EL SENTIDO DEL HUMOR

Qué importante es saber reírse. Yo recuerdo que el día más triste de mi vida tuve uno de los ataques de risa más incontenibles que he padecido nunca. Estábamos a una hora escasa de despedir a mi padre en un Tanatorio del norte de Madrid. Fue algo bastante imperceptible, pero llevábamos todos un buen rato notando que había algo raro, algo eléctrico en el ambiente. Ni mis hermanos, ni, por supuesto, mi madre, ni nadie de la familia sabía qué era, pero flotaba esa sensación de que alguien había roto algo gordo y no había valor de confesarlo.
Hasta que una tía mía se me acercó y, un poco cortada, me dijo: “Cahlillo, ¿Quién es Itziar?”. A mí la pregunta me cogió fuera de juego y respondí: “¿Qué Itziar?”. “Pues una que le ha mandado una cruz de flores a tu padre”. Hay que dar ciertas explicaciones para entender esto. En nuestra familia no somos muy amigos de las coronas mortuorias y, por ejemplo, a todos los amigos y empresas que nos decían que iban a mandar una, les invitamos a donar ese dinero a los pobres. Pusimos las dos de rigor que entraban en el pack mortuorio del seguro de decesos de mi padre, y pare usted de contar. Cuando, tras la pregunta de mi tía, fui a la zona de la sala en la que estaba el féretro, flipé al ver encima del ataúd una cruz de flores blancas con una leyenda que decía: “Con cariño, Itziar”. Ahí entendí todo. Las decenas de personas que habían pasado en los últimos minutos por allí, que sabían que en la familia no hay ninguna Itziar, se quedaron pasmados al ver que el único adorno floral, al margen de las dos coronitas de la funeraria, eran esas flores blancas con un mensaje cariñoso de una moza ignota. Los pitejos* debieron pensar que Itziar era mi madre y colocaron la cruz blanca en un lugar preferente; encima de la tapa. Y, claro, a pesar de que mi padre era un Santo Varón, pues hubo ciertos pensamientos en plan: “Joder, con lo bueno que parecía Javier”, “¡Quién nos lo iba a decir!” y tal, y hubo que desfacer el entuerto.
La tal Itziar era Itziar Elguezábal, una profesional del golf con la que yo, entonces, presentaba un programa en Canal+Golf. La Elguezábal es un encanto y estuvo muy pendiente de mí durante los meses jodidos de la enfermedad de mi padre y, cuando murió, quiso tener el detalle de mostrarme su afecto con esas flores. Cuando yo avisé a mi madre y a mis hermanos de tal malentendido no sé quién empezó la risa, pero tres minutos después tuve que salirme de la sala porque creía que iba a acabar vomitando de tanto reírme. La escena era bastante grotesca; la familia estábamos, cualquier cosa, menos contentos, pero nos dio por reírnos y disfrutar de esa risa que, como suele suceder en estos lugares rigurosos, es liberadora y, casi siempre, acaba en llanto. Sé que para muchos de los que estaban allí, aquello fue incomprensible. Somos siete hermanos, con sus maridos y mujeres, y, entonces, 13 nietos y podrán imaginar que el ruido de las risas era tan estridente, como chocante e incluso hubo alguien que hizo un comentario de esos de: “¡parece mentira, riéndose en un momento así!”. Pero yo creo que hay que mantener el sentido del humor hasta en los días más tristes. En mi trabajo, en mi familia, entre mis amigos, necesito que haya buen humor y, a ser posible, risa con frecuencia. Por eso me sorprende tanto la gente que tiene mal café, sobre todo esos amargados que abundan en Internet y que, bajo el anonimato, están siempre alerta, para cagarse en tus muelas. Yo, que ya me conozco el percal, cíclicamente hago pruebas y es muy gracioso ver cómo embisten con nobleza, cada vez que les echo el capote al hocico.
Anteayer, cuando el Madrid ganó al Wolfsburgo con un buen partido (por fin) de Cristiano en un partido crucial, publiqué un tweet diciendo que me encantaba haber sido un bocas criticando al portugués, y que reconocía el partidazo que había hecho, después de mucho tiempo sin destacar en un encuentro de los importantes. En menos de 3 minutos tenía ya a unos cuantos dando por hecha mi nula inteligencia, y haciendo referencias a objetos de diferentes tamaños y procedencias que debía empezar a introducirme por el ano. Bueno, ellos no hablaban tan finamente, claro, pero me encantaría saber qué conduce a alguien a estar pendiente de una persona a la que consideran un imbécil para, en cuanto diga algo, hacer ostentación de su desprecio. Le preguntaré a mi hija la mayor, que está estudiando Psicología y va por los pasillos analizando a la familia y allegados, a ver si consigo algún día entenderlo. A mí me da pena, porque cuando alguien te pega una leche dialéctica, con gracia, yo me río, aunque el crítico me esté poniendo a parir. Puede que sea algo que da la tierra. Aunque odio los clichés, creo que hay que reconocer que, en Andalucía, tenemos un sentido del humor que nos hace ver las cosas, casi siempre, de una manera diferente y, opino, que mejor.
¿En qué lugar del mundo puede suceder que uno vea lo que yo presencié con mi hijo Carlos y mi sobrino Pablo en la terraza de una cafetería de Málaga? Estábamos entre las mesas esperando a que el encargado nos sentara, cuando nos apartamos para que pasase un señor parapléjico que iba en su silla de ruedas. Supimos que se llamaba Juan al escuchar, estupefactos, al encargado decir a voz en grito: “Huani, er día que te levante no vá a dá guerra tu ni ná” que traducido al castellano mesetario, viene a ser: “Juan, el día en que te cures y puedas dejar tu silla de ruedas vas a dar mucha guerra”. ¿Creen que el tal “Huani” se molestó o mandó a la mismísima mierda al camarero? No; giró la cabeza, sin detenerse, levantó la mano derecha y siguió su camino gritando con una sonrisa: “¡Digoooo!”.

*En Málaga el “pitejo” era el conductor de los coches de caballos fúnebres. Por extensión, hoy se conoce así a cualquier empleado de funeraria o tanatorio, relacionado con un sepelio.

UN PEDO EN EL ASCENSOR

Ayer me pasó. Me metí en el ascensor de casa y, nada más entrar, lo percibí. Era un olor denso. Con un punto dulce y, como diría uno de esos enólogos horteras de Wikipedia, con un retrogusto a alcachofas podridas. Vamos; un pedo de campeonato. Un cuesco contundente, rotundo, mayúsculo; de esos que se agarran a las paredes del elevador como los percebes a las rocas.

Estaba en la planta -2, la de mi plaza de garaje y, a pesar de que recé para que el ascensor no se detuviera, le dio por pararse en la 0. Se abrieron las puertas y vi, con espanto, que una vecina me decía con gesto alegre: “buenas tardes” y se metía en el ascensor. El gesto alegre le duró a la pobre lo que tardó en inspirar porque, enseguida, cruzó el rictus y me lanzó una mirada que mezclaba pena, asco, estupor y un pensamiento que asociará para siempre a mí; “este tío es un cerdo”.

