Y me van a perdonar que titule con una palabra malsonante. Pero imagino que ha sido, junto con ¡co-ño! la expresión más usada en España cuando esta mañana nos hemos levantado con la noticia. Con el notición; Donald Trump es el presidente de los Estados Unidos de América. Supongo que la mitad de los americanos habrán dicho, por su parte, Oh my God!! o, los más bastos, What the fuck!! pero la victoria de este populista de derechas ha dejado a más de medio mundo boquiabierto y, reconozcámoslo, acojonado.
Aunque no sé de qué nos sorprendemos. Ha ganado un candidato populista, xenófobo, capitalista salvaje, machista, cuyos principales méritos son el de construir un imperio económico con más trampas que Daniel Boone y el de ser un buen personaje televisivo que se come la cámara. ¿Qué nos sorprende? Aquí en España hay un partido como Podemos que ha obtenido en las últimas elecciones más de cinco millones de votos, cuyo líder, Pablo Iglesias, es populista, comunista y su principal mérito es ser profesor universitario (no ha sido ni jefe de departamento) y poseer una extraordinaria telegenia. Iglesias y sus colegas fueron capaces de construir, por los platós de toda España, un discurso encendido que calaba fenomenal en la gente más golpeada por la crisis y en los votantes más cabreados con la corrupción política generalizada. Él se presentaba como el paradigma de la limpieza, de la rectitud, de la vuelta a la tortilla para ayudar a los más necesitados, aunque, en el discurso, se le escaparan algunas cosillas sin importancia, que iban dando una idea de que la hoz y el martillo iban a estar en lo que hoy los finolis llaman “su hoja de ruta”. Hay cosas en el discurso de Trump que, al leerlas, ponen los vellos de punta porque recuerdan a pasajes de Mein Kampf, aquel librito tan simpático en el que Hitler expuso sus ideas. Hay cosas en los discursos (han ido cambiando) de Podemos que recuerdan horriblemente a los manifiestos comunistas de las diferentes épocas. Pero eso no importa. Claro. Es mucho mejor ser comunista que nazi o fascista. Es mucho peor Trump; porque es de derechas. Y a mí, qué quieren que les diga, me erizan los vellos tanto unos como otros. Pero en España y, en Europa en general, hay una especie de simpatía pasiva, cuando no activa, hacia los comunistas, como si fueran unos alegres muchachotes nada peligrosos.
Trump es un peligro. No sabemos aún si va a hacer todo lo que ha ido diciendo en una campaña electoral delirante. Pero, si lleva a cabo un 60 por ciento de las cosas más delicadas que ha prometido, nos vamos a enfrentar en los próximos meses a una visión del mundo radicalmente distinta a la que teníamos. Llevamos ya un tiempo asistiendo a este cambio de era. Y, como suele pasar en las grandes transformaciones, sólo se ven desde lejos y dejando pasar el tiempo. Pero, al igual que en el primer tercio del siglo XX, después de una crisis económica bestial y de una crisis de valores tremenda, llegaron los populistas a encender a los pueblos con discursos que nos condujeron a dos guerras mundiales y a un sinfín de guerras civiles, golpes de Estado y conflictos armados de diversa índole. Ahí están Putin, Trump, el triunfo del Brexit, los Islamistas Radicales… Y en España ahí tenemos a los de Podemos. Que hoy son comunistas, mañana socialdemócratas de toda la vida y pasado son otra vez comunistas fetén. Lo que sea, con tal de seguir rascando votos. Y no crean, como dicen muchos analistas, que a los de Podemos les votan personas desesperadas, tontos y seres fáciles de convencer. Yo conozco a bastantes personas bien inteligentes a las que les ha calado este discurso y que están convencidas de que Iglesias and friends son una buena cosa en el Parlamento. Y no hay que subestimar a alguien que consigue más de cinco millones de votos. Hace años, el sociólogo Amando de Miguel en un programa de Hermida, hablaba sobre el triunfo de los programas de televisión basura. Había tertulianos que decían que esos programas sólo los veían personas de baja cultura y extracción socioeconómica humilde. Amando respondía que no; que cuando te ven millones de personas hay entre tu público tontos, listos, gordos, flacos, urbanos, rurales, ricos y pobres. O sea.
El problema de todo esto es que este tipo de líderes se esconden en la pasividad de los que no los quieren. En esa mezcla de incredulidad y estupefacción que conduce a la parálisis. En ese pensamiento de: “Bueno; no seamos exagerados”. “Tampoco será para tanto”. “Eso a nosotros no nos va a pasar”, que era el título de un artículo que escribió un Venezolano en “El País” contando lo que ellos decían cuando ganó Chávez por primera vez en la República Bolivariana. Pues ya está pasando. Allí. Aquí. En Reino Unido. En Rusia y, desde hoy, en los EEUU. Podemos ponernos optimistas y pensar que quizás a Trump la Casa Blanca le dé un punto de cordura, pero lo más parecido a Donald que yo he conocido (Berlusconi y Jesús Gil) lejos de mejorar, con su llegada al poder desparramaron de manera definitiva.
LA FIESTA NACIONAL DE LIDIA (Y NO HABLO DE TOROS)
Es, sin duda, una de las personas a las que más quiero. Para mis hijos es su tercera abuela y, cuando piensan en que, algún día, deberá jubilarse, les dan los siete males.
Se llama Lidia María Brito Mateo. Nació hace 66 años en la República Dominicana y, desde hace 17 años, trabaja en mi casa como empleada de hogar interna. Ayer, cuando celebrábamos la Fiesta Nacional, escribí una publicación en Facebook en la que decía que, a pesar de todas las cosas malas que tenemos los españoles y que tiene nuestro país, a mí me apetecía decir ¡Viva España! Y lo decía, pensando, entre otras personas, en Lidia y en tantos y tantos españoles que nacieron en otro sitio y que decidieron venir aquí con su talento a ayudarnos a construir un país mejor.
Hace unos años tuve una conversación con ella sobre España. Había sucedido algo terrible relacionado con inmigrantes y hablábamos sobre cómo se sentían ella y su familia aquí. Pocos meses antes, Lidia había jurado la Constitución y se había convertido, con todos los derechos y obligaciones, en española. Pero yo quería saber si, además de la parte legal, ella se había hecho también española de corazón. No es una mujer culta. Jamás pudo estudiar. Nadie le dio la oportunidad que sí están teniendo sus nietos; no sabe de literatura, ni de matemáticas, pero Lidia es una mujer inteligente y tiene un sentido común extraordinario. Y cuando yo le pregunté si se sentía española, me dijo que ella vino aquí buscando una vida mejor. Que se ha traído a casi toda su familia y que se sienten bien aquí. Que nos quiere, que quiere a nuestra tierra, a pesar de que sigue sintiendo lo mismo por su República Dominicana. Y que sí; que se sentía española. Que “querer a un país, no es como querer a un hombre. Al hombre solo se puede querer, de verdad, a uno. A la tierra se puede querer, seguro, a dos.” Y comenzó a reírse con esa risa contagiosa tan característica suya.
