HABER SI NOS VEMOS

Hoy quería la cabra escribir de ortografía. Y por eso mantengo el título original que tenía pensado. Pero, por desgracia, es un día para hablar de las cosas importantes. De la vida destrozada de tanta gente anteayer en el atentado de Boston. De lo que lleva a alguien a poner una bomba sabiendo que, al detonarla, va a hacer pedazos cuerpos y familias y, muchas veces, ciudades enteras. Yo recuerdo con auténtica angustia las horas y los días posteriores al 11-M. Y gracias a Dios no hubo ni entre los muertos ni los heridos ningún amigo mío.

Pero yo creo que la mayoría de las personas decentes sentíamos a esas miles de víctimas y a sus familias como algo nuestro y nos unimos cada segundo de aquellos días a su padecimiento. Lo que pasa es que, al final, nosotros vamos volviendo a la normalidad y, no es que les olvidemos, pero ese estrés post-traumático del que hablan los psiquiatras, desaparece de nuestro lado, aunque siga absolutamente presente y para siempre en las vidas de las verdaderas víctimas.

Boston coge algo más lejos y, afortunadamente, el número de muertos y heridos ha sido mucho menor, pero estos atentados en medio de nuestra vida cotidiana nos ponen delante de la frente, con toda su fuerza y en negrita cada letra, lo que es la VIOLENCIA TERRORISTA.

Todos supimos el 11-S que podíamos haber sido nosotros cualquiera de los pasajeros de aquellos aviones, o uno de los trabajadores de las Torres que vieron con espanto cómo se les venía encima un avión de pasajeros. Todos supimos el 11 de Marzo que nosotros, un hijo nuestro, un familiar o un amigo podía haber estado bajándose o subiéndose a cualquiera de aquellos trenes. Como anteayer todos nos sobrecogimos pensando en la cantidad de amigos nuestros que corren maratones y a los que hemos ido a ver junto a sus familias para darles ánimo en pleno esfuerzo.

Eso es lo que buscan los terroristas; entrar con su horror en nuestro salón y sacudirnos, agitarnos, mientras nos gritan que pueden matarnos cuando quieran. Y nosotros tenemos que tragarnos nuestra rabia y nuestra gana de hacer el ojo por ojo y decirles que somos más y mejores y saber que, aunque nos hagan daño, vamos a aguantar más que ellos. Hijos de puta.

No quería hablar de esto hoy. Ni de la pena que dan nuestros políticos enredados en discutir si los escraches son fascistas, nazis o comunistas, con una portavoz de un partido dándole lecciones de democracia a la del otro partido. Como si en esto de los desahucios tuvieran más culpa unos que otros. Claro, claro. Y mientras, la gente indignada, unos con más razón y otros con menos, pero indignados, tienen que ver cómo esos mismos que, desde todas las instituciones contribuyeron a este desastre, se ponen en postura Tuttankamon y te miran de frente, pero como de perfil.

Y esos, los del PP y los del PSOE, muy dignos ellos, oiga, dicen que el malo, pero el malo malísimo de verdad, es el partido de enfrente. Pues qué quieren que les diga, yo creo que lo de los escraches tendrá su punto macarra y no entiendo que se los hagan todos a gente de derechas, pero, mientras no agredan a nadie, déjenles por lo menos, y con perdón, que se caguen en todo lo cagable.

Si ahora va a resultar que los políticos no nos van a dejar ni la evacuatoria del grito, la cacerolada o la sentada no sé por dónde va a poder escapar la enorme presión que se está cocinando en la olla exprés que ahora mismo es España. Los escraches son el vapor que va saliendo por el pitorro de nuestra olla. Lo malo es que lleva pitando unos meses, y los cocineros siguen a lo suyo, sin mirar la olla discutiendo si le echan al caldo hierbabuena o laurel.

Y no quería hoy hablar de eso. Me apetecía olvidarme por un día del dolor, de la economía y de los políticos y escribir sobre algo tan tonto como la ortografía. Qué pasa para que la generación de españoles que más lee, sea, probablemente, la que peor escribe. Los habrá que me digan que, al menos, hoy casi no hay analfabetos en España. Y es verdad. Pero con la cantidad de acceso a la información, con el ingente número de palabras que leemos cada día en libros, periódicos y, principalmente, en internet, no puedo entender que escribamos tan mal.

Ya no hablo del uso de los acentos, que deprime y conlleva numerosísimos malentendidos, o de la eliminación progresiva de las haches, por poner dos ejemplos simples. Hablo de patadas diarias al idioma con la desubicación de palabras que, puestas en mal lugar, no significan nada. El “haber si nos vemos” del título de esta cabra de hoy duele a los ojos, pero me harto de leerlo en Facebook, Twitter, sms y demás medios de comunicación contemporánea.

Quería hablar de ortografía, pero hay días en los que el artículo que vas a escribir, te lo hacen otros. El de hoy, empezaron a escribírmelo en Boston anteayer unos desalmados que quisieron meter su terror en los salones de nuestras casas con dos mochilas llenas de explosivos.

