el castigo que merecen. Decenas de dictadores que han muerto tranquilamente en sus camas, políticos infames que nunca devolvieron ni un céntimo de lo que robaron, militares que utilizaron su poder para masacrar a los que no opinaban como ellos, empresarios que estafaron a otros o que se enriquecieron esquivando la ley… De vez en cuando hay alguno de estos que cae y recibe la pena que amerita, pero son muchos más los que se van de sus negocios, de sus países o de la vida sin castigo y, por supuesto, sin pedir perdón o mostrar el más mínimo arrepentimiento por sus desmanes.
Digo esto porque ayer me desayuné con la triste noticia de la muerte de Paco de Lucía. Y llevaba varios días dándole vueltas a esto de los cerdos ojeando en el periódico lo de Ucrania, lo de Venezuela, lo de Siria o las imágenes de cualquiera de los hideputa que se pasean impunemente por nuestro país. Pensaba en esos cerdos que merecerían su San Martín y no les llega ni a la de tres. Y, mientras esos marranos siguen hozando por nuestras vidas, va Paco de Lucía y se nos muere de un infarto en una playa de Cancún. Con la cantidad de gente que me parece que sobra en el mundo, y se tiene que morir antes de tiempo un hombre como Paco de Lucía. Recuerdo que, cuando yo era chico, Paco tenía una casa muy cerca de donde vivían mis padres, al lado de mi colegio. Y muchas veces lo veíamos por nuestra urbanización y, cuando nos acercábamos a él, nos sorprendía su timidez y que, siendo tan grande en los escenarios, le produjera tanto rubor que le reconocieran unos niños. Aunque nunca fuimos amigos, esa vecindad hizo que yo, desde siempre, recibiera las noticias de sus éxitos y sus nuevos discos, como si fueran los de alguien cercano. Y por eso ayer sentí profundamente su muerte, sobre todo porque, a pesar de que llevaba décadas triunfando, tenía sólo 66 años y le quedaba un mundo por delante para seguir creando o, sencillamente, para seguir disfrutando de la vida, de su familia y de la cantidad de arte que ha ido dejando a su paso por tantos lugares del mundo. Era especial y hacía que su música no dejara a nadie indiferente, que nos tocara esa fibra que hace que vibremos, sin saber por qué, cuando alguien está frente a nosotros haciendo algo grandioso. Eso él lo llamaba “emocionar”. Ayer en el programa Espejo Público de A3 rescataban una entrevista que le hicieron recientemente. Le preguntaban por la cantidad de reconocimientos y premios que le habían otorgado a lo largo de su vida. Con toda su timidez, Paco de Lucía aseguraba que no le gustaba un pimiento recibir premios y decía: “Es más, no sólo es que me den igual. Es que me jode tener que ir, ponerme el traje, dar las gracias y decir las palabritas. El premio para mí es emocionar a alguien.”
Amén. Y que descanse en paz mientras yo sigo esperando que a alguno de los innumerables marranos que nos rodean le llegue el San Martín que se merecen.
Y, por cierto, esta es la Cabra número 69 y he conseguido terminarla sin hacer ninguna referencia a tan mágico número. Para que luego se queje mi madre…

PREGUNTAS TRAMPA

Todavía estoy intentando quitarme el estupor de encima. Aún me pregunto cómo el ministro del Interior puede seguir en su puesto después de que parezca estar claro que guardias civiles bajo su mando dispararon bolas de goma contra decenas de inmigrantes que pretendían llegar nadando a tierra española. Que sepamos, 15 muertos. 15 muertos. ¡¡Joder!! Y no estoy aquí en plan Peter Pan pidiendo que pase todo aquel que quiera entrar en España. Pero una cosa es controlar las fronteras y otra, muy distinta, llevar a cabo acciones que, con mucha probabilidad, van a conducir a la muerte o al riesgo de muerte a unos desdichados que quieren mejorar sus vidas.
No sé qué radio escuchan ustedes. Yo, como en la tele, hago mucho zapping y voy cambiando de emisora con los cortes de publicidad y cuando encuentro un contenido que me aburre. En uno de esos saltos de dial, caí en el informativo de mediodía de Onda Cero. Lo dirige una periodista que se llama Elena Gijón, que creo que lo hace bien, aunque probablemente me gustaría más si no se le viera tanto el plumero. Vamos, y digo plumero por lo de las plumas de las gaviotas del PP. La cuestión es que, en su informativo, lanzaban una encuesta para los oyentes de Onda Cero: “En la política de inmigración ¿que debe prevalecer? ¿Factores humanitarios o el control de las fronteras?” Coño, vaya pregunta. Es como si la policía apalease y patease cruelmente a un chorizo al que sorprendieran robando en una joyería y nos preguntasen si preferimos la integridad física del ladrón o la seguridad del joyero. Pues, hombre, yo elijo la seguridad del comerciante, pero eso no significa que me parezca bien que se apalee y patee a un ladrón. Si, en una refriega con la policía, el ladrón se lleva un golpe o dos, o un disparo en un tiroteo, pues qué le vamos a hacer, pero una cosa es eso y otra que lo apaleen. Con esto de Ceuta pasa igual. Claro que creo que debe haber control en las fronteras, pero me parece inaceptable que las fuerzas de seguridad de mi país conduzcan a la muerte a unos inmigrantes que quieren entrar de manera irregular. Por eso esta pregunta de Onda Cero tenía truco. Ganó abrumadoramente la opción del control de las fronteras, con lo que puede dar la sensación de que toda esa gente estaba aprobando la acción de la Guardia civil. Pero no sé por qué me da que no habría tenido tanto éxito la actuación de la Benemérita si la pregunta hubiera sido: “¿Aprueba usted que se dispare a los inmigrantes que intentan llegar nadando a España?” ¿Quién, salvo un discípulo de ZP en el País de Nunca Jamás, va a contestar que deben prevalecer los factores humanitarios en la política de inmigración? Pero es que aquí no se habla de factores humanitarios. Aquí estamos hablando de actuaciones que, según parece, han traspasado el límite de los derechos humanos. Yo puedo entender que se lancen pelotas de goma ante un intento de asalto a la verja de gente armada. Puedo comprender que se utilicen métodos violentos contra grupos de personas que, en tierra firme, mantengan una actitud agresiva contra la policía o el ejército español desplegado en la frontera. Pero me parece inaceptable que se dispare contra personas que, por lo general, no son buenos nadadores, que están en el mar, en plena oscuridad, intentando alcanzar a nado nuestra costa. Porque lo normal es que se ahoguen.
Lo malo es que, esto, como todo lo que pasa en España en los últimos años, también ha entrado en el juego del “Ytúmásismo” de los partidos mayoritarios. El PP asegura poniéndose muy serio y solemne, con cara de partido en el gobierno, que se ha usado la fuerza proporcionada y acusa de demagogia y cinismo al PSOE.
A los del PSOE, en estos días, les he visto embargarse de emoción hablando de humanidad y tal y tal con esa cara que ponen cuando creen que deben dar lecciones de democracia a los demás. Esa carita de boyscouts que acaban de hacer su buena acción del día, para dejar claro lo malotes que son los de la derechona, cuando resulta que, según el PP, estos métodos se usan desde mucho antes de que Mariano, el Plasmas, llegara al poder.
Pero, demagogias de PP y PSOE aparte, lo que parece obvio es que alguien se ha equivocado. No sé si ha sido el Ministro, el Delegado del Gobierno, el Director General de la Guardia civil, el mando de la Benemérita que estaba al frente del operativo o el que diseñó los métodos de control fronterizo. O todos juntos. Pero no puede pasarnos en el año 2014 que se nos mueran ahogadas 15 personas a unos metros de nuestra playa escuchando de fondo en el momento de su muerte los disparos de balas de goma de las fuerzas de seguridad de mi país. Puede que a ninguno de los miembros del gobierno se le caiga la cara de vergüenza. A mí, como español, se me cayó hace días y todavía hoy no la he recuperado.