Recordé ayer esta conversación cuando recibí un Tweet en el que el apátrida Pablo Iglesias justificaba su ausencia en los festejos que celebran nuestra Fiesta Nacional. Mira que, de costumbre, el líder de Podemos me parece pedorro, sobreactuado; empalagoso cuando se pone cursi y estomagante cuando se pone agresivo-mitinero. Pues lo de ayer me parece que bate sus récords de posturismo. Decía Pablo que él no va a esas cosas porque su patria es la gente. Que le parece fatal que haya tantos que celebran la patria, pero tienen cuentas en Suiza, Andorra o Panamá. Que él no quiere celebrar con nosotros; que él prefiere levantar su copa con los pueblos americanos que sufrieron nuestra llegada hace ya quinientos y pico años. Y que si la fiesta es franquista. Que no le gustan los desfiles. Que eso debe ser porque ahora ya no se siente leninista amable; porque, cáspita, lo que le gustan los desfiles a los comunistas. Y que si ellos están con los militares de hoy y que si su abuela fuma Celtas Cortos. Joder. ¡Qué pereza! Y qué innecesario. Y qué curioso. Porque ese nulo respeto por los que sienten que ayer era el día de su Patria, lo proclama a los cuatro vientos cuando habla de la Patria Cubana, de la Venezolana o, ya más cerca, del derecho a decidir de los que se sienten catalanes o vascos y no otra cosa.
Que qué manía esa de excluir. Yo no tuve la suerte de que nadie me ofreciera la nacionalidad suiza. Pero la habría aceptado feliz porque me sentí como en mi casa en ese país del centro de Europa y tendría, sin duda, el mismo sentimiento que nuestra Lidia. Yo soy español. Pero también me siento suizo. Y, si me pongo, también andaluz. Y malagueño. Y más de Madrid que la Cibeles. Pero no sé por qué tenemos que ser excluyentes. ¿Habría faltado Pablo Iglesias a la celebración de la Diada si fuera diputado por las Cortes Catalanas? Yo creo que no. Por una cuestión de respeto. Y ese respeto que muestra hacia las patrias de otros y hacia los sentimientos de venezolanos, cubanos, catalanes y vascos, no lo tiene hacia los que nos sentimos españoles y ayer queríamos celebrar el día de nuestra patria sin necesidad de restregarle nada a nadie. Pablo Iglesias no tendría ningún problema, apuesto mucha pasta por ello, para gritar “¡Viva Francia!”. Pero estoy seguro de que jamás le escucharemos gritar ¡Viva España!, no vaya a ser que la angustia de sentirse fascista le provoque un derrame cerebral. Es el complejo que tiene gran parte de la izquierda, sobre todo la más radical, frente a España, frente a nuestra bandera y frente a nuestro himno. Claro que se han hecho cosas terribles en nombre de España y portando una bandera rojigualda y entonando el lolorolo. Como se han hecho cosas estupendas. Y a mí, qué le vamos a hacer, me pueden las segundas. No quiero invadir a nadie, no quiero convencer a nadie, no quiero excluir a nadie. Sólo quiero que se nos permita celebrar el día de nuestra Patria sin tener que pedirle excusas a algunos y que este señor que, se supone, representa a millones de españoles, se pase un rato por allí, salude al Rey de todos y se tome unos canapés con sus colegas del Parlamento. Que vaya, coño. Si quiere, que no se ponga el traje de los Goya y vista una de esas camisetas que tanto le gustan, aunque sea una con el “Patria o Muerte”, siendo, por supuesto, esa patria, cualquier otra menos la española.
TENÍA QUE CONTARLO
Hay cosas que nos cuesta contar. No sé por qué, pero es cierto que, cuando alguien nos hace algo bueno, por lo general, tenemos menos urgencia en compartirlo con otros. En cambio, cuando se nos hace una afrenta, habitualmente, corremos a relatarlo en cada esquina para obtener ese sosiego que nos produce la escucha de nuestro padecimiento.
Es verdad. Ignoro por qué nos sucede, pero experimentamos una especie de alivio tonto cuando relatamos nuestra desdicha. Y ese alivio se puede convertir en verdadero bálsamo si además nuestros interlocutores dicen: “Qué pedazo de cabrón”. Y tú, asintiendo, con un extra de autoestima, dices: “Sí, un hijoputa”.
Lo que pasa es que, cuando alguien nos hace algo bueno, por lo general, se nos olvida mucho más rápido y rumiamos menos las bondades que las afrentas. Por eso es muy poco frecuente leer cartas al director de alguien dando gracias, o diciendo lo buena que había sido su experiencia en tal o cual lugar. Lo normal es que, esas cartas, sean ácidas y no digo ya si hablamos de Twitter, donde el anonimato hace que la gente tenga una mala leche incontrolada y suelte una bilis muy desinhibida incluso sin necesidad de que nadie le haya hecho nada.
Cuento esto porque hace unas semanas me sucedió una cosa buena que tuvo, en su origen, una cosa mala. Estábamos grabando mi programa de Seguridad Vital en los pueblos de la Vera cacereña. Hicimos una entradilla en un tramo de una carretera comarcal y, al acabar, nos pusimos a recoger el equipo en un cruce del que salía un camino asfaltado. En un despiste típico de las prisas de los rodajes, nos dejamos las petacas receptoras de dos de los micrófonos a un lado del camino, nos montamos en el coche y nos fuimos.
Cuando habíamos recorrido no más de dos kilómetros, uno de nosotros temió haber olvidado algo y nos hizo detener el vehículo para buscar las petacas en el equipaje. Pero ahí no estaban; se habían quedado en la carretera. Dimos la vuelta, con el corazón en un puño, y, en menos de diez minutos estábamos de regreso en el cruce en cuestión. En esos escasos minutos alguien había pasado por allí, había cogido las petacas y se había ido. Le dimos la vuelta al cruce setenta veces, peinamos los alrededores y las puñeteras petacas no aparecían.
Subimos por el camino asfaltado, que conducía a un pequeño pueblo y, en plena desesperación, pedimos a los empleados de un bar y a los de la piscina municipal que, por favor, si aparecía alguien con dos petacas negras, del tamaño de un paquete de tabaco, que nos llamaran. Los paisanos, muy majos, viéndonos angustiados, tomaron nota de nuestros teléfonos, mirándonos con esa mirada de conmiseración y de pensar “estos tíos de la tele están tontos”. Y nos fuimos.
Seguimos grabando un rato más con micrófonos alámbricos y, una vez que habíamos terminado, ya cayendo la tarde, regresamos al cruce con esa mezcla de angustia, cabreo y pena que se te pone en el estómago al perder algo valioso. Volvimos a mirar por todos sitios y encontramos uno de esos tendederos plegables que alguien había tirado en mitad del campo. A mi socio Jesús, el tendedero le pareció un buen soporte publicitario y se le ocurrió poner un cartelito agarrado con cinta americana a la estructura del tendedero y dejarlo ahí en la orilla del cruce por si volvía a pasar la persona que se había llevado las petacas.
El cartel daba una pena inmensa. Tanto por la confección como por el mensaje lastimero que pedía que se nos llamara si alguien hubiera visto algo que, para nosotros, tiene un valor tremendo y, para el que lo encuentra, no sirve ni para calzar una mesa. Al menos, lo grotesco del cartel y del momento nos dio el único motivo de risa en una tarde amargante. Nos fuimos de allí con las orejas gachas convencidos de que jamás íbamos a volver a ver nuestras petacas, que cuestan la friolera de 600 euritos cada una.
Y aquí empezó lo bueno. Nuestra directora de producción se puso a buscar por Extremadura alguna productora que nos alquilara unos micrófonos inalámbricos, porque, al día siguiente, teníamos que seguir grabando en Plasencia. Para que veamos que sigue habiendo gente buena, precisamente en Plasencia, encontramos a Sergio, el dueño de los talleres “Martín Andrade”, que hacía de vez en cuando grabaciones y que nos alquiló un micrófono inalámbrico. Cuando fuimos a devolverle el micro y a pagarle el alquiler nos dijo que no quería cobrarnos nada. Que seguro que nosotros haríamos eso mismo por otro compañero si algún día le pasara algo así. Un bendito. Desde luego. Y espero que algún día la vida me permita devolverle el favor.
