SUS SEÑORÍ@S

Pues hasta me produjo ternura. Y no hablo de un bebé, ni de un vídeo de gatitos, ni de un powerpoint hortera con amaneceres, ni de un sollozo de Belén Esteban, con lo que empatizo con ella. Hablo de Celia Villalobos. Lo sé; pensarán que he sufrido algún trastorno en las últimas horas, pero si me dejan que les explique lo van a entender perfectamente.
Ayer acudí a un Pleno del Congreso de los Diputados. No crean que el trastorno me viene de ahí. Antes de la sesión de Control al Gobierno, el ejecutivo iba a informar sobre una cumbre europea y, a las 9 de la mañana, el Presidente del Gobierno subía al estrado. Yo estaba en la tribuna de invitados y, como el discurso era más bien mortecino, me puse a fijarme en lo que iba viendo.
Lo primero que me pregunté fue: “Pero ¿qué hacían estos hombres y mujeres cuando no había móviles?”. Como si fueran una turba de adolescentes wasaperos, todos y cada uno de los diputados y diputadas andaban ahí con sus smartphones, sus tablets o sus ordenadores dale que te pego mientras Mariano Rajoy les contaba cosas que, se supone, les debían interesar. Había algunas excepciones; lógicamente el Presidente del Gobierno no tenía el móvil a mano. El líder de la oposición remataba el discurso que iba a leer. Algún que otro diputado miraba las musarañas y solamente hubo una persona que, durante la primera hora del pleno, no parecía un quinceañero compulsivo; Celia Villalobos. La Vicepresidenta del Congreso, a la que pillaron en un pleno jugando al Candy Crush, estaba como aquellas niñas de los cuentos de posguerra. No sé si será por el nombre, pero me acordé de aquellos recargados relatos sobre su tocaya, Cuchifritín y Paquito. La Villalobos parecía una de esas mozas de las que decían: «María Pilar es una niña traviesa, pero de gran corazón». Y si a María Pilar, la pobre, la sorprendían haciendo una trastada, tras recibir el castigo pasaba varios días mostrando a todo el que la viera una conducta de modestia y recato “comme il faut”. Y así estaba mi paisana. Mientras todas sus señorías y señoríos wassapeaban, leían la prensa online o jugaban al Candy Crush, ella, que fue puesta de cara a la pared con las orejas de burro, de manera ejemplar, no tocaba ningún elemento electrónico, no fuera a pensar el personal que estaba comiendo golosinas electrónicas.
Sólo 3 veces en esa primera hora acercó la mano a su móvil; como imagino que se acerca un alcohólico a un chato de vino, se puso sus gafas de ver y comprobó que no tenía mensajes nuevos. Pero soltó el aparto, como si le quemara, en menos de 30 segundos. Y a mí ese comportamiento de niña picaruela de buen corazón, que habría dicho Elena Fortún, me pareció enternecedor. Claro, que me duró poco la ternura, porque, justo al lado de la Villalobos, estaba sentada otra señora; la vicepresidenta 3ª del Congreso, Dolors Montserrat. Se nota que es de las más jóvenes diputadas. Me fijé en ella desde el principio porque, estando sentada en la Mesa del Congreso, a sólo 3 metros del orador, estuvo dándole al móvil continuamente. Creo que lo que hacía era wasapear o mandar emails, porque daba la sensación de que escribía, pero me resultó muy sorprendente la intensidad en el ejercicio y me lo tomé como un ensayo científico; la cronometré. En esa primera hora estuvo 53 minutos con el móvil en la mano. Hubo no más de siete minutos en los que soltó su smartphone y atendió, no a Rajoy o a Sánchez, sino a unos papeles que hojeó y en los que hizo dos o tres garabatos. Una vez consumada la anotación, cogía de nuevo su móvil y a chatear, que es gerundio, como diría la Esteban.
En fin. Esto me pareció lo más tremendo, pero también me resultó impropio de personas educadas la falta de atención a los oradores. Cuando habló por primera vez Rajoy, todo el hemiciclo estaba en silencio respetuoso. Cambió después, en el turno de Pedro Sánchez en el que un murmullo muy molesto iba creciendo, por la parte derecha de los escaños. Pero ya es la repanocha cuando intervienen los restantes portavoces de cada grupo. No les hacen caso ni sus respectivas familias y, si alguno logra que no haya ruido, es porque se produce el tristísimo silencio de la incomparecencia. Vaya; se te oye, porque no te está escuchando ni Blasete. No sé; quizás debería haber una regla en el Congreso que obligara a que hubiera un mínimo de diputados, aunque sea una chorrada. Lo que sí me parece obvio es que debería haber alguna norma que impidiera que nuestros Padres de la Patria se desaforen en el uso de la tecnología. Mi hija Macarena, anoche, se quedó dormida con el móvil a 20 centímetros de su cabeza y hoy va a estar castigada sin él. Por lo que yo vi ayer, sus señorías tienen menos autocontrol que mi hija de 13 años, así que igual debería haber alguien con autoridad para imponerles un castigo.
Claro que, a lo mejor, existen esas normas y no están muy claras, y a sus señorías les pasa como a los clientes de un Parking de Sevilla en el que metí mi coche hace unas semanas. Como verán en la foto, algún cachondo se dejó encendidas tanto la luz de Libre como la de Completo, con lo cual, el que llega, lee “Combreto”, en una intersección de letras y colores que llevaría al colapso a un alemán, pero que a un andaluz, optimista y de letras, como yo, le hizo dirigirse hacia la barrera convencido de que había sitio de sobra.

