LAS ENTRAÑABBBLES

Pues a mí me sigue gustando la Navidad. Y eso que mis hijos ya van teniendo una edad poco candorosa. La pequeña, Macarena, tiene 12 años y en casa ha desaparecido esa magia de la Epifanía que, a mi mujer y a mí, nos hacía esperar el día de Reyes casi con más ilusión que nuestros propios hijos. Porque en mi familia somos de los Reyes Magos. A nosotros esta invasión nórdica o estadounidense del Santa Claus o el Papá Nöel nos toca las narices y en casa se mantiene la muy hispánica tradición de escribir la carta, ir a la cabalgata, tomar el chocolate con roscón, poner el agua y las zanahorias para los camellos, el anís y los mantecados para SSMM y acostarse el día 5 esperando los regalos como cuando teníamos 6 años. Que no entiendo yo la manía de importar tradiciones, sobre todo cuando ves un 23 de diciembre en Málaga, es un poner, con un día soleado a la una de la tarde y 20 grados de temperatura a un tío vestido de rojo y blanco, forrado de fieltro y a punto de morir de un golpe de calor en la puerta de El Corte Inglés. Vaya, tampoco es que los Reyes Magos vistan camiseta, pero entre morir disfrazado de duende con obesidad mórbida o vestido de Rey Mago, yo, qué quieren que les diga, escogería el atuendo de monarca.
Es que lo de las tradiciones importadas me parece un colonialismo socio cultural inaceptable, especialmente porque tendemos a importar lo chorra. No me digan por ejemplo la mamarrachada esa del Halloween. Que todavía te proponen importar el día de Acción de Gracias y tiene un pase, pero aceptar pasivamente la invasión de Santas Clauses y disfraces terroríficos me empalaga sobremanera. Y no es un tema de nacionalismo rancio, ni de que yo piense que, “como lo españó, ná de ná”. He tenido la suerte de vivir en otro país y conocer otra cultura y eso te ayuda a valorar mucho tu casa, pero también te hace ver que fuera hay infinidad de comidas, bebidas, fiestas y tradiciones igual de estupendas que las tuyas. Para mí el problema es que, con esto de las tradiciones chorras estadounidenses, yo me siento invadido. Quizás lo llevaría mejor si fuera un intercambio y, de vez en cuando, lográramos exportar alguna de nuestras cosas. Yo qué se. Los mantecados y los roscos de vino. O el turrón, las peladillas y los mazapanes. O las empiñonadas. O el roscón de Reyes, que nos está ganando por la mano un bollo tan soso como el Pannetone y que me perdonen mis amigos italianos. Las panderetas, las zambombas y los matasuegras; el líquido frío-calor para el culo, los terrones de azúcar que hacían espuma y las bombas fétidas del día de Inocentes… Pero no. Cada vez más, nos invade el gordo vestido de rojo y unos adornos que puede que queden muy bien en el crudo invierno de Wisconsin, pero quizás tengan menos sentido en la Plaza Mayor de Minglanilla, en la provincia de Cuenca.
Pero, como me pasa con frecuencia, me estoy desviando de la cuestión. Yo no quería hablar sólo de la invasión de tradiciones tontorronas que no son nuestras. Quería hablar de la emoción de la Navidad y de esos sentimientos que, cuando nos vamos haciendo mayores, nos van pareciendo ñoños. Conozco cada vez a más gente que tiende a la melancolía, a la pereza o, directamente, al cabreo cuando se acercan estas fechas y ven las luces de colores y observan cómo se pone en marcha la máquina consumista a todo meter. Lo de la melancolía puedo entenderlo porque, en estos días, uno recuerda a los que ya no están, pero estuvieron y nos dejaron un hueco así de gordo en la mesa y en la memoria. Yo, por ejemplo, llevo varios días pensando en mi padre, que al pobre le dio por morirse en la noche de Reyes de hace 3 años. Para mí es inevitable la melancolía, pero se pueden vencer la pereza y el cabreo. No se me ocurre cómo animar a los que cruzan el gesto ante las Navidades, pero puedo contarles algunos trucos que yo he ido utilizando a lo largo de los años. Quizás, como las peladillas, no sean exportables, pero yo voy a intentarlo.
Tratar de bañarse de espíritu navideño desde mediados de diciembre. Nosotros arrancamos la Navidad poniendo el árbol, el Belén y los adornos en torno al 10 de diciembre. Por supuesto, esa tarea la hacemos toda la familia escuchando villancicos.
Tratar de escuchar todos los días música navideña. A ser posible que sea un buen disco, aunque en la selección uno, sin querer, a veces mete la pata. Yo compré hace años un CD que contenía un verso terrorífico que decía “ dale a la zambomba, dale al almirez, y dale al tendero un tiro en la sien”. El contenido musical no era malo, pero el letrista debía ser de las juventudes etarro-hitlerianas o algo así.
Apuntarse a alguna tradición familiar, de tu grupo de amigos, de tu barrio que te haga sentir la Navidad. Nosotros, por ejemplo, quedamos cada año todos los hermanos con mi madre y los nietos para hacer borrachuelos. Hoy nos toca; saldremos todos esta tarde oliendo a fritanga cosa mala, pero también oliendo a Navidad.
Mantener como sea la ilusión infantil. En mi casa, como decía al comienzo, mis hijos ya no creen en la magia de la Epifanía, pero cada noche del 5 de enero, seguimos haciendo las cosas convencidos de que, unas horas más tarde, los camellos van a entrar volando por la terraza del salón y van a dejarnos los sofás llenos de regalos.
Y, sobre todo, intentar ir a las cenas, comidas y meriendas familiares y de amigos imbuidos del espíritu del niño Jesús o, ya puestos, del Mahatma Gandhi. No sé qué extraño germen hace que en esas celebraciones algunos, en vez de al Mahatma, saquen al Increíble Hulk que todos llevamos dentro.
Pues eso, que Feliz Navidad y que espero que estas pequeñas ideas prenavideñas ayuden a alguno a superar la pereza que sé que a muchos les embarga el cuerpo ante la llegada de las entrañables.