VIVA EL REY

Mira que hay temas para hablar. Entre la epidemia de muertes ilustres (pobre Sara Montiel, compartiendo necrológicas con la Thatcher), otra vez los escraches, y lo del Madrid y mi pobre Málaga anoche en Champions, hay miga abundante. Pero yo quiero hoy dedicar mi cabra a gritar ¡¡¡que Viva!!! ese Rey que tiene yernos muy mejorables y al que en los últimos años parece que le ha mirado un regimiento de tuertos con el número 13 a la espalda (y que me perdonen los poseedores de un solo ojo y los cabalistas).
Pero, Dios, cómo apesta lo que está pasando con el Rey. Y no hablo de toda la inmundicia que le ha surgido alrededor al monarca, que también, sino de las innumerables aves de rapiña que están abonando el paso para que cunda la sensación de que lo mejor que nos podía pasar es que el Rey se fuera.
Unos lo dicen mientras se dan golpes en el pecho defendiendo la institución de la Monarquía y piden, sin pedirlo, que abdique en favor de su hijo. Otros reclaman abiertamente la abdicación porque saben que, a río revuelto, ganancia de pescadores republicanos. Y, los de más allá, directamente, lo que desearían es que en España se instaurase la III República.
La cuestión es que desde hace meses, incluso años, poner en duda al Rey y a la institución que representa se ha convertido en deporte nacional. Claro que hay decir que Su Majestad y muchos de los que le rodean, tampoco es que hayan hecho demasiado para evitar el debate, las críticas o la mofa indisimulada de los que están encantados con esta evidente erosión que sufre la monarquía.
Gran parte de la culpa de todo esto se le atribuye a Urdangarín. Y vaya, no voy a defender a semejante cretino, pero me parece que tras la crítica coral al Duque hay gente cabreada con toda lógica, pero se esconden también dos tipos de personajes. Por un lado, como decía, los republicanos, que han visto en el ex jugador y futuro técnico catarí de balonmano, un hermoso cuello en el que clavar los dientes. Y por otro lado los políticos que le dieron tremendas cantidades de dinero al yerno del Rey. Yo tengo varios amigos declaradamente monárquicos que, cuando fue Urdangarín a sus empresas a pedirles auténticas morteradas por tres charlas chorras, le mandaron educadísimamente a esparragar. Y no les pasó nada. Ahora, eso sí; no se hicieron ninguna foto con el Duque de esas que ahora otros tienen tapada con un retrato de la parienta y los churumbeles.
Lo que pasa es que hay que reconocer que es muy fuerte; la Infanta imputada (que es una palabra feísima referida a una señora). Oigo a muchos tertulianos (que del auto literal del juez se habrán leído, como mucho, las tres fotocopias que les dan 10 minutos antes de entrar en el aire) afirmar contundentes que, por supuesto, la Infanta sabía lo que pasaba en Noos, porque su firma estaba en las actas de los consejos. No lo dudo, pero, por poner un ejemplo cercano, yo podría estar haciendo trata de blancas y tráfico de estupefacientes con mi empresa sin que mi mujer tuviera ni la más remota idea de lo que pasa. Y mi esposa, que es universitaria, ejecutiva de una multinacional y una de las tías más listas que conozco viene a los consejos y firma las actas. Yo no discuto que la Infanta deba estar imputada, ni que a Urdangarín le caiga un paquete descomunal. Pero cuando se dice que la Infanta fue la cooperadora necesaria para que Urdangarín se forrara, discrepo profundamente. Los cooperadores necesarios para que Urdangarín se forrara fueron nuestros políticos, entre los que, por lo general, abundan los gilipollas. ¿Tiene la Infanta la culpa de que la Comunidad Balear o la valenciana le dieran a su marido millonadas por tres charlas bien adornadas? ¿Tiene la culpa el Rey? No. La tienen esos políticos de los que casi no se dice nada. Porque son esos mismos representantes del pueblo, a través de determinados periodistas, los que están haciendo lo posible porque el debate caiga hacia el lado de los guarreos de Urdangarín, de las supuestas comisiones del Rey o de Corinna y de las fotos con cadáveres de elefantes. Pero el meollo no está ahí. Aquí se está cocinando un intento de llevarnos hacia la III República, lo que pasa es que los chefs, de momento, llevan capucha y no sabemos exactamente quiénes son. Y yo, qué quieren que les diga. Creo en la Monarquía y creo en nuestro Rey. Y no por las tres tonterías que dijo anteayer Rajoy, que para decir que el Rey fue provechoso hace 32 años, ya podría estarse calladito, sino porque, mientras no se demuestre lo contrario, es lo mejor que tenemos.
Piénsenlo.
¿Cayo Lara Presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas? Creo que me exiliaría antes de que me echaran.
¿Sería mejor jefe del Estado Aznar que Juan Carlos I? No lo “creou”.
Y, por rematar, uno en el que he pensado mucho leyendo las necrológicas de la Thatcher; Zapatero. Decía ayer un articulista que la Dama de Hierro era una mujer con dos cojones y, disculpen la comparación, pero, así visto, también ZP demostró en su día, sin duda, ser un hombre con dos pedazos de ovarios con sus correspondientes trompas de Falopio. Es por ello por lo que, poniéndonos creativos, me pregunto ¿ZP Presidente de la primera República Islámica Feminista de Occidente? Y no puedo responder porque, siendo sinceros, se me sobrecoge tremendamente el escroto.