ASUMIR LAS COSAS

Nos cuesta un mundo aceptar determinadas cosas. Vuelve hoy la Cabra después de una semana de vacaciones y ha habido tantos sucesos que tenían miga, que me ha costado no ponerme a escribir, aunque necesitaba un descanso. Y me ha resultado curioso observar que el denominador común de las noticias que más me han chocado es la dificultad que tenemos los humanos para asumir las derrotas, para saber ver que tenemos un problema, o para asimilar que, muchas veces, las cosas ocurren porque sí o porque hay gente que es, sencillamente, mala.
Empezando por lo más cercano en el tiempo les pongo el caso de lo que está sucediendo en dos partidos políticos después de las elecciones andaluzas. Por ejemplo en el UPyD de mi ex-admirada Rosa Díez. Yo creo que en los últimos tiempos han sido varias las noticias, las personas, los votantes y los compañeros de partido que le han dicho a la líder de UPyD que se estaba equivocando, que por ahí no, que igual debía darle una vuelta a una posible alianza con el Ciudadanos de Albert Rivera. Y ella, erre que erre, que no, que ella misma con su carisma iba a esquivar lo que anunciaban las encuestas; una leche planetaria en los comicios de Andalucía. Y lo tremendo es que, una vez confirmada la catástrofe, en vez de recular, pensar en qué se había equivocado, sentarse a hacer examen de conciencia, va la tía y da una rueda de prensa diciendo que la culpa es de los votantes que no saben votar bien, de los medios de comunicación que son duros con ellos y del empedrado, que es muy difícil andar por él con tacones.
Y gracias a su incapacidad de reconocer los errores propios, hoy UPyD es un partido en derribo en el que cada día sale una noticia de un diputado que se va o una diputada que no se va, pero pone dinamita en el maletero de la fregoneta.
Y, salvando las distancias, algo parecido está sucediendo en el PP. Están estupefactos. Y no reaccionan. Yo comprendo a Rajoy mejor que a Rosa Díez. Es obvio que Mariano y los suyos, en estos años, nos han apretado hasta la asfixia a ciudadanos y empresarios, han hecho recortes inaceptables y han gobernado pisándoles las pelotas a los más débiles. Pero igual de obvio es que recibieron un país en bancarrota que decía adiós a ZPeter ZPan con cara de espanto y hoy da la sensación de que España comienza a respirar. Ahora hace falta que respiremos los españoles, pero, aunque a la oposición le dé rabia, estos tíos han hecho muchas cosas bien. Lo chocante es que sean tan incapaces de ver que se están equivocando y sigan manteniendo el discurso de “bueno, bueno, que ya se darán cuenta los españoles de que somos guays”. Y los españoles, de momento, bastante tenemos con llegar a fin de mes y con no tener la sensación de que los políticos nos toman por bobos. Porque escuchar cosas como el discurso de Rajoy en la Junta Directiva nacional de anteayer, es para pensar que Mariano cree que somos memos. Según él, en el PP, no hay disensiones, no hay opiniones encontradas y a todo el mundo le ha parecido perfecto y súperchuli cómo se han hecho las cosas últimamente, aunque, según termine la reunión, salgan cuatro o cinco, o veinte de los suyos con cara de haberse tragado un pepino muy amargo y sin cortarlo en rodajas.
Pero no sólo quería hablar de política. Sigo aún impactado por la historia terrible del co-piloto Andreas Lubitz, que estrelló un avión en los Alpes para suicidarse matando a otras 149 personas. Me sigo preguntando por qué nos cuesta tanto aceptar que hay gente que es, sencillamente, muy mala. La historia clínica de Lubitz ha echado un manto de sospecha sobre los millones de personas que sufren depresiones en todo el mundo. Es de cajón que debían haberle controlado mejor en su empresa y que una persona de baja médica psicológica no debía haber montado en ese avión. Pero este Lubitz no estrella el avión porque estuviera deprimido. Estrella el avión porque era un grandísimo hijo de puta. Un hombre malo. Siempre nos pasa que, ante la maldad, tendemos a buscar explicaciones que nos hagan entender por qué hay gente que abusa de niños, que mata a su mujer o que estando en el poder masacra a los que no opinan como él. Probablemente haya miles de libros que argumenten el origen de esas averías mentales, pero, en muchos de estos casos hay detrás algo tan simple como la maldad absoluta. Que es muy incomprensible para nosotros, a pesar de que sea tan humana y tan difícil de encontrar como la bondad absoluta. Pero igual que hay buenos absolutos, hay también malos integrales y este copiloto alemán era uno de ellos.
No querría terminar esta Cabra del reencuentro de manera triste, así que les voy a regalar un buen ejemplo de una persona a la que también le costó asumir sus errores. Hace unas semanas, en un viaje, paramos a tomar un bocadillo en la provincia de Cuenca. Junto a la gasolinera en la que repostamos nos encontramos con una pequeña capilla. Yo me detuve un instante a contemplarla, aunque era tirando a fea, pero me resultó muy pintoresca. Y hallé algo maravilloso. Coronando la capilla había una inscripción que recordaba que el templito se había erigido en honor del patrón de los caminantes. Cuando me dio por leer el texto esculpido en la piedra, me fijé en que la N de San Cristóbal estaba invertida. Y que, al hacer la C, se les había colado una G, y rellenaron el rabito con yeso, para dejarla en C. No quiero pensar el pastón que le debió costar al paisano el monumento, pero sí quiero imaginar esos días de rabia, de no querer asumir que la habían cagado y que ya puestos, pues que ellos iban a hacer como los políticos españoles; “oye; mira palante, haz como si tal y ya verás cómo casi nadie se da cuenta”.

TEMPLO SAN CRISTOBAL GENERAL

TEMPLO SAN CRISTOBAL CORTO

PENA DE MI CORASOOOOÓN

Bueno, más que pena, es una mezcla de vergüenza, rabia, tristeza, cansancio y desesperanza. Mis más allegados se preguntarán qué puede hacer que un optimista radical como yo se halle así, pero a mí lo de las elecciones andaluzas del domingo me dejó desolado. No voy a decir, como han hecho algunos, que mis paisanos son unos incultos, unos analfabetos o que se han equivocado. Pero algo debe pasar para que, a pesar de todo lo que ha sucedido en los últimos años, el PSOE vuelva a ganar las elecciones con el mismo número de diputados que en 2012.
Yo creo que lo que ha sucedido muestra síntomas de una sociedad enferma. Creo que no es sano que parezca que a los andaluces nos da igual 8 que 80. Hay al menos indicios de que la enfermedad no es tan grave. Ha habido partidos que han recibido un castigo acorde con el mal que han provocado. El PP nos está sacando de la crisis y ha hecho muchas cosas bien, pero se lo ha puesto a huevo a sus rivales con una política bestial de recortes e impuestos que ha empobrecido de manera acusada a la clase media y media-baja del país. Por si eso fuera poco, lo de Bárcenas, la Gurtel, la financiación ilegal, las obras pagadas en negro, dan munición a los rivales que, en plena campaña electoral, quieren disparar contra el partido en la Moncloa. Y por eso perdieron 17 diputados el domingo.
En estos comicios, IU sufrió una hecatombe similar. El haber gobernado junto al PSOE ha demolido al partido pequeño que, además, sigue sin saber cómo hacer frente al Tsunami de Podemos. El maremoto de Pablo Iglesias ha arrasado a los comunistas, aunque la tropa podemista esté mohína porque creían que iban a ser clave para el gobierno y, al final, pues no tanto.
Otros que pueden ir haciendo las maletas tras lo de Andalucía son los de UPyD. El brutal ascenso de Ciudadanos, con 9 escaños, pone al partido de Rivera en condiciones de ser bisagra y al de Rosa Díez en condiciones de ser el dedo pegado en la bisagra con superglue justo un segundo antes de que se cierre la puerta y sea aplastado con gran dolor. O sea, pal arrastre.
De manera que no se puede decir que sea el andaluz un pueblo adormecido, que no piense, así en general. Porque ha habido reacción del electorado ante determinadas cosas. Lo que a mí me resulta chocante es que ese castigo o premio del electorado se aplique a todos los partidos excepto al que lleva gobernando en Andalucía desde hace treinta y tantos años. Coño, es que el otro día me decía un amigo que si en Euskadi se elige Lehendakari y en Cataluña al Molt Honorable, en Andalucía parece que elegimos al Caudillo. Y, hombre, no tiene nada que ver, porque el Caudillo llegó al poder tras un golpe de estado y una guerra, pero esa eternización en el gobierno suele ser sospechosa. O a mí, al menos, me lo parece.
Porque yendo por partes; da la sensación de que a muchos andaluces les ha calado más el mensaje de Susana Díaz de que el PP les ha robado con los recortes, que la infinidad de noticias, mandamientos judiciales e imputaciones que dan por hecho que desde el gobierno de la Junta el PSOE ha robado al pueblo con los ERES, los cursos de formación y otras mandangas. Y ahí es donde yo me pregunto: ¿Es que a la gente que ha votado al PSOE no les indigna que haya sucedido esto? Porque da la sensación, tras ver los resultados, de que a muchos andaluces, no les importa que la pasta se la lleven a casa de manera ilegal algunos, siempre y cuando esos algunos sean “de los nuestros”. Y lo que ya es de campeonato es la lamentable grabación de esa delegada de empleo de la Junta en Jaén. Esa tal Irene Sabalete que, como en las pelis de la mafia calabresa, conmina a su equipo a dejar de trabajar en lo suyo y ponerse a hacer campaña por el PSOE porque, si gana el PP se acabó el chollo.
Mi pregunta es ¿Cuántas Irenes Sabalete hay hoy en Andalucía? ¿Cuántos alcaldes de pueblos pequeños acojonan a sus vecinos diciéndoles que si no gana el PSOE se acabó el escándalo ese de las peonás? Que esa es otra. Está tan clara la utilidad electoral de las peonadas, que hasta los partidos de la oposición se cagan antes de anunciar en una campaña que le van a meter mano a una de las cosas que, desde mi punto de vista, tienen hundida a mi tierra. Porque esos miles de jóvenes que parece que tienen suficiente con esos 400 euros al mes más sus chapucillas, probablemente estarían más activos si alguien tuviera la buena idea de hacer que ese dinero les ayudara a emprender. Yo es que no me creo las cifras. Si el paro en mi tierra diera la imagen real de los ingresos de los andaluces, habría diariamente quema de contenedores y acosos a políticos en sus casas. Pero no. Allí estamos felices con nuestras ayuditas y nuestras chapucillas en negro y, si los nuestros roban un poco, pues bueeeno. Tampoco pasa ná; que los de la derechona y los señoritos estuvieron robando muchos siglos. Y así nos va. Y me imagino que esta Cabra me va a provocar algún dolor de cabeza y que se defequen en mis muelas unos cuantos de mis paisanos, también me lloverá algún aplauso desde la derecha, pero igual si comenzamos ya a llamar a las cosas por su nombre pueda empezar a cambiar algo por el Sur. Y así que deje de correrme la pena por las venas, “con la fuersa dun siclóoooon”.

