Debo decir ante todo que no soy amigo íntimo de Íker Casillas. No me debe nada, ni yo le debo nada a él. Tenemos la relación cordial de dos personas que hemos coincidido muchas veces en diferentes situaciones, pero nada más. Lo digo para que quede claro, aunque asumo que Mourinhistas, Anti-Íker, defensores de Diego López y Ultras varios, como en otras ocasiones, me van a llamar desde mojabragas (que sigo sin saber qué significa), hasta fracasado, pasando por antimadridista.
Digo todo esto porque lo único que me une a este grandísimo deportista es, principalmente, la admiración por su anormalidad en los terrenos de juego y por su normalidad fuera de ellos. No lo digo yo; lo dicen las estadísticas. No ha habido en la historia del fútbol mundial ningún portero que haya conseguido el brutal palmarés del guardameta del Real Madrid y, de momento, de la Selección Española. 3 Champions, 5 ligas, 2 copas del Rey, 1 mundial, 2 eurocopas e infinidad de títulos individuales y colectivos como juvenil, sub 21 y profesional. Y en casi todos ellos con una participación decisiva para obtener la victoria final. Pero Íker, que es un hombre afortunado, en los últimos dos años ha pasado un calvario. Un suplicio que comenzó el día en el que decidió no seguir la estela macarra del que, durante 3 temporadas, fue el líder del Madrid; José Mourinho. El clímax de esa fase negativa fue el día en el que Mou dejó en el banquillo al portero, sencillamente, porque no rendía pleitesía al dictador. Porque Mou, al menos en los años en los que estuvo en el Madrid, tuvo el típico comportamiento de los líderes totalitarios y, como ellos, estuvo dispuesto a inmolar a quien hiciera falta para conseguir sus objetivos.
Estos hombres tiránicos, como los militares malos o los jugadores mediocres de ajedrez, sacrifican peones y soldados para lograr sus fines y, si no los consiguen, atribuyen sus fracasos a conspiraciones; a oscuras conjuras de los que quieren socavar su poder. Como en las dictaduras de izquierda y derecha, la maquinaria propagandista se pone en marcha para machacar sin prueba alguna al disidente. Y son implacables; no paran hasta conseguirlo. Y, en esa estrategia aniquiladora, siempre hay voluntarios, peones esforzados dispuestos a morir y matar por el líder mesiánico y si el caudillo les pide dos ellos dan tres. Y si el líder dice que Íker es malo ellos dicen que es pésimo; si beige, blanco. Y eso ha sido el mourinhismo. Gente que ni conocía al Mesías, personas que no ganaban ni perdían dinero en el asunto, hablaban de él con embeleso, repitiendo los mantra de la estrategia fascisto-comunista de Mou: “es el mejor”, “ha acabado con la hegemonía del Barça”, “el Madrid ya es un equipo competitivo”.
Pues igual hizo un equipo competitivo, pero a mí, sus logros en el Bernabéu, me parecen una mierda. Una copa del rey, una liga gastando más que nadie, con más poder que ninguno de los entrenadores que el Madrid ha tenido y provocando un terremoto interno entre el madridismo que todavía hoy tiene réplicas. Y sobre todo destruyendo a jugadores. La lista es larguísima, pero para mí el epítome es lo de Íker. Cuando Mou quita a Íker de la portería no había habido ningún motivo deportivo que obligara a su sustitución. Todo se basaba en esas pequeñas insinuaciones, rumores, maledicencias que va soltando el Mesías para que vayan calando. He retado muchas veces a mourinhistas a que me dijeran un único partido de aquellas fechas que el Madrid hubiera perdido por culpa de Íker. Porque fueron decenas los que Mou ganó gracias a Íker. El problema de Íker no fue su inseguridad por alto ni que se entrenara supuestamente a medio gas. El problema de Íker fue que en varias ocasiones se enfrentó al líder y Mou, como los malos de las pelis malas acabó teniendo un pensamiento maligno mientras le destellaba una lucecita en la córnea y dijo: “a este me lo follo”. Y desde entonces no paró hasta conseguirlo. Hoy Íker empieza a salir de la peor crisis de confianza que se le ha conocido. Pero es que es lo normal. ¿Quién en un puesto tan crítico sería capaz de sobrellevar las andanadas que ha sufrido Íker en los últimos 2 años? Te quito, te pongo, ahora te lesionas y cuando te recuperas te quita el puesto tu suplente. Porque aquí no hablamos de cualquier portero. Coño. Es que es el mejor portero de la Historia del fútbol mundial. Es el tipo de jugador que, cuando vuelve de una lesión, tiene que jugar sí o sí. Como Ronaldo. ¿O alguien se sorprende de que Ronaldo vuelva a ser titular tras una lesión por mucho que su sustituto se salga del cuadro? A Íker se le negó ese trato. Y no sólo eso. Cuando se va Mou, Ancelotti decide la marcianada de alternar portero. Y va Íker y con su legendaria flor rectal gana las dos competiciones en las que participa. Por supuesto, según sus enemigos, sin aportar nada y con una cagada en la final de la Champions que daba la razón a los que cada vez que Íker falla dicen: “¿lo ves?” Pero el final del calvario de Íker lo marcó el Mundial. No creo que ninguna derrota de España fuera culpa exclusiva de Casillas, pero aquellos partidos acabaron por rematar su descenso al infierno. Íker había perdido su flor en el culo y parecía mortal. Y daba la sensación de que tenían razón los que le criticaban, que Mou no fue tan hijoputa y que Diego López era mucho mejor portero que él.
La titularidad, de momento, en el Madrid y el partido del otro día ante Macedonia, yo creo que han abierto una nueva etapa para él. Un jugador que, en la mayoría de países del mundo iría de homenaje en homenaje, tiene que andar por aquí reclamando su sitio con seis buenas paradas en un partido de trámite ante Macedonia. Pues que sea así. Imagino que Íker sabe que aquí en España, no basta con bajar una vez al infierno; en nuestra tierra sólo eres un verdadero héroe si te mueres o si eres capaz de sobrevivir a tres o cuatro caídas de esas de quedarte hecho fosfatina. E Íker lleva ya de esas unas cuantas y, como si fuera el coyote de Correcaminos, sigue en pie, quizás con el pelo algo chamuscado, pero vivo.