Yo no fui capaz de decir nada porque, en esas décimas de segundo eternas de los momentos críticos, repasé varias frases y todas me parecieron penosas; “no es mío”, “¡cómo huele!, ¿Verdad?” o “hay gente que es muy cerda”. Estuve a punto de decirlas todas y no pude soltar ni una. Al llegar a la 2ª planta abandoné el ascensor con cara de desolación, lleno de vergüenza y con un sentimiento de culpa, que no era mío.

Y, no sé por qué, mientras introducía la llave en la puerta de casa, me acordé de nuestros políticos y del tristísimo espectáculo que están dando con esto de los pactos para formar gobierno. Creo que los ciudadanos hoy estamos con la misma cara que se me quedó a mí ayer en el ascensor. Nuestros políticos se han tirado un pedo monumental, se han bajado del ascensor y han hecho que nos metamos ahí los ciudadanos. Y han entrado nuestros vecinos y vamos a acabar todos con la sensación de que la culpa es nuestra, aunque nosotros no seamos los autores del cuesco.

Aquí parece que es que los ciudadanos hemos votado mal y que hace falta que repitamos las elecciones. Que no es eso, coño. Que lo que os dijimos los ciudadanos es que os pongáis de acuerdo. Yo tengo claro cuál es el pacto que querría; PP, PSOE y Ciudadanos, pero, en el fondo, lo que quiero de verdad es verles ceder a todos. Y que dejen de salir de las reuniones poniendo cara de santos y diciendo: “Que quede claro: si no llegamos a un acuerdo la culpa no es mía. La culpa es deeeee:…..” y pongan ahí el nombre que quieran.

Porque nuestros políticos son unos profesionales admirables en el “pío, pío, que yo no he sido” y me veo yendo a votar de nuevo dentro de un mes y pico con todos estos dando lecciones de madurez política aunque no hayan sido capaces de llegar a un acuerdo en 5 meses. Yo puedo entender un malestar inicial porque, para todos, los resultados fueron peores de lo que esperaban.

El PP perdiendo millones de votos y decenas de escaños. El PSOE sin llegar a 100 diputados en un resultado histórico, por el hostión. Podemos, porque pensaban que iban a forzar un gobierno de izquierdas y no han llegado a tanto. Y Ciudadanos porque creían que iban a ser bisagra y son un pequeño pernio. Pero a estas alturas todos deberían haber asumido ya lo que hay. Quizás esa intolerancia a la frustración les venga de falta de entrenamiento.

Hombre, Rajoy ya tuvo lo suyo en 2004 y 2008, pero pienso que, el haber tocado pelo, le tiene ahora en un sinvivir y no se ve en otro sitio que no sea la Moncloa. Pero a los demás quizás les habría venido bien tener frustraciones desde la tierna infancia. A mí, por ejemplo, me pasó con 5 años. Yo, como la mayoría de los que nos dedicamos al periodismo (y a la política) tenía, desde pequeño, un acusado afán de protagonismo, de ser el jefe, de ser el niño bonito. En mi caso, eso quizás proviniera del hecho de haber nacido en una familia numerosa en la que recibir un trato especial resulta complicado.

La cuestión es que, estando yo en el último curso de preescolar, nos anunciaron que, en la función de fin de curso, íbamos a hacer una corrida de toros. Yo, que era ya muy aficionado, desde el primer momento asumí que el papel del matador iba a ser mío. Mis padres me habían regalado por mi quinto cumpleaños una muleta, un estoque y una montera y yo toreaba de salón con ciertas maneras. En el cole, cuando jugábamos a los toros (entonces en los coles se jugaba a los toros), yo siempre era uno de los matadores.

Y el día en el que nuestra profesora anunció el cartel yo me fui hundiendo cada vez que iba pronunciando los nombres. No fui el torero, ni el picador, ni un banderillero, ni el caballo de picar, ni el toro. En mi diminuta estupefacción escuché a mi profesora decir: “Cahloh GarsíaHirfe: Monosabio”. Y se me cayó el mundo encima. Mi amigo Lalo, que no sabía ni dónde tenía los cuernos el toro, iba a ser la gran figura y yo, el fino estilista de la muleta, iba a ir, vestido de rojo y azul, ayudando al picador y al caballo a recibir la embestida del toro.

Pasados el estupor y la vergüenza, yo, que ya era un optimista sideral, decidí que iba a ser el mejor monosabio del mundo y allí fui a hacer mi papelillo y a ver luego, desde la barrera, cómo mi amigo Lalo cortaba las dos orejas y el rabo y salía a hombros entre ovaciones atronadoras. Yo creo que a nuestros políticos les toca asumir que no todos pueden ser matadores y que uno puede hacer que la función sea un éxito aunque los focos estén apuntando a otro. Pero no sé por qué me da que van a acabar diciendo: “De monosabio, que se ponga tu madre”.

Por cierto, antes de terminar. Hoy en Madrid, a las 8 de la tarde, en la Iglesia de San Antón, el Padre Ángel celebrará una misa funeral en memoria de Gaspar Rosety. Adela, la mujer de Gaspar, me ha pedido que os diga que todos aquellos que admiraban a Gaspar y quieran acompañar a la familia, están invitados a venir a dar gracias por la vida de un gran tipo que se nos ha ido demasiado pronto.