ELOGIO DE LA ALEGRÍA

Pues fíjate tú que, a pesar del nombre, igual resulta que Ronaldo no es un buen Cristiano. Imagino que habrán visto que el jugador portugués luce en los últimos partidos una cara que oscila entre la angustia, la frustración, el enfado, la ansiedad y la ira. Lo que viene siendo cara de mala leche. Y hombre, se supone que, aunque lo haya dejado con Irina Shayk, debería ser uno de los hombres más felices sobre la faz de la tierra. Triunfa en lo suyo, juega en el Real Madrid y gana más pasta que la que ganan en un año, todos juntos, los vecinos de manzanas enteras de edificios en cualquier ciudad del planeta. Pero él está cabreado. O triste. Es raro que encadene dos partidos sin hacer un mohín a un compañero, sin quejarse por esto o por aquello, o sin explotar de rabia si él no marca y sus colegas sí lo hacen. Y, aunque en los últimos tiempos es especialmente notable, no es algo nuevo en el 7 del Madrid. Sus compañeros le disculpan y dicen que es el gen competitivo y tal y tal… ¡Qué van a decir! Pero yo creo, sencillamente, que es un muchacho malcriado. Y no me refiero sólo a su semblante de mal café, sino también a su tendencia a celebrar los goles con cara de haber conseguido soltar (por fin) un truño que se le había atascado en el conducto evacuatorio cular. O a aquel gesto altivo quitándose el polvo del escudo de campeón del Mundialito, cuando le expulsaron en Córdoba por patear a un defensa que le estaba volviendo loco.
Sé que esto me puede generar enemistades, sobre todo en ese grupúsculo de gente averiada que circula por Twitter. Son esos que, cuando dices algo que no les gusta, te sueltan burradas, insultan a tu madre, a tu mujer, a tus hijos y te desean la muerte, supongo que con la esperanza de que, la próxima vez, se te quiten las ganas de seguir diciendo cosas. Pero vamos; no vean ustedes cómo me la refanfinflan. Estos maleducados de Twitter depondrán en toda mi familia, pero a mí me parece que Cristiano Ronaldo debería hacer honor a su nombre de pila y escuchar al líder de la Iglesia Católica. Igual así me caía algo mejor.
Digo esto porque, ahora que se cumplen dos años del papado de Francisco, tengo muy presentes varias de las cosas que dijo el Pontífice en sus primeras homilías. Me gustó desde el principio un hombre que vino a quitarle aspereza a la Iglesia, a hacerla cercana. Dijo Francisco un día de aquellos algo que se me quedó marcado: “El cristiano es un hombre de alegría”. Y no crean que fue una frase que a mí me cayó en el saco roto de las cosas que escuchas y se van como si fueran arenas en un tobogán. Por eso me acordé del Papa este lunes.
Jugué un torneo de golf que organiza cada año la Fundación Síndrome de West para obtener fondos e investigar esta enfermedad rara. Era una competición entre toreros y periodistas (que ganamos los de la canalla, por cierto) y en la ceremonia de entrega, se anunció que el Premio a la Trayectoria Golfística de 2015 se le daba a un jugador histórico que ha hecho mucho por el golf en España. Se llama Manolo Piñero y le recordarán porque fue de aquellos pioneros que, junto con Seve y los Garrido, Cañizares, Barrios, Sota y demás valientes pusieron al golf español en el mapa surgiendo desde la nada.
Manolo nos emocionó a todos hablando de sus comienzos. De cómo su familia, muy humilde, llegó a Madrid a mediados de los años 60. Cómo él arrancó de caddy con 11 años llevando las bolsas de los señoritos que eran los únicos que, en aquella época, podían jugar al golf. Cómo se hizo profesional a los 16 para intentar ayudar en su casa. Y cómo sus padres reunieron, con un esfuerzo sobrehumano, 24.000 pesetas (lo que vendrían a ser hoy unos 6.000 euros) para que Manuel pudiera ir a jugar 5 torneos y probara si era capaz de sobrevivir en esa selva del deporte profesional.
Manolo nos habló también del resto de su carrera, de las tremendas alegrías, de alguna pena, de lo agradecido que está al golf y a sus compañeros y de lo que ha disfrutado de la vida que ha tenido y sigue teniendo gracias a este deporte. Pero nos reveló que en ningún torneo tuvo nunca mayor presión que en aquel arranque de su andadura. Decía Manolo que muchas veces le habían preguntado por la tensión, por los nervios de saber que un putt vale un torneo, o que en un buen golpe te juegas muchísimo dinero. Y nos confesó que para él, eso no era presión. “Presión es que tus padres humildes consigan reunir 24.000 pesetas para que juegues al golf y tú sepas que tienes 5 torneos para devolverles ese dinero.” “Y el mayor orgullo, volver tiempo después y poder darle a tus padres las 24.000 pesetas y 5.000 más que había conseguido”.
Manolo luego ganó torneos importantísimos; campeonatos del mundo, Ryders, premios individuales, pero a pesar del dinero y de la gloria se mantuvo siempre en ese filo de la navaja. Ese difícil equilibrio que te permite recordar de dónde vienes e ir por la vida con una sonrisa satisfecha, compartiendo con los demás un sentimiento bastante cercano a la alegría.