MOLT POC HONORABLE
Me está costando arrancar con esta Cabra después de un mes y unos días de vacaciones caprinas. Sobre todo porque han pasado tantas cosas desde aquel último artículo de finales de julio que no sabe uno por dónde empezar. Así que vamos por la vía directa: ¿Por qué en Cataluña nadie abuchea a Jordi Pujol cuando sale de su casa? Desde que estalló el escándalo Pujol he estado pendiente y, salvo tres o cuatro personas aisladas que han gritado algo a Marta Ferrusola, no he visto ni una sola vez en un aprieto callejero al presuntamente Molt Poc Honorable expresident de la Generalitat.
Vaya, no es que esté pidiendo yo que se le haga un escrache, ni, por supuesto, que se someta a ningún tipo de vejación a un anciano, pero habiendo reconocido que ha defraudado al fisco y habiéndose publicado que, presuntamente, se ha llevado a su casa cientos de millones de euros, me choca que no haya nadie que tenga el valor de gritarle ¡¡chorizo!!, o como se diga eso en Catalán. Porque tenemos ejemplos recientes de chillidos e insultos a políticos de diverso signo, o a la Infanta Cristina y a su marido, a los que se les ha pillado presuntamente con el presunto carrito de los presuntos helados. Pero, oigan, al Molt Poc Honorable, ni un solo epíteto para ponerle colorado. Y a mí, eso, me parece un síntoma más de lo enferma que está la sociedad catalana desde hace ya muchos años. Una enfermedad que creo que ha entrado en fase crítica desde que el, de momento, Molt Honorable Mas, abrió la caja de los truenos sin tener ni puta idea de cómo cerrarla.
¿Por qué nadie abuchea a Pujol? Pues porque mientras los líderes de la cosa no señalen claramente a Don Jordi como el “malomuymalo”, nadie va a tener el valor de mostrarse en contra de un símbolo catalán, no vaya a ser que le confundan con un españolista fascista fill de puta. Porque bien se encargan los nacionalismos excluyentes de provocar en sus ciudadanos ese miedo al que ellos llaman “prudencia” o “no me voy a meter en líos”.
Los nacionalismos hegemónicos y totalitarios siempre se basan en el miedo, en buscar la uniformidad y en reclamar al ciudadano demostraciones de adhesión inquebrantable. Y el que no se muestra así, es un traidor; alguien que no merece más que el desprecio de sus conciudadanos. Y a esa tarea de aislar al no afecto se dedican, por supuesto, los medios de comunicación. Los que están bajo el control directo de quien manda y los que viven de la publicidad institucional que saben que, si no hacen su trabajo, pierden el pesebre. También ayudan a señalar con el dedo al felón los que de un modo u otro maman de la gran teta, pero lo más sorprendente es que siempre en estas dictaduras o regímenes excluyentes, aparecen los que, sin ganar nada en ello, son furibundamente pro lo que sea. Son esas personas a las que los sistemas liberticidas les producen gran tranquilidad porque les reducen el número de incertidumbres.
No sé si habrán leído dos textos que, en los últimos días, a mí me han resultado muy significativos. Ambos protagonizados por dos personas catalanas, que aman su lengua y su nación. Uno es un artículo de la escritora Nuria Amat, titulado “Querido Orwell” que habla en El País de la exclusión a todos los que no son partidarios de la deriva independentista en la que ha entrado Cataluña. El otro es una entrevista, menos novedosa, pero también chocante, en la que Albert Boadella, también en El País, recuerda que él tuvo que huir de Cataluña tras el apartheid al que fue sometido por su desafección al Catalanismo de Pujol and friends. Boadella dice que el nacionalismo español no existe y que es absolutamente insignificante frente a otros nacionalismos como el vasco o el catalán.
Y en mitad de todo esto ayer el CIS hacía públicos los resultados de una encuesta en la que preguntaban a los españoles si estarían dispuestos a derramar su sangre defendiendo a España. Según ese estudio ni siquiera dos de cada diez españoles estaríamos dispuestos a ir a la guerra para defender a España de una agresión exterior. Ja.
Me hacen mucha gracia esas encuestas hechas con preguntas que están contestadas casi de antemano. Si tú hubieras preguntado por la pena de muerte al día siguiente del asesinato de Miguel Ángel Blanco, estoy seguro de que más de la mitad de España habría pedido el regreso del garrote vil. Del mismo modo hoy, a un país en paz no le puedes preguntar por algo que vemos lejano e imposible; ¿Una guerra por las calles de Madrid? Ni de broma. En España no hay un nacionalismo porque, gracias a Dios, llevamos mucho tiempo sin sufrir una agresión exterior. Países como Gran Bretaña, Francia, EEUU… Han sufrido invasiones y agresiones en el último siglo. Pero, mientras Europa se preparaba para luchar contra Hitler, nosotros estábamos matándonos unos a otros. Y, cuando dejamos de matarnos, el que ganó nuestra guerra se encargó de eliminar cualquier resto de la otra media España que perdió la contienda. Y de aquellos polvos vienen estos lodos.
Ahora, una cosa es esto y otra pensar que ese sentimiento de nación no nos saldría si sufriéramos mañana una agresión de fuera. ¿Imaginan a esos simpatiquísimos muchachos del estado Islámico reclamando para sí Al-Andalus y queriendo vestir con burkas a nuestras madres, mujeres e hijas? Pues no sé ustedes, pero yo que soy un tío pacífico y tolerante, si pasara eso, desde luego no me iba a quedar en mi casa esperando a que me pusieran mirando para la Meca.
http://elpais.com/elpais/2014/08/27/opinion/1409164594_027926.html
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/08/28/actualidad/1409242612_894325.html
YO NO DIMITO
Educar es un coñazo. Con perdón. Mira que me gustan mis hijos y mira que mi mujer y yo disfrutamos de ellos, pero lo de estar todo el día con la vara de mando en la mano tiende a ser una tarea poco grata para ellos y para nosotros. Y eso que, gracias a Dios, ninguno de nuestros herederos ha dado un problema. Son tres hijos sanos, cariñosos, buenas personas y correctos estudiantes. Y a mí, por lo menos, me parecen guapísimos, pero eso creo que entra dentro de la pasión de padre.

LOS HIJOS DEL QUE SUSCRIBE. DE IZQUIERDA A DERECHA; MACARENA, PAULA Y CARLOS
A lo que voy es a que, sin ser hijos problemáticos, y siendo los tres del mismo padre y la misma madre, tienen una madera muy parecida, pero los tres son diferentes y van planteando retos y dilemas que te hacen tener que estar siempre con la oreja tiesa como los perros.