CASILLAS

Mira que me lo dice mi mujer. Pero, aunque es muy sabia, no le hago ni caso. Ella me insiste en que no dedique Cabras al fútbol, que es un coñazo y me aleja del abundantísimo público femenino que me sigue. Esto sé que lo dice con esa fina ironía que le caracteriza, pero a mí me hace ilusión que me lo sugiera y me acuesto feliz pensando en hordas de señoras gritando desmelenadas “la cabra, la cabraaaaa”…
En fin, la cuestión es que, aún decepcionando a mis fans, hoy, que el Madrid y el Málaga juegan partidos importantísimos de Champions, no me apetece hablar de otra cosa más que de fútbol. Y eso que la actualidad política sigue dando motivos para coger una pancarta e irse a hacer unos escraches, que es una palabra que hasta hace dos semanas no sabía lo que significaba y ahora no se nos cae de la boca. Que esa es otra. Me parece estupendo lo de los escraches, pero ¿por qué se los hacen todos a gente de derechas? ¿Es que no hay ni un ser humano no de derechas que merezca que los escrachistas se caguen en sus muelas? Será que no. Pero yo hoy me olvido de los políticos españoles y las fotos de Núñez Feijoo, de las cabronadas que les han hecho a los chipriotas, del ERE-no ERE de los Bardem y hasta del mar de fondo de la Curia Romana contra el Papa Francisco. Yo hoy, con perdón, me voy a cagar en las muelas de Mourinho.
Es que ayer sufrí esa mala leche tan característica que te entra cuando ves a alguien que está pidiendo a gritos que le den dos bofetones y no hay nadie para dárselos. Y, no sé por qué, ese es un sentimiento que me invade casi siempre que veo una rueda de prensa del tal Mourinho. Y eso no tiene nada que ver con el hecho de que sea portugués, como dijo recientemente en una entrevista. Es que me parece que es un memo, maleducado, soberbio y engreído, sea portugués, croata, francés o más español que el Gran Capitán. Y por si esto fuera poco, encima está malcriado por los mimos inagotables de Florentino Pérez, que le ha consentido a semejante papanatas todo tipo de desplantes sin que jamás el presidente le haya reconvenido en público, ni, vista la deriva del personaje, en privado. Y todo para que, en tres años, con un sueldo estratosférico y gastando en fichajes lo que no está en los escritos, haya ganado una liga y una Copa del Rey. Pues qué bien, oye.
Yo debo reconocer que tengo auténtica devoción por Íker Casillas, pero, afectos al margen, creo de verdad que es el mejor portero del mundo. Y no sólo eso; es, probablemente el mejor portero de la historia. No hay ningún otro guardameta que tenga un Mundial, dos Eurocopas, dos Champions, no sé cuántas Ligas y una Copa del Rey. Eso por no contar los títulos que obtuvo antes de llegar a la selección absoluta y la cantidad de premios individuales que le han concedido en España y en el extranjero. Todo eso siendo un modelo de comportamiento en el campo y fuera de él. Jamás se le ha oído una palabra más alta que otra y ha sido siempre un ejemplo de sencillez y de normalidad en el éxito y en el fracaso. Exactamente lo contrario de lo que representa su entrenador. Y es por lo que Mou no le soporta. Por eso ayer el Míster en la rueda de prensa en la que se le preguntó por la ausencia de Íker en la convocatoria, habló de Casillas con displicencia y hasta con un punto de desprecio y dijo que “tendrá que esperar su oportunidad” como si estuviera hablando de un chavalín de la cantera que tiene aún mucho por demostrar. Y me da pena que en medio de todo el lío esté un buen portero con pinta de ser un buen hombre, como es Diego López. Pero es que las comparaciones son odiosas. Porque Íker no sólo es uno de esos jugadores símbolo. No sólo es uno de los personajes españoles más queridos. No sólo es un portero que genera dudas en los delanteros rivales. No sólo es un tipo con un talento descomunal para impedir que le hagan goles. Es que es, además, un tío con suerte. Si uno analiza la carrera de Íker, no sólo están sus paradas increíbles; ha tenido golpes de suerte inverosímiles. Aquella lesión de César en la final de Glasgow. Aquella lesión de Cañizares antes del Mundial de Corea. Y el hecho cierto de que, cuando Íker falla durante un partido, puedes tener la garantía casi absoluta de que el Madrid o España no pierden. Hubo un entrenador histórico llamado Miguel Muñoz del que se decía que tenía una flor en el culo, por su mítica buena fortuna. Si aceptamos la analogía (nunca mejor dicho) botánico-nalgar, lo que tiene Íker en el pompis no es una flor, sino el mismísimo huerto entero del Convento de las Clarisas de Carrión de los Condes.
Pero Mou escoge a cualquier otro antes que a Íker. Pues muy bien, hombre. Claro que, bien pensado, casi prefiero que no lo saque todavía. Que no arriesgue el gran portero hasta que esté bien soldada la fractura de su metacarpiano. Así tendrá la mano en perfectas condiciones para hacerle una peseta esplendorosa al tal Mou el día en el que salga por la puerta del Bernabéu. Lo que pasa es que Íker es tan majo que ni eso hará cuando se vaya el pesado de Mou. Y vale, que no le hagan la peseta, pero, por Dios, sea por la puerta grande o por la pequeña, que se vaya ya.