DECIDAMOS

Cada vez soporto menos a la gente maleducada. Está mal comenzar así un artículo, porque, cuando uno dice algo como esto, se supone que se está poniendo a la cabeza de los tíos más educados del universo. Y no se trata de eso. Seguro que yo, analizado desde fuera, a muchos les parezco un maleducado por esto o por aquello. Por ejemplo, cuando me enfado, tiendo a elevar el tono de voz y puedo llegar a ser muy desabrido si alguien me toca excesivamente las narices. Y, a veces, esa reacción hace que te pongas a la misma altura del maleducado, pero es que me estomagan de mala manera.
No aguanto a la gente que no respeta a los demás, a los que se cuelan en las colas, a los que aparcan en doble fila… en general, a los que se pasan por el arco triunfal las normas que otros aceptamos. Porque, además, esos maleducados se indignan muchísimo cuando se les reconviene. No sólo es que piensen que tienen patente de corso; es que consideran que nosotros tenemos que aguantar estoicamente y en silencio sus desmanes y, si a alguno se nos ocurre decirles: “Oiga, por favor, no se cuele” te miran llenos de ira como si les hubieras mentado a la madre y se te ponen chulos.
Cuento esto porque, en las últimas semanas he vivido episodios de esos que te hacen darte cuenta de que los que van a su bola viven en un planeta distinto a los demás. No sé si recuerdan que hace varias Cabras hablé de un vecino de casa que lleva años sin pagar la cuota de comunidad y tiene una deuda de más de 10.000 euros. Como nuestras leyes son absurdas, la comunidad no puede (como hace cualquier empresa si no le pagas) cortarle el agua caliente, negarle la entrada al garaje o a la piscina porque nos puede denunciar por acoso. La única salida es un larguísimo proceso judicial que podría terminar en un embargo de los bienes del moroso. Y la comunidad arrancó hace meses el proceso judicial, le envió un Burofax para anunciárselo y, como no lo recibió en su casa, el administrador, tal y como le permite la ley, lo colgó en el tablón de anuncios del portal. Al parecer, cuando el administrador colgó la copia de la demanda, el vecino había recogido ya el Burofax y resulta que el cachondo de él acaba de anunciar que va a denunciar a la comunidad por exponer información confidencial. Podrán imaginar el estupor del resto de vecinos cuando nos enteramos de esto. El moroso envió una carta delirante en la que nos acusaba de los peores males del universo y de haberle generado a él y a su esposa un mal irreparable al publicar que, los pobres, deben “supuestamente” más de 10.000 euros a sus vecinos. Lógicamente, se convocó una junta para hablar del tema y, cuando estábamos esperando el comienzo, apareció el moroso. Yo, que jamás le había dicho nada acerca de sus deudas, me levanté y me fui hacia él con su carta en la mano y le dije: “Esto es lo que me faltaba por ver”. Y empecé a decirle lo que llevaba callado mucho tiempo. Para que se hagan una idea; este vecino debe 10.000 euros a la comunidad, le ha dejado de pagar a dos vecinos el alquiler de unas plazas de garaje, pero él, su mujer y sus dos hijos conducen a diario cada uno de ellos un coche. Él y su esposa van siempre de punta en blanco y a la última moda con las mejores marcas, sus hijos utilizan smartphones carísimos, tienen una empleada de hogar y, externamente, viven como si la crisis no hubiese pasado por sus vidas. Pues, cuando le dije todo esto, me llamó caradura. Llegaron los demás vecinos y algunos empezaron a increparle, y varias veces tuvo los santos arrestos de reclamar educación, como dándonos a los demás unas lecciones de señorío que, lamentablemente, nos debimos perder cuando fuimos al colegio. A él, por cierto, nadie le enseñó que el señorío y la educación empiezan por pagar lo que uno debe.
Pero me he liado en exceso con lo de mi vecino, cuando yo, realmente, quería hablar de otro que vive en otro planeta y que está incumpliendo las normas, pero nos recuerda constantemente a los demás que es que no le respetamos. Hablo de Cataluña y de ese enloquecido dirigente llamado Mas que, exigiendo su pretendido “derecho a decidir” ha llevado a Cataluña, a sus ciudadanos y al resto de España a un callejón oscuro y sin salida.
Observo entre los miembros del gobierno de Rajoy una firmeza tremenda últimamente. Esta misma semana ha sido la vicepresidenta Sáenz de Santamaría la que ha dicho que Rajoy, de momento, no se va a sentar con Mas. Y, al oír a Soraya, inevitablemente me acordé de los abusones del patio de los colegios. Esos que se ponían chulos con los más débiles hasta que uno de esos débiles aparecía con su primo el de Zumosol. En ese instante, al chulo abusón se le cambiaba el gesto y se mostraba como un manso corderito con el rabo entre las piernas, hasta mejor ocasión. El primo de Zumosol son las próximas elecciones generales de 2015 y la más que probable mayoría relativa del partido nacional que gane. Esa firmeza que hoy muestran Rajoy y sus ministros frente a los nacionalistas catalanes y vascos, se convertirá, en cuanto pierdan la mayoría absoluta, en sonrisas, concesiones de todo tipo, en frases como “Movimiento vasco de liberación”, “hablo catalán en la intimidad”, “el concepto de nación es discutido y discutible” y otras sandeces que, en sí mismas no son graves, pero que esconden una terrible renuncia a defender lo que se supone que nos interesa a todos los españoles. Por eso creo que el derecho a decidir debemos exigirlo todos los españoles. Pero no sólo sobre el tema de Cataluña, sino sobre el modo de regir nuestro Estado. ¿Por qué no propone alguien una petición popular a las Cortes para convocar un referéndum y cambiar la Ley Orgánica que regula los procesos electorales? Si se cambiara esa ley que beneficia a los partidos mayoritarios y a los nacionalistas, estoy seguro de que viviríamos mucho más tranquilos. Lo que pasa es que, no sé por qué me da que PP y PSOE no iban a tener demasiado interés en una reforma que les pondría la soga al cuello. Pero, oiga, hay otros partidos en el Congreso que igual podrían tomar la idea y hacerla suya. Yo se la regalo encantado de la vida.