AY

En general no me gusta quejarme mucho. La verdad. Soy de natural optimista y, casi siempre, le busco el lado bueno a las cosas. Puede que eso, en ocasiones, haga que la gente piense que soy un poco tonto, o muy tonto, pero a mí me da un nivel de felicidad bastante aceptable. Por eso en estos días de tremenda convulsión para mi vida he intentado evadirme, porque soy optimista, pero lamentablemente no soy una piedra.
Desde que, hace una semana y un día, empecé a sustituir a Josep Pedrerol en el programa Punto Pelota sé que ha habido infinidad de mensajes, noticias y comentarios en los que aparecía mi nombre no siempre asociado a elogios, por decirlo con un giro eufemístico. He conseguido aislarme con bastante eficacia, pero es inevitable que te lleguen determinadas cosas. Que te enteres, vaya, de que te están poniendo a parir. Uno de los caminos de entrada de las críticas fue este mismo blog. Cuando arranqué esta “Cabra en el Garaje”, me prometí que iba a contestar a todas y a cada una de las personas que me escribieran. Yo, que soy todavía un poco cateto en esto de las redes, sigo considerando una descortesía que alguien te escriba y no responderle. Por eso me agobian Twitter y Facebook. A veces hay tal cantidad de comentarios a una publicación que se hace absolutamente imposible contestar a todo. De manera que preferí no entrar en Facebook, más que para dar un mensaje de gracias a los que me apoyaban y criticaban. Contesté a los casi 300 comentarios de la Cabra y entré en Twitter de un modo muy controlado. Aún así, el viernes por la mañana pude comprobar por qué ha habido varias personas públicas que han abandonado esta red.
Era un día festivo y estábamos mi esposa y yo, después de desayunar, planificando el día. Mi mujer, que es poco morbosa, me dijo: “¿Por qué no miras un poco qué están diciendo en Twitter?”. La verdad es que en ese momento me alegré por los orates de este país de que mi mujer se dedique al marketing y no a la psicoterapia, porque como psicóloga no tiene precio. Je. A mí mucho no me apetecía, pero yo que, como periodista, sí que soy morbosillo, acepté. Nada más abrir mi cuenta comprobé, para empezar, que mis seguidores se habían multiplicado por 3. Yo, que estaba muy contento con tener unos 900 y pico, pasé a casi 2.700. Lo siguiente que hice fue mirar en los tweets referidos a mí y flipé. Sólo leí 20. De ellos, había 3 que me daban ánimos, 15 que lo mejor que me decían era mojabragas (creación adjetival nueva para mí) y 2 que, directamente, me deseaban una muerte lenta y cruel.
No sé quién decía que Twitter es una especie de barra de bar en la que hay tíos estupendos que se mezclan con seres humanos que están como una cuba y no paran de gritar. Y debe ser que a mí me tocaron dos o tres que estaban mamados. Porque a mí, que me critiquen, me da igual. Hombre, no voy a mentir; preferiría no haber generado ninguna polémica y que todo el mundo dijera que soy un tío guay, pero hay veces en las que uno tiene que tomar decisiones sabiendo que puede no gustar a muchos. Y por eso, porque llevo muchos años en esto, respeto profundamente al que me critica, al que piensa que soy un manta o al que considera que los programas que yo hago son una basura inaceptable. Y no me molesta que se me diga. Lo que me sorprende es que alguien pueda tener la suficiente mala leche en el cuerpo como para desearle la muerte a un padre de familia por no estar de acuerdo con que el susodicho sea el nuevo presentador del programa que le gustaba. Sé que son minoría y por eso ni les he contestado, ni les he bloqueado, sobre todo porque, para hacerlo, me temo que tendría que volver a leer unos cuantos mensajes que me deseasen el ingreso inminente en la caja de pino. Y, qué quieren que les diga, pues no me apetece.
Pero, como comentaba al comienzo, todas las cosas tienen su parte buena y, en estos días, decenas de amigos y familiares me han mandado mensajes cariñosísimos, algunos de ellos muy emocionantes, que me dan una idea de lo que me quieren y de la cantidad ingente de hostias que me estaban cayendo. Y me quedo con el afecto. Ya digo que hubo muchos mensajes que me emocionaron, pero sobre todo encontré uno a las 9’14 minutos de la mañana posterior al primer programa. Era de mi hija Paula, la mayor. Me decía: “Salió genial; Papi eres un crack. Para mí eres el mejor…” y no pude leer más porque a mí, que a esas horas estaba bastante blando, se me saltaron las lágrimas.

EL HIJOPUTA

Menos mal que mi madre no tiene Twitter. Y lástima que no sea analfabeta, porque si hoy entra, por ejemplo, en algunos periódicos digitales no leerá cosas bonitas sobre su hijo.
Anoche me estrené presentando el programa “Punto Pelota” de Intereconomía en sustitución de Josep Pedrerol. Recibí al mediodía una llamada en la que se me preguntaba si estaba dispuesto a hacerme cargo del programa esa misma noche. Uno de esos aquí te pillo aquí te mato tan típicos de nuestra profesión y, más concretamente, de la tele. Y dije que sí. Es una de las cosas por las que me apasiona la televisión, porque te permite vivir momentos tan intensos y tan rejodidos como el de anoche. Porque no fue fácil. En ningún sentido. La mitad del equipo habitual del programa no estaba allí. La otra mitad, lógicamente, estaba bajo el impacto emocional de saber que el que hasta anoche había sido su jefe dejaba la casa y era sustituido por otro al que no conocían. Hubo que montar deprisa y corriendo un programa sin que se notase en exceso que habíamos empezado a hacerlo a las siete y media de la tarde y encontrar a no menos de 6 tertulianos para que nos acompañaran en el plató. Las últimas 4 horas antes de arrancar estábamos llamando a amigos periodistas y ex jugadores de fútbol para intentar cubrir un hueco que había quedado vacío y que había que tener lleno a las 12 de la noche. Y llegamos. No fue el programa ideal de ninguno de los que estábamos allí. Ni en el plató, ni fuera de él. Pero lo hicimos y esta noche tenemos el compromiso de hacer otro y conseguir que la nave vuelva a navegar sin zozobras cuanto antes.
El otro día escribí una Cabra que titulé “La Hijaputa” hablando de la liberación de la etarra Inés del Río. Hoy el Hijoputa soy yo. En las redes sociales, sin profundizar demasiado, he leído a gente diciéndome, además de hijo de mala madre, traidor, esquirol, mal compañero, ladrón, imbécil, arrastrado… Algunos aventuraban sobre (dicho finamente) mi tendencia a practicar el coito con las novias de mis amigos y no sé cuántas lindezas más que les ahorro. Y yo entiendo el cabreo, pero pido también a la gente que comprenda. Yo, además de periodista, soy empresario. Como nos pasa a todos por la cadena de impagados en la que se ha convertido este país, llevo casi un año pasándolas más que canutas con mi empresa para llegar a fin de mes y poder pagar las facturas. Hace meses tuve que despedir a todos mis trabajadores. En este momento mi productora no tiene ningún programa en el aire. Estoy felizmente casado y tengo tres hijos y llevo más de un año sin poder pagarme un sueldo porque mi empresa no se lo puede permitir. Y no pretendo dar ninguna pena, porque soy un tío inmensamente feliz y sé que hay millones de personas que lo pasan mucho peor que yo. Pero ¿debo en estas circunstancias decir que no a una oferta de trabajo que me hace una cadena de televisión? Yo creo que no. Evidentemente lamento la situación que ha vivido Josep Pedrerol al que no conozco personalmente y al que deseo lo mejor. Por supuesto me parece tremenda la angustia de los trabajadores de Intereconomía a los que se les debe dinero. ¿Pero alguien es capaz de decirme que, en mi situación, habrían rechazado un trabajo como el que me ofrecían? Yo creo que no. Pero me da igual. Yo me considero una buena persona, creo que soy un buen profesional y anoche, como esta noche y las que vengan, intentaré hacer el mejor programa de televisión posible. Y si a alguien le parece mal, lo lamento muchísimo. Si tengo que elegir, sinceramente, prefiero que me llamen hijoputa personas que no me conocen, a que me llamen tontolculo mi mujer y mis hijos por renunciar a un trabajo en un momento como este.