CON CÁNCER Y ESTUPENDA

Hay gente que emite luz. Son personas que iluminan las estancias en las que entran y que, habitualmente, hacen mejores a los que tienen cerca. Eso, en las empresas de formación creo que lo llaman liderazgo. Yo lo llamo luz. Y una de esas personas resplandecientes se llama María Zavala de Asúa y es mi amiga. Está casada con otro amigo mío que se llama Ricardo Balmori, aunque todo el mundo le conoce como Kay. Son de esas parejas como perfectas. Se llevan bien, les va bien en la vida, han criado unos hijos estupendos y ella, Kay y los niños tienen pinta de estar todo el rato a punto de que les hagan una sesión de fotos para el Hola, aunque no hayan salido en una revista en sus respectivas vidas. Y un día se cruzaron con el cáncer. En concreto, a María le diagnosticaron un cáncer de mama.
Y de repente el miedo. La incertidumbre. La necesidad urgente de aprender a vivir con una enfermedad que te puede matar. Y gobernar toda esa angustia sabiendo que ambos tenían que seguir viviendo y siendo padres y siendo amantes y siendo un hombre y una mujer.
Las han pasado canutas y aunque ya están fuera del túnel todavía hoy María, de algún modo, sigue viviendo con su cáncer sometida aún a diversos tratamientos y cambios físicos que le han alterado sus rutinas previas a la enfermedad. Pero ni en los comienzos del tratamiento, ni en lo peor de las operaciones y las quimios se les ha visto derrumbados. Todo lo contrario. Aunque han tragado quina de la buena, ambos han sido ejemplares en la manera de enfrentarse a una enfermedad con la que convivir no es ni mucho menos fácil.
Hace un par de meses María me llamó. Había visto que yo había abierto un blog y quería preguntarme cómo había que hacer para abrir uno, porque ella iba a hablar del cáncer de mama. Quedamos para vernos y empezó a contarme. Teóricamente allí iba a ser yo el que le explicase, pero María me hizo un dibujo tan asombroso de lo que quería hacer, que hablé más bien poco.
Me dijo que ella durante su enfermedad había buscado información sobre el cáncer y que la mayoría de las cosas que encontraba eran temas médicos, testimonios deprimentes e informaciones útiles hospitalarias. Pero había poco de lo que buscan mujeres que pierden el pelo, que desconocen qué usar para cuidar mejor su piel durante la quimio o que no saben cómo pintarse la ceja porque ni siquiera saben que se van a quedar sin cejas. Vaya, que ella quería hacer un verdadero blog de salud y belleza para chicas que quieren verse bien aunque estén hechas polvo.
Me maravilló la claridad con la que me hablaba, la naturalidad y el optimismo y la vitalidad con la que me aseguraba que lo quería sacar cuanto antes. Y el humor. El blog se llama “Con cáncer y estupenda”, que me parece que no puede haber mejor declaración de intenciones. Pero ella, inicialmente, lo quería llamar “The Beauty and the breast… Cancer”. Para los que no sepan inglés, se trataba de un juego de palabras entre Breast (Mama) y Beast (la Bestia) con la Beauty (la Bella) en medio. Le dije que era brillante, pero que iba a tener grandes problemas para que la gente lo pudiera encontrar por Internet y lo tecleara fácilmente para buscar su url. Seguimos hablando durante un buen rato y les aseguro que hubo un par de veces en las que tuve que contenerme para que no notara que me estaba emocionando con su relato. Porque sentí escuchándola entonces la misma fascinación que, de toda la vida, hemos sentido los hombres normales ante los héroes. Esa turbación que leyendo o viendo una película nos hace admirar a los protagonistas de las epopeyas. Esta última epopeya de la que les hablo es ahora un blog que escribe una heroína que, como dice su título, está y es estupenda. Se llama María Zavala de Asúa y con este otro éxito de su vida le va ganando ya al cáncer, como mínimo, por dos a cero.

http://concanceryestupenda.com/

FRANCISCO

Pues me van a perdonar que me ponga pesado, blando y prosaico. Y me explico.
Digo lo de pesado, porque me prometí a mí mismo no hacer más de una cabra semanal, pero la alegría que me llevé ayer al ver que el elegido para Papa no pertenece a la parte más conservadora de mi Iglesia, merece una cabra urgente. No conozco de nada a Jorge Mario Bergoglio, pero lo que dijo, cómo lo dijo y ese crucifijo modesto colgado de su cuello, me parece que dan una idea de que se abre una nueva etapa que muchos católicos estábamos esperando. Los hay que ya le hacen críticas y aseguran que es muy conservador. No lo sé, pero qué quieren que les diga; prefiero un jesuita conservador antes que un vanguardista de Comunión y Liberación, con todos mis respetos hacia los seguidores de este movimiento religioso.
Digo lo de blando porque tengo que reconocer que ayer, cuando vi que nombraban Papa a un miembro de la Compañía de Jesús, me emocioné. Mi padre nació en el mes de noviembre del año 1931, con la Compañía de Jesús expulsada de España y fue bautizado como Francisco Javier. Dice la leyenda familiar que, además, le fueron impuestos los nombres de Ignacio de Loyola, Luis Gonzaga y todos los Santos de la Compañía de Jesús. O sea que San Ignacio y todos los demás Santos de la “Societatis Iesu” han formado parte de mi educación y de mi familia desde que tengo uso de razón. No creo que haya muchos niños a los que su abuela les pagara por escuchar el disco en vinilo de “El Divino Impaciente” de Pemán. A mí me cayeron varias monedas de duro y de cinco duros del monedero de mi abuela Pilar por aguantar estoico y con cara de interés el relato, bastante coñazo para un infante, de la vida de Íñigo de Loyola.
Y no sólo eso. Una de las personas más queridas para mí era un jesuita que se llamaba Carlos García Hirschfeld S.I. y que murió el 4 de abril del año pasado, miércoles santo, para más señas. Era mi tío y fue durante toda su vida un ejemplo de coherencia, de tolerancia y de buscar a Dios desde la fe, la esperanza, la caridad y la alegría. Y es inevitable que, al ver ayer a uno de los suyos en el Balcón de San Pedro, yo pensara en que algo bueno le viene a la Iglesia Católica.
Y decía también que hoy me iba a poner un poco prosaico, pero las emociones no terminaron con la nominación del Papa. Yo soy malagueño y fui de chico muchas veces al fútbol a La Rosaleda con mis padres, con mis tíos y mis hermanos. Y en cada partido escuchábamos extrañados aquellos versos del himno del Málaga que dicen “tiene equiiiiipo de primeeeeeraaa, en el fútbol españoooool”. Porque el pobre Málaga de mi infancia, adolescencia y juventud subía y bajaba que era un mareo y hasta acabó despareciendo.
Puede que sea prosaico unir la espiritualidad con el fútbol, pero me tienen que reconocer que el que, en una misma tarde, coincida que el Málaga se mete en cuartos de la Champions y que se convierte en Papa un Jesuita, es una demostración de que Dios, de verdad, existe. Ya sólo falta, para completar el milagro, que en España dimita alguien antes de que lo echen. Pero eso no sé yo si es pedirle demasiados esfuerzos al Espíritu Santo que ayer, yo creo, quedó ahíto.