Es una pesadez, pero yo, como les digo frecuentemente a mis hijos, no pienso dimitir. Vaya; que en los entornos de la adolescencia un hijo está deseando que sus padres tiren la toalla y dejen de darles la brasa sobre horas de llegada, amistades de las que se rodean, lugares a los que van, tiempos que dedican a las maquinitas, recogidas de cuartos, finalización de deberes…
Y, en esos años difíciles en los que tus padres te parecen una mezcla de Pantuflo Zapatilla y Adolf Hitler, una fantasía adolescente es que los progenitores suelten correa y se conviertan en coleguis de los hijos. ¿Qué pasa tron? Y ya saben mis hijos que eso, con nosotros, se siente, no les va a pasar. Aunque nos equivoquemos.
Porque el tópico ese de que los niños no vienen con manual de instrucciones es cierto. Pero lo malo no es que no lo traigan; es que, frecuentemente el libro de instrucciones que has ido escribiendo con la educación del primero, te lo puedes introducir por el recto con la del segundo y con la del tercero. Y no sé si con el cuarto porque mi mujer y yo echamos el freno al llegar a familia numerosa.
Pero hay que aceptar que nos tenemos que equivocar. Y los errores que cometes en los primeros años son diferentes a los de los últimos, pero sigues teniendo la sensación de que educar es tirarse por una pendiente resbaladiza en la que uno lleva en brazos al hijo y tiene que mantenerse en pie como sea. Claro que hay accidentes y, cuando te caes, haces todo lo posible porque el hijo que llevas en brazos no sufra un rasguño, pero te levantas, coges otra vez al churumbel y te metes de nuevo en la pendiente.
Y como sucede en las atracciones de feria, cuando uno está bajando y subiendo a veces lo pasa mal, pero te acaba gustando y, en estos primeros 20 años de los hijos, uno deja de ser cualquier otra cosa y pasa a ser, principalmente, un Padre. Y por eso, a pesar de los disgustos que nos puedan dar, a pesar de las mil atenciones que requieren, uno, cuando pasa por la experiencia de la paternidad, sabe que si hay algo por lo que mataría y por lo que se dejaría matar, son sus hijos.
Yo llevo revuelto unos meses con la noticia del cáncer del hijo de unos muy buenos amigos. Parece que está evolucionando muy bien y que los pronósticos de los médicos apuntan a una curación completa, pero, inicialmente, en esos primeros momentos del mazazo, nadie se atrevía a dar a los padres un mensaje alentador. Y en aquellos días de la peor incertidumbre, mi mujer y yo sentimos como nuestro aquel dolor de nuestros amigos porque pensábamos en que le pasase eso a uno de nuestros hijos y no éramos capaces de imaginar el desconsuelo.
Hace unos días, a otros amigos les dieron un tremendo susto. Le extrajeron a uno de sus hijos un pequeño tumor que parecía maligno. Después de unos días de la peor angustia, los resultados dicen que el tumor no tiene importancia y que, tras una recuperación penosa, todo volverá a la normalidad. Yo, la verdad, no soy mucho de llorar, pero cuando ayer mi mujer me dio la noticia de que el tumor era benigno, lo reconozco, me emocioné.
Porque mi mujer y yo creo que somos conscientes de la suerte que tenemos y vivimos intensamente nuestra relación con nuestros hijos y los disfrutamos. Pero noticias como estas te ponen en el sitio. Cuando piensas por un momento en pasar por el calvario que han padecido estos amigos, se te ponen los vellos de punta y te das cuenta de lo afortunado que eres. Y de lo frágil que puede ser esa felicidad si se te cruza un golpe inesperado en el camino.
Y yo no pienso dimitir como padre abrasante de mis hijos, pero, oye, igual bajo un poco el pistón. Si eso.
GENERALIZANDO
¿Somos los periodistas unos hijos de puta? ¿Son los funcionarios unos vagos? ¿Somos los andaluces gente poco seria y los empresarios unos explotadores? ¿Son los judíos avaros, los catalanes rácanos y los políticos unos corruptos?
Pues, hombre, todos no. No sé qué ocurre para que, frecuentemente, tendamos en las conversaciones poco importantes a meter en el mismo saco a todos los miembros de colectivos que están bajo sospecha. Y esto no lo digo como defensa de ninguno de ellos, sino como una constatación de que tendemos a pensar que lo que nosotros conocemos es lo general y solemos olvidar que puede que, más allá de nuestras narices, existan otros mundos sin conocer. Lo que pasa es que no es raro que esas generalizaciones escondan verdades que a los vilipendiados nos escuecen.
Digo esto porque hace unos días discutía con un familiar sobre los funcionarios. Estábamos cenando en mi casa y yo hablé de una persona con la que traté ese día que tuvo conmigo lo que yo califiqué como “comportamiento típico de funcionario”. Es decir; persona displicente, que te da la sensación de que le da lo mismo 8 que 80 y que no tiene el más mínimo interés en que tú, que eres su cliente, quedes satisfecho. Esa frase mía le generó un malestar sorprendente a este familiar que, por lo general, es un hombre ponderado y que se enfadó por el hecho de que yo metiera a todos los funcionarios en el saco de la vaguería, el desinterés, la desgana y la falta de profesionalidad.
Y es cierto que no TODOS los funcionarios son unos vagos e incompetentes, pero los empleados públicos deben asumir que, en unos tiempos de precariedad laboral tremenda y de paro inasumible para una sociedad supuestamente rica, el hecho de toparte con funcionarios vagos y/o incompetentes, te saque de quicio. Principalmente porque el vago y/o incompetente de la Función Pública, puede serlo hasta la jubilación sin temer que esté en riesgo su puesto de trabajo. Sé que ha habido ERES y recortes bestiales, pero es tristemente cierto que al funcionario vago y/o incompetente no se le puede echar ni con aguarrás.
También es verdad que no todos los periodistas somos unos hijos de puta. Pero yo, como periodista, debo asumir que a mucha gente le indigne el periodismo de pornografía sentimental que despelleja a seres humanos. Tengo que entender que genere rechazo la ligereza con la que en ocasiones acusamos, la falta de rigor con la que se hacen numerosas informaciones o la infinidad de noticias inciertas que se rectifican con un textito de 5 líneas, cuando a la información equivocada se le dio una portada a 4 columnas con foto del susodicho.
Y en ese saco de las generalizaciones debemos aceptar cada uno la parte del palo de la vela que nos toca sujetar. A mí me molesta mucho que se diga que los andaluces somos gente poco seria, pero, claro, luego ves cómo hacemos las cosas y te deprimes, porque a los que nos dicen eso les damos la razón casi a diario. Cuando constatas la cantidad de personas que hay viviendo de la sopa boba y la alegría con la que se reparte sin excesivo control el dinero público, tienes que bajar la cabeza y callarte.