EL NIÑO HONRADO

Que viene a ser, directamente, el padre, o la madre, honrados. Los niños, casi siempre, son un reflejo de los que son o han sido sus padres. Es muy raro que a unos padres estupendos les salga un niño profundamente imbécil. Del mismo modo que resulta improbable que, con unos progenitores imbéciles, venga al mundo una progenie modélica.
Les pongo un ejemplo claro que tiene que ver con mi familia y, en concreto, con mi hija la mayor. No es por nada, pero mi mujer es una de las tías más listas que conozco y no es de esas personas fáciles de convencer de una u otra cosa. No sé si es por esa inteligencia o por el hecho de que pertenece a una estirpe de mujeres educadas en la autonomía personal, porque, en unos años en los que las mujeres no estudiaban y se quedaban en casa con la pata quebrada, mi suegra y sus 8 hermanas estudiaron carrera universitaria y aprendieron a tomar las decisiones sobre sus respectivas vidas. Vamos, lo que quiero decir es que, si cogemos el concepto de mujer sumisa y entregada a su marido, tipo Geisha, mi mujer, su madre y sus tías no dan el perfil. Eso hace que las cosas en mi casa se analicen, se les dé la vuelta y que, con frecuencia, mi esposa tienda a colocarme en aprietos dialécticos de los que no siempre escapo triunfante. Y claro, eso no sé si se hereda o se aprende, pero mi hija Paula, con tres años escasos ya iba enseñando la patita. Paula, desde prácticamente un año de vida, hablaba como un académico. Era muy raro verla balbucear o decir palabras a medias. O decía la palabra con total corrección o no la decía. Eso la hacía una niña muy de concurso de la tele porque, en las tiendas, si me decía algo desde el carrito, la gente la miraba como si estuviera poseída o como si yo hubiera puesto en marcha un radiocasete.
A lo que voy, que me pierdo, es que un día yo paré en el quiosco de al lado de casa para comprar el periódico y le dije a Paula que no se soltara de la sillita porque iba a volver en un minuto. Ella insistió en que quería venir conmigo y yo le dije que no y que ni se le ocurriera soltarse. Bajé del coche, cerré las puertas y, mientras me dirigía al quiosco, la niña me miró y me dijo, lo leí claramente en sus labios, “me voy a soltar”. Tardé un minuto en comprar la prensa y, al volver, Paula estaba esperándome, retadora, de pie delante de su sillita. La senté, le advertí de que estaba castigada y le empecé a soltar el típico discurso de padre indignado sobre que hay que ser obediente y tal y tal. Cuando terminé la perorata, la cabrona de la niña me dijo: “Es que tú no mandas. Manda Mamá.” Con dos miniovarios. Aquello, lógicamente, aunque me dio un poco de risa, me tocó bastante las pelotas y me hizo reaccionar de un modo penoso. Le dije a la niña: “Pero, si no está Mamá, mando yo”. Y Paula, que no sé dónde había oído tal adjetivo, me dijo: “Qué patético”. Y ahí sí que me dio la risa, pero abiertamente, porque la jodía niña se detuvo en cada sílaba: QUÉ-PA-TÉ-TI-CO, como sabiendo que la palabra iba a tener un efecto demoledor sobre el panoli de su padre.
Cuento esto porque el lunes descubrí en la web www.ten-golf.es una noticia de esas que te hacen pensar que hay gente que se entretiene, de verdad, en educar a sus hijos. Y que, como decía al comienzo, cuando un niño sale bueno o malo es porque tiene algún modelo en el que fijarse. Hablo de un niño de 7 años, que se llama Yago Horno, que jugó el sábado pasado un torneo de golf de benjamines en Huelva. El niño ganó en su categoría con un resultado de 50 golpes, pero, al llegar a casa y repasar con su padre la tarjeta, descubrió que, en uno de los hoyos, se había apuntado un golpe menos y que, por tanto, la suma debía haber sido 51. El padre, Kostka Horno, le dijo al niño que, cuando uno firma un resultado mal y entrega la tarjeta, el castigo por el error es la descalificación y que Yago debía devolver el trofeo y los regalos que le habían dado por su triunfo. Imagino que el trago no debió ser agradable ni para el padre ni para el hijo, pero Kostka obligó al niño a escribir una carta que se debería enmarcar y repartir por todos los campos de golf de España. Les recomiendo que, si tienen un segundo, hagan click en el enlace que copio aquí abajo y disfruten de una lectura emocionante. Hay muchos agoreros que dicen que los niños de hoy son peores que los de antes. No sé, yo creo que no. En todo caso, si fuera cierto, puede que haya más padres capullos que antes. Aunque yo no lo creo. Y, si los hay, de vez en cuando aparecen especímenes como Kostka y su hijo Yago que convirtieron una anécdota, que podía haberse convertido en un pequeño remordimiento durante un par de meses, en una lección admirable que este niño recordará, probablemente, toda su vida. Y nosotros, también.
http://www.ten-golf.com:82/es/los-que-saben/el-arreglapiques/20943-golfista-de-siete-anos-renuncia-a-sus-trofeos-tras-descubrir-que-firmo-mal-la-tarjeta.html

PACTA CONMIGO, GILIPOLLAS

No es un buen comienzo. Ni de un artículo, ni de una conversación en la que uno, se supone, quiere convencer a otro de que le dé su apoyo para gobernar el país. Pero esto, más finamente, es lo que se están diciendo unos a otros en España desde hace mucho tiempo. Porque esto parece nuevo, pero no lo es. Todo esto que está pasando en el Congreso de los Diputados y Diputadas LGTB (creo que es el nombre que le van a poner finalmente), viene de unos polvos que empezaron a esparcirse hace muchos años.
La manera de gobernar de todos los que hemos padecido en la Moncloa ha sido penosa siempre que se han encontrado con una mayoría absoluta. Le pasó a Felipe, y a Aznar, y a ZP y le ha sucedido también a Rajoy. Yo creo que el rencor que hay hoy en muchos, nació en la segunda legislatura del PSOE con ZP. Aquel “cordón sanitario” que se estableció en torno a los populares llevó al absurdo de que los socialistas dijeran que el PP era malo malísimo porque era el único partido que no pactaba con ellos. Claro, a ZP se le olvidaba el pequeño detalle de que él pactaba con esos partidos porque le tenían agarrado el escroto con bastante fuerza y los necesitaba para sacar adelante sus leyes. Pero se legisló, durante aquellos cuatro años (y en los 4 anteriores) sin mirar ni un minuto a la bancada de enfrente, que representaba casi a la mitad de los votantes españoles.
Durante los 4 años de legislatura de mayoría absoluta de Rajoy ha sucedido lo mismo, pero en sentido inverso. El PP se ha hartado de producir leyes sin tener en cuenta, prácticamente, ni una de las enmiendas, sugerencias o reclamaciones del PSOE y el resto de partidos, que representaban también a buena parte del electorado del país. El paradigma de aquel absurdo fue la Ley Wert. No sé si recuerdan aquel día. El Ministro y sus colegas sonriendo a pesar de que sabían que aprobaban una ley con una contestación tremenda. Pero no menos triste me pareció que, en la puerta del Congreso, la oposición en bloque se hiciera también una foto, todos riéndose muchísimo, y asegurando que, en cuanto gobernasen iban a derogarla. Como si en vez de el futuro de nuestros hijos hubiesen estado decidiendo el color que van a tener los pasos de cebra en 2020.
Y todo esto nos ha llevado al lodo en el que hoy nos encontramos. Yendo por partes y por su número de votos. Rajoy, que midió mal al hacerle al Rey aquel “pase del desprecio”, sigue sin darse cuenta de que, con él ahí, va a ser muy difícil que se cierre un pacto tan complejo como el de PP, PSOE y Ciudadanos. Él insiste en que es el más votado, pero pierde de vista que es también el que ha perdido millones de votos y no parece percibir que quizás debería hacerse a un lado y aceptar que esos votos del PP son del partido y no suyos.
Eso mismo podría decirse de Pedro Sánchez. El líder socialista tuvo sueños húmedos durante unas semanas pensando que podía acabar en Moncloa, pero no tuvo en cuenta que, para eso, se tiene que sentar con ese señor indecente al que no ha cogido el teléfono en medio de las negociaciones. A Sánchez se le ha llenado la boca diciendo que Rajoy no logró apoyos para su investidura, pero no confiesa que él lo puso realmente complicado para que el líder del PP lo consiguiera.
Pablo Iglesias parece feliz habiendo convertido en muchos momentos el Pleno del Congreso en el salón de actos de su «facul». Me da la sensación de que al líder estudiantil se le empiezan a ver las costuras y que ese lenguaje y ese discurso ligero que funciona bien en las manifas y en las tertulias de la tele, pierde gas cuando lo que se está cocinando es el futuro del país. Además me hace gracia la memoria que tiene para recordarles a otros un pasado lejano como la cal viva y la amnesia que luce cuando alguien le recuerda que hace bien poco pregonaba las bondades de las repúblicas bolivarianas, el leninismo, y la lucha en la calle con dos cojones. Cuando se le dice esto sus fieles, que son legión, te dicen que somos unos pesados, que qué manía con su pasado de hoz y martillo, símbolo que, aunque tiene mejor fama, a mí me pone los pelos tan de punta como la cruz gamada.
El que creo que menos se ha comportado como un panoli, ha sido Albert Rivera, aunque pienso que confió demasiado en esa cuadratura del círculo que proponía Sánchez. Me parece que es un político bastante hecho y sensato, pero debe andar como si pisara alfileres en las próximas semanas para no salir trasquilado de aquí. Puede ser el pegamento para que PP y PSOE se sienten, pero en algunos momentos le he echado en falta la finura que lució su ídolo Adolfo Suárez en los momentos más complejos de la Transición.
Del resto de líderes, la verdad, para qué hablar. Algunos ya se retrataron en los diferentes discursos durante las investiduras y nos dejaron claro que, si alguien gobierna con sus apoyos, vamos a flipar en colorines. Así que espero que a los 4 líderes a los que he aludido les salga la Grandeza por algún sitio. Sé que es complicado y que puede parecer un sueño, pero tienen la obligación de ponerse de acuerdo y, si no lo hacen, podremos ser nosotros, los ciudadanos, los que les digamos, con toda la razón del mundo que son, verdaderamente, unos gilipollas.