LO DEL HIMNO

Menuda se ha liado. Y menuda se va a liar. La propuesta de Esperanza Aguirre de suspender la final de la Copa del Rey de fútbol si se silba al himno y/o al Rey ha removido la tierra. Van a jugar el Athletic de Bilbao y el Barça y no hay que ser adivino para prever una pitada tremenda.
Y es curioso, porque yo, así a botepronto, no tengo una opinión muy clara sobre el asunto. A esa falta de una visión contundente ayuda el hecho de que se opongan a esta medida muchos seres que me parecen especialmente abyectos y el que la apoyen personas con las que, indudablemente, no iría a ninguna guerra. Porque uno lo piensa tranquilamente y dice: “coño, pues que silben”. A mí, en uno de esos alardes de moderación que nos dan de vez en cuando a los que no estamos en un bando muy concreto, me puede parecer que silbar al himno o al Rey puede ser una manera de expresar la libertad de opinión de cada uno. Pero, cuando me suceden estas cosas, siempre, intento mirarlas desde el otro lado.
Pongamos por caso que estamos en un acto oficial de Cataluña o de Euskadi y que, mientras suena Els Segadors o el Gora Ta Gora, miles de personas se ponen a gritar y a proferir insultos. Yo imagino que los otros miles que sientan ese himno como suyo pueden tomar como una agresión el hecho de que alguien desprecie la música que les representa o la bandera bajo la que se sienten unidos a otros. Por eso a mí jamás se me ocurrirá pitar el himno de nadie. Cuando he ido con mis hijos a partidos internacionales y había trangresores abucheando al himno nacional del equipo contrario les he prohibido taxativamente que sigan como borregos a los irrespetuosos. Es como cuando vamos al Bernabéu y escuchamos a la gente gritando “¡Puta Barça eoéeee!” o “En el Calderón hay mucho maricón”. Yo le dejo a mi hijo que cante y anime pero nunca le permito que grite insultando a otros. Porque de estos polvos vienen otros lodos. Y estamos de fango hasta las axilas.
En el caso del himno español y de nuestro Rey, se trata de respeto a los símbolos que son importantes para mucha gente. Alguna vez, cuando lo he hablado con amigos nacionalistas, me dicen que esa bandera y ese himno (los de España) fueron utilizados por Franco y la Dictadura para machacar a los que no opinaban como ellos. Joder. Que han pasado cuarenta años desde que murió el Dictador y seguimos con que la abuela fuma. Claro que sí. Pero también en torno a esa bandera y a ese himno han pasado en nuestro país en los últimos años cosas mucho mejores. También los alemanes usaron su “Deutschland Über Alles” para, literalmente, pasar por encima de casi toda Europa. Y hoy, cuando oigo ese himno al que se le ha cambiado la letra, no pienso en Adolf Hitler, ni siquiera en la Merkel, Dios me libre, sino en los millones de alemanes que sienten ese himno como suyo y que viven hoy en una democracia moderna.
Esto, España, es una democracia moderna. Por mucho que los pesados de Podemos digan que nuestra Constitución está caduca y que es una herencia del Franquismo, es mentira. Las mentiras no se convierten en verdad por repetirlas mucho y con cara de haber visto a una Virgen o a Josif Stalin encima de un olivo. No, majos; nuestra Constitución la aprobaron de manera abrumadoramente mayoritaria los españoles, no los suecos, y ese texto nos metió, tras años de discordia, en un país de concordia en el que yo creo que hemos convivido bastante bien durante los últimos 37 años.
Por eso, mientras escribo, me está empezando a parecer bien lo de cancelar la final si se pita. Sé que muchos dirán (yo mismo me lo decía hace un rato) que esta medida generaría más sentimiento en contra, pero no creo. También se decía hace años que metiendo en la cárcel a los batasunos y a los que recolectaban dinero para ETA iban a surgir cien mil mártires del pueblo vasco. Y no pasó. Sencillamente, se acabó ETA cuando dejaron de estar forrados para pagar bombas y magníficos sueldos a sus hideputas asesinos. Coño. Hagamos la prueba. Suspendamos si pitan. Y puede que surja algún mártir por la causa, pero probablemente habrá otros miles que comprendan que esto es una cuestión de respeto. Recuerdo en la final de la Copa del Rey de hace 4 años en Valencia. Jugaban el Madrid y el Barça. Estábamos mi hijo y yo en la zona VIP justo al lado del Palco presidencial. Cuando comenzó a sonar el himno español, un señor con buena pinta que estaba, como yo, invitado de manera protocolaria, empezó a decir “¡Puta España! ¡Puta España!” Mi hijo Carlillos, que ya tenía un baile hormonal preadolescente bastante notable, se lo quería comer. Yo tranquilicé a mi hijo y le comenté que había gente maleducada y que nosotros, sencillamente, teníamos que ser mejores que ellos. Y le dije lo mismo cuando, unos minutos después, la mitad del estadio que era del Madrid abrió un cántico que me llenó de vergüenza: “¡¡Es una putaaa, Shakira es una putaaaa!!” cantaban a la que, entonces, era la novia de Gerard Piqué. También en aquel momento tuve que recordarle a mi hijo que nadie puede ser tan maleducado como para insultar a una muchacha por ser la novia del central del equipo contrario. Por eso; respeto. Algo muy tonto y muy sencillo aunque parece que nos cuesta un mundo entenderlo.