UNA CABRA URGENTE PARA RTVV

Acabo de ver, con el corazón encogido, las imágenes del momento del cierre de las emisiones de la radiotelevisión Valenciana. Decenas de trabajadores coreando diversos eslóganes e intentando esquivar lo inevitable; que la policía cumpliera con la orden judicial de apagar la emisión.
A mí como periodista y productor de televisión y como ciudadano, este cierre me provoca una mezcla de sentimientos y reflexiones que desgrano y escribo prácticamente mientras las voy pensando frente al ordenador.
Es un drama, primero, para los cientos de familias que se quedan sin un sueldo. Es una carga de angustia, además, para mil y pico trabajadores que se quedan en la calle en uno de los peores momentos que recuerdo para nuestra profesión. Es también una pérdida de talento y de esfuerzo de años para conseguir poner en pie una tele. Recuerdo la frase de Martín Ferrand que decía que los espectadores se ganan de uno en uno y se pierden de 1.000 en 1.000. Hoy RTVV ha perdido cientos de miles, quizás millones de espectadores y no parece que el cierre haya provocado (que yo sepa al menos) ni un solo indicio de dimisión de algún dirigente político que haya tenido que ver con este desenlace. Que alguno habrá. Digo yo.
No sé si las televisiones públicas tienen sentido. Seguro que es discutible. Pero si alguien considera que deben existir, lo normal es que se pongan las bases y los cimientos para que sean sostenibles. Y eso es lo que se les ha olvidado a la mayoría de los gestores de televisiones públicas que yo he conocido. Y, desde luego, a los numerosísimos políticos de todos los colores que han ejercido alguna responsabilidad sobre medios de titularidad pública. Llevo más de 25 años en esto y, según mi experiencia, por lo general, los medios públicos se han gestionado teniendo en la cabeza la triste frase de la ex-ministra Carmen Calvo. Aquello que se le escapó de que “el dinero público no es de nadie”. Lo jodido no es que una política diga esta frase, porque puede ser un desliz; una frase sacada de contexto. Lo jodido es que yo estoy seguro de que ese es el sentimiento que tienen todos los que llegan a este tipo de medios de comunicación colocados por su amiguete de turno. En los años que llevo trabajando he visto a televisiones públicas nacionales y autonómicas pagar cantidades astronómicas inexplicables e imposibles de amortizar por derechos deportivos y cinematográficos. He sabido de peleas por derechos en las que las teles públicas pagaban cifras desorbitadas para quitarle el contrato de una peli o de un evento a una cadena privada. Ese disparo con la pólvora del Rey era mirado con estupor en los mercados internacionales en los que los productores de otros países se reían de nosotros, con un punto de desprecio, por tener semejantes gestores de la cosa pública. Y así nos ha ido, claro.
A todo esto hay que sumar, aunque tenga seguramente un menor impacto en el desastre económico, el hecho cierto de que las televisiones públicas trabajan con unos convenios colectivos que impiden generar contenidos a precios de mercado. Si yo tuviera la estructura empresarial, salarial y de organización del trabajo de una tele pública mi empresa llevaría cerrada desde 6 meses después de nacer. Y de eso yo no sé si son conscientes los sindicatos y los propios trabajadores que, aferrados a convenios colectivos de otra época, convierten en insostenibles sus propios puestos de trabajo. Con esto no estoy culpando a los trabajadores de esta situación. Pero creo que sindicatos y trabajadores de medios públicos deberían hacer esta reflexión antes de que veamos alguna otra televisión echando el cierre y yéndose a negro con policías de por medio. Los que no parece que estén muy por la labor de reflexionar son nuestros políticos que siguen teniendo muy larga la mano a la hora de pegar tajos y hacer recortes. Y pegan sablazos mirándonos siempre a los ciudadanos como si fuéramos malos chicos y los culpables de la bancarrota sin darse cuenta de que son ellos los que con años y años de gestión descerebrada, han sido los principales responsables de este desastre.