GASPAR ROSETY

Joder. En menos de un año se me han ido dos de los mejores amigos que había conseguido hacer en el periodismo. Y en la vida. Hace 10 meses murió Jesús Hermida, de manera repentina. Y de un modo igual de fulminante y sorprendente, esta madrugada ha fallecido Gaspar Rosety. Dios; cómo me cuesta escribir esto. Porque no me lo creo todavía.

El jueves tropezó con un bolardo de esos que pueblan nuestras aceras. La mala caída le provocó una hemorragia cerebral masiva y una parada cardio-respiratoria de la que tardó diez minutos en salir. Y no volvió a despertar. Desde el principio las noticias eran pésimas y los médicos no daban ninguna esperanza a la familia. Pero, en estos dos días de hospital, Adela y sus niñas, Manolo y todos los que andábamos por allí confiábamos en que hubiera un milagro. Que igual que quiso Dios que tuviera un accidente tan tonto, quisiera recuperarle. Pero no ha podido ser.

ÍDOLO Y AMIGO

Yo conocí a Gaspar en 1987. Como me pasó con Jesús Hermida, acabé haciéndome amigo de uno de mis ídolos. Porque cualquiera que haya oído algún partido narrado por Gaspar sabe que, con todos los respetos para otros narradores muy buenos, él fue el mejor y creó un estilo que han seguido muchos. Era una de las estrellas de Antena 3 de Radio cuando yo llegué con mi cascarón pegado al culo a hacer prácticas.

Aunque le veía poco, porque andaba siempre de un lado para otro, en cuanto pude le dije que era uno de mis ídolos y, desde entonces, cada vez que nos veíamos me decía: “hola, fan” y se ponía a contarte anécdotas sabiendo que todos aquellos que éramos algo más jóvenes que él (Gaspar empezó a triunfar con veintitantos años) íbamos a escucharle embelesados. Pero cuando nos hicimos amigos de verdad fue unos años después.

Gaspar fue uno de los tertulianos del programa “Fútbol es Fútbol” de Telemadrid, que yo estuve presentando durante 2 años. Él venía cada domingo y un día se nos ocurrió que podía ser buena idea montar un grupo de amigos que nos reuniéramos de vez en cuando en el Asador Donostiarra. Y así nació la “Peña del Asador”. En aquellos meses fraguamos una amistad que ha durado hasta hoy y en la que Gaspar puso, como en todo lo que hacía en la vida, todo su corazón. Quizás por eso estaba tan delicado y le habían tenido que operar yo qué sé cuántas veces.

UN CORAZÓN CON PATAS

Gaspar era un corazón con patas. Quería de manera arrebatada y lo hacía todo contundentemente. Era un amigo inmejorable. De una lealtad de esas que ya no se ven. Un amigo pendiente. Si sabía que estabas jodido por algo, ahí tenías siempre su llamada. En una profesión como la nuestra en la que muchos se te acercan cuando tienes luz alrededor, Gaspar era especialista en todo lo contrario y, cuando más te llamaba y cuando más planes te proponía era en esos días oscuros en los que nadie quiere saber de ti.

La semana pasada, por ejemplo, estuvimos comiendo con un compañero de toda la vida que necesitaba que le echásemos un cable y Gaspar terminó el almuerzo diciéndole; “si sale algo, bien y, si no, aquí estoy yo para ayudarte”. Ponía tanto cariño y tanta atención, que por eso toleraba muy mal las deslealtades y se llevaba disgustos gordos cuando sentía que alguien le había vuelto la cara.

Y sus niñas. Las dos Adelas y Beatriz. El orgullo y el amor que desparramaba siempre hablando de ellas. La última vez que hablamos, por cierto, fue para contarme lo que le estaba gustando un vídeo que estaba haciendo Adelita para el sastre Justo Algaba. Era hiperactividad en estado puro. Trabajando para la Federación o, mejor, para su amigo Ángel Villar, y yendo al despacho de Medina y a la Universidad y luego organizando siempre cosas y pensando en proyectos o convocando cenas de la Peña del Asador, que se va a quedar tan huérfana que no sé si tengo ganas de volver a montar una cena sin él.

UN AMIGO DE PIEDRA PÓMEZ

Coño Gaspy. Qué putada que te hayas muerto. Y mira que siempre nos reíamos diciendo que, en el fondo, eras de Piedra Pómez. O eso, o que los médicos te engañaban y te decían que estabas fatal y que te cuidaras comiendo por fastidiar. Tanto cuidado y tanto agobio porque tenías el corazón fatal y te acabas yendo de esta manera tan absurda.
Te voy a echar mucho de menos y no sé lo que tardaremos en volver a vernos. Hasta entonces, que sepas que te recordaré siempre y que, aunque sé que van a estar bien acompañadas, estaré pendiente de tus chicas.