Pero esto, siendo bueno, no fue lo mejor. Cuando regresamos a Madrid nos dimos cuenta de que la pérdida de las petacas era un verdadero problema. Había que gastarse 1.200 euros y anduvimos buscando cosas de segunda mano y diferentes marcas para intentar reducir el golpe para la tesorería de una empresa pequeña como la mía. Hasta que, dos días más tarde, pasó. Arturo, nuestro cámara, nos llamó emocionado. Que, a primera hora de la mañana, cogió el teléfono viendo un número que no conocía. Cuando preguntó quién era, una voz con acento extremeño le dijo: “¿Sois vosotros los que habéis perdido unos micrófonos?”. Era el buen samaritano Javier Clemente.
Un vecino de Talaveruela de la Vera que encontró en aquel cruce las petacas y las cogió pensando que alguien las habría tirado. Cuando, dos días más tarde, pasó por allí y vio nuestro lamentable cartelito, debió sentir pena porque nos llamó de inmediato y nos dio la dirección del Bar “La Cerradilla”, en el que trabaja, para que recogiéramos allí las petacas.
Para que quede claro que hay gente buena en el mundo, cuando le insistimos en que cogiera los 50€ de recompensa que habíamos ofrecido en nuestro tendedero, nos dijo que para él la recompensa era ver la alegría que nos habíamos llevado con su llamada.
No sé a ustedes. A mí estas cosas me reconcilian con la vida y me hacen sorprenderme aún más de que, teniendo un pueblo tan majo como el español, sea posible que nos hayan salido unos políticos tan penosos. Y que les sigamos votando.
Y A ESTE ¿QUIÉN LE PAGA?
Es una de esas anécdotas que caen en mi familia, cada cierto tiempo, como sin querer. Hace ya muchos años, el novio (y actual marido) de mi hermana Julia, o sea, mi cuñado Nacho, vino a Málaga a pasar unos días con la familia. Entre que mi cuñado es un tío bien dispuesto, que acababa de sacarse el carné de conducir y que tenía que hacer méritos ante su futura familia política, mi abuela y sus cuñadas lo tenían todo el día, de acá para allá, pidiéndole transporte a este o a otro sitio. Padecía mi cuñado su quinto día de chófer vocacional, totalmente entregado a la causa, cuando escuchó a una de mis tías abuelas decirle a mi abuela: “Pilar; y a este muchacho, ¿quién le paga?”
Pues eso mismo deben estar preguntándose millones de españoles. Yo, el primero. Y a Pedro Sánchez, ¿Quién le paga? Porque viendo la tarea de demolición incontrolada que está haciendo en el PSOE, no tengo claro si le están pagando desde la calle Génova, desde las filas de Podemos o de las de Ciudadanos. No sé a cuál de los tres partidos le está haciendo más feliz esa tarea de termita con gigantismo. Miras a la bancada del PSOE en el Congreso y parecen el Grupo Mixto. Te pones a echar cuentas con el exiguo número de diputados nacionales y autonómicos y el de concejales y te empiezas a preguntar si el partido socialista va a ser capaz de pagar el nivel de gastos que tenía hasta hace dos o tres años. No es una broma. Yo opino que a España no le viene bien que la parte izquierda del Congreso quede en manos de unos que, hasta hace 3 días, eran leninistas amables y querían poner guillotinas en la puerta del Congreso. Creo que un partido de izquierda moderada es tan importante como uno de derecha moderada y el mapa se está quedando cojo por la parte de la socialdemocracia. Porque, francamente, los de Podemos tienen tanto de socialdemócratas, como los fascistas de Demócratas Cristianos.
No sé si, cuando lean ustedes esta Cabra, Sánchez le habrá dado una vuelta y habrá decidido ser generoso, pensar en su partido, y en el país, y decir adiós con la manita. Sospecho que no, aunque he de reconocer que, en cierto modo, lo de este hombre me parece que tiene un punto admirable. Su capacidad de resistencia frente a todo y a todos, su perseverancia, su convencimiento de que, aunque le tomen por loco, está haciendo lo correcto, me ha recordado a la enorme fortaleza que ha mostrado, en los últimos meses, un hombre al que admiro profundamente.
Ahora los finos lo llaman resiliencia. Nos cuesta mucho hablar con palabras normales y de toda la vida. Yo prefiero hablar de resistencia, fortaleza, capacidad de caer, levantarte y seguir caminando cuando te duelen los pies de tanto andar sin avanzar ni un metro. Alegría para mantener el ánimo y adaptarte a todo aunque no vendas ni una silla. Esperanza para ser capaz de ver luz al final de un túnel cegado por toneladas de piedras. Fe para saber que, aunque todos piensen que no lo vas a conseguir, tú lo vas a hacer.
Los gurús del bloguerismo, mi amigo Josesain y mi mujer afirman que no debería hablar en este blog ni de golf, ni de fútbol. De fútbol porque hay muchas personas a las que les produce repelús y de golf porque la mayoría de la gente no juega y ellos opinan que, visto desde fuera, el lenguaje y la pinta que proyectamos los golfistas da pereza y no suele gustar.
Pero yo no quiero hablar de golf. Sino de un hombre. Un empresario. Un padre de familia. Un marido. Y un deportista. Que resulta que es profesional de golf. Sé que le va a tocar las narices que diga que lo de Pedro Sánchez me recuerda a lo que él ha vivido, porque apostaría a que no está PS entre sus estadistas favoritos. Pero creo que lo que ha hecho el golfista Gonzalo Fernández Castaño es algo que yo propondría que se contara en los libros de Gestión de Crisis como caso de éxito en un entorno hostil.
Gonzalo tenía una carrera hecha en el circuito europeo. Estaba ya felizmente casado con Alicia, tenían niños, un entorno familiar que les apoyaba, una empresa que empezaba a ir viento en popa… Pero Gonzalo tenía el sueño de llevarse a la familia a Estados Unidos y probar suerte en EL CIRCUITO. Con mayúsculas. Él quería intentarlo en la Champions League del golf mundial, que diría ZP; el Circuito de la PGA Americana. Obtuvo la tarjeta para jugar y, después de dos temporadas duras, hace un año, perdió esos derechos. Decenas de comentaristas y amigos opinaban, le daban recomendaciones y, sotto voce, decían que se había equivocado, que debía volverse, que para qué ese esfuerzo personal y familiar. Que por qué no volvía a jugar en Europa, donde le había ido tan bien. Y Gonzalo decidió resistir. Tomó el camino menos fácil, mantuvo a la familia en Miami y tuvo la humildad, después de haber estado entre los 50 mejores del mundo, de competir en la segunda división del golf estadounidense, para ver si conseguía recuperar la tarjeta. Ha sido una temporada difícil. Casi imposible. Hace poco menos de dos meses, Gonzalo veía muy lejana la posibilidad de lograr su objetivo. Cuando muchos se habrían rendido, este hombre resistente como pocos, apretó el culo, con perdón, y empezó a jugar su mejor golf de los últimos años. Y esa fortaleza, esa capacidad de salir adelante, esa resiliencia de los finolis, le llevó, hace una semana, a poder comunicar a su mujer, a sus amigos y a todos los que no creían ya en él, que lo había conseguido; que el año que viene jugará en el circuito americano. Imagino la emoción de Gonzalo. Conozco bien la sensación de llegar a la meta el último, cuando ya nadie mira porque piensan que seguro que te has retirado. Soy capaz de sentir con él esa mezcla de rabia, alegría, emoción, congoja y euforia. Esas ganas de pegar con el puño en la mesa, con una sonrisa de oreja a oreja, pero con un puntito de mala leche, diciendo: “Sí, coño. Sí”. Así que, Gonzalo, mi enhorabuena y todo mi respeto. Y suerte el año que viene. Igual, para cuando termine la temporada 2017, tenemos gobierno, se han ido Pedro Sánchez y Rajoy y, por fin, Pablo Iglesias ha pedido que le administren el Sacramento del Bautismo, que con lo cambiado que está últimamente, yo, no lo descarto.