LOS PESADITOS

Probablemente sean los años. He pasado ya la barrera del cinco y esto de convertirme en cincuentón me ha hecho mirar las cosas de manera diferente. Aunque, pensándolo bien, esto es algo que me lleva pasando desde hace tiempo; yo creo que desde que atravesé el Rubicón de los 40. Vaya; tampoco es que sea un viejo gruñón (creo), pero noto que cada vez hay más gente que me parece tonta del culo y otros que, siendo personas inteligentes, me tocan las narices con lo que dicen o hacen o con lo que no hacen o no dicen.
Y me pasa con muchos políticos, con no pocos personajes públicos, con numerosos periodistas y con seres humanos normales con los que uno se va cruzando en la vida. Por ejemplo en la política, cada vez me estomagan más las poses chorras y en estos meses que tenemos por delante vamos a oír un número de tontadas para las que no sé si estoy preparado. Esas que hacen que, por ejemplo, para uno de izquierdas cualquiera que esté en la clase obrera es un tío estupendo y, si está en el paro, no te digo. Y cualquiera que sea un empresario es un tío gordo hideputa que se fuma un puro mientras exprime a sus trabajadores. Es el mismo tic bobo que hace que entre la gente de derechas abunden los que piensan que todos los funcionarios son unos vagos que deberían desaparecer, que los parados son unos subsidiados diletantes y que el reparto equitativo de la riqueza no es justicia, sino algo parecido a la caridad.
La derecha, aunque haga políticas de contenido social, acaba practicando la dejación de los más necesitados partiendo de la base de que los derechos sociales no son tales, sino concesiones graciosas que los que más tienen hacen a los pobrecillos a los que Dios ha desamparado. Lo malo es que esas dejaciones no son exclusivas de la derecha. También la izquierda y, cuanto más zurda de manera más acusada, provoca en muchas personas la dejación de las responsabilidades individuales. Para mí el trabajo más que un derecho, que lo debe ser, es también una obligación. Y creo que las políticas excesivamente contemplativas y con poco control de la protección al desempleado conducen al acomodamiento y a la molicie. Creo que al trabajador menos dispuesto a esforzarse las subvenciones le llevan a pensar que su derecho a estar protegido es superior a su obligación social de trabajar si puede. Sé que esto no es políticamente correcto decirlo, pero yo he oído tantas veces, “joder es que para ganar 200 euros más de lo que me dan en el paro, me quedo en mi casa”, que no puede ser que sea casual. Creo que esa actitud es la que más daño hace a los cientos de miles que están en la cola del paro y que, ciertamente, aunque se muevan, aunque quieran, aunque busquen, no encuentran un trabajo ni a la de tres. Porque esa mirada despectiva hacia las oficinas de desempleados que tienen muchos en la derecha proviene de una falta de control sobre el abuso que algunos hacen de esta ayuda para los que están pasando un momento jodido en sus vidas.
Pero me he liado con la política y yo no sólo quería hablar de esos pesaditos. También me provocan sarpullidos los plastas del deporte. Por ejemplo los mourinhistas que hoy, pobres, están de luto. La noche del martes un equipo ramplón llamado Schalke 04 provocó un canguelo bestial en el madridismo porque ganaron 3-4 y estuvieron a punto de eliminarnos. Íker estuvo como la Chata y ahí estaban ya los anti-Íker (que son casi todos pro-Mou) proclamando su “ya lo decía yo”. Sólo faltaba que anoche el Chelsea se metiera en cuartos para terminar de pasar el cuchillo afilado por la garganta del mejor portero de la Historia y del entrenador que le dio la Décima al Madrid. Pero, ¡ay tú! que va Mourinho y palma en casa jugando contra 10 y hoy, qué alegría, esos pesaditos están mucho más callados que anteanoche. Qué gusto.
Otros que me ponen cada vez más de los nervios son los que tutean a todo el mundo. No sé qué pasa en España para que, siendo como somos un pueblo muy cordial, seamos, probablemente, el pueblo más descortés del planeta. Es que vas a una tienda y te tutean, viene un fontanero a casa y te tutea y llegas a un restaurante y te sueltan: ¿Cuántos sois? Yo tampoco es que sea un tipo muy reverencioso, pero me encanta escuchar, cada vez que voy al extranjero, palabras como “Señor”, “Sir” o “Monsieur”. Aquí o estás en un restaurante de rejón de 100 euros el cubierto o en un hotel de los buenos, o no sabes si el que se dirige a ti te está sirviendo o a punto de hacerte aquella pregunta tan típica de las callejuelas de los bares del centro hace años: ¿Quiés costooo?
Ahora, los que ganan para mí el campeonato mundial de pesaditos son esos que jamás tienen responsabilidad en nada de lo que ocurre a su alrededor. Son los que preguntan como Steve Urkel “¿He sido yoooo?” después de haber provocado un cataclismo de 8 en la escala de Richter. Son esos que no saben perder y que, cuando les vienen mal dadas, se ponen tensos y se les bloquea el cerebro. Aunque debo reconocer que algunos de ellos tienen gracia y a mí me caen bien. Lo digo porque el pasado fin de semana estábamos jugando al Tabú varios de mis hermanos, con nuestra madre y algunos de nuestros hijos. A eso de las 2 de la mañana, muertos de la risa con algunos momentos inverosímiles, mi hermano Pablo batió el récord del mundo de querer escaquearse. Tenía que definir la palabra morreo. Y dijo “es cuando te dan un pico en los morros”. Los que estaban controlando le advirtieron que “morro” era una de las palabras tabú y él, cargadísimo de razón, dijo: “¿Pero qué tendrá que ver morro con morreo?” Y todavía hoy nos estamos riendo.