Eso por no hablar de otro colectivo al que le cae últimamente la del pulpo; el de los políticos corruptos. Pero claro, mira uno las portadas de nuestros periódicos de los últimos 30 años y te das cuenta de que, en España, el que la hace, casi nunca la paga y que infinidad de políticos que se lo han llevado muerto se fueron a sus casas con algo de vergüenza en el orgullo, pero con el riñón bastante cubierto. Y, queridos políticos, si alguien generaliza con ustedes, se siente.
Estará muy mal generalizar, pero yo voy a terminar con una generalización que hizo anoche un amigo mío en otra cena mientras hablábamos de nuestras hijas, pre y post adolescentes. Dijo mi amigo: “Joder, es que nuestras hijas están poseídas por sus pelos”. Yo no pude terminar el trago de cerveza que me estaba llevando al gaznate porque estuve a punto de morir atragantado del ataque de risa que me entró. Generalizo y fantaseo: si el tiempo que, en los últimos años, ha dedicado mi hija la mayor al cuidado de su pelo lo hubiera entregado al entrenamiento de cualquier deporte, habría estado hoy muy seriamente en el camino de ser olímpica en Río 2016.
DECISIONES

JOSÉ ANTONIO DEUSTO, CUANDO FUE PORTERO DEL C.D. MÁLAGA
Hay decisiones que uno toma en la vida casi sin pensar. A mí me pasó cuando tenía 8 años. Llevaba meses haciendo la colección de estampas de la Liga y, como sucede siempre con estas colecciones, cuesta mucho más conseguir los cromos de los jugadores de tu ciudad que los de otros equipos. Yo tenía siete Asensis, cinco Pirris, cuatro Rexachs y yo qué sé cuántos jugadores de distintos equipos españoles. Sin embargo se me resistían los del C.D Málaga.
En concreto era casi imposible encontrar al portero Deusto y se estaba convirtiendo para mí en una obsesión. No conseguía ni que me tocara al comprarlo, ni encontraba ningún amigo que me lo cambiara por otros cromos. Hasta que un día, con la suerte proverbial que me caracteriza, lo encontré, por decirlo de algún modo.
DEUSTO ENTRE ORINES
Estaba en clase de matemáticas y me dieron ganas de hacer pis. Pedí permiso al profesor y me fui al baño. En aquel entonces había unos enormes urinarios de loza blanca y, al llegar al mingitorio, mientras me abría la portañica, creí estar sufriendo una visión. Allí, empapado de orines, pero todavía perfectamente identificable, estaba el cromo de Deusto. Podrán imaginar las dudas. Yo nunca he sido muy melindroso, pero, la verdad, meter la mano allí abajo para sacar un cromo que para siempre iba a oler a pis, me daba cierto reparo.
Pero las ganas de terminar mi colección y el pensamiento infantil de que Deusto no merecía pasar ni un minuto más entre meados, me hicieron tener el arrojo para salvar de las micciones al portero de mi equipo. Con un sentimiento que oscilaba entre el muy glorioso Cid Campeador y el de payaso tonto de un circo metí la mano y di por terminada mi colección de la Liga 72-73.
Pero estas son, en realidad, las decisiones más fáciles de tomar. Otras, en cambio, te tienen días angustiado sin saber si haces bien o no, aunque se trate de una cosa sin importancia. Nos sucedió anteayer a mi mujer y a mí viendo las noticias. Llevábamos días dándole vueltas a una decisión que afecta a nuestra familia. No es algo muy importante, pero lo tenemos ahí, en la parte oscura del cerebro en la que se colocan algunas cosas que te angustian aunque no sean para tanto.
ISRAEL-PALESTINA UN CONFLICTO ETERNO
Y se nos quitó la intranquilidad de sopetón cuando escuchamos la terrible noticia sobre la “orden” del ejército israelí de que 100.000 palestinos abandonen sus casas en Gaza porque las van a bombardear. Joder. Pero ¿cómo decide uno en este caso? Yo creo que, si fuese palestino y estuviera solo en el mundo, me quedaría en mi casa, pero ¿quién pone en riesgo la vida de sus hijos en una situación tan absurda como la que se ha generado entre Israel y Palestina?
Sé que es un asunto difícil de entender desde fuera y que hay un encono de siglos, pero yo, sin ser en absoluto antisemita, en este caso creo que tienen más razón los palestinos que los israelíes. Y no hablo de comprender, ni justificar a los terroristas integristas, en absoluto. Pero creo que la solución al drama de estos dos pueblos requiere de una grandeza de espíritu que no muestran los palestinos más radicales. Tampoco la tienen, desde luego, los israelíes más implacables.
YO NO FIRMO MANIFIESTOS
Por eso, ante decisiones como la de esos miles de padres y madres palestinos en estas horas de horror, uno piensa en otras decisiones y te parecen una memez de campeonato. Por ejemplo, la que tiene por delante nuestro presidente del gobierno respecto al reto constante de Artur Mas. Y, por si Rajoy duda, hay gente dispuesta a ayudarle. Imagino que sabrán que ha habido un grupo de notables que han firmado un manifiesto llamado “Libres e Iguales” pidiendo que el Estado deje de estar a la defensiva frente a los desvaríos nacionalistas.
A mí, salvo por lo de que pidan dinero al final del escrito, me parece impecable, aunque yo no soy mucho de manifiestos. Vamos, como dicen mis hijos, no voy a “ir de motivao”; nadie me ha pedido que lo firme, pero no sé si lo habría hecho porque, en estos casos, siempre dudo. Porque uno sabe cómo empiezan los manifiestos, pero no dónde y cómo acaban.
Yo tengo comprobado que en cualquier grupo humano hay indefectiblemente un 5 por ciento de capullos. De manera que, entre los firmantes iniciales del manifiesto, hay dos y medio que, muy probablemente van a salir rana o son ya ranas de nacimiento. Y claro; tú firmas el manifiesto y pasado mañana le hacen al mentecato en cuestión una entrevista sobre el asunto y suelta una tontada y parece que los 50 firmantes hayan dicho la majadería al unísono. Y oigan, pues miren, no apetece.
Pero me parece bien que cincuenta personas relevantes hayan dicho lo que muchos llevamos pensando, o diciendo en voz más o menos alta, desde hace mucho tiempo. Que vale ya, hombre. Que lo del Mas este es para que se analice en los libros de historia, porque no recuerdo yo en los últimos tiempos en España ningún político que, de una manera tan obvia, haya metido a los suyos en un callejón sin salida y lleno de gatos hormonados con las uñas afiladas.