NO PIDA TÉ, FRANCISCO

Espero que a Francisco no le den una tacita. Y que me disculpen los que creen a pies juntillas que Juan Pablo I murió como consecuencia de un infarto de miocardio. Confío en que al Papa Bergoglio no le suceda algo así. No sé cuánto hay de leyenda, pero distintos investigadores, historiadores y expertos en el Vaticano dan versiones diferentes sobre la causa de la muerte de Albino Luciani el día 28 de septiembre de 1978. Los hay que dicen que le inyectaron o le administraron una dosis mortal de un potente vasodilatador. Otros apuntan a que Juan Pablo I falleció como consecuencia de la ingesta de una taza de té o de café en la que alguien había echado algo más que un poco de azúcar. No lo sé, pero parece verosímil, teniendo en cuenta que el ánimo reformador de Juan Pablo I quería acabar con los privilegios y el enorme poder que en el Vaticano tenían determinados personajes y grupos de presión. Se habla de la mafia, de la Logia P2, de grupos ultraconservadores, del Instituto de Obras de Religión (el llamado Banco Vaticano), del Banco Ambrosiano…
Es un poco como el asesinato de Kennedy. Había tantos a los que Luciani estaba tocando las narices, que la supuesta tacita, en caso de existir, pudo venir desde diversos frentes. A Juan Pablo I le sustituyó Karol Wojtila, un Papa que, aunque lideró numerosas reformas, no pudo evitar que el Vaticano mantuviera un cierto olor a naftalina y a podrido que llegaba lejos. Y no sólo eso. Juan Pablo II fue un Papa muy vanguardista en algunos aspectos, pero enormemente regresivo en otros. Se rodeó de los movimientos del catolicismo más conservadores y durante su Papado ganaron una fuerza inusitada el Opus Dei, Los Legionarios de Cristo y Comunión y Liberación. Mientras, eran orilladas otras órdenes y congregaciones de un perfil más abierto como los Jesuitas. Durante años en Roma no se movía una silla sin que diera el plácet el Prelado del Opus Álvaro Portillo. Tres cuartos de lo mismo sucedió con los Legionarios de Cristo. Tuvieron que pasar años y decenas de denuncias para que el depravado Marcial Maciel fuera expulsado del paraíso por un Papa que lo defendió a muerte. Y durante años se taparon las vergüenzas de los curas pederastas consiguiendo, entre otras cosas, que haya acabado dando la sensación de que hay más curas pederastas que normales, cuando, gracias a Dios, los religiosos con esas mentes enfermas son una excepción dramática en un grupo de hombres y mujeres, en su mayoría, de conducta intachable y entregada a los demás. La cuestión es que, entre unas cosas y otras, durante años la imagen de la Iglesia Católica se fue tornando antipática, lejana y apolillada.
Digo todo esto porque, en estos días, el Papa Francisco ha publicado una “Exhortación Apostólica”. Es uno de los textos más claros, más positivos y más cargados del espíritu de Cristo de los que yo he leído procedentes del Vaticano. Nos pega un meneo a todos. A los creyentes y a los no creyentes. Francisco se convierte en una especie de olivarero dándole a los olivos con la vara cosa mala. Y se agradece el vareo.
Probablemente todos encontremos en el texto varias cosas con las que no estemos de acuerdo, pero creo que lo importante es el espíritu que nos transmite; la exigencia a los católicos de que seamos mejores. Nos pide alegría, claridad en el mensaje, tolerancia, alejarnos del consumismo y mirar a los que menos tienen; cercanía a los pobres y a los que sufren. Dice cosas como que “El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la Revolución de la Ternura”. Olé. Y no piensen que es un texto cargado de buenismo. Da bofetones de esos que te dejan pensando y exige a sus obispos, a los sacerdotes y a los feligreses un compromiso con el verdadero mensaje de Cristo. Reclama a sus evangelizadores “cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena”. Y dice en las primeras páginas que “un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral”. Y me pregunto si muchas de esas frases no las habrá escrito pensando, es un poner, en Monseñor Rouco Varela.
Pues eso. Que Francisco se ha decidido a mover las ramas del árbol y parece que se aproxima una Iglesia nueva. O la misma Iglesia, pero con un mensaje distinto y, para mí, mejor. Espero que esta exhortación que nos anima a vivir nuestra fe con alegría, con optimismo y acercándonos de verdad al mensaje radical de Cristo, no la saltemos como una comba, ni la interpretemos cada uno a nuestra manera, con el botepronto ese que utilizan los niños para entender los mensajes básicos de la religión. Confío que no nos acabe pasando como a un primo de mi mujer que, cuando tenía siete años, en plena Semana Santa, se acercó a su madre angustiadísimo y le dijo: “¡¡Mamaaaá!! ¿Te acuerdas del niño Jesús que nació en Navidades?” Su madre le contestó que obviamente sí se acordaba y el niño lleno de zozobra le dijo: “¡¡Pues ya lo han matao!!”
Quizás estaría bien, por ejemplo, que se leyera la exhortación el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, al que tengo por buen cristiano. Si la hubiese leído estoy seguro de que anoche no se habría gastado la millonada que debieron costar las miles de caretas y decenas de pancartas que se hicieron para engordar aún más el ego de un grandísimo jugador de fútbol que, precisamente, fíjate tú, se llama Cristiano.

SER FAMOSO

Lamento ser así de directo y soez y quizás romper sueños infantiles de algún aspirante al Sálvame, pero ser famoso es un coñazo. Podría ponerme a buscar sinónimos y darles gusto a mi madre, a mi mujer y a mi tía Maravillas y decir que es un engorro, una lata, un fastidio, una pesadez o un tostón. Pero, mayormente, ser famoso es un coñazo.

Imagino que hay gente cuyo fin en la vida es ser célebre. Pero, cuando uno hace una carrera como es la de Periodismo, lo de que te puedas hacer famoso es una posibilidad, no un fin. Hombre, todos los que estudiamos periodismo tenemos un punto exhibicionista, vanidoso que hace que sintamos emoción, un cosquilleo, la primera vez que leemos nuestro nombre publicado o escuchamos a alguien darnos paso en una radio. Hay muchos de mis compañeros que lo niegan, pero casi todos los que nos dedicamos a esto tenemos un afán de protagonismo que no padece la mayoría de las personas normales.

COSAS BUENAS DE SER FAMOSO

Eso, como digo, no significa que uno estudie periodismo para hacerse famoso, pero es algo que va unido a nuestro negocio. Y reconozco que al principio es hasta divertido. Los primeros días en que te reconocen por la calle, los primeros autógrafos, las primeras veces que alguien te trata especialmente bien porque sales por la tele… Bueno de eso uno no se cansa; aunque hay que intentar no ceder ante las invitaciones para no echarlas de menos el día en que dejas de salir, porque se acaban gradualmente.