HACER ALGO POR MI PAÍS
Sé que, en el botepronto, a todos los adultos de hoy nos sale una frase crítica, despectiva, incluso cruel, con los jóvenes que estamos educando. Creo que ha pasado siempre; que los adultos hemos considerado que, los que vienen por detrás, son peores. Uno sabe que se está haciendo viejo cuando usa al menos una vez al día una frase en la que da por hecho que “nosotros lo hacíamos mejor” y que “los jóvenes de hoy en día lo han tenido demasiado fácil” y “son más blandos, menos luchadores y peores que nosotros”.
Y, hombre, pues depende. Es cierto que, en algunos aspectos, son una generación atontada. El abuso de los móviles, el exceso de detritus que les llega a través de la Televisión, los supuestos “modelos” que tienen como referente en programas como “Gran Hermano” o “Mujeres y Hombres y Viceversa”, pueden conducirnos a los adultos a pensar que nos hemos equivocado y que, de estos que estamos criando, no va a salir nada bueno. Pero también es cierto que, entre toda esa basura, hay mucha información buena y que, obviamente, son una generación que ha tenido, desde la cuna, un acceso a la información que ya nos habría gustado disfrutar a nosotros. Y no digo a nuestros padres.
No creo que sea casualidad. En los últimos meses he conocido a dos personas que me han dicho que sus hijos quieren ser Presidentes del Gobierno. Y son, al menos, tres los candidatos porque mi hijo Carlos, que acaba de cumplir 19 años, me dijo hace cuatro o cinco años que él quería ser presidente del gobierno “para ver si arreglamos esto, que nos estáis dejando el país hecho una mierda”. Ninguno de los tres lo dice desde el punto de vista infantil del “quiero ser bombero”. Los tres quieren llegar a Moncloa para hacer algo por su país. Es tal la pena que produce la situación política que vivimos que a algunos de nuestros jóvenes les está dando por intentar ayudar.
En el caso de mi hijo, yo creo que influye el hecho de que viviéramos 3 años fuera de España. Una de las cosas que más le sorprendían a Carlos era que sus compañeros del colegio de Ginebra estaban, todos, orgullosos de sus países. No hablo de los niños suizos, que son un país especial y del que deberíamos aprender su alto concepto del respeto y la convivencia entre lenguas y diferentes maneras de sentir. Me refiero al resto; niños de todo el mundo que llevaban con orgullo su bandera y que hablaban de su país sacando pecho. En aquellos momentos España estaba para sacar poco pecho; al borde de un rescate y con noticias constantes que hablaban de una corrupción endémica que afectaba a todos los partidos que habían tenido algo que ver con el gobierno de la nación, de una región o un ayuntamiento. Evidentemente no digo con esto que en otros países no existan esos males. Lo que quiero decir es que España lleva años con diferentes losas de tonelada y media encima de nuestra imagen internacional y cuesta quitárselas. Lo cierto es que todo eso, al menos a mi hijo, le llevó a empezar a pensar a lo grande y, desde los 15 años, comenzó a soñar con ser presidente del gobierno para hacer algo por España. Al pobre, por desgracia, se le ha apaciguado el entusiasmo porque, en estos meses, ha ido conociendo algo de la política y le da una pereza olímpica pensar en el camino lleno de mamoneos por el que hay que pasar dentro de un partido para acabar siendo el jefe.
El panorama es deprimente, pero a mí me parece alentador que, en mi entorno, haya tres chavales que quieren arreglar esto. Y hace falta. No sé a ustedes, pero a mí me produce una mezcla de pena, cabreo, decepción y hastío ver los informativos y darme cuenta día tras día de que estos líderes que nos han tocado están a otra cosa. No digo ya que les salga por algún sitio la grandeza, que asumo que no les va a salir. Quizás un poco de generosidad. De pensar en que, a veces, uno tiene que renunciar a algo para ayudar. Y que, de las renuncias de todos, pueda salir algo bueno para España. Pero me da que eso no va a pasar. Estoy por mandarles a mi hermano Javier que es, probablemente, la persona más buena que conozco. El otro día pensando en eso de la generosidad de los políticos, de renuncias, no sé por qué, recordé algo que, cada vez que lo revivo, me hace ponerme más tierno.
Yo tenía 11 años y estábamos todos los hermanos, con mi madre, en la Feria de El Palo en Málaga. Había montones de casetas con carricoches, tómbolas, puestos de venta ambulante y de disparos con perdigones. Mi madre nos había dado a cada uno de los pequeños 100 pesetas. Que, entonces, era un dineral. Por lo menos para mí. No sé qué hice con el dinero, pero, cuando fui a pagar el primer trozo de coco que me iba a comprar, me di cuenta de que se me había caído el billete. Desesperado, comencé a buscar por el suelo, desandando el camino que habíamos hecho y, lógicamente, los veinte duros no aparecieron por ningún sitio. Llorando como una Magdalena, asumí que no iba a volver a ver en mi vida aquel billete marrón con la cara de Bécquer. Hasta que mi hermano Javier, que entonces tenía 15 años, apareció de repente diciéndome: “¡Carlos, Carlos! ¡que lo he encontrado!” Yo le abracé y le di mil veces las gracias y me fui con los hermanos pequeños a gastar “mis” 100 pesetas. Al cabo de un rato, volvimos a ver a mi madre y le conté lo que había pasado. Cuando le dije que Javier había encontrado mis veinte duros, mi madre me miró con esa cara que sólo saben poner las madres que es una mezcla de “se me cae la baba y te mataría”. Y me lo dijo. Que obviamente ese billete que me había dado mi hermano mayor no lo había encontrado por el suelo. Que a los mayores les había dado 200 pesetas y que Javier renunció a 100 de ellas para consolarme. En fin. Que me acordé de esto y me hice la pregunta que hoy les lanzo; así, en plan concurso de la tele de sms: “De los 4 líderes políticos de los principales partidos, ¿Quién creen que habría hecho algo así?” O mejor, que tiene un puntito más de mala leche: “¿Quién creen que, jamás, habría hecho algo así?” Pueden comenzar las votaciones.
EL PORCENTAJE
A los periodistas nos encantan las estadísticas. Vamos, me explico; nos encanta hacer estadísticas de esas de la cuenta de la vieja. Porque, reconozcámoslo, nosotros somos de letras y nos da una pereza máxima hacer cuentas levemente complejas. Por eso tantas veces metemos la pata, cogemos el todo por la parte y hacemos la de Amancio; si entrevistamos a 10 personas y 4 dicen algo de manera homogénea, enseguida elaboramos nuestra estadística de la Señorita Pepis y soltamos que “casi el 50 por ciento de los españoles tiroriro…”
Por este motivo yo, desde mi atalaya periodística de observador de la actualidad y de la vida, puedo decir que en todos los grupos humanos hay un porcentaje de imbéciles, otro de listos, otro de gente mala, otro de gente profundamente maleducada, alguno más de gente extraordinariamente buena…Y, en estos últimos días, pensaba en esos porcentajes viendo las informaciones sobre las broncas por el llamado “Toro de la Peña”, que ha venido a sustituir a la salvajada del “Toro de la Vega”; ese torazo que moría, cada año, en Tordesillas, a golpes de lanza de los mozos del pueblo.