Y yo, ¿qué quieren que les diga? Pues estoy con los del manifiesto. Si yo fuese Rajoy, ante la negociación con Mas, tiraría tan por la calle de en medio como con el cromo aquel que rescaté de entre los orines. Sólo que Rajoy sería yo, el cromo de Deusto sería España y, ¿a que no adivinan a quien le adjudicaría el papel de pis? Pues tiene también tres letritas y termina con s. Y no digo más.
LO NORMAL
No, si eso es como tó; lo normal. Quienes hayan sido, como yo, fans de Gomaespuma, conocerán sin duda esta frase que ellos utilizaban frecuentemente para reforzar el asentimiento frente a su interlocutor. Y recuerdo a mis ídolos Fesser y Cano porque en esta semana pasada he tenido esa frase en la boca varias veces al ver lo que estaba sucediendo en Estepa con decenas de vecinos ejerciendo el intento de linchamiento de varias familias de supuestos ladrones. Puedo entender el enorme cabreo de la gente de esta localidad sevillana ante la impunidad con la que entran y salen de las comisarías y los juzgados personas a las que una legislación garantista deja en la calle con decenas de denuncias a la espalda.
No me parece casual que lo de Estepa haya sucedido en la misma semana en la que la Audiencia Nacional ha hecho pública una de las sentencias más disparatadas que yo he leído en los últimos tiempos. Ya se ha comentado hasta la saciedad esa decisión de absolver a 19 de los 20 manifestantes que, junto a otros cientos, bloquearon la entrada al Parlament Catalán el 15 de junio de 2011. Y al único condenado, no crean ustedes que le ha caído una pena muy dura; una faltita por pintar con un espray la espalda de una diputada. Imagino que en la absolución ha influido el hecho de que había solicitudes de pena excesivas (hasta de cinco años) y las dudas que tenía el magistrado ponente sobre la autoría directa de los 20 acusados. Lo malo es que, para absolver a esos 19 ciudadanos, el juez Ramón Sáez Valcárcel dice cosas que acojonan.
Este magistrado es uno de los cocos de la derecha en España y ha tenido ya actuaciones y artículos que han recibido palos tremendos desde la prensa y los tertulianos más conservadores, pero yo le he leído algunos artículos muy interesantes y reflexiones bastante bien fundamentadas. Pero claro, llega el señor Sáez Valcárcel, te sale en esta sentencia con unos argumentos perrofláuticos y te desarma a la hora de poder defenderlo en las próximas ocasiones en las que desbarre un poquito. Porque el magistrado viene a decir cosas como que si uno quiere que su protesta sea eficaz tiene que pasarse siete pueblos. O que al estar los medios de comunicación en manos de una élite privada y partidista, los ciudadanos cabreados no tienen otro cauce más que el de montar pollos. Que, vaya, Valcárcel no es tan mayor e imagino que sabrá que, ahora mismo, cualquiera sin un medio masivo a su servicio puede llevar el mensaje que desee a millones de personas haciendo un buen uso de las redes sociales.
Pero esto no es lo importante. Lo que a mí me parece terrible es que una sentencia así abre la puerta a que, los que decidan tomarse la justicia por su mano, se sientan amparados de ahora en adelante. Si un juez de la Audiencia Nacional dice cosas así en una sentencia, ¿quién puede hoy criticar a los vecinos de Estepa que llamaban a gritos al linchamiento de varias familias gitanas? Es obvio que no es lo mismo ir a quemar unas casas que ir a amedrentar a unos parlamentarios que pretendían hacer recortes sociales, pero, ¿quién es el que establece los límites? Porque aquel día en el Parlament no pasaron más cosas porque había casi más policías que manifestantes. Y a pesar de la presencia de los agentes, hubo agresiones físicas leves, coacciones verbales evidentes y los manifestantes desaforados provocaron en muchos de los políticos una sensación de miedo cerval. ¿Puede esto considerarse el ejercicio ciudadano del derecho a la manifestación y a la libre expresión? Yo creo que no. Del mismo modo que es inaceptable que estos vecinos de Estepa decidan que ha llegado el día de que los chorizos se enteren de lo que vale un peine. Es cierto que quema la sangre ver la impunidad con la que se mueven determinados delincuentes, pero si empezamos a abrir la puerta a los linchamientos estamos aviados.
Porque puede haber muchos jueces y fiscales que cometan errores y policías que no hagan bien su trabajo, pero qué quieren que les diga, prefiero vivir en un sistema garantista en el que pueda haber cien malos en la calle a cambio de que no haya ni un solo inocente en el trullo. Y, desde luego, prefiero que me juzgue un magistrado profesional, por mucho que de vez en cuando se le vaya la pinza, a que mi vida y mi hacienda estén en manos de manifestantes como los del Parlament o de vecinos gritando con la vena a punto de explotar y con una lata de gasolina en la mano.
CUMPLIR LOS COMPROMISOS
Tranquilos, que no voy a hablar de políticos, que está la Cabra ya hasta las ubres de criticar a nuestros padres de la Patria. Hablo del compromiso con los lectores, con los oyentes o con los espectadores que uno tiene. Dicho así, podría parecer que este blog nada en la abundancia y que son ustedes legión. No es para tanto. A mí me flipa que cada semana me lean en torno a 2.000 personas, pero, por lo que sé, un blog con 2.000 lectores no es como para que al autor le dé una embolia de satisfacción. Pero yo, seré simple, porque a mí ustedes 2.000 me hacen una ilusión tremenda y por eso cada jueves (salvo imprevistos) acudo fiel a mi cita con los cabreros.
Digo lo del compromiso porque hace unas semanas estuve en mi tierra, en Málaga, para celebrar los 50 años de matrimonio de mi tía Mª Luisa y mi tío Pepe. Varios de mis familiares me hablaron de la Cabra y me preguntaron que por qué no había contado aquí la historia que, precisamente, dio origen a este blog. Y prometí contarla.
Hace hoy exactamente dos años me llamó una periodista del diario Sur, que es el periódico más antiguo y más leído de Málaga. Estaban haciendo una sección veraniega en la que pedían a diversos malagueños que enviasen una foto de un verano de su infancia y contaran la historia que había detrás. Cuando recibí aquella llamada se me puso un nudo en la tripa. Porque tenía la foto perfecta. Aquí va la foto. Y la historia que la acompaña. El título del artículo fue “Cuarenta años de espera”.