CALIFICACIONES MORALES

Me gustaría conocer a alguno de los seres humanos que se encargan de hacer la calificación por edades de los contenidos que salen por cine y televisión. Yo me considero una persona abierta, avanzada y creo que no tengo excesivos prejuicios sobre casi nada, pero sobre todo no tengo prejuicios en temas sexuales. Vamos, eso digo yo; supongo que mis hijos opinarán diferente sobre cómo soy, pero lo que quiero decir es que no me parece mal que se vean culos y tetas, que se sugiera algo de sexo y que haya algo de violencia en películas de esas que se denominan “familiares”. Opino que el sexo, la violencia y la muerte forman parte de la vida y que, mientras no se muestren con exceso de crudeza, ni de una manera gratuita, pueden y deben ser vistos por los infantes sin generarles un trauma. Claro, que una cosa es eso y otra que te encuentres en el salón de casa sin saber dónde mirar porque, en una serie supuestamente recomendada para mayores de 12, tu hija de 12 años ve secuencias que yo considero que no debe ver una niña de esa edad.
Y eso que el asunto hasta tuvo su gracia. Estábamos viendo en familia los primeros capítulos de la serie “Homeland”. No sé si la conocen, pero está calificada para mayores de 12 y ahí estábamos todos esperando deleitarnos con la que se considera una de las mejores series de los últimos años. Ya habíamos visto algunas escenas de violencia crudísima y otras de cama subidas de tono, pero, en el tercer capítulo, el protagonista decide tener un momento de amor propio con su señora de cuerpo presente. Vaya, que el susodicho empieza a masturbarse mirando a su mujer que, estupefacta, se ha desnudado para él. Cuando nos dimos cuenta, mi mujer le pidió a mi hijo que echara para adelante la grabación. Mi hijo, intentando darle al “fast forward”, le dio a la doble velocidad y allí aparecía Damian Lewis (que así se llama el actor), moviéndose convulsamente como un conejo hiperactivo, mientras mi hija la pequeña se desternillaba de risa. Porque, a ver; Macarena sabe perfectamente lo que es la masturbación, como sabe perfectamente que hay gente que tortura y que hay terroristas y guerras injustas y ejércitos supuestamente buenos que masacran a poblaciones civiles y decenas de niños en esos “daños colaterales inevitables”. Pero una cosa es saberlo y otra que deba verlo con tanta crudeza en una serie, supuestamente, destinada a gente de su edad. Imagino que no es fácil dar con la tecla, porque no pienso igual yo que mi vecino, ni mi vecino igual que su prima la de Gijón. Pero se supone que para eso hay profesionales que deben tener claro que el que se vean determinadas cosas a una determinada edad no es recomendable. Y, al menos desde mi punto de vista, esos profesionales, la cagan con frecuencia.
Pero bueno, hablar de este tipo de calificaciones morales de películas y series en un país como el nuestro es una risa, cuando tenemos problemas mucho más graves que también tienen que ver con la “moral”. Por ejemplo la corrupción de políticos y no políticos o lo del Ministro Gallardón y su empeño en reformar de la ley del aborto. Gallardón les ha salido rana a todos los izquierdistas que creían que era “uno de los suyos”, un submarino progre en el PP, un quintacolumnista, como le han llamado con frecuencia sus propios compañeros de partido. Pero no. El Ministro de Justicia se ha convertido en el Anakyn Skywalker* de la izquierda española. No sé si el Canciller Palpatine** es Rajoy o más bien Rouco (le pega más), pero la izquierda siente que “su” Alberto Ruiz Skywalker se les ha pasado al Lado Oscuro y parece que ya no lo sacan de ahí ni con aguarrás. Encima, el empeño del ministro está haciendo que otros, como Monseñor Rouco Varela, sufran las consecuencias. En fin, yo no le tengo ninguna simpatía al Arzobispo de Madrid, pero me dirán ustedes qué hacían las de Femen el pasado domingo tirándole bragas con manchas rojas al prelado. A mí Rouco me parece un lastre para el mensaje renovador del Papa Francisco, pero, que yo sepa, el arzobispo no manda más que en la conferencia episcopal y ni legisla, ni está (gracias a Dios, por otra parte) al frente de ningún ministerio. Pero eso no significa que deba estar callado. A mí no me gusta lo que opina Rouco y creo que sus mensajes, por lo general ultraconservadores e intransigentes, le hacen mucho daño a la Iglesia real que es la que está, de verdad, al lado que los que sufren, pero pienso que debe tener todo el derecho del mundo a expresarse. También tienen las de Femen todo el derecho a expresar su desacuerdo con el arzobispo, pero hay maneras mucho mejores para hacerlo que la de lanzarle bragas y empujar cobardemente a un anciano con un mensaje cargado de poesía como “Toño, fuera de mi coño” escrito sobre el pecho. Me gusta la gente transgresora y valiente y creo que algunas de las acciones de Femen han sido valerosas y han ayudado a dar visibilidad a sus reivindicaciones, pero, honestamente, me da que con esto están errando el tiro. Creo que, si hay en España una confesión religiosa intransigente, retrógrada, machista, anclada en el siglo XV y que, en algunos templos, incita a la guerra religiosa, esa no es la Católica. Quizás deberían las de Femen reservar sus bragas para alguno de los líderes religiosos musulmanes radicales que hablan de infieles y de mujeres en casa con la pata quebrada en muchas mezquitas. Y no tienen que irse a La Meca. Las tienen aquí mismo, en cualquiera de nuestras ciudades, a la vuelta de la esquina.