Tontos (y listos) los había en ambos bandos, pero yo me voy a centrar en dos antitaurinos que me resultaron especialmente chocantes. Uno de ellos, Jon Amad, era el representante de Provegan, una Fundación animalista que reclamaba el indulto para “Pelado”, que así se llamaba el toro. Amad proponía (yo creo que por desconocimiento, no tanto porque sea tonto del culo) que les entregaran al toro, para llevarlo a un santuario de animales en el que tienen “Caballos, cerdos, vacas y ovejas”. Joder. Menos mal que no les hicieron caso y, finalmente, el cornúpeta fue apuntillado en un lugar discreto. Porque no me habría gustado ser testigo del momento de la entrega del morlaco a los de la asociación animalista. Es que estos se creen que un toro de 550 kilos con dos pitones como cada uno de mis brazos es un lindo gatito que va a recibir sus caricias franciscanas con docilidad. Un toro de estas características no comparte cercado con nadie que no sea de su especie. Tienes que tenerlo en un lugar aislado, con un vallado que impida que escape y con unos portones de un tamaño y peso poco acordes con los que necesita una ovejita lucera, por poner un ejemplo de los animales que acogen en su asociación.
El otro espécimen digno de mención era una señora que se manifestó el domingo por las calles de Madrid y que se mostró indignada por el hecho de que, cuando murió su perro y ella “compartió en redes su dolor, nadie le dio el pésame, en cambio, a la viuda de Víctor Barrio”, (el matador de toros que murió en el ruedo de Teruel este verano) “muchos españoles le habían dado el pésame”. Delirante. No sé si esta señora está en el porcentaje de personas malas, o en el de las alelás, pero es bastante común, entre los animalistas radicales, esa tendencia a igualar a personas y a otros seres vivos, como si estuviéramos en el mismo rango vital. Pero yo sigo teniendo en mayor estima a la especie humana que a los chihuahuas. Fíjense, qué raro soy. Es más, pongamos por caso; si esta señora animalista estuviera siendo arrastrada por una riada junto a un perro/gato/hámster/pato/oveja yo, lógicamente, y sin dudarlo, arriesgaría mi vida por salvarla a ella. Con esto no digo que no sea yo un tipo compasivo respecto a otras criaturas de Dios, aunque, siendo francos, haría lo posible por salvar a los animalitos, pero sin jugarme en ello el pellejo. ¿Soy un hijoputa? Quizás, pero es tan obvio que no somos lo mismo que un perro, que no debería ser necesario ni explicarlo, aunque a un tanto por ciento de las personas con las que convivimos les parezca lo contrario.
¡Ay, los porcentajes! Yo tengo bastante sensibilidad ante las posibilidades estadísticas. Quizás es porque a mí, habitualmente, me pasan cosas que no le suceden a casi nadie. Por ejemplo, jugando al golf. Hay una cosa rara, que es hacer un hoyo en uno. Es decir, meter la bola en el agujero en el primer golpe. Yo, que soy un manta, he hecho ya dos hoyos en uno y, si hacemos caso a mis mini-estadísticas de Feber, en los años que me quedan me tendré que hacer, por lo menos, otros dos.
El otro ejemplo no es tan glorioso. Esto que voy a contar no se lo he oído relatar a nadie ni, en todos los viajes en carretera que he hecho, he vuelto a ver algo similar a lo que me sucedió en un mes de mayo del año 91. Yo, en aquel entonces, estaba en los informativos de Antena 3 y, uno de mis cometidos, era trabajar con el gran crítico taurino Vicente Zabala (q.e.p.d.) montando el vídeo de sus crónicas durante la Feria de San Isidro. Aquella tarde, no recuerdo si Ortega Cano o César Rincón, habían montado un taco mayúsculo y los del informativo de las 9 nos pidieron que les enviáramos imágenes de la faena y de la vuelta al ruedo con las dos orejas. Había muy poco tiempo para llegar. Era un viernes. Había un atasco brutal en la salida de Madrid hacia Burgos y, para que yo llegara a tiempo, nos mandaron un motorista que iba a llevarme sorteando los coches y jugándonos la vida. En menos de 5 minutos, no sé cómo, nos plantamos desde las Ventas en la cuesta de los Dominicos de Alcobendas y, empezando a subir hacia San Sebastián de los Reyes, sucedió. Íbamos entre coches y nos acercábamos a un camión de transporte de ganado. Yo no percibí nada extraño hasta que noté que el motorista, que llevaba casco y una chaqueta de cuero, escoraba extrañamente su cuerpo hacia la izquierda. Entonces lo vi. Como si alguien desde el camión hubiera abierto una manguera, de nuestra derecha salía un caño de líquido de un color muy parecido al de la manzanilla. Cuando me cayó encima y me empapó de arriba abajo entendí que, ni manzanilla, ni leches. Pis. Era pis. Acababa de mearme encima una vaca con toda su potencia. No sé si era una venganza porque sabía que venía de los toros, pero la vaca se alivió sobre mí y mejor no les cuento las risas de mis compañeros cuando me preguntaron si había llovido. Las mismas carcajadas que debió haber ayer en muchas redacciones cuando saltó la noticia de que la Barberá dijo que dimitiera Rita. Que esa es otra; no sé el porcentaje de políticos corruptos. Lo que sí sé es que el de políticos que dimiten cuando deben es cercano a cero.
LA HUMILDAD
Qué importante es la humildad en la vida. No puedo decir, (como cuenta la leyenda que dijo ZP) que “a mí, a humilde, ¡no me gana nadie!”, pero sí puedo afirmar que llevo el lomo de la vanidad bastante curtido. Yo tengo dos dedicaciones que me apasionan y que ayudan a que, a uno, no se le suba la tontería a la cabeza. Una es la televisión. La otra es el golf.
En este deporte que tanto me gusta, de repente hay un día en el que juegas como Sergio García. De hecho empiezas a pensar si no te equivocaste cuando decidiste tirar por el periodismo y que, igual si entrenas fuerte, puedes cambiarlo todo y probar suerte como profesional. Eso en los primeros 12 hoyos, porque, súbitamente, en el 13, o en el 14, te empiezas a dar con el palo en el tobillo y vuelves a tu ser. Y piensas: “Hoy lo dejo”. Porque a uno siempre le sale el hándicap. Eso pasa también en la tele, bueno, en el periodismo en general; nunca dura mucho lo bueno y siempre te sale el hándicap. Cuando te va bien, los halagos, las alabanzas son hiperbólicas y puedes llegar a pensar que la historia de la Televisión cambió cuando tú naciste. Hasta que te pegas la gran leche. Yo de esas llevo unas cuantas. Y, ay, cuando te va mal, igual de hiperbólicas son las críticas aceradas e innumerables aquellos que se sienten mal porque quizás fueron demasiado majos contigo cuando te fue bien. Y se ven en la obligación de crujirte. La parte positiva es que, cuando estás en el fango, sabes que eso también dura poco y, los que nos dedicamos a esto, acabamos disfrutando de ese sube y baja tan estresante para el que no es del mundillo.