MI PRIMER FIN DEL MUNDO

Esta cabra está dedicada a una de las lectoras caprinas más fieles; mi amiga Rosa Patier.

Está mal visto llorar. Y no sólo que lo hagamos los hombres. No sé por qué una de las frases que más se utilizan en el mundo es: “no llores”, dirigida a niños, mujeres u hombres que, en un momento de congoja o desasosiego echan unas lagrimillas. Es cierto que hay gente que tiene una facilidad tremenda en los lagrimales. Mi mujer, por ejemplo, ha llegado a llorar con el anuncio navideño de turrones El Almendro. Exceptuando a mi amada esposa, no conozco a nadie capaz de emocionarse con un estímulo de 20 segundos escasos, pero ella lo hace. Y con frecuencia su lágrima fácil provoca el choteo familiar empezando por su marido y terminando por su hija la pequeña. Quizás detrás del choteo está el intento de no acabar también nosotros llorando o, sencillamente, la tendencia que todos tenemos a pensar que el llanto es un síntoma de debilidad o de algo no bueno. Por eso, al que llora, habitualmente le pedimos que deje de hacerlo. Pero el llanto puede ser muy reconfortante y, en ocasiones, el lacrimoso acaba reclamando a gritos su derecho frente a los que le piden que deje de llorar.
Algo parecido a lo que cuento sucedió en mi casa durante una cena poco antes de las Navidades pasadas. En aquellos días miles de apocalípticos del planeta estaban anunciando el muy cercano fin del mundo y otros miles de creyentes en la hecatombe vivían con zozobra preparando sus maletas del otro mundo, sus espíritus para El Juicio o, directamente, su suicidio colectivo para ahorrarle trabajo a La Parca. La cuestión es que había en el ambiente un canguelo disimulado, un “a ver si va a ser que sí” que tenía en un cierto nivel de aprensión a una parte de la humanidad. Y a bastantes niños.
Era en mi casa, como decía, la hora de la cena. Estábamos toda la familia hablando de lo que nos había pasado a lo largo del día y mi hija Macarena, que tiene 11 años, estaba un poco mohína. Era raro porque es una niña muy alegre, pero estaba tristona. Entre tanta gente comentando los sucesos de la jornada, nadie le hacía mucho caso hasta que ella empezó a hablar. “Es que yo no quiero que se acabe el mundo”. Tal afirmación fuera de contexto, con una albóndiga en la boca puede llevar al atragantamiento, así que, después de tragar le dijimos. “¿Pero de qué hablas?” Y la niña se soltó. Empezó a contar lo que había ido oyendo por ahí, lo que le habían dicho sus amigos, lo que había escuchado en vete tú a saber qué programa de televisión. Lo cierto es que Macarena tenía la pobre encima un apocalipsis mental en forma de empanada que le estaba haciendo sufrir realmente. “Es que yo no quiero dejar de veros” dijo de repente.
Ante una frase como esta, a un padre se le ponen los ojos como a Heidi cuando iba arrancar a llorar y babea con su hija.
Ante una frase como esta, un adolescente hermano mayor de la susodicha; machaca. “¿Pero qué dices, niña? Eso son chorradas. Qué fin del mundo ni fin del mundo. Macarena, eres una cría (que, aunque mi hijo no lo sepa, es un pleonasmo).”
La discusión se fue trufando con afirmaciones despectivas del estilo de “ya lo dijeron en 2000 y no pasó nada” o esa típica sentencia tonta de “pater omnipotens” de “tú tranquila, hija, que no va a acabarse el mundo”. Claro, como si yo lo supiera. Pero Macarena está aún en esa fase última de la infancia en la que sigue creyendo que sus padres, de verdad lo sabemos y lo podemos casi todo. Esa etapa en la que los hijos nos otorgan a los padres poderes paranormales como, por ejemplo, el de la adivinación. Aún así, no siempre uno es capaz de convencer a sus hijos de sus dotes para adivinar el futuro y Macarena se puso a llorar. Entre lágrimas, mientras los demás le soltábamos frases huecas animándola y pidiéndole que no llorara, Macarena nos dijo “¡¡Bueno, pues este es mi primer fin del mundo, así que dejadme llorar en paz!!”.
A mí, aparte de que me hizo mucha gracia, la frase, tan contundente reclamando espacio para llorar, me provocó ciertas reflexiones. Y entre pensamiento y pensamiento fui pariendo esta cabra que hoy les acompaña.
Por eso, el día aquel del primer fin del mundo de mi hija Macarena respeté su petición de que la dejáramos llorar en paz. Y lloró. Gracias a eso probablemente estará más serena cuando le toque su segundo fin del mundo, que, sea con los Mayas, los Davidianos, con los Troyanos, o con los adventistas, le tocará mucho antes de que cumpla los 18.