MOMENTOS DETERMINANTES

Hay momentos de la vida de uno que son cruciales. Y uno los mira con perspectiva y es capaz de saber que, si las cosas se hubieran hecho de manera diferente, habría podido tener una vida peor.
Recuerdo algo que nos sucedió a mis hermanos y a mí cuando yo tenía once años. Era el mayor del trío que formaba con mis hermanos Pablo y José. Tampoco es que fuéramos un grupo terrorista, pero teníamos bastante tendencia a hacer travesuras que solían tener en un “Ay” a nuestros padres y a un grupo relativamente numeroso de vecinos, amigos y familiares.
Era el verano de 1975 y se celebraban las fiestas de El Palo, que es el barrio malagueño en el que nos criamos. Por la Virgen del Carmen se colocaban carricoches, casetas y puestos de feria y, en una explanada cerca de la playa, una placita de toros portátil. Mis hermanos y yo andábamos por la mañana trasteando por el ferial cuando, por una rendija de las paredes metálicas de la placita, vimos que el bar interior estaba lleno de coca-colas y mirindas. Aunque no teníamos ni sed, ni necesidad alguna de beber, empezamos, cuales jabalíes, a excavar por debajo del lugar en el que apoyaba una de las paredes de la plaza e hicimos un agujero lo suficientemente profundo como para entrar. Nos metimos y anduvimos por la plaza, entramos al ruedo, toreamos de salón y, antes de irnos a casa, ya con algo de sed, decidimos pasar por el bar y llevarnos seis o siete botellas de refrescos.
Al llegar a casa podrán imaginar cómo íbamos de polvo después de habernos arrastrado por el suelo para entrar a la plaza y, cuando nos vio mi padre, nos echó una bronca tremenda mientras nos preguntaba cómo nos habíamos puesto así. Empezamos a contestar con las típicas inconcreciones del niño con mala conciencia; nuestro padre nos caló enseguida y tardó exactamente 3 minutos en hacernos confesar. Menudo pollo. Tuvimos que devolver las coca-colas que habíamos escondido en la nevera, nos quitó la paga por un mes para pagar los tres refrescos que nos habíamos tomado y, sin decirnos nada, habló con una amiga de la familia que trabajaba en centros correccionales para infantes que hacían algo más que travesuras.
Cuando llegamos a la playa, esta amiga de mis padres se nos acercó y empezó a interrogarnos. Nos dijo que lo que habíamos hecho se pagaba caro, que podíamos acabar en un Reformatorio y que ella iba a intentar convencer al juez para que nos dejara en libertad por ser la primera vez que delinquíamos. Podrán hacerse una idea del día que pasamos. Yo, que era el mayor, me hacía el valiente y les decía a mis hermanos que no se agobiasen, pero tenía más miedo del que había padecido en toda mi vida. Por supuesto todo aquello era mentira, el dueño del bar había agradecido mucho a mi padre la devolución del dinero y de los refrescos y esta amiga de la familia simplemente hizo su papel de poli malo. Pero fue de una eficacia milagrosa. Yo nunca he vuelto a hablar de esto con mis hermanos, pero creo que, en el hecho de que hoy seamos honrados ciudadanos influyó de manera determinante aquella mañana de verano en la que la Virgen del Carmen y esta amiga de mis padres (que también se llamaba Carmen) nos apartaron del mal camino.
Cuento esto porque no sé si a ustedes o a sus hijos les habrá pasado, pero a mi hija la mayor el otro día le impusieron una multa de ¡¡¡360 euros!!! porque la sorprendieron bebiendo una copa junto al coche de una amiga. No estaban de botellón; sencillamente, habían salido de un sitio y se iban a otro y, por beber en la calle, le impusieron semejante sanción. Dejando a un lado que me parece una desmesura, estoy seguro de que la multa, que mi hija nos va a pagar en incómodos plazos, va a hacer que nuestra primogénita no se vuelva a acercar una copa a la boca al aire libre ni en una boda que se celebre en la terraza de un restaurante. Y, si lo hace, yo, como padre, le diría a la Policía como el de la canción: “Que la deteeengaann…”
No digo que no haya que sancionar estos comportamientos, pero deberían las autoridades ser un poquito más congruentes porque luego ves otras multas y te da la risa. Imagino que habrán leído sobre la multa que se le ha impuesto a un club de fútbol del pueblo gaditano de Jimena. Al parecer, los aficionados de la Unión Deportiva Tesorillo volcaron su ira contra una juez de línea profiriendo insultos tan delicados como “¡¡¡putaaa!!!” y diciéndole lindezas cargadas de inteligencia del estilo de “¡¡¡Ojalá Franco levantara la cabezaaaa y os mandara a vuestro sitioooo, que es la cociiiinaaaa!!!” Pues les han caído 50 eurillos, con lo cual supongo que, la próxima vez que vaya allí una liniera (si hay miembras, hay linieras), de zorra para arriba, le van a decir de todo, porque a los aficionados de este club no se les ha provocado escocimiento con el rigor de la sanción.
Claro que estos momentos críticos no solo pertenecen a la vida de uno, sino en ocasiones a la vida de todos. Yo creo que nuestra sociedad está en uno de esos cruces que te encuentras en el camino en los que nadie te dice hacia dónde lleva cada vereda. Ni los peligros que te vas a encontrar en el trayecto. Pero hay que tomar decisiones. Y hablo de la enorme cantidad de comicios que tenemos por delante en los próximos meses. Y más en concreto, de los que se deben celebrar en noviembre; las generales. Aunque decía San Ignacio de Loyola que en tiempos de tribulación no se debe hacer mudanza, yo creo que la tribulación en la que ha vivido en los últimos años la sociedad española, exige una mudanza. Ahora nos toca a los españoles decidir quién queremos que nos lleve los muebles. Yo, desde luego, tengo muy claro quiénes no quiero que me lleven los muebles a partir de noviembre y uno de ellos luce coleta.
Quiero dedicarle esta Cabra a Carmen Barrionuevo, una mujer encantadora que nos apartó a mis hermanos y a mí del mal camino.

NINGÚN ARREGLITO

YO IMPACTO TV

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Lo juro. Lo más cercano a un tratamiento de belleza que me he hecho en mi vida es cortarme las uñas. Qué manía con ese apostolado de la cirugía estética y esos arreglillos para mejorarse el careto. A mí me parece muy bien que cada uno haga con su cara, sus tetas, su abdomen o sus nalgas lo que le venga en gana, pero a mí que me dejen en paz. El otro día estuve con un grupo de amigos y 4 de los 5 que estábamos en la mesa se habían hecho algún arreglo en la cara recientemente. Uno de ellos era un hombre.

Y me hablaban de hilos de oro, y de otros que no son de oro y se reabsorben, y de toxina botulínica y de cremas de diversos sémenes de variados mamíferos que deben dejarte las mejillas como a la cerdita Peggy. E insisto, me parece fenomenal y en 3 de los casos jamás habría dicho que se habían hecho nada, o sea, que mi enhorabuena al cirujano. Pero yo ni me he hecho nada ni se me espera.

Cuento esto porque recientemente acudí a una fiesta de antiguos compañeros de A3 para celebrar que hacía 25 años que nos embarcamos en aquella locura de abrir una televisión. No era nada oficial, sino un reencuentro de viejos amigos con los que compartí días estupendos y algún que otro día gris. Y me encantó verles a todos, con sus arrugas, sus calvas, sus kilos de más o de menos… Todos 25 años más viejos, pero reconocibles.

Por lo menos 20 personas de las 200 y pico que acudieron, me hicieron a lo largo de la noche la pregunta: “¿Y tú qué te has hecho?” La primera vez que oí la cuestión, pensé que me preguntaban sutilmente por alguna autoagresión que me había dejado en un estado lamentable. Pero no. La pregunta iba por la deriva de la estética quirúrgica y, cuando contesté que qué coño me iba a haber hecho, la respuesta fue: “¡¡¡Sí vamos!!! ¡¡Si no tienes ni una arruga!!”

Hombre. Vamos a ver; no estoy como doña Rogelia, pero sí que tengo arrugas, y alguna cana. Y como 15 kilos más de los que tenía cuando arrancó Antena 3. Vaya, que no me quejo de cómo estoy, pero, si miran las fotos que aquí acompaño comprobarán que desde el 98, que es el año de la foto de la izquierda, hasta el 2015, que es la foto de la derecha, sí que he cambiado algo. Y ahí estoy, con mi aroma de Patrics; que se me noten los años.

Que prefiero eso a lucir la cara de máximo estupor que se les pone a algunos que se han pasado con el estiramiento facial y da la sensación de que van continuamente por la calle sorprendiéndose de que alguien les ha introducido un dedo por el recto. O eso, o el rostro estupefacto lo tienen porque estuvieron viendo íntegramente el Debate del Estado de la Nación, que es algo que te deja cara de entre sorpresa, cansancio y ganas de darle a alguien dos leches.

Disculpen el cambio de tercio, pero qué penoso me ha parecido lo del Debate de este año. Sobre todo el primer día, daban pena y rabia el gobierno y la oposición. Hay que reconocer que Rajoy recibió un país cerca de la quiebra y hoy parece que ese riesgo está lejos. Y este gobierno ha hecho muchas cosas bien. Pero no es posible que pretendan que la gente olvide qué recortes se han hecho y por lo que hemos pasado trabajadores y empresarios, parados y jubilados y la ciudadanía en general en los últimos seis años.