Mientras dura es estupendo y te proponen planes fantásticos, te regalan infinidad de cosas, te invitan a eventos en los que conoces a gente realmente interesante o te dicen que puedes irte con tu mujer y tus hijos gratis total a Eurodisney a cambio de hacerte una foto con Mickey Mouse. Yo, por suerte, tengo una mujer que odia el famoseo y siempre me ha dicho un NO rotundo cuando nos han propuesto cosas de estas. Y, de hecho, tenemos en casa setecientas fotos con Mickey, Goofy y hasta Chip y Chop, pero al viaje fuimos por nuestra cuenta y lo pagamos mi señora y yo con el dineral que ahorramos después de dejar de fumar.

NO TODOS LOS FAMOSOS SON LO MISMO

Pero a lo que voy, que me desparramo, es a que esa emoción inicial va pasando; que te reconozcan deja de ser divertido y pronto te das cuenta de que perteneces a un club nada exclusivo en el que hay mucha gente valiosísima y una ingente cantidad de petardos personales. Y me explico. Es famoso Matías Prats y lo es también Karmele Marchante, y no me negarán que la diferencia de solvencia y seriedad entre ambos periodistas es notable. Es célebre Arturo Pérez Reverte y lo es, a un nivel parecido, la reciente autora literaria Belén Esteban. Y es una estrella mundial Javier Bardem y no le va a la zaga, en reconocimiento social en España, Coto Matamoros.

Y en ese totum revolutum nadan las celebridades de este país y da pena cuando, en algún evento reciente he coincidido, y no voy a dar el nombre, con uno de los grandes literatos de España. No le pedía autógrafos ni Blasete, ni le hicieron fotos porque estaban periodistas y público mirando hacia la calle, como esperando el Santo Advenimiento. Yo me acerqué a darle algo de palique y, al cabo de unos minutos percibimos decenas de flashes destellando a nuestras espaldas. No era que hubiera llegado el Príncipe Felipe, ni Rafa Nadal o algún famoso que hubiera hecho algo glorioso por el país. Era que, en ese preciso instante, estaba haciendo su entrada Paquirrín.

OFERTAS RECHAZABLES

Y, vaya, no tengo nada en contra del muchacho, pero este mozo no es famoso, como sus hermanos mayores, por haber hecho algo en la vida, sino por sus andanzas genitales. Sin embargo es capaz de eclipsar con su llegada a otra celebridad que se ha ganado el reconocimiento con su talento.

Por eso me pasma que esté tan valorado socialmente el hecho de ser famoso y no entiendo que las personas que se dedican a crear nuevas celebridades o a recuperar famosos del pasado insistan tanto para que vayas a sus programas. A mí, desde que me fui de Antena 3 me han llamado para salir desde en el “Mira quien Baila” hasta en algunas de las islas, selvas o granjas en las que famosos en taparrabos intentan ganar un premio en metálico. Y lo malo no es que te llamen, que puedes hasta agradecerlo porque ofrecen buen dinero. Lo terrible es que, cuando les dices que muchas gracias, pero que no te ves ahí, te sueltan: “pero si a ti te viene bien salir, que llevas mucho fuera de la tele nacional”.

En fin. A ver cómo les explicas que tú eres feliz así, que ya no quieres ser más famoso de lo que eres y que, si algún día vuelves a estar en la tele nacional no quieres que sea porque te vea el país rascándote con una mano el escroto mientras con la otra intentas abrir un coco que se te resiste.

UNA AUTOESTIMA EXAGERADA

Pues eso, que, como decía al comienzo, lo de ser famoso acaba siendo un coñazo aunque, bien pensado, también te permite tomarte licencias que a la gente normal no se le toleran. Y un ejemplo reciente lo tenemos en Leo Messi. Hay que tener mucha autoestima para llevar a un acto público una americana como la que lució ayer cuando le entregaron en Barcelona la bota de oro de 2013. No sé si es que su estilista es altamente asesinable, o si, con lo de la multa de Hacienda, el pobre está pasando apurillos y se ha hecho la chaqueta en una modista, como en la postguerra, con unas cortinas robadas en la sala de un tanatorio.


P.D. 1 Quiero dedicarle esta Cabra a mi amiga Almudena, que está pasando un rato malo.
P.D. 2 Y todo mi ánimo para los demócratas venezolanos que sufren al Antofagasto Panocho de su país, Nicolás Maduro, cada vez más parecido a Adolf Hitler. Ayer, como Hitler en 1933, consiguió que el Parlamento de Venezuela le diera poderes absolutos para gobernar por decreto.