* Anakyn Skywalker. Personaje de Stars Wars. Es un caballero Jedi que acaba traicionando a sus compañeros y amigos para pasarse al Lado Oscuro de la Fuerza.
** Canciller Palpatine. Malo malísimo que pretende lograr el poder absoluto. Convence a Skywalker de que se pase al lado Oscuro de La Fuerza prometiéndole que, con él, conseguirá evitar la muerte de su amada.

LOS HIMNOS

¡Qué espanto cómo cantan los de la nueva grada joven del Bernabéu! Jamás pensé que iba a decir esto, pero anteanoche, en el partido de la Copa del Rey contra el Espanyol, hasta se echaba de menos (musicalmente hablando) a los Ultras Sur. Es que da igual lo que entonen los nuevos mozos, porque todas las canciones parecen la misma y da la sensación de que los que cantan son quinientos tíos que se han emborrachado para mitigar el dolor que les ha provocado la extracción sin anestesia de varias piezas dentales a cada uno. No lo digo sólo porque desafinen como gatos capados violentamente, sino porque, además, vocalizan como si tuviesen inflamadísimas las encías. Espero que ensayen y mejoren, porque no me gusta nada ese sentimiento de añorar a los Ultras, ni siquiera por su empaste coral.
Lo pensaba el otro día a raíz de la muerte de Blas Piñar. Leí en Internet algunas necrológicas laudatorias y no se me ocurría el motivo por el que alguien puede alabar a las personas totalitarias. Y pensando en eso, dándole vueltas a los motivos de alabanza, llegué a la conclusión de que, al menos para mí, la única aportación positiva de los totalitarios al mundo ha sido su escenografía. Y ahí dan igual izquierdas o derechas. Los que tienen como objetivo aplastar al que no opina como ellos son conscientes de que deben hacer fastos increíblemente espectaculares con dos objetivos; el primero animar a los tibios para que se sumen a sus gloriosas filas y, el segundo, acojonar tremendamente a los enemigos para que se den cuenta de que ellos tienen un poder babilónico. Hay que reconocer que embelesa y acoquina a partes iguales ver los desfiles que montaba Hitler, o los que organizaba la URSS o, más recientemente las paradas militares del amigo de Dennis Rodman, el dictador Norcoreano Kim Jong-un. Y luego hacen unos himnos sobrecogedores. Lo malo es la cantidad de muertos y gente jodida que han dejado a su paso, pero hay que reconocer que muchos himnos fascistas y comunistas tienen la capacidad de hipnotizar al que los escucha porque buscan hacer parecer como menos malos a los que matan envueltos en acordes de tanta belleza.
Que esto de los himnos me recuerda que somos una de las pocas naciones del mundo que no tiene letra en su himno nacional. Y a mí me da pena. Porque es una de esas cosas que nos convierten en un país pedorro, visto desde fuera. Un país en el que la mitad de la gente se avergüenza de su bandera, en el que, para millones de personas, sentir emoción al oír tu himno nacional es ser un facha. Una tierra en la que millones de personas, ven imposible que uno pueda sentirse catalán, vasco, gallego o andaluz sin que eso suponga renunciar a sentirse español. Y viceversa. O, afinando más, un parlamento en el que políticos de un partido nacional, son capaces de decir que el homenaje mensual a la bandera en la plaza de Colón que propuso en 2002 el entonces ministro Trillo podía “herir sensibilidades” y en Euskadi y Cataluña se podía entender como una “provocación”. Estamos muy tontos. Y esa tontería es la que ha hecho que durante décadas hayamos sido incapaces de sentarnos para aprobar una letra de himno. Y no pasa nada por hacerla. De hecho hay himnos de muchos países que dicen burradas chocantes en países democráticos y pacíficos. Por ejemplo, la Marsellesa, que habla de sangres impuras y de brazos vengadores. O el himno italiano y el polaco, por poner dos ejemplos, que mezclan a Dios y a sables y a la muerte para unir a Italia o liberar Polonia. Pero es que también podemos hacer un himno tan políticamente correcto como el inglés o el americano, salvo la parte esa del “God save” o el “in God is our trust”, porque dicen los no bíblicos, que se refieren al Dios judeo-cristiano. No sé, cualquier cosa excepto seguir viendo a nuestros deportistas internacionales poner cara de “pues yo no canto”, mientras entre el público suena atronador el “LOLO-LOLO-LOROLOROLOROLO-LOLO-LOLOROOOOOO” que tanta vergüenza me produce sobre todo cuando lo he escuchado junto a algún extranjero. Porque, lo normal, es que, al oír esos versos, el forastero te pregunte: “¿Y qué dice la letra?”. Y no sabes qué contestarle porque te da fatiga reconocer que no tenemos letra porque a la mitad del país le parece un himno facha y no hemos conseguido ponernos de acuerdo para encontrar un poema que encaje.
Claro que tampoco está mal la vergüenza que te da cuando alguien de fuera te pregunta por nuestros políticos. Y no sólo por lo que malgastan o por lo que han robado o han permitido robar a otros impunemente. Es que últimamente preguntan mucho por nuestro Ministro de Justicia, que está que se sale. La última ha sido que parece sacada de un guión de Faemino y Cansado. O sea; dice el Ministro que la ley del Aborto que él propone va a hacer crecer la economía porque va a aumentar la natalidad. Joder; no puede ser que lo haya dicho en serio. Pero claro, con cosas como esas, me pasa que, cada vez que Gallardón abre últimamente la boca, me recuerda a aquella muchacha del primer Gran Hermano llamada Ania. En un hallazgo lingüístico sin precedentes, la tal Ania, para expresar lo mucho que necesitaba evacuar su vejiga dijo a sus compañeros y a toda España: “Me meo que te cagas”. Pues eso.