Fue en el verano del 73. Yo tenía ocho años y un retraso dental que me hacía mostrar, aún entonces, varios dientes mellados. Se celebró en el Club El Candado la tradicional travesía del puerto a nado y yo, que tenía mucha moral, decidí apuntarme. Era de los más pequeños de la inscripción, pero, cuando me vi en el muelle de salida estaba convencido de que podía llevarme un trofeo.
Comenzó la carrera y, con espanto, observé que hasta los más enclenques de los pequeños me sacaban metros en cada brazada. Yo nadaba con la sensación de que iba hacia atrás y, cuando el último de mis rivales llegó a la meta, yo aún no había cubierto ni la mitad del recorrido. Lo de sentir vergüenza no está entre mis habilidades personales, pero, lo reconozco, entre la asfixia por el esfuerzo y el bochorno, llegué a pensar por un momento que me iba al fondo a que me comieran las viejas del puerto. Hasta que apareció la barca escoba. Cuando escuché a los que venían a rescatarme decir: “Venga niño, que ya han acabado todos. Súbete.” Me dio un arrebato de esos toreros y dije: “que se monte tu madre”.
Aquello no tenía ningún sentido e incluso los de la barca me regañaban, pero al público mi reacción de novillero volteado le pareció tierna y, cuando toqué las piedras de la meta, sonó una ovación tremenda. Vamos, tipo Moussambani; aquel nadador guineano que pasó a la historia de los Juegos por ser un manta. Y, como a Moussambani, me fue mejor en el fracaso absoluto que en el éxito. Porque me dieron una copa. Vaya; era el trofeo a la Deportividad, pero eso yo no pensaba contárselo a nadie. Era una señora copa de plata y allí ponía “Travesía del Puerto El Candado”. Con la copa en la mano, más contento que la mar, un amigo de mis padres me hizo una foto y mi padre tuvo la magnífica idea de decirme: ”Esta mañana sale en el Sur”.
Como si no me hubiera conocido. Al día siguiente, a las seis y media de la mañana estaba yo al pie de su cama pidiéndole ir a comprar el “Sur”. Busqué arriba y abajo, atrás y adelante y mi foto no aparecía por ningún lado. Durante meses esperé que, por fin, mi cuerpo serrano luciera en “mi” periódico sosteniendo la copa. Pero no llegó nunca aquel momento. Le pedí a mi padre que llamara al director, intenté mover Roma con Santiago, pero mi foto jamás llegó a ser publicada. Y perdí toda esperanza. Hasta que hace unos días recibo un email de una periodista que precisamente se llama Ángeles y que, como si fuera una enviada del pasado, me ofrece publicar una foto mía de algún verano que tuviera una historia detrás. Y he tardado cuarenta años, padre, pero aquí la tienes; en el Sur la foto de tu hijo sosteniendo aquella copa que ganó por ser el peor. Pero esto, mejor, no se lo contamos a nadie.
LOS PELOTAS
¡Qué daño han hecho a la humanidad los pelotas! Y no sólo directamente, sino de manera indirecta también. Los “Brown-nose” (que se dice en inglés y suena mucho mejor que el hispánico lame-culos) resultan nocivos para las organizaciones aunque, desde mi punto de vista, son tóxicos, principalmente para sus jefes. Lo que pasa es que el patrón casi nunca se da cuenta del mal que le hace el cobista. El líder rodeado de pelotas vive en una felicidad constante; sus chistes hacen una gracia inusitada, cada una de sus opiniones es escuchada con embeleso y nunca a nadie le parece mal ninguna de las cosas que dice, aunque lo que diga el jefe sea una boutade de campeonato.
Viene esto a cuento de una de las cosas más chocantes que le he escuchado en los últimos días a un político. Imagino que quedarían igual de estupefactos que yo al oír a nuestro ministro de Interior decir, en una conferencia sobre terrorismo que, si Cataluña optara por la independencia, “sería pasto del terrorismo (yihadista) y del crimen organizado”. Olé sus criadillas, señor Ministro. Porque una frase como esta no se improvisa. Me juego lo que quieran a que Fernández Díaz en varias de las reuniones con su equipo ha debido soltar algo así tres o cuatro veces y estoy convencido de que no ha habido ni uno solo de sus asesores que le haya dicho: “pero, ¿qué collons estás diciendo, Jorge?”. Bueno, quizás no fuera muy correcto contestar así. Podría haberse espetado lo mismo más finamente y que alguno de los acólitos del ministro le hubiera dicho: “Hombre, ministro, decir eso es una especulación sin base alguna y no vamos a hacer más que darle munición a los independentistas.” Pero no. En esas reuniones imagino que los menos aduladores guardarían un silencio de esos que te revuelven la tripa y, los más entusiastas en el besahuevismo, le dirían: “qué razón tienes, Ministro; con la Independencia, Cataluña se convertiría en una República Islámica.” Lo que hay que oír.
Pero ese es, desde mi punto de vista, el problema principal de la política. ¿Por qué después de unos años en Moncloa todos los presidentes del gobierno se vuelven tarumbas? Pues porque están rodeados de gente que teme que, si toca las narices al jefe, pueda salir de un lugar tan chulo, de tanta influencia y en el que se gana tanta pasta. Anda que no quedas bien con las amistades cuando dices: “Es que estoy en el gabinete de Moncloa”. O cuando llamas a quien sea y se te pone, porque llamas desde Presidencia del gobierno, o desde el despacho del Ministro de no sé qué. O cuando sabes que, determinadas cosas, pedidas desde un determinado teléfono se consiguen mucho más fácilmente que si llamas desde tu casa. El que trabaja en estos entornos sabe que, si hace de Pepito Grillo en una reunión, puede finalizar el día saliendo del gabinete con los pies por delante y uno, pues se acaba acomodando. Y para qué le vas a decir al Presidente Rajoy que no puede dar una rueda de prensa a través de un plasma. Para qué le vas a decir al Presidente ZP que no puede soltar burradas como que ”el concepto de nación es discutido y discutible” o para qué le vas a decir al ministro Fernández Díaz que no puede ir por ahí soltando chorradas inaceptables.
Y así les va. No ha habido ni un solo presidente de la democracia que haya salido normal de Moncloa. No cuento a Suárez que, más que rodeado de pelotas, estaba acorralado por profesionales del lanzamiento de cuchillos. Comenzando en el 82, tendremos que convenir en que a Felipe se le fue la pinza en su segunda legislatura, a Aznar, no digamos, y a ZP, que venía ya dislocado de serie, los segundos cuatro años de Moncloa le hicieron perder aquella baraka milagrosa que le acompañó en sus primeros años al frente del PSOE. En sus últimos meses como presidente, Zapatero iba por el país con cara de boxeador sonado sin entender muy bien qué le estaba pasando. Rajoy ya en su primera legislatura ha mostrado signos de desvarío, pero, a pesar de sus plasmas y aquella frase maravillosa sobre los papeles de Bárcenas: ““no es cierto, salvo alguna cosa, que es lo que han publicado los medios de comunicación”, aún mantiene el tipo decentemente. Pero no tardará en desvariar, especialmente si, el año que viene, renueva su mayoría y se mantiene otros cuatro años más en Moncloa.