En España, en estos seis años, han gobernado los dos partidos políticos que se han convertido en el motivo de cabreo para casi todo el país. Por eso no se entiende que Pedro Sánchez se líe a darle palos a Rajoy como si su partido no tuviera nada que ver en la ruina que nos ha caído encima a los españoles. Y, mientras en la calle se cuece un caldo con un poco de Ciudadanos y otro poco de Podemos, ahí estaban ellos a su bola.

Unos (PP y PSOE) soltándose de todo menos bonito, otros (IU y UPyD) intentando sostenerse ante el empuje de los nuevos y otros (porque seguro que Villalobos no era la única) jugando al Candy Crush. Joder; disimulad un poquito. Hay miles de personas que juegan con el ordenador en sus trabajos. Pero vosotros sois los representantes de un pueblo quemado por la crisis, harto de políticos que están en Baqueira cuando se han llevado, que se sepa, 43 millones de euros a Suiza y podíais, por lo menos, hacer el paripé y que nos dé la sensación de que los que hablan de vosotros como la casta lejana no tienen razón.

Seguís sin enteraros de qué va la vaina. Del hastío profundo que le provocáis a la mayoría del pueblo. Visto con algo de distancia, la sensación que transmitían Rajoy y Sánchez en el Debate era la misma que provocan los cerdos cuando están en el matadero, en la cola para que los apiolen. Los gruñidos estridentes de los que van entrando y el instinto de supervivencia van provocando el estremecimiento de los que llegan. Los pobres puercos se agitan, se ponen nerviosos y si dejas a dos solos, se acaban peleando.

Con todos mis respetos, Rajoy y Sánchez eran dos marranos esperando y oyendo los berridos que suenan en la calle. Porque hay dos matarifes que responden al nombre de Pablo Iglesias y Albert Rivera que manejan el cuchillo cosa mala y que han sabido apropiarse de ese cabreo para crecer.

Y ya saben que a mí uno de ellos, el de Ciudadanos, me genera cierta ilusión, pero el otro, el de Podemos, me hace pensar que, como lleguen al gobierno estará complicado que se cumpla el sueño infantil de mi hija la mayor. Cuando Paula tenía seis años un día le preguntó un amigo que había venido a cenar a casa: “¿Y tú qué quieres ser de mayor?” Ella, en una declaración de intenciones plena de visión de futuro, dijo: “¿Yo? Jubilada”.

LA ANORMALIDAD

Ni una bandera de España en un paseo de una hora por Barcelona. Vaya; no hablo de edificios públicos, en los que no me fijé. Me refiero a los balcones de las casas de decenas de miles de particulares. Estuve el domingo en Barcelona y en esas terrazas, ventanas y balconcillos vi infinidad de esteladas, senyeras algunas ikurriñas y alguna que otra enseña suelta de Andalucía, Extremadura o Asturias. Pero ni una bandera española.
Les aseguro que no soy un nacionalista español expansivo. Es más, reclamo el derecho de cada uno a sentir como le parezca. Y me gustaría que fuéramos como Suiza; un país con algún punto oscuro, pero con muchas virtudes. Una de las cosas más admirables de los helvéticos es el reverencial respeto que tienen por la diferencia y por la Unión. Son muy cantonales, pero tienen un enorme sentimiento nacional. Uno de Ginebra mataría por su cantón, pero que no le toquen la bandera de la Cruz Blanca sobre fondo rojo. Y pasas del cantón de Vaud al de Berna y, en el último bar de Vaud, te hablan en francés y, en la primera panadería de Berna, unos cientos de metros más allá, te atienden en alemán. Y, como no hablas ni papa, en inglés. Y nadie se molesta. Y todo el mundo lleva las banderas del cantón y de la confederación por donde van. Por eso me resultó muy sorprendente y muy triste que, en ese festival barcelonés de banderas, no hubiera nadie que tuviera ganas de mostrar en su balcón la bandera de España que, se supone, es la bandera que nos une a todos los que vivimos en este país, estado o nación que, como dijo ZP es un concepto discutido y discutible. A esa dificultad para llamar a las cosas por su nombre se refirió ya en enero de 1978 el gran Julián Marías. El filósofo escribió un artículo en El País sobre la Constitución que se estaba redactando y mostraba su preocupación porque, en los primeros borradores, desaparecía la palabra nación al referirse a España. Finalmente en el Texto se dice que España es una nación, pero Marías mostraba temor ante esa confusión entre nación y regiones y criticaba el hecho de que se introdujera el término “nacionalidades” para hablar de algunas autonomías. El pensador temía que esas confusiones acabaran siendo malas para España y escribía de un modo premonitorio: “ Me gustaría computar –en caliente, directamente- lo que de ello piensan los españoles, si se dan cuenta de lo que se intenta hacer con su país, es decir, con ellos y con sus descendientes.” Pues ya estamos en ello y ya estamos aquí los descendientes con un lío en el que las medias tintas de unos (ZP), los retos soberanistas de otros (empezando por Maragall y terminando con Mas) y la inacción de los de más allá (Rajoy), nos han conducido a una situación como la actual en la que, si por Barcelona luces una bandera española, eres un fascista provocador.
Cuando pasan cosas raras, choca. Por mucho que uno quiera mirar para otro lado y hacer como si no viera. Las cosas que no son normales, se nota que están forzadas. Es como el cuento del Rey desnudo. Por mucho que los aduladores no quieran decirle al Rey que va en pelotas; el monarca está en bolas. Y por mucho que a nadie le parezca marciano, yo considero que el hecho de que haya miles de banderas catalanas y de otras regiones y ninguna rojigualda, es definitorio. Vaya; que hay algo enfermo en una sociedad en la que, el que se siente español, decide no sacar su bandera al balcón como hacen los demás. Porque ese que no lo hace, no es libre. Ese no saca su bandera española porque le da miedo quedar marcado, porque no quiere que le señalen, ni que nadie le pueda decir que es un provocador. Que son algunas de las frases que me han dicho amigos catalanes con los que he comentado el asunto. Y, del mismo modo que yo no niego que haya mucha gente que quiere que Cataluña sea otra cosa, hay allí en Barcelona miles, cientos de miles, que se sienten españoles. Yo nací en Málaga y vivo en Madrid desde los once años y residí 3 años en Ginebra. Y me siento muy malagueño, muy andaluz, muy madrileño y muy español. E incluso muy suizo y muy ginebrino. Y son, todos, sentimientos con los que me encuentro muy a gusto.
Nos hace falta normalidad. La crisis económica y la convulsión de estos últimos años nos han introducido en una anormalidad en la que un partido liderado por unos muchachos que, hasta hace dos días eran bolcheviques, les gusta a amigos míos muy de derechas. Una situación excepcional en la que la mayor parte de los gobiernos que rigen en la nación y en las “nacionalidades” tienen asuntos de corrupción sonrojantes y no pasa nada. O casi nada. Un momento raro en el que gobiernos autonómicos se saltan la ley y que si “do you want rice Catalina”.
Quizás esa normalidad que necesitamos como el comer pueda venir con un joven político que, precisamente, comenzó a crecer luchando contra la anormalidad en Cataluña y que se llama Albert Rivera. Estuve el martes en la presentación del programa económico de Ciudadanos. Acudí como periodista, no como simpatizante, aunque debo confesar que el ambiente de normalidad y de ganas de cambiar las cosas sin sacar guillotinas a la calle, me sedujo notablemente. Creo que están sabiendo tocar la fibra de muchos españoles que deambulan con una especie de depresión política y de sensación de que no hay nadie que merezca la pena que les represente.
No sé si algún día el tal Rivera nos saldrá rana, pero de momento muestra unas formas y dice cosas que me hacen pensar que no es como los demás y que no acabará, como Rajoy, guardando los nombres de sus candidatos a las municipales y autonómicas en un cuadernito mientras sus huestes se muerden las uñas. Ese celo en no desvelar su secreto, como Gollum guardaba su tesoooooro, a mí siempre me ha parecido una muy pueril manera de mostrar autoridad. Porque, claro, puede que des una sensación penosa a la ciudadanía, pero mientras tanto, qué gustito saber que no va a salir ninguno de los posibles candidatos a tocarte las pelotas.