ESTOY GORDA

Seguro que les suena la frase. Si es usted hombre, la habrá oído a su madre, hermanas, primas, amigas, esposa e hijas. Incluso, con un pelín de confianza, a alguna compañera de trabajo. Y si es usted mujer, me jugaría un brazo a que la ha pronunciado al menos 50 veces a lo largo de su vida. Mi mujer y mi hija la mayor me van a matar, pero ellas lo dicen por lo menos 50 veces al año. Y me quedo corto. Y les juro que están muy lejos de ser gordas.
Buff. Me estoy acordando de mi amiga Marta Barroso, que es una magnífica periodista y últimamente la estoy descubriendo como una finísima articulista. Vaya; no me acuerdo de Marta por lo de gorda, que quede claro… Me acuerdo porque ella habla con frecuencia en su blog “Gente y aparte” de temas familiares y su marido la tiene medio amenazada con mandarla a la porra si no corrige la deriva de sus artículos. Pero ella, ahí sigue, como dirían unos amigos míos, “to the foot of the canyon” sin temor a las represalias. Pues yo, igual que Marta, sin miedo a que mi esposa me patee los testículos, confesaré que mi mujer se ve como una foca y que, cuando yo le digo que no, me mira con desprecio y responde: “Eres un pesao. Tu opinión no me sirve. Tú siempre me ves bien.”
Es una extraña capacidad que tienen la mayoría de las mujeres que conozco; que convierten en algo malo una cosa que es objetivamente buena. Yo imagino que a cualquier mujer de cuarenta y tantos le tiene que complacer que su pareja le diga: “Me gustas”. Pues, para mi mujer, que yo la vea siempre bien, lejos de ser bueno, es malo y una demostración de que soy un tío sin criterio.
Pero es que, siendo sinceros, a mí mi mujer me gusta y no me parece que esté gorda y, desde luego si algún día se le pone un kilo de más, no me fijo. Puede que se fijen las cabronas de sus amigas, pero yo no me fijo. Yo, cuando miro a mi mujer, y cuando he mirado a las mujeres que me han gustado, miro el conjunto. No voy a decir esa chorrada de que me fijo en la mirada, ni me voy a poner Disney con lo de que la belleza está en el interior, pero, dando por sentado que me fijo, con perdón, en culo y tetas, lo que me agrada es el conjunto. Y creo que a todos los tíos nos pasa. Que nos gustan nuestras mujeres y nuestras novias como están, aunque a ellas eso les ayude poco en su autoestima. Para la mayoría de las mujeres pesa mucho más un comentario sin importancia de una amiga, o una visión fugaz de un pseudo-michelín en un escaparate, que doscientos halagos de sus parejas.
¿Y a cuento de qué digo esto jugándome el bienestar de mis criadillas? Pues porque ayer de nuevo comprobé que la redes sociales, que para algunas cosas son un tostón, de vez en cuando sirven para algo. Una amiga me mandó un vídeo que les recomiendo que muestren a todas las mujeres que tengan cerca, especialmente a las chicas más jóvenes. Habla en él Jean Kilbourne, una señora que lleva muchos años estudiando la publicidad y criticando el uso frívolo que se hace de la mujer en infinidad de campañas de marketing. En el vídeo, esta investigadora estadounidense defiende que, durante décadas, la publicidad ha convertido a la mujer en un objeto; en una cosa. Y que, cuando conviertes al ser humano en una cosa, estás dando el primer paso para justificar la violencia contra esa persona. Que tiene un punto. Pone muchos ejemplos y dice cosas como que la publicidad y la moda venden un tipo de mujer imposible. La señora Kilbourne asegura que nadie puede parecerse a las modelos de los anuncios, ni siquiera esas propias modelos y cita a Cindy Crawford que dijo en varias ocasiones que a ella lo que realmente le gustaría es parecerse a la Cindy Crawford de las fotos y los anuncios.
Esas mujeres perfectas del photoshop, adelgazadas hasta el absurdo; esas chicas sin arrugas, ni papadas y con pechos, nalgas y muslos despampanantes ponen un listón inasumible para las niñas y mujeres de todo el mundo. Y esa imposibilidad de llegar a ser perfectas es la que hace que millones de mujeres no estén satisfechas con sus físicos y surjan reacciones que pueden ir desde un simple complejo de gorda, como el de nuestras novias y mujeres, hasta dramas espantosos como la anorexia.
Por si sirve para algo, aquí tienen el enlace y me comprometo a difundir todo lo posible este vídeo a ver si conseguimos que algunas de las niñas y mujeres que nos rodean escapen a esa dictadura de la delgadez.
Y, a partir de ya, voy a dedicar la jornada, entre reunión y reunión, a convencer a la gordo-foca que tengo por esposa a ver si consigo que me acepte esta noche a su lado en la cama, que después de esta Cabra… No sé yo…
http://www.upsocl.com/mundo/5-minutos-de-lo-que-los-medios-de-comunicacion-le-hacen-a-las-mujeres/