PETICIONES RARAS

Es lo bueno y lo malo que tiene Internet. Se me ocurren muchos motivos para pensar que es una de las mejores cosas que nos han pasado en los últimos años y otros cuantos para pensar que nos ha hecho la cusqui. Hombre, sucede con muchas cosas en la vida; que tienen el ying y el yang, lo blanco y lo negro, lo claro y lo oscuro. Decía Baura que nada es blanco o negro, que hay una gama de grises enorme, pero que hasta un jersey gris perla tiene en su reverso un gris más claro. Baura ni soñó con Internet pero es cierto que pocos inventos nos han cambiado tanto la vida a mejor, y pocos inventos, a la vez, nos han afectado a la intimidad y a las relaciones personales de una manera tan invasiva. Pocos avances nos han ayudado más a comunicarnos con los demás y pocos avances nos han conducido más al aislamiento con el que tienes a medio metro. Pocas veces una propuesta popular ha obtenido más éxito en menos tiempo, pero pocas veces también, el que quería hacer daño a otros ha tenido un altavoz tan enorme y tan poco riguroso como el de las redes sociales.
Digo esto porque hace unos días me sorprendió una petición que hizo un señor llamado Valero Rioja, a través una web de iniciativas populares, en la que el promotor se ciscaba, directamente, en el derecho de huelga. Imagino que todos estarán al tanto de la huelga de limpieza urbana que hay en la capital de España y de las burradas que están llevando a cabo diversos piquetes impidiendo que trabajen los servicios mínimos y esparciendo toneladas de basura por las calles. Ante estos desmanes, el ciudadano Rioja ha solicitado a las autoridades, a través de www.change.org, que intervenga el ejército para limpiar las calles y hacer el trabajo que no están haciendo los huelguistas.
A ver. Yo no estoy defendiendo a los cretinos que participan de manera violenta en los piquetes, ni a los que están destrozando papeleras y contenedores y esparciendo detritus por Madrid. Pero, oiga, sí defiendo el derecho de estos trabajadores a hacer su huelga y el de los piquetes informativos a informar a los que no siguen los paros. Lo malo, que hay que decirlo todo, es que estos piquetes informativos normalmente lo que hacen, más o menos y permítaseme la licencia, es decir: “te informo de que, si no haces huelga, te voy a calzar dos hostias, esquirol de mierda”. Y en estos días, algún sopapo han calzado los piquetes. Y ha habido actos vandálicos. Yo sí apoyaría, por ejemplo, una petición para que la policía actúe con firmeza contra los vándalos. No sé qué estúpidos prejuicios nos llevan a permitir que la gente en diferentes manifestaciones, celebraciones deportivas y jornadas de huelga haga el burro por nuestras ciudades sin sufrir ninguna consecuencia. En casos de estos, si actúa la policía y alguno se lleva una leche más alta que otra, pues se siente. Pero, si yo fuese ministro del Interior, ponía a la policía a ser inflexible y a identificar a todos los que rompan una papelera o vuelquen un contenedor y que caiga sobre ellos el peso de la ley. En estos días, por lo visto, se ha identificado a más de 200 vándalos y se ha detenido a una decena escasa. Pero no sé por qué me temo que, como sucede habitualmente, se van a ir de rositas y sin pagar lo que hayan roto, que es lo que impediría que, en el futuro, lo hicieran tan alegremente.
Claro que, bien pensado, también podría el ministro del Interior hablar con la Alcaldesa de Madrid y pedirle que pongan un poquito de buena voluntad para arreglar el asunto. Resulta que, en la última renovación de los contratos con las empresas concesionarias de limpieza, el ayuntamiento rebajó los precios en un 16% y dejó a cada empresa que se comiese su marrón correspondiente. Lógicamente, ante esta situación, las empresas han tenido que ajustar costes y ahí surge la posibilidad de los ERES y las protestas de los trabajadores. Pues en todo esto la Alcaldesa Ana Botella se está poniendo, medio de perfil, exigiendo a ambas partes que lleguen a un acuerdo como si ella no tuviera nada que ver ni con el origen de la huelga ni con el hecho cierto de que la inmundicia está invadiendo nuestras calles.
Mientras la Botella juega a hacer de Cleopatra en un friso, la petición del señor Rioja ha alcanzado las 30.000 firmas. Lo malo para él es que otra petición de los trabajadores de limpieza de Madrid pidiendo que se respete su derecho a la huelga le ha duplicado y van ya por las 66.000. Y, por cierto, ya que hablamos del poder de Internet, a ver si sacan un ratín, se pasan por www.bancodealimentos.es y, como les proponía la semana pasada, se apuntan como voluntarios a la recogida de alimentos de los días 29 y 30 de noviembre y 1 de diciembre. Necesitan 20.000 personas y, de momento, no llegan a las 10.000. Son 4 horas de nuestro tiempo para recoger comida y poder dársela a miles de familias que el otro día se preguntaron si a César Alierta le patinó alguna neurona cuando tuvo las santas criadillas de decir que se ha acabado la crisis.

EL BUEN CRISTIANO

Sé que me meto en un buen lío arrancando una columna de esta manera. Para empezar reconozco que no es un titular muy atractivo, aunque el papa Francisco esté consiguiendo que la Iglesia Católica, y el cristianismo en general, caigan algo mejor al vulgo patrio. Pero me van a permitir que hoy me ponga un poquito trascendente porque están pasando cosas que hacen que me remueva en mis fundamentos de cristiano de base. A ver, me explico. Yo no creo que, cristianamente hablando, sea un ejemplo de nada. De hecho, asumo que, si Rouco and friends analizaran mi modo de comportarme, probablemente llevarían al Vaticano mi expediente para una próxima excomunión. Porque todo depende del cristal con que se mire. Si le preguntas a uno del Opus qué es un buen cristiano, su definición tendrá poco que ver con la que haga, es un poner, un cura obrero de un arrabal de cualquier ciudad grande del mundo. Es muy difícil encontrar una definición homogénea de lo que es un buen cristiano. Pero creo que si, consideraciones morales al margen, yo tuviera que destacar dos de las principales aportaciones del cristianismo a la humanidad son el perdón y la misericordia. Es decir; la empatía con el que sufre. La capacidad de ponernos en el lugar del otro para perdonarle y para ayudarle aunque sea nuestro enemigo. Y son dos conceptos muy fáciles de expresar, pero jodidamente difíciles de aplicar en nuestro día a día. Por lo menos para mí.
Pero eso no quita para que me sorprendan algunas decisiones políticas en las que estoy seguro de que no ha habido ningún cristiano de verdad por medio. Y eso que se supone que en el PP debe haber más cristianos practicantes que en otras formaciones políticas. Por ejemplo la burrada esa de poner cuchillas en lo alto de la valla de Melilla para impedir el paso a los inmigrantes que buscan mejorar sus vidas al otro lado de la frontera. Yo no digo que no haya que establecer controles, pero coño, no me creo que no haya métodos mejores que provocarle heridas graves y dolorosísimas al que intenta saltar la alambrada.
A otro nivel, me ha sorprendido también la frialdad con la que el presidente de Valencia anunció que se cepillaba Canal Nou. Una sentencia anuló anteayer el ERE con el que habían echado a mil y pico trabajadores y, ante la imposibilidad de cumplir la sentencia, Alberto Fabra decide aniquilar la RTV. No entro en si son o no necesarias las teles públicas (yo creo que no), ni en si la estructura sindical y unos convenios colectivos excesivamente rígidos hacen insostenible el funcionamiento de una televisión pública (que me parece obvio), pero he echado en falta algo de misericordia en todo este proceso. ¿Se ha parado alguien a pensar si había otra solución antes de dejar a 1.700 familias en la calle? Parece que no y, de hecho, el consejo directivo de Canal Nou ha dimitido en desacuerdo con la decisión del Presidente Fabra y con la nota que se publicó al dar la noticia. Son dos ejemplos, pero hay infinidad de asuntos similares en los que los políticos a los que elegimos nosotros toman decisiones sin pensar en el sufrimiento que generan. Y yo creo que lo hacen todo a sabiendas de que nosotros, por pereza o por no mojarnos en exceso, preferimos mirar casi siempre hacia otro lado. Como tapándonos, los ojos, los oídos y la nariz.
Y es esa huida de la realidad la que hace, probablemente, que el otro día las dos noticias más vistas en la web de uno de los principales periódicos nacionales fuesen la del saludo de la Princesa Letizia a Belén Esteban en una fiesta y el anuncio de la custodia compartida para el hijo de Isabel Pantoja que ha sido papá y no ha aguantado con su señora ni dos telediarios. Pero es que la tercera eran unas declaraciones de la líder del PP en Catalunya que tuvo un hijo por lo civil y asegura que su churumbel tiene el mejor padre del mundo. Ya se puede caer el planeta, que nosotros estamos a lo que estamos. Como la gente del pueblo es sabia, eso se lo advirtió hace casi 70 años un ujier de un juzgado a mi tío José Luis que se estrenaba como juez en Coín. En su primer día de juicios en sala, mi tío le pidió que anunciara que era “Audiencia Pública”. El ujier voceó: “Audencia pública”. Mi tío le corrigió un par de veces y, cuando le iba a enmendar por tercera vez porque era incapaz de pronunciar “audiencia”, el ujier le dijo: “Mire zeñoría, zi da iguá. Aquí en no ziendo azunto de folleteo no viene ni Dió”. Pues eso, que ya se nos puede morir de hambre el vecindario que, si no hay morbillo, ni nos inmutamos. Así que, por si acaso, yo a mis lectores cabreros les animo a que miren un rato por el hambre del prójimo y se apunten a la iniciativa del banco español de alimentos. Se trata de participar los días 29 y 30 de noviembre y 1 de diciembre en una recogida masiva de alimentos. Necesitan miles de voluntarios y toda la información sobre la acción y sobre la ONG está en www.bancodealimentos.es. Si nos animamos y les echamos un cable seguramente no acabemos con el hambre en el mundo, pero algo haremos y sin duda, por lo menos, se nos va a quedar la conciencia un poco más tranquila.