Mira que me dan rabia muchas cosas de tu muerte y que se me mezclan ahora recuerdos, conversaciones y una pena que no me quita el nudo que se me montó en la garganta desde que supe que te estabas muriendo. Pero al menos sonrío pensando en que, al final, tendrá que ser en el cielo donde hagamos la tontada de que yo te diera paso algún día, en alguna radio, tal y como nos decíamos cada vez que hablábamos por teléfono: “Gaspaaaar Rosetyyyy, adelante compañerooo”. Y tú contestando siempre: “muchas gracias, Carlooos Garcíaaaaa-Chifliiiis”.

Adiós Gaspar, descansa en paz y dales de mi parte un abrazo fuerte y especial a Matías Prats y a Jesús Hermida en el cielo de los periodistas buenos, que es donde tú estás ya seguro.

PUES A MÍ ME GUSTA

No sé si conocen el chiste. Un estudiante de ciencias, que es vago y no muy listo, se presenta a un examen oral de química. Le muestran un bote con un líquido transparente y le piden que describa las propiedades del amoníaco. El muchacho, que no tiene ni idea, empieza a divagar diciendo: “Bueno; el amoníiiiacooo, es líquiiiidooo, es transpareeeenteeee… Ehhhh…. Y hueleeee muy bien.” Uno de los miembros del tribunal le pregunta: “Ah, ¿Huele muy bien?” y el muchacho se ratifica. El catedrático le pide que abra la botella y que inspire profundamente el aroma. Tras hacerlo, y con la voz y el gesto cortados por la intoxicación, el estudiante masculla: “Puesssh a mí, me gushhsta”.
Yo me acordé ayer de este chiste y del amoníaco al valorar el acuerdo al que llegaron PSOE y Ciudadanos para investir a Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno. A mí me gusta. Este acuerdo anunciado ayer, para mí tiene varias cosas buenas; ambos renuncian a determinados puntos de sus programas para poder llegar a un consenso y han elaborado un proyecto, todavía vago y lleno de incógnitas, pero es un pacto. Creo que un acuerdo de este estilo no pondría en peligro la estabilidad económica de España y estoy seguro de que transmitiría confianza a los que tienen que decidir dónde, cuándo y cuánto invierten en qué sitios. Y considero que es una lección para el resto de partidos, que siguen empeñados en poner líneas rojas o azules. Claro que también se le puede decir a Sánchez que retire esa línea roja que le impide sentarse a hablar con el partido que más votos obtuvo. Es lo único que me choca de todo el boato de ayer, que parecía que acababan de firmar los Pactos de la Moncloa; pero no estaba invitado a la merienda el PP. Y, lógicamente, esto conduce a que se les escape un pequeño detalle; que el resto de partidos les han hecho una peineta y ni PP, ni Podemos, ni Compromís, ni IU piensan apoyar o abstenerse en la votación. O sea que, a Pedro y a Albert, no les salen las cuentas.
A mí, de todo esto, lo que más me gusta es que Pablo Iglesias tenga el enorme mosqueo que tiene. No hay nada que más me alegre que ver a estos cansinos neo-comunistas lejos de la bancada azul del Congreso. Porque aunque ellos, y sus fans, sigan calificándose de social-demócratas de toda la vida, no hay más que echar la vista atrás un año y pico y flipar con las cosas que decían estos muchachos de nuestra democracia, de los métodos para cambiar las cosas y de lo que harían en el caso de llegar al gobierno. Lo curioso es que a ellos, que son maestros en el uso de las redes sociales y de las nuevas tecnologías, se les olvide que hoy siempre hay una cámara que te está grabando. Y les molesta profundamente que se les recuerde que hace dos días estaban cagándose en la democracia, en la Constitución y animaban a los que les escuchaban en foros públicos a hacer política con armas, en la calle y echándole cojones.
Ya lo siento, majos. Es que está grabado. Y no entiendo que, cada vez que hago una crítica en este sentido, te salgan los que les apoyan diciendo que los de ahora son peores y dicen, literalmente: “prefiero probar con estos a seguir con la mierda que tenemos encima”. Y yo, en parte, estoy de acuerdo en calificar como mierdas a muchos de los que nos han gobernado en diferentes lugares en los últimos años, pero esas barrabasadas no hacen mejores a los que vienen con la hoz y el martillo escondidos bajo la chaqueta dando clases de democracia y tolerancia. Bueno; tolerancia con los que opinan como ellos porque, a los que pensamos diferente nos miran siempre con esa sonrisilla de superioridad dando por hecho, por supuesto, que somos unos fascistas que vivimos felices con gobiernos corruptos. Porque estos pesados de Podemos practican de continuo la política adolescente; a ver qué digo o a ver qué hago para que el facha de Papá se enfade y le den ganas de darme una leche. Lo malo es que hay que gobernar un país y eso no se consigue con ese supuesto gobierno de progreso que, para mí, sería un gobierno de regreso.
Hay que aprovechar la oportunidad que nos han dado las urnas y obligar a que los partidos mayoritarios, que no quieren convertir España en una República Bolivariana, se pongan de acuerdo. Ese primer paso de ayer a mí me parece que marca un camino así que confío en que inviten a la fiesta al PP y, del modo que sea, alcancen un acuerdo los de la nueva política, representados por Ciudadanos, y PP y PSOE representando a los de La Casta. Cualquier cosa, por Dios, menos ver sentados en los bancos del gobierno a los de Podemos, que son, indudablemente, La Plasta.