Les pongo un ejemplo reciente. Hace unos meses, dieron un premio muy importante al programa “Seguridad Vital”, que hacemos cada domingo por la mañana en TVE1. Llevábamos varias semanas teniendo buenas audiencias, siempre por encima del 7-8%. Pues precisamente el sábado posterior al premio hicimos un 4,6%. El peor índice que habíamos tenido en 30 semanas. Y no sólo eso, ya yendo al terreno personal, justo ese programa era el primero que yo presentaba solo porque mi compañera, Marta Solano, se había escachiforciado un pie y había comenzado una baja médica. La lectura boteprontista, que tanto gusta en las televisiones, habría dicho; “¡¡Coño, que no presente solo el Hirschfeld!!”, pero, por suerte, aquello pasó desapercibido y en las siguientes semanas el programa recuperó sus índices normales.
¡Ah, bueno! Eso sin contar lo del blog. Uno, cuando escribe artículos cada semana y le leen 2.500-3.000 personas, acaba pensando que es un tío influyente y que, esos seguidores, llorarán el día en el que dejes de escribir. Por si a mí se me hubiera inflamado el ego bloguero, les debo decir que, tras casi 4 meses sin poder hacer Cabras, han sido 5 ó 6 ó 7 lectores los que han mostrado su extrañeza por mi ausencia. Y me lo han comunicado. Los demás han aceptado mi silencio en silencio dejándome claro que, si escribo, no es porque vaya a cambiar la vida de nadie sino, sencillamente, porque me gusta. Y ya.
Claro que estas cosas también pasan fuera del periodismo y del golf. Yo creo que soy un tío majo y con el que no resulta difícil convivir, pero no todo el mundo debe pensar eso. En el pasado mes de junio, mi mujer y yo cumplimos 25 años de feliz matrimonio. Cuando comunicamos nuestra dicha a los amigos del coro en el que cantamos, todos (y, sobre todo, todas) se giraron hacia mi mujer y le dijeron “¡¡Enhorabuena Teresa!!”, como dando por hecho que es un milagro inaudito que mi Santa haya conseguido aguantarme todos estos años. Los muy perros. Y no les guardo rencor por ello porque, enseguida, se debieron dar cuenta de mi estupor y alguno que otro también me felicitó.
A lo que voy es a que frecuentemente la vida se encarga de ponerte en tu sitio y por eso a mí me hacen tanta gracia aquellos que piensan que, sin ellos, el mundo sería un lugar mucho peor. Ejemplares de estos abundan en la política y ayer, por enésima vez, volvimos a darnos cuenta de que, por desgracia, en el Congreso de nuestros diputados y diputadas haría falta poner 350 piscinas olímpicas para conseguir que sus señorías se dieran un baño de humildad. A todos nos parece inverosímil. Yo, de hecho, debo reconocer que me llevo equivocando en mis pronósticos desde el mes de noviembre porque no me podía creer que fueran incapaces de ponerse de acuerdo tras el 20D. Y no me creo que vayan a llevarnos a votar con un polvorón en una mano y la papeleta en la otra. Pero tiene mala pinta la cosa.
Opino que a Rajoy le ha faltado humildad para darse cuenta de que, por mucho que haya hecho cosas muy bien, no puede seguir ahí el que fue jefe de Bárcenas y le mandó aquel famoso “Sé fuerte, Luis”. Debería asumir que quizás, sin él, sería más fácil una investidura de un presidente del PP porque hubo muchos de sus votantes (yo conozco decenas) que le votaron tapándose la nariz.
Me da risa al escribir que Pablo Iglesias tendría que ser más humilde. Es más, creo que la RAE debe estar a punto de confirmar “Pabloiglesias” como antónimo de “Humilde”. No puede haber político más soberbio, más convencido de que la democracia española le necesita, aunque sus sueños de acabar en la Moncloa se diluyeran en los últimos comicios.
El baño humilde a Rivera ya le tocó en junio. Mira que me cae bien y me parece que es lo mejor que le ha pasado a la política española en años, pero considero que está demasiado rodeado de gente que le dice que es guay.
Y dejo para el final a Pedro Sánchez. Porque creo que lo que le está haciendo este hombre al PSOE es de juzgado de guardia. Ayer me impresionó ver el plano de la televisión cuando terminó su discurso y vi qué pocos eran los diputados que se levantaban a aplaudirle. Es que son 4 gatos. Está hundiendo a su partido y, con su actitud, da la sensación de que no le importa que vayamos a unas terceras elecciones porque, en el momento en el que haya un gobierno, le montan un Congreso en el PSOE para mandarle a esparragar. Puede que eso se evite si mañana hay 11 valientes que hagan lo que medio PSOE y tres cuartas partes de España está deseando, que es que se abstengan y dejen que el PP forme gobierno. Y ya, si eso, luego que se pongan, como debe ser, a darle a Rajoy hasta en el carné de identidad.
LO IMPORTANTE
“¡Ojalá se caiga tu avión, hijopuuuutaaa!”. No crean que esta frase la soltó alguien contra el piloto de un bombardero en una zona de guerra. Ni tampoco una persona alterada ante la presencia de un asesino en serie o yo qué sé qué persona malísima. No. Este deseo ferviente de una muerte cruel se lo manifestó anoche un aficionado al árbitro que dirigía el partido de Champions entre el Madrid y el Manchester City. El botarate estaba sentado justo detrás de mí y se tiró todo el partido gritando, insultando, defecándose en las más diversas meretrices, madres y padres de jugadores del equipo inglés e, incluso, en familiares cercanos de algún miembro de nuestro propio equipo. Sin temor a equivocarme puedo decir que debió gritar “hijopuuutaaa” al menos 60 veces y otros insultos y tacos muy variados en otras 150 ocasiones. Pero alcanzó su cénit gilipollal con ese anhelo de ver morir al colegiado en un accidente aéreo. Ahí me volví pensando en decirle algo. Y el tío era un mierda. Vamos; de esos que en las peleas callejeras se definen como: “No tiene ni media hostia”, pero, al observar el tamaño que alcanzaba su yugular por la tensión que llevaba encima, preferí terminar la noche en paz y no ponerme a educar a uno que, me temo, ya no tiene remedio.
Es cierto que yo llegué al Bernabéu con el día sensible. Justo a la hora del partido se cumplía un año de la muerte de uno de mis mejores amigos, Jesús Hermida, y llevaba yo varios días revuelto. Ayer me acordé especialmente de él y sabía que en el minuto diez de la primera parte haría un año exacto. La congoja del momento quedó bastante apaciguada con el 15º insulto a la madre del colegiado, el 5º “cabrooooónnn” y el 7º “cagontuputopadreyentuhermanalaguarraaaa” por parte del desaforado de la fila de atrás. Pero no era sólo el aniversario lo que me tenía blando. A primera hora de la tarde había estado haciendo una entrevista a una mujer que padece el síndrome de Von Hippel Lindau. Es esta una de esas enfermedades raras que, hasta hace dos días, nadie investigaba y que, gracias al esfuerzo de unas cuantas personas, se está empezando a conocer. La que me ha liado en esto se llama María Gómez Berruezo y, después de que su marido falleciera víctima de este síndrome, decidió dedicar parte de su tiempo a conseguir fondos para investigar y a lograr que más gente sepa lo que es esta enfermedad que suena a cuento de nuestra infancia, pero no siempre tiene final feliz. Se trata de una enfermedad que va provocando tumores en distintas partes del cuerpo y que, si no es bien tratada y diagnosticada a tiempo, se complica de una manera tremenda.