CAGAÍTO

Así se debió quedar el pobre Obama después del inquietante anuncio de España en protesta por el espionaje al que, según parece, nos sometió Estados Unidos por nuestro bien. Es en estas pequeñas cosas en las que se nota si eres una potencia o un país de los del montón. No recuerdo si era Forges el que decía que lo que distingue a un español de un estadounidense es que el español cuando llega a un lugar en el que hay muchas banderas lo primero que hace es comprobar que está la rojigualda. El yanqui ni mira, porque da por hecho que la suya pende de algún mástil. Pues con esto del espionaje pasa igual. Hombre, molesta que te digan que tu aliado está escuchando tus conversaciones, pero después del anuncio de que EEUU había espiado hasta al Platanito, como que jode saber que no te están espiando. Por eso, cuando se ha sabido que también a nosotros nos espiaron, el gobierno español ha tenido que hacer el paripé de “huuuuyyy lo que me ha hechooooo” y decir la tontada esa de que “se podría romper el clima de confianza”. Una reacción incontestable que ha dejado demolida a la administración americana y le ha hecho responder con el paripé “huuuuuyyyy lo que me ha dichoooo”. Lo malo es que la cosa se está liando y ahora resulta que, según El Mundo, puede que nos hayan espiado con nuestra propia ayuda. Conclusión que yo creo que cortocircuitaría al propio Gila (q.e.p.d.) si estuviera entre nosotros.
Porque de todo esto, que no debería tener ninguna gracia, Gila habría sacado por lo menos para 5 monólogos inolvidables. O sea. Resulta que Obama (que, por supuesto, de esto no sabía nada porque lo han hecho los malotes de la CIA) está indignado y va a “ordenar una investigación interna”. A la vez nos dicen que, en el hipotético caso de que escuchen lo que hablamos, lo hacen por la seguridad de EEUU y por la nuestra. Es decir: no os hemos espiado, pero si lo hacemos, tontorrones, es por vuestro bien. Lo de la investigación interna de la CIA es como si alguien dice que va a hacer un análisis de dopaje en un bote de orina metiendo un folio Galgo; “Señores, si se pone azul el folio es que hay dopaje”. Y claro, como ni de coña se pone azul el folio, pues, oigan, que aquí no se ha dopado nadie. Eso; hazle tú una investigación interna a la CIA para ver si espía. Todavía se están riendo los funcionarios americanos con las cachondadas que dice su presidente.
Pues con las amenazas de nuestro gobierno pasa igual. Que se están riendo los de la CIA y el propio Obama. Bueno, quizás ayer por la mañana se inquietaron un poco al oír a Rajoy proferir la terrible amenaza de la comparecencia en el Congreso del Director de nuestro CNI. En fin.
Me habría gustado leer hoy la columna sobre este asunto del maestro Manolo Martín Ferrand al que homenajeamos anteayer en la Academia de la Televisión. Este episodio estoy seguro de que le habría dado para poner en marcha el sacapuntas de su columna “Ad Libitum” y dejarnos una de esas gloriosas frases de Baura, que era un personaje inventado muy útil para que don Manuel diera auténticas hostias como panes y explicara lo inexplicable.
En el homenaje se contaron muchas anécdotas de un hombre al que debemos, entre otras cosas, la televisión privada. Vistos algunos de los programas que circulan hoy en día, muchos podrán pensar que el Gordo (como, con perdón, le llamábamos los de la tropa) se podía haber ahorrado el esfuerzo. Pero, ironías al margen, es verdad verdadera que sin el empuje, sin el empeño y sin el liderazgo de Manuel Martín Ferrand, la historia de la televisión española de los últimos 25 años habría sido muy diferente. Yo sólo contaré dos conversaciones que tuve con él cuando yo arrancaba en esto como becario de Antena 3 de Radio en junio de 1987. Una secretaria nos metió a los 12 novatos en una sala y nos anunció que don Manuel nos quería dar la bienvenida. Imaginen los nervios. Uno de mis ídolos se iba a sentar en la misma mesa en la que estaba yo para darme la bienvenida. Llegó y nos pidió nuestros nombres. Cuando yo le dije el mío me preguntó; “vaya, así que ¿tú eres el poeta?”. Mi profesor de literatura de la carrera, Luis Blanco Vila, gallego como él, le había advertido de que en el paquete de becarios le llegaba un rapsoda. Yo no supe si tomarme aquello como algo bueno o como una de esas frases amenazantes de las pelis americanas de universitarios extrahormonados. Mientras yo pensaba en diferentes métodos para matar a mi profesor, empezó a hablarnos del periodismo y sobre todo de libertad. Nos dijo que en esa empresa íbamos a ser periodistas libres con dos únicos límites: la Constitución y la Casa Real. Igualito que hoy. Aquel fue para mí un día solemne, pero Martín Ferrand, en el trato corto como jefe no era en absoluto solemne. Era firme, pero cariñoso y siempre encontraba la frase justa que decirte, frecuentemente, con una coña interna considerable. Y lo comprobé pronto. Al mes de arrancar las prácticas me tuvieron que escayolar un pie. Nadie sabe por qué, me empezó a doler tremendamente el dedo gordo del pie derecho y en urgencias me pusieron una escayola y me indicaron una semana de reposo. Yo, como becario que era, no podía dejar de ir a trabajar, así que acudí a la calle Oquendo y me senté en mi mesa con la pierna en alto intentando tener margen de maniobra para usar la máquina de escribir. Un rato antes de que comenzara el informativo Crónica 3 al que me habían asignado, llegó por la redacción don Manuel y, al verme en postura tan extraña me preguntó: “¿Qué te ha pasado, muchacho?” Yo le contesté que no lo sabía; que, sin caerme ni nada, me había empezado a doler el pie horriblemente y me habían escayolado. El jefe me miró y me soltó una de sus frases cortas, directas y con retranca: “Cuando me dijo tu profesor que tenías mucha vida interior no sabía que se refería a esto. Cuídate…” De nuevo en aquel momento pensé en Luis Blanco Vila con intenciones homicidas, aunque no sabía lo que le iba a acabar agradeciendo para siempre, poco después, el haberme puesto en el camino de conocer a un hombre, a un periodista y también poeta llamado Manuel Martín Ferrand, de la Coruña.