No estoy diciendo con esto que haya que ser agresivo con los jefes. Yo mantengo hoy relación de buena amistad con la mayoría de jefes que he tenido y eso que, en su día, con todos ellos tuve broncas de esas de acabar en la cola del paro. Pero sí creo que todos los jefes necesitan tener al lado al menos a una persona que les diga lo que nadie se atreve a decir. Recuerdo que mi padre siempre nos hablaba de esto y nos contaba que, en su banco, el único que le decía las cosas a la cara y sin cortarse era su chófer; Sebastián, un manchego adorable que le mantenía al corriente de lo que decía la tropa. Con Sebastián vivió mi padre una de esas situaciones de comedia del realismo italiano. Había muerto el director de una de las sucursales del banco y acudió mi padre al entierro. Cuando estaban bajando el féretro a la tumba, una de las cuerdas se rompió, el ataúd cayó violentamente y la tapa se partió. Ante el estupor de todos, el señor Morales quedó en el suelo, hasta que Sebastián bajó a la fosa, lo cogió como pudo y lo volvió a introducir en su caja. En el trayecto de vuelta, por la impresión, ni mi padre ni Sebastián dijeron nada hasta que entraron en el ascensor del banco. Cuando estaban llegando a su planta sentenció el chófer: “Don Javier, vaya muertazo que ha pegado el pobre Morales”. Y, aunque no tenía ninguna gracia, se tiraron riéndose semanas. No digo que haga falta una franqueza manchega tan obvia, pero seguramente si Sebastián hubiera estado en el equipo del Ministro de Interior, Fernández Díaz habría contado hasta diez antes de convertir a Cataluña en Al-Cataluñistán.
MI REY
Ya siento que el comienzo de esta Cabra me quede así como un poco truchón, pero, qué quieren que les diga; me encantó el discurso de ayer de mi nuevo Rey, Felipe VI. Me gustó, en general, todo lo que rodeó a la proclamación; las formas, el boato justo, la falta de referencias religiosas, la cercanía y la simpatía y, sobre todo, lo que dijo el Rey y cómo lo dijo.
Me pareció esencial que hablara de limpieza y transparencia, de una nueva era, de la necesidad de que nos hablemos y nos escuchemos y de su certeza de que, en España, cabemos todos. Estuvo atento a todos los que en España han sufrido el drama del terrorismo o a los que hoy padecen las consecuencias de la crisis y mostró un cariño enternecedor hacia sus padres y hacia sus hijas. Y, sobre todo, estuvo monumental en su cierre; que me pareció todo un símbolo. Quiero trabajar para que los españoles estén orgullosos de su Rey.
Sin embargo, no a todo el mundo el discurso le dejó igual de satisfecho. A juzgar por sus caras de tener una almorrana efervescente en sus respectivos anos, al Honorable Mas y al Lehendakari Urkullu, la alocución de Felipe VI, no les llegó. Pero creo que es que, sobre todo Mas, iba ahí a hacer su papelito de “fíjate qué majo soy que vengo a tu coronación, pero tengo que ser un poco malote, para que no se me rebote el electorado al que he metido en un callejón independentista sin salida”. Porque si no, no se entiende que no captaran como algo esperanzador, lo que pronunció el Rey sobre el tiempo nuevo, el diálogo y la escucha. Dijo Mas al salir del Congreso, que no había aplaudido porque no escuchó nada nuevo y porque echó en falta una referencia a España como un Estado Plurinacional. No te jode. Y ¿qué pretendía?, ¿que gritara el Monarca: “Visca Catalunya Lliure”?
Pero es que, si nos ponemos así, a todos seguro que nos ha parecido que le ha faltado un ”pichí-pachá”. Yo, por ejemplo, habría preferido una referencia más expresa a quitarnos el temor de revisar la Constitución, si es necesario. Como imagino que Rouco habría querido una mención a Dios y una ceremonia religiosa, y los artistas una solicitud de reducción del IVA y los toreros una alusión a la defensa de la Tauromaquia y, ya puestos, Del Bosque y los suyos, un mensaje cariñoso para la Selección, en el día después de la debacle.
Pero ahí el Rey no estaba para contentar a todos, sino para dejar claras las líneas de cómo pretende desempeñar el papel que la Constitución le encomienda. Porque no es un Rey que gobierne, ni que legisle, pero desde luego no es una figura decorativa, sino un elemento de nueva moderación que puede venirnos bien en estos tiempos de tanta zozobra. Creo que no dejó sin tocar ni uno solo de los asuntos delicados y fue valiente y más claro que el agua. Hombre, es cierto; no pronunció los nombres de Urdangarín, ni Cristina. Ni habló de Corinna, ni de elefantes, ni de corrupción de políticos de uno u otro signo. Pero es que el que estaba ahí en la tarima del Congreso no era un cronista de sociedad, ni de política, ni de sucesos. Era el Rey de España que, sin decir ni un solo nombre, ayer repartió la estopa necesaria y anunció un nuevo tiempo pleno de transparencia y ejemplaridad.
Yo le deseo suerte, Majestad, porque sé que, aunque en estos días sus enemigos le hayan dado una tregua, tiene por delante unos meses de tragar quina y aceptar que le den hasta en el carné de identidad ese de número tan bajo que tiene. Pero eso va con el cargo. Y con el país. Lo hemos comprobado en estos días de negrura para la Roja, que mira que me gusta poco llamar así a la selección. Los que hace dos semanas insistían en la canonización de del Bosque y los suyos, hoy se han puesto del lado de los que llevaban años deseando que el equipo nacional les diera la razón y fracasara. Y a los jugadores y al seleccionador les está cayendo la del pulpo tras las dolorosas derrotas en Brasil. Anteanoche, a los dos minutos de acabar el partido, ya había chistes en los que la gente se pitorreaba de la derrota, de del Bosque, de los fallos de Casillas y de Ramos… Porque, tendremos muchas cosas malas, pero somos unos cachondos.