EL RESPETO

Mira que somos un país majo. Y que tenemos virtudes. Pero acusamos bastante tendencia a pasarnos algunas normas por ahí debajo y a pensar que a los demás tampoco les pasa nada porque nosotros hagamos algo que les molesta.
La foto que acompaña a este artículo es un buen ejemplo. Un polígono industrial a las afueras de un pueblo cualquiera. Una parcela con un cartel que prohíbe verter escombros y basuras y casi no se ve la tierra de tanto desperdicio que han tirado ahí decenas de personas. Es como lo de las cacas de los perros, la doble fila, colarse en las salidas de las autopistas que están atascadas… o como lo de respetar los sentimientos y las creencias de los demás.
Lo digo porque, en estos días, se ha hecho muy famosa una poetisa catalana, Dolors Miquel, por recitar una versión libre del Padrenuestro, el Madrenuestra, en el que suelta lindezas como “bendito sea tu coño”. Algo como esto que es, simple y llano mal gusto y falta de respeto por las creencias de los demás, desde el primer momento se convirtió en algo político. El portavoz del PP en el ayuntamiento de Barcelona, Alberto Fernández Díaz, abandonó el acto indignado y, a los pocos minutos salió un artista a criticar a Fernández Díaz por escandalizarse ante el Madrenuestra blasfemo, pero no por el hecho de que haya 10.000 niños refugiados perdidos por Europa.¿?
Aquí en España, con esto de los sentimientos religiosos hay una militancia muy marcada. Por lo general, la gente más conservadora, piensa que no pasa nada porque el catolicismo haya bañado durante muchos años la vida social y política de nuestro país. Esa presencia atosigante del clero ha hecho que mucha gente de izquierdas tenga contra la Iglesia Católica una inquina y, en ocasiones, una falta de respeto que no se muestra frente a otros credos. De otro modo no se explica que una mujer que yo creo que es tolerante y respetuosa en la mayor parte de sus manifestaciones, como Ada Colau, pueda sonreír y aplaudir una grosería y una falta de respeto para tantos de los vecinos de la ciudad en la que ella gobierna. Y es porque hablamos de la fe católica. ¿Habría sido tan condescendiente si algún poeta hubiera recitado un poema cagándose en símbolos musulmanes o judaicos? Seguro que no. Probablemente, incluso, habría pronunciado algún discurso moralizante dando lecciones de tolerancia a los demás. Porque es muy curioso; la derecha más tradicional piensa que todos los demás debemos compartir su manera de sentir su fe y por eso a ellos no les parece que la Iglesia Católica haya sido invasiva. La izquierda más transgresora opina que hay que ser tolerantes y respetuosos, excepto con los que no opinan como ellos. A esos, sobre todo si son fachas y católicos, que les den.
Otro buen ejemplo de esto que digo es la entrevista que le hizo mi admirada Elvira Lindo a la portavoz del ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre. La concejala se somete desde hoy al juicio por el asalto a una capilla de la Complutense en la que varias personas increparon a los fieles y al clérigo que allí oficiaba. Le piden pena de cárcel por herir sentimientos religiosos y Maestre cuenta en El País que por primera vez en su vida está experimentando lo que es la tensión. Ella considera que todo lo que le está ocurriendo es consecuencia del hecho de que Ahora Madrid está gobernando y que tiene muchos focos encima. Considera también que, en la querella y en el ruido mediático, influye que ella es mujer y joven y por “defender maneras menos agresivas en el debate político.” Joder. Menudo modo de defender maneras menos agresivas. Es cierto que esto pasó cuando la moza tenía 21 años y que ha pedido disculpas (que han sido aceptadas) al arzobispo de Madrid, Carlos Osoro. Pero también es cierto que todo esto habría sido muy distinto, y no tendría a miles diciendo #YoApoyoARitaMaestre en Twitter si la concejala hubiera hecho eso mismo en una sinagoga o en una mezquita. ¿Creo yo que Rita Maestre debe tener antecedentes penales por esto que hizo? Absolutamente no. Pero también considero que cosas como estas deben servir para que todos hagamos una reflexión y pensemos si no ha llegado ya el momento de que, de verdad, nos respetemos unos a otros. O, por lo menos, si vamos a ser irreverentes que lo seamos con gracia y no de una manera tan grotesca y tan agresiva como las que he comentado.
Deberían aprender Rita y la poetisa del líder del grupo musical “Siniestro Total”, Julián Hernández. Este grupo, que hizo canciones con títulos tan heterodoxos como “Todos los ahorcados mueren empalmados”, “Matar jipis en las Cíes” u “Opera tu fimosis”, no estaba muy de acuerdo con la línea estética del conjunto “Héroes del Silencio”. Nunca he oído crítica más demoledora, con gracia, que la que hizo Julián al grupo de Bumbury cuando le preguntaron. “¿Qué te parece la música de “Heroes del silencio”. El líder de Siniestro respondió: “Serían unos verdaderos héroes si estuviesen en silencio.”

SOMOS NOSOTROS

Es la base de nuestra insensibilidad. Que los vemos lejanos. Que pensamos que eso a nosotros nunca nos va a pasar. Y los miramos con lástima. A veces. Porque, casi siempre, el padecimiento ajeno, cuando es muy crudo, cuando se ven las tripas muy en primer plano, nos acaba dando repelús. Y esa crudeza nos provoca tal rechazo que miramos hacia otro lado. O, directamente, nos buscamos coartadas mentales que nos dejen tranquilos.
Hablo de los refugiados. Y de las víctimas de ETA o de AlQaeda.
Hablo de esos ciudadanos que se encuentran, de repente, un día normal, con que les están poniendo bombas en el Corte Inglés de Castellana y, horrorizados, en el camino a casa para buscar refugio, ven caer tres misiles, uno en el Bernabéu, otro en Plaza de Castilla y otro en el Ramón y Cajal. Y, al llegar a casa, se encuentran con que sólo quedan escombros arrasados. Pero eso no pasa en Madrid, sino cada día, cada hora, en cualquier ciudad de Siria.
Hablo de esos miles de personas que estuvieron en un momento de sus vidas en el lugar inadecuado en el momento más inoportuno y, sin quererlo, tuvieron una muerte que fue un símbolo. Y sus muertes, o sus heridas, o sus duelos por el terrorismo los aprovecharon políticos de uno y otro signo para hacer política.
Son caras que aparecen en imágenes de los telediarios, o en las portadas de la prensa, vídeos de las redes sociales o fotos del Instagram y que nos parecen igual de lejanos, en el fondo, que cualquier actor de Hollywood al que vemos en una película. Pero, desgraciadamente, son como nosotros. Y, claramente, no nos estamos dando cuenta.
En el caso de los refugiados quizás es porque hace mucho que no aparece un Aylan para descojonarnos las conciencias. Pero cada hora siguen llegando a diferentes fronteras de Europa y del Oriente Próximo miles de refugiados a pedir que alguien les ayude a escapar del espanto diario. En esa tarea perversa de conseguir quitarnos el problema de encima, políticos y medios de comunicación de toda Europa están haciendo un daño descomunal. En un momento en el que hacen falta líderes y ciudadanos que echen la pata adelante, estamos todos escondiéndonos cómodamente en las sospechas de que pueda haber yihadistas infiltrados, en que hay algunos cabrones que agreden a mujeres y en el hecho cierto de que la integración de estas personas no va a ser desde luego fácil. Y esa lluvia fina va calando. No vemos a esos sirios que huyen del horror como si fuéramos nosotros mismos puestos en los Pirineos calados hasta los huesos. Preferimos pensar en ellos como seres desharrapados, que odian a la civilización occidental y que, en el fondo, están deseando ponernos un pepino en un tren o liarse a tiros en una discoteca. Pero somos nosotros. Somos nosotros. Cada vez que veo a una familia caminando por una cuneta. Cada vez que veo a un padre desesperado al otro lado de una valla. Cada vez que veo a una mujer haciendo cola para que le den comida, veo a mis hijos, me veo a mí, veo a mi mujer y a mis hermanas y a mi madre pasando días amargos mientras los europeos, en nuestros sofás, calentitos, seguimos haciendo zapping con una mano mientras con la otra tonteamos con el móvil.
Mira que me parece fea la palabra empatía, pero llámenlo como quieran. Nos falta ponernos en el lugar de los otros. Somos campeones en el botepronto solidario. Pero se nos olvida a toda leche y, aquellos con los que fuimos solidarios en un momento, nos acaban cargando y nos parecen unos pesados a los que deberían caerles encima unos cuantos titulares de la Gurtel, los ERES, lo de Valencia, lo de Urdangarín o los Pujol para que dejen de dar el coñazo. Pero ahí siguen ellos, pertinaces, muriéndose en los barrizales de los campos de refugiados.
Y ha habido también frivolidad y poca cercanía con otro drama que hemos tenido cerca; el del terrorismo. Porque en estos días no he salido de mi estupor con todo este tema de los titiriteros. A mí lo de que los hayan tenido en prisión me parece increíble. Pero me lo parece también que alguien pueda tener la insensibilidad de hacer, como parece, una obra sin pensar en el dolor de las víctimas del terror. Porque esa es otra; aquí todos poniendo a parir una obra de la que nadie tiene ni idea de lo que dice. Sólo sabemos que aparecía un cartel que ponía “Gora Alka-Eta” y que salían algunas burradas muy burras. Pero ¿Alguien se ha leído el libreto? Seguro que no, pero, por si acaso, ante tal desmán toooodos los medios, políticos y ciudadanos de derechas han mostrado su indignación con los titiriteros y tooooodos los de izquierdas han dejado claro que la libertad de expresión no puede acabar en un calabozo. Que hubo un error, pero nada más. Claro que me gustaría ver a estos a los que se les llena la boca de LIBERTAD si los autores del engendro hubieran sido unos que se cachondeaban, por poner un ejemplo de algo terrible, de la matanza de abogados de Atocha, de la que, por cierto, se libró de milagro la actual alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. Lo de la viga, la paja y el ojo, pero ya me aburro de decirlo y noto, además, que me está costando cerrar esta Cabra.
Igual me pasa lo mismo que a unos anarquistas granadinos de la CNT cuya pintada fotografié la semana pasada. Que les falta concisión. Alguien debería darles unas clases de «esloganismo», porque necesitaron 3 botes de pintura, un muro entero y cuatro líneas llenas de palabras para hacer algo tan sencillo, y tan propio de un anarco-sindicalista, como cagarse en la Patronal.