PREVEYENDO POLÉMICA

Lo sé. Duele a los ojos. Como me duele a mí al oído cada vez que escucho a un locutor o a un tertuliano utilizar el verbo prever, mezclándolo con el de proveer. No me gusta ponerme en plan Pepito Grillo porque cualquiera puede meter una pata, pero es que una cosa es cometer un error y otra, muy diferente, patear al diccionario cuando, se supone, que debes estar preparado para cuidarlo. Y el último al que escuché diciendo eso de “preveer” fue a Nicolás Redondo Terreros, hombre al que, en muchas cosas, admiro. Fue en la tertulia de Carlos Herrera y pensé: “por Dios, alguien le dirá algo”. Pero no. Claro. Uno queda como un borde si le dice a un compañero o contertulio que no se debe maltratar al idioma.
A lo que voy, que me disperso. Hoy pensaba abrir un melón y generar debate cabrero respondiendo a un artículo de mi amiga Marta Barroso en su blog. Hace unos días, Marta decía en su “Gente y aparte”, con su gracia y retranca habituales, que los tíos somos unos blandos. Que su marido y unos cuantos seres humanos con pito que ella conoce, son unos quejicas. Que cogen una fiebre y pareciera un tumor maligno y mortal. Que su quejumbre es cansina y que ella y sus amigas son unas jabatas que, cuando están malas-malas, casi ni se quejan y continúan sus tareas como si tal cosa.
Yo no dudo de que Marta y sus amigas sean así de sufridas y que sus maridos y adyacentes, sean unos caganinis, pero, ¿tiene eso que ver con el género, tal y como Marta señalaba en su titular: “El dolor según el sexo”? Ya le dije en su momento a la Barroso que yo creía que la capacidad de sufrir no tiene que ver con el género, salvo que nos pongamos topiqueros. Y si es por tópicos, los tíos tenemos unos cuantos con los que contraatacar. Dolores de cabeza, problemillas con la conducción, tendencia al llanto, incapacidad para el bricolaje y la mecánica… Pues eso, que iba a reclamar opinión al cabrerismo pero, en un día como el de hoy, la verdad, creo que debo mirar, más bien, hacia el PSOE en el que es obvio, y nadie tiene que estar “preveyendo”, que hay ya una polémica dolorosa. Vamos un pollo de seis testículos, que son, exactamente, tres pares de cojones.
Menuda la que ha liado Pedro Sánchez decidiendo la destitución del Secretario General del Partido Socialista en Madrid, Tomás Gómez. El ex alcalde de Parla parecía tocado por el sobre-precio del tranvía de esta ciudad y por la aparición de varios de sus colegas en los papeles de la “Operación Púnica” contra la corrupción. Todas estas cosas unidas a la poca fortuna electoral para el PSOE en Madrid bajo el Tomasismo, han llevado a Sánchez a tomar una decisión y abrir una herida que no sé yo si va a ser capaz de curar. ¿Estamos ante una fractura que se puede llevar por delante al PSOE? Se supone que es una decisión que se toma después de reflexionar, pero la sensación que se tiene desde fuera es que es una más de las cosas que están haciendo en todos los partidos cuando se han dado cuenta de que al lobo de Podemos se le ven ya algo más que las orejas. Una mezcla de estupor e improvisación que se ha contagiado a todos, pero, muy especialmente, a la izquierda. Izquierda Unida cada vez más es un oxímoron y el PSOE tiene pinta de que, o agarran el volante de una vez, o se van a pegar una leche olímpica. Quizás Pedro Sánchez lo esté haciendo, pero, ahora mismo, estamos en pleno volantazo y no sabemos si va a enderezar el rumbo o si se va a salir de la carretera dando siete vueltas de campana.
Y mientras, los del PP, sonríen, pero es que los de Podemos están con agujetas de la risa, por mucho que les salgan mierdecillas y corruptelas que sus fieles les perdonan, de momento, con mucha alegría.
¿Debería sorprendernos el hecho triste de que al final haya mierda para todos? El PP con su Gurtel, su Bárcenas y sus obritas en B. El PSOE con su movida de Parla, la Púnica y los ERES. Convergencia con su Pujolismo. IU con lo de Rivas y esa termita llamada Tania. Y los de Podemos, que ni han tocado gobierno, con sus becas y sus pagos de origen y destino oscuro. Yo, sinceramente, no me sorprendo demasiado. Claro que en eso pueden influir las experiencias infantiles de uno. Que te dejan huella. Quizás a mí me marcara el hecho de que yo, con seis o siete años, cuando iba a misa me tiraba media liturgia dándole vueltas a algo que para mi mente infantil era incomprensible. Cuando en las preces el cura decía “Roguemos al señor” yo, que ya por entonces debía oír mal, entendía “Robemos al señor”. Y cuando escuchaba a los fieles responder: “Te robamos, óyenos”, intentaba entender la lógica de todo aquello. Claro; le estamos robando a Dios y le avisamos y por eso le decimos: “Eh, Dios, que te estamos robando. Óyenos.” Y me parecía tremendamente ridículo. Primero porque los que estábamos en misa robáramos y avisáramos a nuestra víctima y, segundo, por el robado, que se suponía que, si lo veía y lo sabía todo, no tenía sentido que hubiera que avisarle. De aquel mal entendimiento me sacó un buen día un adorable jesuita, el Padre Tejera, que me hizo un cristiano más ortodoxo en la liturgia, pero no consiguió quitar de mí, desde entonces, la sospecha de que cualquiera, hasta el más meapilas, si no tiene muchos escrúpulos y se lo ponen fácil, es capaz de levantarle la pasta al mismo Dios.