UN LÍDER

No sé lo que ha estado pasando realmente en estos días en Burgos. No sé si, como aseguran los entornos PP, los que se enfrentaron a la poli eran violentísimos anti-sistema o si, como dicen los de entorno PSOE y los propios vecinos del barrio de El Gamonal, eran sencillamente cudadanos cabreados como monas. Imagino que, como suele, pasar en estas cosas habrá un poco de todo, pero me hace gracia ver cómo se divide la lectura de lo que pasa en Burgos según de qué pie cojees.
Entre los políticos y medios del PP queda claro que la obra que quiere hacer el Alcalde Javier Lacalle estaba en su programa electoral, se había debatido durante meses y está refrendada por una mayoría absoluta. Por tanto, los que se oponen a ello violentamente son poco respetuosos con el juego democrático. Incluso, la mete gambas oficial del partido gobernante en Burgos y en España, se ha desmelenado hablando de “los atentados de el Gamonal”. Lo de la Botella es de estudio psico-sociológico. ¿Dice estas cosas en serio y es que, sencillamente, se le va más la pinza que a la Sophia Petrillo de la Chicas de Oro? ¿O es una finísima estrategia de comunicación del PP para meter ruido y distraer atenciones? Yo me inclino por lo primero.
Pero como estamos en esta época de la España partida en dos, si oyes a los políticos y medios cercanos al PSOE parece que lo de Burgos ha sido el heroico triunfo de Fuenteovejuna. Después de que el alcalde paralizara el proyecto para buscar consenso, la alegría se ha desbordado y por esos muros del Facebook me he hartado de ver cosas como que “el pueblo unido jamás será vencido” y a amigos míos con mensajes de “No Pasarán”, “Yes we Can” y uno muy gracioso que decía: “Antes en Burgos éramos famosos por nuestras morcillas, hoy lo somos por nuestros huevos.” En fin.
Pues eso, que no sé muy bien de qué va esto, pero, lo que me parece obvio es que se está cociendo algo y lo raro es que haya tardado tanto en pasar. Hace meses, yo hablaba en una Cabra de lo extraños que somos los españoles. Que pase lo que pase, sólo nos indignamos horriblemente y salimos a la calle si sucede algo tan grave y trascendental para nuestras vidas como que nuestro equipo baje a segunda injustamente. Pero que rara vez nos movilizamos por cosas mucho menos importantes como que un partido gobernante se pase por la zona escrotal su programa y recorte derechos y suba impuestos salvajemente. Para qué nos vamos a manifestar por memeces como que en Andalucía el partido gobernante y los sindicatos den motivos para que los corran a gorrazos; por fruslerías como que decenas de etarras condenados por matar monten una rueda de prensa para defender sus derechos pisoteados; por nimiedades como que el ex tesorero del PP esté en prisión y aún no haya habido ni una sola consecuencia política; por chorraditas como que políticos y juristas diversos se empeñen en que no declare la hija del Rey y hasta haya un ministro que diga la soplapollez de que la Infanta no debe llegar andando al juzgado. Me hacen gracia estos monárquicos que están haciendo más daño al Rey que el partido republicano más recalcitrante. Y la lista de bobadas que jamás nos llevarían a manifestarnos puedo alargarla; el presidente del PNV que la primera vez en su vida que habla de derechos Humanos en Euskadi, es para hablar de los derechos de los presos etarras. El suicida de Mas y el plasmado Rajoy que siguen conduciendo a Catalunya a un callejón sin salida en el que da la sensación de que todos vamos a salir perdiendo. La que han liado con el aborto… Menos mal que en estos días, se ha producido otro acontecimiento planetario, que habría dicho Leire Pajín, y Obama nos ha tranquilizado tremendamente al reconocer en Washington el innegable liderazgo de Rajoy. Manda huevos. Se le podrán reconocer virtudes a Rajoy, pero que se le atribuya liderazgo a un hombre que no habría ganado por sí sólo ni las elecciones a presidente de su escalera, da risa.
Lo malo es que todo esto no tiene ninguna gracia. Porque haría falta un verdadero líder en España para gestionar esta tremenda olla exprés sin pitorro en la que nos hemos convertido. Millones de familias en mala situación económica, una debilidad del estado que hace que cualquiera, a día de hoy, le plantee retos y un gobierno que sigue friéndonos a impuestos a ciudadanos y empresas. Yo no defiendo en absoluto el uso de la violencia, pero no me extraña que pasen cosas como lo de Burgos. Espero, sinceramente, que no sea un fuego que se extienda, pero creo que Rajoy debería salir de su plasma y empezar a darse cuenta de que el país en el que vive se parece mucho más al que hay en las colas del paro que al que vendió alegremente el otro día ante varios empresarios estadounidenses.
Y, por cierto, una tontería, pero es que el otro día escribiendo en mi móvil la palabra “tweet”, mi autocorrector me propuso: “féretro”. No sé si será mi subconsciente, o es que a veces la tecnología esconde analogías sorprendentemente brillantes.

EL RESCATE

Yo de pequeño odiaba las matemáticas. Me da cosa reconocerlo, porque tengo hijos todavía en edad escolar y uno, ante la progenie, tiende siempre a fantasear con su currículum académico. Las notas de los padres; ¡ese gran secreto que algunos mantenemos oculto de las miradas de nuestros hijos! Porque vaya, yo tampoco es que fuera un desastre, pero tenía más SF que SB, aunque alguna I se colaba, al hablar de matemáticas. Y encima es que era un poco chulito piscinas. Recuerdo una bronca con don Marcelo, mi profesor de mates de cuando tenía 13 años. Yo, que ya entonces tenía clarísima mi vocación, le decía, con la insolencia propia de los pre-adolescentes, que para qué quería las matemáticas un periodista. Y don Marcelo, en vez de darme una colleja, tirarme una tiza (tenía peor puntería que don Juan) o ponerme un cero, se entretenía en discutir conmigo. Don Marcelo me hablaba de estadísticas, de ordenación del cerebro, del pensamiento matemático y de algunos cálculos que, inevitablemente, iba a tener que hacer en la vida. Quizás por aquella insistencia de este profesor, hoy me entretengo de vez en cuando en hacer cuentas. Y en ocasiones esas cuentas me generan un mosqueo monumental.
Imagino que, cuando han leído el título de este artículo, todos han sabido de qué estaba hablando. Y sin necesidad de ser economistas. Hasta hace un par de años para mí “El Rescate” era un juego infantil o, en Málaga, el nombre de una cofradía y uno de los Cristos más populares de la Semana Santa de mi tierra. Ahora todo el mundo habla de ”El rescate” como si fuera un amigo de la familia de toda la vida. Y realmente no se sabe muy bien lo que es, porque el gobierno se hartó de decir que nadie estaba rescatando a nadie y se buscaron distintos eufemismos para decir lo obvio; que había que echarle un cable a los bancos y a las cajas y que la broma nos iba a costar a los españoles un huevo de la cara, porque ya no nos quedan ojos. Entre los avales del rescate de la UE, las ayudas a los bancos por quedarse con cajas y las diferentes inyecciones a esas cajas que se han tirado años despilfarrando dinero aconsejadas por los políticos de turno, el asuntillo nos ha salido por unos 80.000 milloncejos de euros de nada. Y hay algunos que dicen que es mucho más. Collons, que diría Artur el Libertador. Es que ya hablamos de los euros como si fueran pipas. Pero ¿se han parado a pensar en lo que son 80.000 millones de euros? Es que la cifra en pesetas, además de que no cabe en mi calculadora, marea; son 13.310.880.000.000 pesetas. O sea, trece billones, trescientos oncemil millones de pesetas. Y de ese dineral mareante, ¿Qué parte se fue directamente al retrete por una gestión lamentable y manirrota de amiguetes de nuestros políticos?
¿Cuántos patrocinios absurdos? ¿Cuántas operaciones financieras fallidas para favorecer a los amiguetes? ¿Cuántos avales a proyectos faraónicos y fuera de la realidad? ¿Cuántos créditos concedidos con criterios que no tienen nada que ver con el buen gobierno de una entidad bancaria? Son preguntas tontas a las que no me va a responder nadie, pero que yo me hago para quedarme a gusto. Lo peor de esto es que la mayoría de los directivos que hicieron aquellos desmanes están hoy tralarí tralarí mirando para otro lado como si tuvieran una tortícolis gravísima. Y no creo que a ninguno, o a casi ninguno, le vaya a caer encima el peso de la ley por malgastar nuestro dinero.
En fin, menos mal que, a pesar de estas cosas y de los novedosísimos mapas de Espanya de TV3, de vez en cuando la vida te regala momentos de risa. Ayer varios amigos compartieron con mi mujer y conmigo el típico texto de esos que corren por el Facebook. Está en inglés y se titula “My promise to my children”. Viene a decir aquello de que, quien bien te quiere, te hará llorar y que la función de un padre no es ser el amiguete enrollado de los hijos, sino el que marca los límites y que eso no siempre gusta. Se lo leímos anoche en la cena a nuestros hijos y terminaba así: “Si nunca me has dicho, murmurando entre dientes, “te odio” es que no he hecho bien mi trabajo como padre.” Después de unos segundos de ligero desconcierto de mis hijos, Paula, la mayor, soltó mientras rebuscaba con el tenedor entre la menestra, “Bueno; yo os lo he dicho mazo de veces”. Mi mujer y yo no supimos contener la risa, aunque, la verdad, yo a estas alturas no sé si la frase significa que hemos hecho bien nuestro trabajo o que la hemos cagado tremendamente. Visto lo maja que nos ha salido la niña, me inclino por lo primero.