LOS PIRAOS

Es una de las plagas de la vida moderna. Los piraos. El número ingente de personas que tienen algún tipo de disfunción social más o menos grave y se empeñan en compartirla con los demás.
A eso ha ayudado muchísimo Internet. Hasta hace poco la gente indeseable tenía que disimular su amargura y su mal carácter para poder convivir. Salvo casos muy graves de misantropía, nadie insultaba a su vecino a la cara, nadie acusaba de algo grave al compañero de rellano sin pruebas no fuera a ser que al vecino le diera por partirle la cabeza al autor del insulto o la acusación. Ahora, gracias a las muy diversas herramientas de Internet puedes insultar y acusar a cualquiera de la peor de las perversiones desde el anonimato. Y si luego resulta que era mentira, pues oye, que te echen un galgo, a ver si te pillan.
Es algo en lo que llevaba tiempo pensando, pero nunca me había dado para una cabra hasta que hace unos días leí una noticia sobre la presencia del entrenador del FC Barcelona, Tito Vilanova, en el palco de familiares de Rafa Nadal en un partido de exhibición en Nueva York. Para quien no lo sepa, el entrenador está en Estados Unidos tratándose de un cáncer y aceptó la invitación de Rafa para ir a verle jugar. Yo, por lo general, como soy un tipo morboso, suelo leer los comentarios de las noticias. Lo sé; es algo cercano al masoquismo, pero, en el fondo, es como ir al Zoo. Sabes que va a haber leones, cebras y jirafas, pero sabes también que te vas a encontrar con el típico animal ese raro de cojones, del que no sabías ni que existía. Pues en los comentarios de los periódicos convive gente más o menos normal, con imbéciles de campeonato que, por lo general, a su estupidez intrínseca, unen una mala leche asombrosa. Y ambas; su mala leche y su majadería, la esconden cobardemente en el anonimato. Y en ese grupo de los amargados con derecho a hablar está el imbécil que comentó en primer lugar la noticia. Resulta que al humano en cuestión le parecía fatal: 1º que Tito Vilanova tuviese posibles para tratarse en EEUU. 2º Que acudiese a ver un partido de Rafa en pleno tratamiento. En consecuencia, ante la solicitud de muchos de apoyar al señor Vilanova con un #anims Tito, el bobo comentarista declinaba la invitación. No recuerdo cuál era su argumento, si es que lo había, porque el periódico borró en pocas horas el comentario, pero este es un ejemplo perfecto de lo que decía. El antibarsa que suelta su hiel contra los blaugrana. El antimadridista que ladra todo tipo de insultos a los blancos escondido tras su teclado. El ultraderechista o el ultraizquierdista que vuelve a dejar claro que, si él mandara, íbamos a quedar pocos opinando en su contra… En fin, esa gente gobernada por la amargura que por fin ha encontrado a alguien que le escuche.
El problema es el caso que se les hace. Decenas de empresas, instituciones y representantes de artistas toman decisiones basadas en la lectura de comentarios de estos descerebrados. “Es que tienen un enorme altavoz” te contestan si tú les dices que son unos panolis, como si el hecho de tener un altavoz te confiriera un peso intelectual incuestionable. Un imbécil no es mejor por hablar con un megáfono. Es un imbécil que suena muy fuerte.
En fin, digo yo que, cuando se nos pase el sarpullido este del respeto al cibercapullo y de pasión por la plaza pública online, les darán algún susto a esos delincuentes de la expresión. Aunque algunos más que cometer delitos, simplemente, dejen por los suelos su humanidad negándole el ánimo a un enfermo, sencillamente, porque es el entrenador del equipo contrario.

GÜI AR DE BEST

Lo digo para desdramatizar un poco. Tampoco me parece para tanto que un chaval en representación de España diga en el estrado del Parlamento Europeo una tontería propia de su edad y del desajuste hormonal de la adolescencia. Quizás muchos de ustedes hayan visto el vídeo http://www.youtube.com/watch?v=4xpDx3Itcsk de un par de jovencitos españoles hablando en inglés a trompicones en la Cámara europea y cómo uno de ellos, el de sexo masculino, termina diciendo “Sagerao España”. Por lo visto, esa profundísima frase acompañada de un gesto con la mano, ha sido la aportación a la humanidad de una tal Ylenia que aparece en un programa que se llama “Gandía Shore”. Yo, gracias a Dios, no he visto jamás “Gandía Shore” y no tengo el gusto de conocer a la tal Ylenia a la que imita el mozo. Pero, cuando vi el vídeo, lo de menos me pareció la salida de pata de banco del nene en el tramo final. Lo penoso, lo triste, si me apuran, lo terrible (y ahora sí dramatizo) es lo que dijeron antes de eso y cómo lo dijeron.
Imagino que estos dos muchachos fueron seleccionados de entre unos cuantos cientos o incluso miles de estudiantes. Imagino que, tras estos adolescentes, había uno o varios claustros de profesores con una preparación de años. Imagino que alguien debió estar un rato pensando qué iban a decir los portavoces de nuestra juventud ante el Parlamento Europeo.
No he oído por desgracia a ninguno de los representantes del resto de países. Quizás todos hicieron un discurso vacío como el de nuestros muchachos. Una alocución pobre, llena de vaguedades y de frases de esas de salir del paso cuando uno no sabe qué decir (“es un honor…”). Afortunadamente no hablaron de la paella, del sol y de los toros, pero no faltó la topiquísima referencia a don Quijote («güi cam from San Clemente»), que me recordó a la España de ZP. Aunque lo que de verdad me hizo evocar a ZP y a Aznar y a Rajoy fue el lamentable uso del inglés de nuestros dos representantes. No digo que hubieran llevado a dos jovencitos educados en Cambridge y con acento de Lord Inglés, pero ¿No podían haber encontrado a otros dos que hubieran sido capaces de pronunciar con soltura esas tres chorradas que dijeron? Es que, para empezar, dijeron un “Hello” calcado al de aquellas pelis de Alfredo Landa arrimando cebolleta a las suecas en Torremolinos; “JJJJeeellooooouuuu” poniendo el maxilar inferior muy prominente y rascándose la boina con regocijo.
No. Lo penoso no es que este mozo diga “Sagerao España”. Ni siquiera que lo haga imitando a una pedorra de esas que supongo que enseñará mucha teta y mucho culo. Sobre todo porque los que estaban allí no creo que sepan que el muchacho imitaba a una friki de un programa de televisión. Lo tristísimo es que si esos dos son los mejores que pudimos llevar a Estrasburgo, no quiero imaginar cómo deben ser los peores. Y eso sí que lo saben ya, por desgracia, todos los que presenciaron aquello y todos los que lo están viendo desde entonces en Internet.