PEQUEÑEZA

Pues oigan, que el palabro existe. Creía yo que iba a ser una de esas creaciones de los lingüistas más finos; uno de esos momentos en los que uno piensa: “debería existir esta palabra”. Y la sueltas. Lo que pasa es que, como suelo escribir con el diccionario de la RAE abierto, me ha dado por mirar. Y ahí estaba. “pequeñeza: f. desus. pequeñez.” Y estoy seguro de que todos saben por qué, en estos días de tribulación, me ha venido a la cabeza este antónimo de Grandeza.
Dice el diccionario en su sexta acepción que “grandeza” es “elevación de espíritu, excelencia moral». Por tanto, define “pequeñeza” como «mezquindad, ruindad, bajeza de ánimo». Creo que hay pocos términos que definan mejor lo que está pasando en España en los últimos tiempos. Se supone que, en el Parlamento de la Nación, deberían estar los mejores de los nuestros; aquellos que muestren una mejor manera de conducirse, una inteligencia que les haga vencer dialécticamente al oponente, una finura que les permita afrontar situaciones delicadas y una grandeza que les lleve a pensar en su país antes que en ellos o sus partidos. Joder; es que casi no se salva ni uno.
Imagino que a ustedes, como a mí, les habrá dado la risa buscando las caras que debían acompañar a esas características que he enumerado. Vamos uno por uno analizando a los líderes.
Rajoy. Si yo ya pensaba que era un líder amortizado antes de las elecciones, los resultados del 20D y todas las cosas que están saliendo, por ejemplo, desde Valencia, le deberían haber hecho decir: “Muchachos: me voy y que venga otro a ocupar mi lugar”. Es además lo que reclaman todos los partidos para sentarse a negociar con el PP: “vale, pero sin Mariano”. Hay que decir en descargo del presidente en funciones del gobierno que, al menos, no se ha visto que haya escrito en estos días un sms diciendo “Sé fuerte, Rita”.
Pedro Sánchez. Buff. Puede que lo mejor que haya leído últimamente sobre el líder socialista sea lo que escribió el gran Pérez Reverte en un tweet: “En comparación con Pedro Sánchez, Zapatero va a parecernos Churchill”. Es brutal. Pero es exactamente lo que pienso. Si el destino de España va a depender de lo que consiga negociar este líder político, vamos aviados. Su incapacidad para la Grandeza es análoga a la de Rajoy y es la que ha impedido a ambos sentarse el uno con el otro para llegar a un acuerdo pensando en España.
Pablo Iglesias. Es el perfecto ejemplo del vendedor de elixires. Una verborrea cansina, pero increíblemente eficaz, le ha llevado a las puertas del cielo. Yo pensaba que a estas alturas ya se le verían las vergüenzas, pero no. Aún sigue habiendo mucha gente inteligente que le apoya y que no opinan, como opino yo, que es un tipo peligroso y que, como todos los populistas de la historia, se ha aprovechado de los que menos tienen. Es la base del populismo; haces un discurso delirante y mentiroso, convences a la gente más jodida de que todo lo que él promete se va a cumplir y que, con Podemos en el gobierno, vamos a tener todos un sueldo aunque no hagamos nada, los bancos no van a obligarnos a devolverles los créditos y los cabrones de los ricos van a repartir su riqueza. Dan ganas de votarles y confiar en ellos si no fuera porque, como dijo aquella brillante guatemalteca, “el populismo ama tanto a los pobres, que los multiplica”.
Albert Rivera. Se equivocó al hacer una campaña para no perder lo que le daban las encuestas y ahora se le nota remontando tras la enorme decepción de la noche electoral. Yo confío mucho en él, y creo que es de los pocos que pueden mostrar esa Grandeza, pero se le nota aún aturdido por el estupor y ha perdido parte de esa soltura, de esa confianza en sí mismo que le hacía encontrar siempre el mensaje sensato con las palabras adecuadas.
Y podría seguir hablando de otros líderes políticos, pero me da pereza. No sé lo que tardaremos en tener gobierno, pero sé que le viene a España un tiempo en el que, por desgracia, nos va a faltar Grandeza y nos va a sobrar, como para llenar un transatlántico, pequeñeza. Quizás habría sido diferente si alguno de estos hubiera conocido a mi amigo Rafael Benedito, que murió hace unos días. Era, para mí, un buen ejemplo de Grandeza. Fue una de las estrellas de Antena 3 Radio y hacía un programa de música clásica que se llamaba “Concierto para empezar el Domingo” en el que unía su pasión por la música y su pasión por el periodismo y en el que aguantaba, cada noche, las coñas de los “Gomaespuma” que aseguraban que Rafa dormía en un féretro y se despertaba justo unos minutos antes de que sonara la cabecera de su programa.
Por esos giros de la vida, acabé siendo su jefe cuando hice el informativo de las 7 de la mañana en Antena 3 Televisión. Yo, que tenía 30 años escasos y un cascarón bastante pegado aún al culo, tenía que dar órdenes y corregir textos al mismísimo Rafael Benedito. Y qué fácil fue. Rafa, que ya no era un jovencito, trabajaba como redactor de 12 de la noche a 7.30 de la mañana con un entusiasmo admirable, desayunaba con el equipo y se iba, casi sin parar, al Conservatorio en el que daba clases hasta la hora de comer. Y así día tras día. Trabajando como un loco, siempre con una sonrisa y contándonos anécdotas de una vida intensa en la que le había pasado de todo. La última vez que le vi estaba ya incubando el cáncer que se lo ha llevado. Y quedamos para vernos sabiendo, como intuimos todos, que la prisa, el aturullamiento y la vida esta que llevamos nos iba a impedir volvernos a encontrar. Y ya lo siento. Ni siquiera pude ir a verle al tanatorio porque, en un detalle muy Beneditesco, Rafa decidió donar su cuerpo a la Ciencia y se lo llevaron a una Facultad de Medicina. No sé si esos futuros doctores serán conscientes, cuando trabajen con él, de que estarán aprendiendo medicina con un hombre cuya Grandeza, probablemente, no le cupiera en el pecho.