MY PROMISE TO MY CHILDREN

EL DUELO

En las últimas 3 semanas han muerto dos de los mejores amigos de mi padre. Pepe Jiménez Villarejo falleció el día 15 de diciembre y, el día de Año Nuevo, murió su hermano Fernando. Ambos fueron importantes en mi infancia y en mi juventud, no sólo por ser íntimos de la familia, sino porque eran de esas personas que hacían mejor el mundo que les rodeaba.
Pepe era jurista y justo fue que llegara a lo más alto en su carrera como presidente de dos de las Salas del Tribunal Supremo. Era un hombre fundamentalmente bueno y alegre y yo recuerdo en aquellos años del tardo franquismo y la primera transición la valentía que tuvo de ponerse en el lugar en el que te podía coger el toro apostando por la democracia y por una nueva justicia. Pero más allá de sus virtudes como juez o su mérito como hombre comprometido, lo que más me gustaba de él era su faceta de hombre de familia y amigo conversador. Daba gusto siempre ir a casa de los Jiménez Villarejo. Trini, Pepe y sus hijos eran una gente habitualmente tranquila y contenta con la vida que les había tocado vivir. Aunque escondían algunos juguetes cuando llegábamos mis hermanos y yo (para que no los arrasáramos), he de reconocer que aquellos fines de semana y días de verano en su casa de Chilches son de los favoritos de mis recuerdos de infancia. Años más tarde, cuando ya vivían en Madrid, me gustaba sentarme a hablar con Pepe de lo que fuera; de política, de periodismo, de la Justicia, de la Iglesia o de poesía. Pepe era un gran poeta, pero, sobre todo, era un gran conversador. En la misa corpore insepulto que se hizo en el tanatorio el sacerdote dijo que Pepe nunca hablaba como desde un púlpito; que siempre tenías con él la sensación de estar de igual a igual. Y así era. A mí me encantaba, a mis 20 años, poder hablar con uno de los amigos de mi padre con la sensación de que, verdaderamente, escuchaba y valoraba lo que le estabas diciendo, aunque yo imagino que muchas de las cosas que me escuchaba le daban para estar riéndose un buen rato.
El otro hermano era Fernando. Era sacerdote. He conocido a pocas personas tan alegres como él. Recuerdo cuando éramos pequeños que mi padre nos hablaba de su amigo Fernando que estaba en las misiones en África. Y nosotros nos hacíamos a la idea de un Fernando heroico luchando con leones y otras fieras para llevar la palabra de Dios a los negritos del África Tropical. Muy de Tintín. Y cuando regresó de las misiones, paró en casa de mis padres unos días y sacó un cargamento de diapositivas que había ido haciendo. Nosotros nos sentamos esperando ver a Fernando blandiendo su machete triunfante sobre las fieras de la sabana y nos encontramos con una serie de fotos en las que curiosamente, sobre todo, lo que salía era gente contenta. A mí me resultó muy chocante aquella felicidad africana, pero con el paso de los años comprendí que esa alegría, sin duda, era Fernando que, por cierto, nos enseñó a no hablar de “negritos” con esa superioridad benevolente de los blancos. De hecho, esas “filiminas”, que decíamos de pequeños, me hicieron pensar durante un tiempo en hacerme misionero de la Compañía de Jesús, hasta que mi tío Carlos, que era Jesuita y me conocía bien me dijo: “pero sabes que, para ser jesuita, hay que estudiar 14 años, ¿No?”. Y, en aquel instante, San Ignacio perdió una vocación. El tío Ferdi, como le llamaban sus sobrinos y como le acabamos llamando mis hermanos y yo, volvió a pasar algunas temporadas en nuestra casa de Madrid y aunque ya no venía con diapositivas africanas, siempre nos contaba anécdotas divertidas y nos hacía sentir unos niños especiales a los que él quería como si fuéramos sus sobrinos.
Eran dos hombres buenos que hacían mejores a los demás. Y se han ido. Y sus muertes me han removido en estos días en los que estamos a punto de celebrar que hace 3 años, en la mismísima Noche de Reyes, mi padre descansó. Y digo que me han removido porque, cuando murió mi padre, yo me quedé con la sensación de que su muerte, después de un largo sufrimiento, me iba a producir alivio. Y no fue así exactamente. Por supuesto me alivió que dejara de sufrir, pero, en ese egoísmo tan propio de los hijos, al fin y al cabo, yo estaba contento con tener a mi padre ahí. Le podía coger la mano. Y hablarle. Me lo habían avisado. Que son como mínimo tres años de duelo. Y a mí me parecía que, a mi edad, ya no podía afectarme tanto que muriera mi padre. Pero vaya si afecta. Yo hoy, recordando a sus buenos amigos, he añorado a mi padre más de lo normal, que es bastante. Supongo que el duelo terminará el día en el que vea una foto de mi padre que tengo en mi cuarto y no me suponga ninguna emoción especial. Hoy, todavía, cada vez que la veo me da un pellizco en la boca del estómago. El mismo que sentí hace veinte días, primero, y hace 3 días, después, cuando me dijeron que las sonrisas de Pepe y de Fernando se habían ido para siempre. Al menos sé que ellos, como mi padre, descansan en Paz.