Ayer estuve durante un buen rato con Ana Villar. Lleva yo qué sé cuántas operaciones en el cuerpo y es de las personas que empezó a tener síntomas cuando casi nadie conocía el síndrome Von Hippel Lindau. Eso ha provocado que Ana padezca unas secuelas que, probablemente no habría sufrido si hubiera habido más investigación, mejores diagnósticos y tratamientos más atinados. Ana habla con la franqueza de los supervivientes y me dijo varias cosas de esas que se te clavan en la boca del estómago. O en la parte baja del corazón. Que por ahí anda. Me dijo que había mandado una carta al Ministro de Sanidad pidiendo más dinero para investigar y le decía algo tan sencillo como : “Haga algo, porque nos morimos”. Le pregunté por la esperanza y por el futuro y me dijo que tenía esperanza pero que ella no pensaba mucho en el futuro porque, para ella, está exactamente a un palmo de su nariz. Y estaba sonriente. Y nos reímos unas cuantas veces porque, a pesar de las secuelas de la última intervención, a pesar de que no puede levantarse, a pesar de que se alimenta por sonda nasogástrica desde hace 3 años, Ana mantiene intacto su sentido del humor. Sólo se puso muy seria cuando exigió al gobierno que investigue y cuando le pregunté si había antecedentes del VHL en su familia. Me miró fijamente y me dijo: “He sido la primera y espero que la última”.
Pues eso. Salí del hospital pensando en la cantidad de veces que tenemos que dar gracias a Dios por estar vivos y sanos. Y me fui pensando en las cosas importantes. En esos miles de refugiados a los que no estamos haciendo ni puñetero caso, aunque hagamos lo posible por lavar nuestras conciencias de Europeos occidentales con propuestas como el Nobel de la Paz para los habitantes de la isla de Lesbos o como esas gilimultas que se van a imponer a los países que no acojan a los refugiados que les toquen. ¿De verdad no sentimos vergüenza cada noche al irnos a la cama viendo que nuestros políticos miran para otro lado? Bueno, miran ellos y miramos en el fondo nosotros. Porque es difícil dormir sabiendo que, mientras nosotros nos preparamos el vaso de leche, o el último Gintonic, o nos lavamos los dientes, hay miles de padres y madres que intentan dormir a sus hijos entre el barro y el frío. Y, lo que es peor, sintiendo que los que deberíamos estar acogiéndoles, les rechazamos activamente o nos ponemos de perfil mientras silbamos algo en plan tirorirotiroriro. Yo me avergüenzo de Europa y voy a darle una vuelta a ver cómo, desde la pequeña isla de mi familia podemos hacer algo por esa gente. Odio la expresión de “aportar mi granito de arena”. Me dan ganas de disparar con ametralladora cuando la oigo, pero pongamos lo que sea; un granito, un ladrillo o una viga del tamaño de la quilla del Titanic. Lo que sea. Pero voy a hacerlo ya.
A LA MIEEERDAAA
Pobre Fernando Fernán-Gómez. Tantos años de carrera admirable y muchos hoy le recuerdan, sobre todo, por aquel día en que mandó a la mieeerdaaa a un fan que se estaba poniendo pesadísimo. Yo tuve la suerte de tratar a Fernán-Gómez durante dos años en el programa de debate que hacíamos en Antena 3 con Jesús Hermida. Compartí con él muchas horas de sala de espera y era un hombre con el que daba gusto hablar; cultísimo, divertido, con una capacidad extraordinaria para resumir en pocas palabras conceptos muy complicados. Era, sin duda, un buen escuchador y, sobre todo, un señor tolerante. Al menos en aquel espacio, rodeados de tortillas de patata, platos de jamón, cervezas, refrescos y algunas bebidas espirituosas, conversar con Fernando era de esos ratos de la semana que compensaban el trabajo de todos los días previos. Yo jamás le vi sacar los pies del tiesto, pero, lo que son las cosas, hoy estoy seguro de que todos los que han leído el titular de esta Cabra habrán pensado en él. Bueno, en él y en nuestros políticos, que es a quienes yo dedico ese deseo ferviente de que nos dejen en paz y se vayan a la hez.
Efectivamente no es un drama que haya elecciones. Todos los profetas de la nueva política, enseguida te salen con la tontada de que “el drama sería no poder votar”. No te jode. Pues claro. Un drama es tener una enfermedad incurable, que se te muera un hijo o que cualquiera de las personas que quieres se vaya de aquí antes de tiempo. Esto no es un drama, pero creo que es la demostración de que estamos en la época más triste de nuestra democracia. Los líderes que nos ha tocado padecer son de una calidad tan ínfima, que no han sido capaces de llegar a un acuerdo que permitiera formar un gobierno. ¿Tan difícil era?
Lo malo de todo esto no es que haya pasado. Lo peor es que vamos a otras elecciones y no tiene pinta de que la cosa vaya a mejorar. Quiero decir; lo más probable es que se repitan unos resultados muy parecidos y, de nuevo, nos encontremos con que estos mismos que nos han hecho perder seis meses y no sé cuántos millones de euros, regresen a la casilla de salida el día 27 de junio a las diez de la mañana. ¿Alguno de ustedes confía en que a estos tuercebotas les vaya a salir la grandeza como te sale un sarampión? Porque es de una tristeza agobiante escuchar a todos los líderes diciendo que la culpa la tiene el otro. Es una especie de propiedad transitiva de la asunción de la responsabilidad que hace que A culpe a B, que culpa a C que, a su vez, culpa a D. Por supuesto, D, culpa a A, aunque le parece también que B y C son lo peor. Esto podría dar mucha risa, pero a mí me tiene con una mezcla de cabreo y tristeza que no se me quita desde hace semanas. Sobre todo al oírles.
Escuchar ayer a Rajoy y a Cospedal hablar como si desde el 20-D hasta hoy no hubiera habido ninguna noticia relacionada con la corrupción dentro del PP. Igual eso ha influido en que ningún partido quisiera sentarse con Rajoy.
Ver a Pedro Sánchez diciendo, sin que le dé la risa, que si queremos ver buena gestión económica y cero corrupción hay que votar al PSOE. Es cierto que han sido los únicos, con Ciudadanos, que han buscado un acuerdo, aunque se le escapó el pequeño detalle de que igual debía haber intentado algún consenso con el partido que más votos había sacado.
Observar a Pablo Iglesias feliz tras haber torpedeado con habilidad la línea de flotación de Sánchez y constatar que sigue mirándonos con esa sonrisilla de superioridad. Es la de aquellos que saben que nos la están colando. A mí me sorprende que logre convencer a muchos de que se puede hablar de Lenin, levantar el puño entre hoces y martillos, adular a Castro, Chávez y ahora a Maduro o convertir en héroe a Otegui y luego ir de límpidos puretas de la democracia verdadera.
Contemplar a Rivera enseñando ya la patita de político de los de toda la vida, explicando con dificultad alguno de esos marroncetes que, ya tan pronto, le han empezado a salir a su partido. Conste que creo que ha sido de los pocos que se han comportado con madurez y algo de grandeza en estos meses de profunda pesadumbre.