IRSE

Vaya. Me he acordado de Lola Flores (q.e.p.d.) al ver escrito el titular de esta Cabra. Pero no estoy dedicando mi artículo a aquella frase mítica que dijo la Faraona en la boda de su hija Lolita: “Si me queréis, irse”.
Es lo que pienso que debería hacer, a estas alturas de la película, Mariano Rajoy. Irse. Dimitir. Dejar el hueco para ver si otro u otra candidato/a de su partido logra lo que, para él, parece más difícil que ver a la portavoz del Ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre, confesándose en la Catedral de la Almudena. Yo, la verdad, esto lo pienso desde mucho antes de las elecciones. En mi opinión, Rajoy y unos cuantos más de la cúpula del PP deberían haber cedido sus puestos en las listas a políticos que no estén tan directamente marcados por la corrupción como ellos. Insisto en que no creo que Rajoy haya robado. Y considero que él y muchos de su gobierno han hecho muchas cosas bien. Pero también han hecho algunas cosas muy mal y, sobre todo, no pueden estar ahí después de momentos tan vergonzantes como aquel SMS en el que pedía a Luis (Bárcenas) que fuera fuerte. Pero no sólo me pasa con Rajoy; por ejemplo, no sé si les sucede a ustedes, pero yo, cada vez que veo a Cospedal, me acuerdo de aquel momento penoso de la explicación de la indemnización en diferido y es que la veo y pienso en Bárcenas. E inmediatamente me cabreo. Supongo que eso, entre otras cosas, es lo que ha hecho que el PP haya perdido tantos millones de votos. Porque hay mucha gente cabreada que cree que tuvieron muchas ocasiones durante la última legislatura para sentarse a pactar algo con los de enfrente. Y no lo hicieron. Y, claro, aparece ahora Rajoy pidiendo diálogo por el bien de España y a los de enfrente les da la risa tonta. Y si, en medio de la negociación, si, en pleno farolazo en el póker, te viene uno que está mirando y dice que llevas dos sietes, pues te quedas con cara de nada y como si alguien te acabara de bajar los pantalones. Y algo parecido a eso le sucedió ayer, otra vez, al PP. Una bofetada más relacionada con la corrupción de uno de los suyos, en una caja que era de las de ellos y tras unas decisiones políticas (equivocadas, según los jueces) que hicieron que Bankia saliera a Bolsa con un folleto de información sobre la entidad que ocultaba la situación real de la Caja. Que por cierto, la ministra, bajo cuyo mandato, las instituciones económicas aprobaron aquella salida a Bolsa, era de un gobierno socialista. Aquí hay merde para todos, pero, si hay alguien que hoy yo creo que debe dar un paso a un lado, es Rajoy. Lo dicen las encuestas, lo reclaman algunos dentro de su propio partido, lo pedía ayer el expresidente Felipe González (que sabe mucho de corrupción, pero no dimitió nunca) y se lo exigen, sobre todo, aquellos con los que, se supone, se tiene que sentar a negociar para poner fin a este sainete. Así que a ver qué pasa, porque, mientras el país ruega a nuestros políticos que den demostraciones de grandeza, ellos y sus más fieles seguidores, siguen a lo suyo.
No sé qué me parece más ridículo y más triste. Si la campaña de algunos políticos y sus medios para acabar convenciéndonos de que Iglesias mató a Manolete y Errejón a Kennedy, o la campaña de los Podemistas y su prensa afín para convertir cualquier crítica a los suyos en un ataque fascista de la caverna intransigente. A ellos. Que son unos Santos. Coño, es que con lo del viaje de gente de Podemos, de la CUP y del entorno de ETA a Venezuela en el avión de Maduro, se ha montado la doble trinchera tan habitual en España. Están los críticos con Iglesias que aseguran que ese viaje demuestra el vínculo de los de morado con el delirante Maduro, y la estrecha relación de la CUP y Podemos con ETA.¿¿?? Pero no son menos contundentes los amigos del Podemismo que se descacharran por la importancia que se le da a semejante viaje y aseguran que los que critican esa excursión son unos exagerados que ven fantasmas de Lenin y Stalin por todos sitios. Lenin y Stalin, por cierto, no son un dúo cómico. Lo digo porque como los de Podemos se refieren siempre a ellos con una sonrisa, por si alguien los confundía con Laurel y Hardy. Pues ni tanto, ni tan calvo. Tampoco me parece que ese viaje nos descubra cosas nuevas. Ahora, me gustaría haber visto a los de Podemos, si ese avión lo hubiera fletado, en su día, Augusto Pinochet, en su época final, cuando ya parecía casi un demócrata, y hubieran acudido en él gentes del PP, junto a los de Fuerza Nueva y unos amigos de la Triple A para dar color a la expedición.
Menos mal que la vida diaria le da a uno motivos para reírse. No sé si alguno de los lectores cabreros se habrá topado, como yo, con el impactante anuncio que vi el otro día en un autobús de la EMT y que adjunto a estas líneas. Un crematorio para mascotas. Yo, que nunca he tenido perro, jamás me había preguntado qué se hace cuando se te muere uno. Sólo he tenido dos canarios, dos hámsters y unos patos que se comió Manolo, el conserje de la casa de mis padres. Cuando se me murieron los roedores y los canarios, los enterré, con gran dolor, en una caja de zapatos en el jardín. Pero nunca he sabido qué se hace con los animales más grandes tipo un perro, y, no digamos, un caballo. Lo de los équidos lo desconozco, pero, para perros, ha nacido un crematorio en el que te invitan a darle “la mejor despedida… para el mejor amigo”. El eslogan ya es un poquito hortera, pero lo que me parece el remate del tomate es el nombre que han escogido para semejante empresa. En un alarde de imaginación y creatividad lingüística, los dueños han decidido que su negocio se llame “CREMASCOTA”. El nombre es feo de cojones, y da repelús, pero hay que reconocerles que queda clarísimo a qué se dedican.