De otro modo no se puede entender el cartel que me encontré el martes pasado cuando pensaba en las musarañas en un tren de cercanías. En esos momentos de empanamiento y mirada perdida, mis ojos se cruzaron con un cartel maravilloso que adjunto en fotografía. Pensé que había leído mal, pero no. Atención a la frase que acompaña a esos cajetines en los que se esconden los martillos con los que se puede romper la ventana de socorro: Pone arriba “MARTILLO ROMPECRISTALES” y abajo del todo la cosa más graciosa que he leído en mucho tiempo: “ROMPER EL CRISTAL PARA ACCEDER AL MARTILLO”. No sé si el autor es un genio, un cachondo o un tontolculo de dimensiones cósmicas. O, quizás, como pasa con estas cosas, un poco todo eso a la vez.

LOS QUE NOS TOCAN AHÍ MISMO
Oigan, que a mí el Pablo Iglesias este me da igual. O sea, que ni soy de los que le defienden como si fuera el nuevo Mesías Zurdo de la Justicia Universal, ni tampoco me parece el Coco que nos están haciendo ver algunos analistas, articulistas, políticos y ciudadanos varios. Es, sencillamente, el que les ha tocado la bolsa escrotal a muchos que pensaban que en las elecciones europeas ese tío con coleta que salía por la tele y había montado su partidillo Podemos, se iba a dar una galleta María desafinada. Y resulta que no. Resulta que Pablo Iglesias ha pegado un sonoro manotazo encima de la mesa y le ha dado un susto gordo a más de uno y a más de dos. Es que al tío le han salido enemigos hasta de debajo de las piedras.
En el PP y en el PSOE y en sus medios afines se encargan de recordar que es malo muy malo, un antisistema que puede resultar muy dañino, cuando, realmente, es peligroso para ellos; se les han puesto de corbata al ver que lo del bipartidismo puede irse al garete como sigan por ese camino. Incluso los votantes muy del PP o muy del PSOE están como los hijos de un matrimonio con problemas que odian a la amante de papá o al amante de Mamá, porque pone en peligro el nido familiar. En IU están mirando a ver cómo afrontan esto porque Podemos les está comiendo terreno, por mucho que los de Cayo Lara hayan crecido en las Europeas. Y los de UPyD, que están, por un lado dando palmas con las orejas por su crecimiento y, por otro, preguntándose cómo puede ser que este advenizo del Iglesias les haya pasado por la izquierda y tenga un escaño más que ellos.
Y ¿Cuál es la consecuencia de tanto miedo junto? Pues que al líder de Podemos, le están dando hasta en el carné. La verdad es que el tío tiene un tufillo leninista-bolchevique que echa para atrás. A mí estos especímenes ya me daban pereza cuando yo tenía 20 años, era socialista e iba a las asambleas de mi Facultad, o sea que no les quiero contar la desgana y el canguelillo que me provocan, a mis casi 50 años, cuando los veo hoy a punto de tocar pelo. Por si alguien se escandaliza, no quiero con esta taurina frase hacer referencia alguna a tocamientos escandalosos contrarios a la virtud; tocar pelo en los toros es triunfar. Pero es que se le están revolviendo hasta algunos de los suyos; esos típicos personajes que yo tengo muy calados. Los que jamás ponían un problema y miraban con embeleso al líder y decían que sí a todo, de repente no están tan contentos. Uno que arrimó el hombro sin esperar nada a cambio, cuando inesperadamente ve que los billetes circulan empieza a decir, “Oye tronco, ¿Qué hay de lo mío?” Y ese ambiente de salvemos a las ballenas, de asamblea de la “facul” por la paz y de vamos a compartir unos porrillos, se convierte en un festival de lanzamiento de puñales en el que, si no andas listo, terminas con un huevo enhebrado en una daga vizcaína de esas que tanto le gustaban al Capitán Alatriste. O sea, que a Pablo Iglesias se le viene una buena encima.
Los hay que dicen que es un poco inconsecuente. Coño. Y ¿quién no lo es? Porque yo, salvo dos o tres religiosos ejemplares, mis padres (por supuesto) y un par de amigos a los que elevaría a los altares, no conozco a nadie consecuente hasta resistir el pedazo de examen que le están haciendo a Iglesias. Llaman a su partido Pablemos, dando ya una idea de que se da por cierto el tufillo de líder totalitario que desprende. Le están mirando todas sus alocuciones anteriores ante la prensa o en conferencias, para ver si le pillan en un error o en una contradicción. Hasta se le ha criticado por aceptar una beca de Cajamadrid en la época en la que el diablillo Blesa era su presidente. Y ¿qué quieren que haga? ¿Que renuncie? Sé que este Pablo Iglesias va por ahí dando lecciones a todos sus ahora compañeros en la política y que él piensa que, de verdad, las cosas se solucionan con un programa tan de “Bolchedisney” o “Disney Bolch” como el suyo, pero creo que no es el único que lo hace. Me da risa escuchar a articulistas conservadores poniendo a parir a Iglesias argumentando que jamás podría cumplir su programa electoral. ¿También es el único que incumpliría su programa electoral? Porque me gustaría ver a esos articulistas siendo tan valientes denunciando los incumplimientos de programa de Rajoy and friends. ¿Qué la situación era muy jodida? Sí. ¿Qué lo están haciendo mucho mejor que ZP? También; aunque es cierto que no lo tenían difícil. Pero igual de cierto es que se han pasado por el forro muchas de sus promesas a ciudadanos y empresarios y aquí no pasa nada. Y que están haciendo recortes salvajes a la gente más necesitada, que quizás podrían quitar de otro sitio. Pero esa será otra Cabra.
A lo que iba es a que ¿De verdad creemos que soportaríamos cualquiera de nosotros semejante escrutinio si se pusieran a investigarnos, a recordarnos cada frase que dijimos hace años sacada de su contexto? Probablemente no.
Pero si yo fuera Iglesias, más que de los de fuera, me inquietaría por los míos. Están los de Podemos a punto de pillar cacho, de estar pronto en disposición de gobernar en algún sitio y, antes de sentarse en el sillón, ya hay tres o cuatro pegando empujones de esos de “quítate tú pa ponerme yo”. O sea que espero por su bien que esté preparado porque, cuando te dan hasta los tuyos, es que estás tocando donde no se suele tocar. Esa unanimidad a la contra sólo la consiguen aquellos que son una mezcla de loco y valiente, que nos gustan mucho mientras le introduzcan el dedo en la llaga al vecino y no a nosotros. Y el tío será demagogo y facilón en algunas críticas, pero habla bien y dice algunas verdades como puños (que es lo suyo) y eso en el país de la envidia, y del mirar en la política para otro lado como si nada tirorirotiroriro, pues gusta tirando a poco.