Y ahora, la que se nos viene encima. Otros dos meses de escuchar a todos estos diciendo lo mismo, de debates, de mítines, de sonrisas entre octavillas y confetis. No sé ustedes, pero servidor va a votar exactamente lo mismo que voté el 20-D. Creo que es lo que deberíamos hacer; votar todos lo mismo y obligarles a ponerse de acuerdo. Y, si no son capaces, que se vayan y que pongan a otros que sí lo sean. A lo mejor con políticos menos penosos nos convertimos en un país en el que la gente no piense constantemente que, si los políticos mienten, por qué no van a hacerlo los ciudadanos. No sé si les ha pasado; contar algo inverosímil y que todo el mundo te mire con cara de “sí, sí. Ya, ya”. A mí me ha sucedido toda la vida con algo que ocurrió en mi colegio cuando yo tenía 9 años. Cada vez que la he contado he sufrido esas miradas torvas e incrédulas. Supongo que recordarán al gran rejoneador Álvaro Domecq. Alvarito, que es como le llamaban, fue alumno del colegio de Los Jesuitas de Málaga y, desde que terminó el PREU, todos los años volvía, por las fiestas de San Estanislao, y mataba un novillo en el campo de fútbol. En una de las entradas del campo se colocaba el camión de transporte de ganado, cerrando el recinto y, el resto del hueco, se tapaba con unas vallas de tablones y alambrada. En el año 1973 el novillo salió de culo y, en vez de dirigirse al centro del ruedo/terreno de juego, se encontró con la valla y decenas de niños que le gritábamos y le citábamos con la inconsciencia propia de la infancia. Al novillo le dio por ponerse a dar topetazos, rompió el vallado y se escapó a dar una vuelta por un colegio en el que cientos de hombres, mujeres y niños compraban papeletas de la rifa, tomaban refrescos y limonada o veían un teatro de guiñoles. Gracias a Dios no pasó nada grave y Domecq, con la ayuda de siete u ocho hombres, logró devolver al novillo al ruedo y terminar la fiesta sin que se produjera una tragedia. Nunca vi testimonio gráfico de aquel día, pero hace unas semanas mi amigo Jorge Lamothe compartió en Facebook la foto que cierra esta Cabra. Para que sepan todos aquellos que dudaron de mí que yo no miento ni jugando al mus. Bueno. Jugando al mus un poco sí.

GANDHI VERDE
La creación no es mía sino de David Bustamante. No conozco a nadie que haya triunfado en lo suyo que no sea un tío listo, original y, al menos en ocasiones, tenga su punto de gracia. Bustamante es uno de esos. Confío en que sepan que yo produzco para los domingos por la mañana de TVE un programa que se llama “Seguridad Vital”. En este espacio, hacemos unas entrevistas cortas en las que preguntamos a los famosos si, cuando están conduciendo, se consideran más Mahatma Gandhi o el Increíble Hulk. Supongo que la mayoría conocerán a aquel personaje de Marvel que, cuando se cabreaba, se ponía de color verde, crecía y sacaba un carácter, digamos que dificilillo. Le lanzamos la pregunta a Bustamante y David, en un momento de esos brillantes, contestó que él es el Gandhi verde.
A mí me pasa igual. Yo, por lo general soy un tío tranquilo. No suelo estresarme mucho y no me enfado con demasiada frecuencia. O sea; en muchos momentos de mi vida, soy más de Mahatma Gandhi. Pero, ay, de vez en cuando me cabreo y, cuando me sucede, excepto en la piel verde y en la hipertrofia muscular, tengo cierto parecido al Increíble Hulk. Y, me da vergüenza reconocerlo, pero el otro día me sucedió, precisamente, yendo en el coche con mi mujer. Veníamos de hacer la compra en un mercado. Íbamos por una calle con dos carriles aproximándonos a un semáforo. Vi que llevaba detrás una moto de esas que van haciendo slalom y me fui a apartar para dejarle pasar justo antes de llegar a un cruce en el que queríamos girar a la izquierda. Cuando estaba haciendo el cambio de carril, el coche que iba delante de nosotros hizo una maniobra brusca, que me obligó a frenar de manera repentina y a apartarme, también bruscamente, de mi trayectoria. Vi perfectamente que venía la moto zigzagueando y me detuve para que pudiera pasar y hacer su giro a izquierdas. El motorista, indignado por verse obligado a cambiar su trayectoria, se me paró al lado y se me quedó mirando con mucha cara de chuleta, como perdonándome la vida, a pesar de que yo con la mano le estaba indicando que pasara. Pero se quedó allí retador y haciendo aspavientos. Yo, primer error, bajé la ventanilla y le dije, ya en tono poco Gandhi, que qué le sucedía, que le estaba dejando pasar. El de la moto movía mucho las manos y le veía a través del casco cómo decía cosas. Entre que estoy más sordo que Beethoven y el ruido del coche no me enteré mucho de lo que me gritaba, pero entreoí palabras que terminaban en uta y en olla. Poniéndome benévolo, hoy puedo pensar que, estando tan próximos a un mercado, podía estar diciéndome; «Buenas tardes, caballero, acabo de comprar fruta y unas cebollas». Pero la piel verde en la que yo habitaba en aquellos momentos me impidió la benevolencia y asumí que el motero altivo estaba dudando de la decencia de mi señora madre y de mi cociente intelectual. He de decir que, con respecto al cociente, en esos momentos acertó, porque yo, sacando al chimpancé que todos llevamos dentro, le dije también algo que rimaba con cebollas e, incluso, con Borbolla. En ese momento, el otro chimpancé hizo ademán de lanzar una patada contra la puerta de mi coche y arrancó. Se puso a hacer arabescos con la moto delante de mi automóvil como animándome a que yo entrara en el juego. Por suerte no lo hice, de manera que, cuando nos paramos en el siguiente semáforo ambos estábamos ya menos simios y decidimos acabar la discusión, aunque el mandril de la moto seguía mirándome como si yo le hubiera robado la novia a los 15 años y hoy tuviera 16.
No es, pueden creerme, un sucedido del que esté orgulloso, pero lo cuento porque es una muestra de lo cerca que podemos estar en ocasiones de acabar peleándonos con alguien por una estupidez soberana. Cómo ese orangután que tenemos metido en el fondo de las meninges nos sale de vez en cuando para complicarnos la vida. Yo no me he peleado jamás con nadie. Vamos, quiero decir que nunca me he pegado con nadie, ni espero hacerlo jamás, pero el viernes pasado, viniendo tranquilamente de hacer la compra con mi mujer acabé provocando, al alimón con otro Australopiteco, una situación en la que, si alguno de los dos hubiera sido más agresivo, podríamos haber acabado como el que fue mi compañero en Antena 3 de Radio, Jesús María Amilibia, que mató, sin quererlo, a un hombre durante una discusión de tráfico tan estúpida como la mía. La diferencia fue que, probablemente, ambos dejaron ir al simio y, por si eso hubiera sido poco, Amilibia llevaba en la guantera una pistola. Y la usó.
Así que yo voy a hacer acto de contrición y me voy a imponer la exigencia de no volver a sacar nunca más en el coche al señor verde que llevo dentro. Y así, si algún día me autoentrevisto en mi propio programa (alguna de esas cosas raras he visto en mi carrera) poder decir que soy Gandhi, pero de verdad. O si no, al menos, lograr la templanza y saber encontrar las palabras oportunas como hacía un juez de Málaga del que me hablaba mucho mi padrino, mi tío José Luis. Contaba que, en los años, 50, este juez tenía que interrogar a un testigo, que era analfabeto, y, antes de comenzar el interrogatorio, le hizo las preguntas que, en el lenguaje jurídico se conocen como “Las generales de la Ley”. La fórmula no es sencilla para una persona sin estudios; ¿Tiene el testigo relación de parentesco o dependencia, interés directo o indirecto, amistad o enemistad, es pariente, criado o vecino de alguna de las partes? El testigo, ante tal catarata de palabras sólo pudo contestar: “¿Ein?”. El juez buscó fórmulas más sencillas para preguntar lo mismo, pero el testigo seguía sin entender lo que se le preguntaba exactamente. El magistrado, finalmente, tiró de Román Paladino y le dijo: “Vaya, que si a usted le interesa más que gane Manolo o Juan”. El cateto, comprendiendo, por fin, qué se le preguntaba contestó: “Por mí les pueden ir dando por el culo a los dos”. El juez, conteniendo la risa, proclamó en voz alta: “Conste en acta la manifiesta imparcialidad del testigo.”