LOS ABORTOS DE NUESTROS POLÍTICOS

Pues no sabía qué hacer, la verdad. Por un lado me apetecía tomarme unas vacaciones navideñas cabreras, pero, por otro lado, me daba rabia no estar en medio de tantas cosas que están pasando. De algunas ya hemos hablado en La Cabra con profusión. Es más (o podría decir es Mas), del aburridísimo tema de “La Consulta” hemos escrito ustedes y yo mucho más de lo razonable y no sé si tiene sentido volver al asunto. Aunque, desde que publiqué la primera Cabra sobre el tema hasta hoy, la situación ha ido muy claramente a peor y aquella brecha, de la que hablábamos en octubre y noviembre de 2012, se ha convertido en una sima de la que no se ve el fondo.
Pero hoy no quiero hablar de Mas, sino, sobre todo, de la propuesta del gobierno para cambiar la Ley del Aborto. Me parece que esta reforma pone en negro sobre blanco el que, para mí, es el principal problema nacional de España; la bajísima calidad de nuestra clase política. No sé dónde empezamos a perder el Oremus, pero es obvio que, en los últimos años, nos hemos ido permitiendo tener políticos cada vez más alejados del pulso de la sociedad. Son tantos ejemplos; González y “sus” corrupciones varias de las que el presidente se enteraba por la prensa, Aznar y “su” Guerra de Irak, Zapatero y “sus” jaimitadas con el Estatut, con ETA y con la crisis-no-crisis o Rajoy y “sus” plasmas, su ley de Educación y, más recientemente, su proyecto de ley del Aborto.
Me da una pena profunda. No hallo en nuestra democracia una época de menor nivel en el debate parlamentario y de peor sensación al mirar al hemiciclo del Congreso de los Diputados. Y esto no lo digo por decir. No sé si recuerdan el tristísimo día de la aprobación de la última ley de Educación. Y no entro en si la LOMCE es mejor o peor. Lo que me pareció deprimente fue ver a los diputados del PP y al ministro Wert riendo y aplaudiendo a rabiar tras la aprobación de un texto que no tenía ningún apoyo en el resto de partidos. Aunque casi fue más cruda la depresión posterior al ver igual de sonrientes y alborozados a decenas de diputados de la oposición que anunciaban, descojonándose, que pensaban derogar la ley en el momento en el que llegasen al poder. Olé vuestras criadillas. No sé dónde le veis la gracia. A mí me parece un drama que nuestros políticos traten la educación de nuestros hijos con semejante ligereza. Quizás piensan que, cambiando de leyes como quien se cambia de calzoncillos, vamos a conseguir salir de esas estadísticas tristes, tremendas y demoledoras de los informes PISA que, año tras año, nos dicen que lo estamos haciendo rematadamente mal. ¿Cómo puede aprobar un gobierno o un partido una ley tan importante como esta sin contar con el principal partido de la oposición? Me recuerda a la era Zapatero en la que se hartaban de decir que ZP gobernaba y legislaba con consenso (pactando con los partidos que tenían acogotado al PSOE), pero no hicieron ni una sola ley contando con el PP. Ahora pasa igual; basándose en su mayoría absoluta, el PP legisla sobre temas esenciales sin contar con el partido que representa, más o menos, a un 30-40 por ciento del electorado. Y así nos va.
El tema del aborto es tres cuartos de lo mismo. ¿De verdad cree Gallardón que esta reforma era una reclamación de la sociedad española? O, yéndonos unos años atrás, ¿De verdad pensaba ZP que la reforma que hicieron en su día era una reclamación de la sociedad española? Yo creo que no. Pero ambos legislan pensando en sus convicciones, sin tener en cuenta, en absoluto, lo que opine la mayoría del país, que eso es la democracia. En cualquier caso, igual no era tan mala la ley ZP, aunque tuviera artículos absurdos, porque, en el último año, bajó el número de abortos practicados en España.
Puede que esta nueva ley del Ministro Gallardón aplaque las conciencias de algunos dirigentes del PP y tranquilice a algún sector muy conservador de los votantes populares. Quizás. Pero es probable que provoque que volvamos a aquellos años de los abortos londinenses de la gente con posibles o al horror de los abortos clandestinos de la gente sin dinero. Y no discuto si el aborto es bueno o malo; asesinato o medida terapéutica. Es un asunto tan delicado que estoy cansado de ver a buenos amigos a los que considero inteligentes enfrascarse en discusiones sobre si el aborto es o no es un asesinato. Ambas partes consideran que su argumento es irrefutable y no se dan cuenta de que es una opinión inevitablemente bañada por sus creencias personales. Y ahí debe estar la diferencia. Nosotros los ciudadanos, podemos permitirnos decir esas cosas y actuar según nos dicten nuestras respectivas conciencias. Los políticos, no. Precisamente les votamos y les pagamos porque se supone que van a gobernar buscando el bien común, escuchando lo que les pide la mayoría del pueblo y no haciendo caso a esa pequeña voz de la conciencia que llevan ahí adherida desde la infancia. Que todos tenemos a nuestro Pepito Grillo diciendo cosas, pero el de Gallardón o el de ZP, por poner dos ejemplos, en vez de un Pepito es, claramente, un Pepote con gigantismo.