LA HIJAPUTA

Me van a perdonar el exabrupto, pero no sabía cómo arrancar esta Cabra posterior a la decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, que nos cortó la digestión hace unos días.
Por si alguno no lo sabe, que lo dudo, anteayer salió de la cárcel Inés del Río. Inés es una etarra que asesinó a 24 personas y que fue condenada a 3.828 años de cárcel por delitos que cometió antes de la entrada en vigor del código penal de 1995. Suena a broma, pero, por las distintas redenciones de pena que se recogían en nuestro ordenamiento jurídico, esta señora debería haber cumplido sólo 20 años de esos casi 4.000. Pero en 2006 hubo una decisión del Tribunal Supremo, respondiendo a un recurso del etarra Henri Parot, que supuso un cambio en esas redenciones; las reducciones de pena no se aplicarían sobre los 30 años del máximo que una persona puede estar en prisión, sino sobre cada una de las condenas acumuladas por el recluso. De este modo, se evitaba el absurdo de que una persona condenada por muchos asesinatos pudiera recibir el mismo trato que el autor de una única muerte. Esto se llamó la “doctrina Parot”. Y la aplicación retroactiva de esta “doctrina Parot” en el caso de Inés del Río la tumbó a comienzos de esta semana el susodicho Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo.
Hay muchas maneras de interpretar lo que ha sucedido allí. El TEDH da por mal parida una decisión aprobada por nuestro más Alto Tribunal y la aplicación retroactiva de una doctrina que, por lo que parece, vulnera los más fundamentales derechos de la etarra. Yo no pienso, como muchas personas a las que he leído, que sea absurdo invocar el respeto a los Derechos Humanos para dejar en libertad a una asesina miserable. Precisamente lo que nos diferencia de estos seres abyectos es que nosotros no nos pasamos las leyes, ni los derechos por el arco del triunfo. Otra cosa es que esté de acuerdo.
Porque he estado estos días hablando con juristas de un lado y de otro y todos coinciden en lo mismo; en que es discutible lo que ha sentenciado Estrasburgo y en que el Tribunal Europeo no discrepa de la doctrina Parot, sino que discrepa de la aplicación con carácter retroactivo de esta doctrina en el caso de la tal Inés. Porque en tertulias y en artículos he escuchado y leído que Estrasburgo nos daba un “bofetón jurídico”, que algunos “sentían vergüenza” y “se les ponían los pelos de punta pensando en que en nuestro país podíamos vulnerar los Derechos Humanos” y sandeces similares. Tanto, que da la sensación de que a algunos les escandaliza más que España haya aplicado retroactivamente la doctrina Parot a esta etarra, que el hecho de que puedan salir a la calle antes de tiempo algunos asesinos. Es el problema de no llamar a las cosas por su nombre. Si no dejamos claro que los etarras eran unos vulgares asesinos y nos liamos hablando de “proceso de paz” y de “mesa de negociación”, parece que aquí estamos tratando de igual a igual con unos pobres infelices a los que la opresión estatal obligó a ser un poco malos chicos. Y no hay negociación que valga; oiga, entregue usted las armas, arrepiéntase, pida perdón a las víctimas y luego ya veremos si somos más o menos piadosos, indulgentes y magnánimos con ustedes. Pero aquí no; principalmente en la época de ZP estuvimos hablando de un “proceso de paz” como si hubiera habido una guerra entre dos estados. Nos pusimos a una supuesta misma altura con los terroristas, y claro, nos acabamos haciendo un lío. Y hay algunos que piensan que no pasa nada porque la tal Inés del Río salga de prisión antes del tiempo razonable y no se dan cuenta de que no estamos sacando a la calle a una noble guerrera, ni a una militar de un ejército derrotado o a una gudari que luchó por la liberación de su patria. Estamos dejando libre a una pedazo de hija de puta del tamaño de La Cibeles que ha cumplido un año y poco de prisión por cada uno de los 24 asesinatos que cometió en nombre de ETA. No estamos liberando a una luchadora llena de ideales; estamos mandando a la calle a una mujer mala que puede volver a matar en cualquier momento y que sigue pensando que lo que hizo está perfectamente justificado. Que es lo peor. Lo digo por si a alguien se le había olvidado. Que lo parece.
En fin, menos mal que el sábado juegan el Barça y el Madrid y vamos a volver a centrarnos en lo que de verdad importa. Saber si, como decía un amigo que es un rapsoda del fútbol: “a ver si después de Tito, y ahora con Tata, el Madrid va a poder jugar con el Barça al Teto”. Aunque después de lo visto anoche con la Juve, no sé yo…