P.S.1. A la hora en la que termino este escrito ya van más de 800.000 visionados.
P.S.2. Una lectora me envía un link con un vídeo en el que un muchacho de Cangas queda muy bien en el mismo foro. Para que sepamos que no sólo hay cebollinos. Gracias Emma.http://www.europarl.europa.eu/ep-live/en/other-events/video?event=20130214-1000-SPECIAL-EUROSCOLA

PECAR DE GULA

No me digan que no han pensado alguna vez en pincharles las ruedas a los cenutrios que entran en las rotondas como si se enfrentasen a la última curva del último Gran Premio de sus vidas. Hace falta tener muy alterado el cromosoma del simio para hacer esas maniobras como si no importase llevarse por delante un coche, una moto, o a cualquiera al que le esté dando por cruzar un paso de peatones en alguna de las salidas de la rotonda.
Lo tengo comprobadísimo. Si tú entras en una rotonda a velocidad de ser humano sin problemas de autoestima, lo normal es que permitas que otros vehículos puedan acceder a la glorieta y haya así un tráfico más fluido. Con los bobos hiperhormonados, lo normal, es que, si a ti te da por salir prudentemente, te lleves un golpetazo o, como mal menor, una retahíla de insultos. Lo he presenciado varias veces. El capullo con prisas debe detenerse porque a alguien le ha dado por intentar entrar a la vez que él en la rotonda. Si se quedan ambos vehículos cruzados, el hormonado (por lo general, hombre de entre 20 y 50 años) grita desgañitado sin explicarse cómo al otro ser humano se le ha ocurrido la osadía de intentar compartir con él el espacio rotondal, si es que se puede usar semejante palabro.
Es algo que nos pasa mucho a los hombres. Vaya, no me refiero al género humano, sino al sexo masculino. A los que tenemos pito. No sé qué extraño gen es el que nos hace siempre esperar que pare el otro. Lo de la ley del embudo; lo gordo para mí, lo estrecho para los demás. O el muy tradicional “veo una minipaja en una pestaña de tu ojo, pero ni me doy cuenta de la pedazo de viga que llevo incrustada en el mío”. En definitiva; la autocomplacencia. A este imbécil de la rotonda ni se le ocurre pensar que, quizás, no tiene razón y que, si hubiera entrado a menor velocidad, probablemente no habría habido un cuasiaccidente. El problema es que este tipo de vomitonas de ADN no sólo nos pasan al volante. Es algo constante y que vemos asiduamente en la vida cotidiana y últimamente, con demasiada frecuencia, en la política. Por ejemplo; hay frases que soltadas por un político tienen una consecuencia y, soltadas por otro, pasan inadvertidas. Supongamos por un momento que un líder de un partido fascista (ignoro quién lidera actualmente a los fascistas en España) dijera: “Lo que no hemos ganado en el Parlamento, tenemos que conquistarlo en la calle”. Probablemente y con mucha razón, decenas de políticos de diferentes partidos, líderes de la comunicación y artistas de muy diversa procedencia habrían puesto el grito en el cielo y habrían solicitado para el susodicho fascista medidas cautelares y hasta la prisión inmediata por hideputa. Ahora, eso mismo lo dice el líder visible del Partido Comunista de España y, por un extraño e incomprensible sortilegio, no pasa nada y es una reclamación totalmente legítima de la soberanía popular que es lo que piensa, desde su autocomplacencia, el autor de la frase; el Coordinador General de IU Cayo Lara. Es que Cayo Lara está convencido de que esa frase, en su boca, es una proclamación de amor al prójimo y a la democracia y, en boca de un facha de mierda, es un atentado contra la paz ciudadana. Cuando a mí, por cierto, me parece que, en ambos casos es una demostración de falta de sentido de la democracia verdadera que es algo que, por lo general, escasea entre fascistas y comunistas. Claro que la autocomplacencia es muy masculina, pero también hay algunos ejemplares femeninos que la bordan. Sin ir más lejos, la inigualable Mª Dolores de Cospedal. No sé si ha visto alguno de ustedes la rueda de prensa del pasado lunes en la que intentaba explicar el pago de una indemnización-sueldo y de la seguridad social a Luis Bárcenas cuando, según el PP, no ocupa cargo en el partido desde hace años. Merece la pena verla porque es un ejemplo perfecto de lo que hablo. Si, en un caso parecido en el PSOE, un portavoz socialista hiciera un ridículo similar al de Cospedal, no le habría quedado hueco en el pecho para los puñales que le habrían llegado desde la bancada del PP. Sin embargo, en su autocomplacencia de “somos los mejores y tenemos razón” la Secretaria General del PP explica sin explicar, haciéndose un lío de tres pares de escrotos, y se va a su casa tan feliz.
Me recuerdan estas condescendencias con uno mismo a un cura, no diré de qué pueblo, que está gordo como un trullo y come de manera ansiosa y desproporcionada. Los clérigos, aunque sean hombres de vida piadosa, también son humanos con pito y caen frecuentemente en la autocomplacencia. Tanto que, una vez, una amiga mía viendo al abate comer como un jabalí le dijo: “padre, pare ya de tragar, que eso es gula”. El cura, mirándola con suficiencia y sin parar de masticar le contestó: “Hija, ¡Anda que no hay que comer pa pecar de gula!”. Y se quedó, y pocas veces se usará más adecuadamente esta expresión, tan ancho.
Pues eso.

LAS TONTÁS

Como no tengo ningún buen amigo en la política, puedo decir esta frase sin temor a que ningún ser querido se me enfade. Pero cómo le gustan a nuestros políticos las “tontás”. Lo digo, por ejemplo, por el sarampión que les ha dado a todos con publicar sus declaraciones de la renta para demostrar que están limpios y que ganan lo que tienen que ganar. Que es una “tontá” parecida a que un terrorista invite a su casa a decenas de agentes de policía para que comprueben que él es un buen chico y no guarda en los armarios bazookas, ni dinamita, ni detonadores, ni documentos de identidad falsos, ni dinero de turbio origen. Normalmente, cuando uno hace cosas malas, tiende a la ocultación y los terroristas guardan sus armas en zulos, como los defraudadores esconden su dinero negro de los ojos de las autoridades. No estoy diciendo con esto que Rajoy y Rubalcaba tengan dinero en paraísos fiscales ni que se hayan hartado de cobrar en B. Lo que quiero decir es que con la bobada de enseñar sus declaraciones de la Renta, simplemente nos cuentan lo que se supone que ya sabemos y es que a Hacienda le cuentan lo que Hacienda ya sabe. Vaya, que en los impresos del IRPF, de momento, no aparece una casilla que ponga “Dinero negro”. Pero bueno, ellos están felices con esta pseudo-desnudez que seguramente les hace dormir mejor sintiéndose muchísimo menos culpables de la remierda en la que están metidos nuestros partidos políticos principales.
Nos pasa mucho en España. El tema pendular. Aquí nuestros políticos pasan de esquivar a la prensa cuando vienen mal dadas, a convertirse en los paladines que van a acabar con la corrupción política. O de defender hasta el absurdo al compañero de partido acusado de lo que sea, a ser los primeros que sacan el hacha cuando se ve claro que el compañero está hasta el cuello de basura. Y no sólo sucede con la corrupción; está pasando también, por ejemplo, con el caso de las pobres niñas muertas en el Madrid Arena. Hemos pasado de un absurdo dramático a un absurdo paralizante. Absurdo dramático: Hace unos meses hubo un promotor que, presuntamente, pudo organizar una fiesta multitudinaria saltándose todos los controles habidos y por haber sin que a las autoridades se les moviera un músculo. Absurdo paralizante: Ahora mismo si quieres organizar una conferencia de señoras muy monas y señores encorbatados en Madrid en la que hay más de cinco gatos, tienes que pedir permisos con semanas de antelación y rellenar 25.000 gili-formularios que sirven para que el político y el burócrata de turno se queden muuuucho más tranquilos. Y estaremos así hasta que se nos haya pasado el sobrecogimiento que provocan este tipo de sucesos. Luego volveremos a lo de siempre; “vaale hombre, pues mete a 1.000 más, que no va a pasar ná” o “bueeeno, quita unos cuantos de seguridad que, total, quién sevanterar” y esas laxitudes típicamente ibéricas que, cíclicamente, nos conducen a dramas, al descubrimiento de enormes chorizadas con dinero público o a que determinados delincuentes aprovechen los agujeros del sistema para colarse, forrarse e irse, casi siempre, de rositas.
Yo creo que ya he dicho en alguna cabra que viví 3 años en Suiza. Los helvéticos también tienen lo suyo, acogiendo una banca que ampara con una sonrisa a sátrapas de todo el mundo, pero tienen bastantes cosas buenas. Por ejemplo, son gente inflexible en el cumplimiento de las normas. Y no sólo es que sean inflexibles, sino que no está mal vista la delación. Si un ginebrino observa que su vecino está haciendo algo mal, lo denuncia porque cree que es su obligación. Muy por encima de su bienestar, o de su relación con su vecino, está el bienestar de todos y la relación de cada ciudadano con el resto de la gente de su país. En España, por ejemplo, si pagásemos las cosas con factura y si no hiciéramos todos pequeños fraudes, tendríamos una presión fiscal mucho menor. Pero aquí ni se nos ocurre denunciar a la inmobiliaria que nos alquila la casa para el veraneo por cobrarnos en negro, ni demandamos al chapuzas que nos hace una obrita sin factura. Ni ellos nos demandan a nosotros por pagarles sin IVA. Porque vivimos en la ficción de que ese mamoneo, esa laxitud nacional en el cumplimiento de las normas es mucho mejor que lo contrario.
Yo no sé si algún día pasará algo que nos haga mejorar en esto y nos convierta, espero, en un mejor país. Cuando tengamos unos políticos que dejen de gobernar a golpe de telediario improvisando “tontás” a medida que van surgiendo los problemas. Mientras tanto seguiremos de vez en cuando quejándonos de lo mangantes que son los demás y de los políticos tan malos que tenemos, sin pararnos a mirar que cada uno de nosotros formamos parte estructural del enorme chorizo que, visto desde fuera, es España.