Hala. Ya lo he dicho, pero a ver cómo sigo porque el titular hay que reconocer que, en estos días, atrae.
¿Me pongo del lado del ministro Wert, al que no me une una especial antipatía, ni simpatía y le toco un poco la chepa en estos tiempos en los que le critica hasta la presentadora del telecupón? ¿O le doy hasta en el carnet por fascista enemigo de los hijos de los trabajadores que no tienen dinero para acceder a los estudios universitarios? Pues qué quieren que les diga, oigan, me sucede, y ya lo he dicho en alguna ocasión, como en las pelis de juicios. Que oigo a Wert y me convence. Y escucho a los que se cagan en sus muelas y también considero que tienen su punto.
A mí me parece de cajón que en España, en muchos aspectos, seguimos viviendo creyendo que el Estado es una enoooorme teta de la que podemos chupar todo lo que queramos sin que se gaste. Y, si además hemos cotizado algo a lo largo de nuestras vidas, ya hasta podemos ponernos chulitos con la teta porque, oye, “nos lo hemos ganado”. Y lo que más me sorprende de todo esto es que muchas de esas estructuras en las que el Estado se mete hasta nuestro tuétano son creaciones franquistas y maneras de funcionar profundamente fascisto-comunistas. Totalitarias, vaya. El Estado te da de mamar y tú mamas. Y eso nos da una tranquilidad que, en muchos casos conduce al amojamamiento. Y los que más defienden este sistema son precisamente aquellos a los que más se les llena la boca hablando de antifranquismo, aunque cuando Franco vivía ellos, como yo, jugaban al yo-yo y a cambiar estampas de jugadores casi en blanco y negro. Lo malo, como siempre, en este tipo de sistemas son los que abusan de él. Que no son pocos. Y menos en España, que somos los campeones del mundo de la picaresca.
Es obvio que tiene que haber una exigencia a los estudiantes a los que el Estado beca. Pero es obvio también que no puede haber tabla rasa. No es lo mismo un 6’5 en cualquier ingeniería que en Periodismo. Como no es el mismo 6’5 el que saca un estudiante en una Facultad muy exigente que en otras en las que se califica de manera más laxa. Y, por supuesto, no es lo mismo un estudiante brillantísimo que saca el 6’5 con la gorra, que aquel que hace un esfuerzo sobrehumano para alcanzar un 5’3 que, al final, es un aprobado. ¿Merece más la beca el estudiante brillantísimo, o el menos brillante, pero muy trabajador que no llega a la nota de corte?
No sé, probablemente conseguir un seguimiento de cada caso sea muy complicado, y no estemos preparados en España para una atención tan personalizada al estudiante universitario. Pero lo que es indudable es que el Estado debe exigir al que le da algo. No sé por qué está tan metido en nuestro cerebro lo de la Gran Teta. Yo he tenido en casa a una asistenta que, tras meses de baja por un problema de espalda, me vino diciendo que ella, lo que quería, era que le dieran una incapacidad. ¡A los 33 años! Y me imagino que si esto lo lee algún empresario le sonará lo de trabajadores que te pedían que les echaras para irse al paro porque estaban muy cansados, porque necesitaban un tiempo de parón o, juro que a mí esto me ha sucedido, porque querían estudiar una oposición y, si les echabas podían tener el paro y estudiar a la vez. Y ¿por qué nos pasa esto? Pues porque tenemos un sistema podrido y unos políticos pichaflojas a los que les parece que es inhumano establecer un control sobre aquel al que se le da una ayuda estatal. Ojo; yo no estoy diciendo que el Estado no ayude. Estoy pidiendo que se le exija a aquella persona a la que el estado ayude y que, si a alguien se le pilla con el carrito del helado, se le caigan las bolingas. Pero claro, para pillar a alguien hay que establecer controles y eso nos parece fatal.
Pero aquí no. Aquí todo lo que suene a exigencia es fascismo y a Wert se le ha echado encima media España. Y ahí le ha salido, por un lado, la Soraya del Psoe con cara de muchísima pena diciéndole. “¿Pero cómo podéis hacerle esto a los nuestros?”. Y, por otro lado, le salen los del PP, con esa cara que ponen los de derechas cuando pillan en un renuncio a uno de los suyos que ha salido malote: “Pero Wert, locuelo, ¿cómo se te ocurre decir estas cosas?”. La cuestión es que el Ministro, que no está saliendo muy hábil, les ha venido de perlas a los del PP. Porque con Wert se ha cumplido lo de correr en auxilio del vencedor, pero al revés. El Ministro se está convirtiendo para sus compañeros en una magnífica cabeza de turco o en el chivo expiatorio. Vaya, en el pringao del cole de toda la vida. “¿Que los datos de lo que sea no son muy buenos? Tranquis que ya saldrá Wert a montar un pollo para que se olvide esto en dos patadas”.
Y por cierto, perdonen que corte así bruscamente, pero voy a llamar a mi asesor fiscal, que está con mi declaración, no vaya a ser que el Ministro Montoro me haya comprado 3 fincas en Jaén y esté aquí yo como un tonto escribiendo cabras, en vez de disfrutando de mis olivares.
Archivo del Autor: lacabra
ANALGESIA
Probablemente a algún concursante de Gandía Shore o de Mujeres Hombres y Viceversa, esto de la analgesia le suene a marranada; a algún tipo de técnica de sexo vía rectal. Los lectores de la Cabra saben que hablo de la ausencia de dolor. Porque estamos en la era de la profilaxis y la analgesia. Y ambas cosas están muy bien en el ámbito hospitalario, pero no sé si tan bien en el ámbito de la educación de los hijos.
LA CRUDEZA DE LA VIDA… Y DE LA MUERTE
Yo recuerdo de mi infancia escenas verdaderamente crudas de la vida y de la muerte de seres humanos y de animales que les estamos vetando hoy a nuestros hijos no sé muy bien por qué. No digo que sea necesario para la educación ver algo tan cruento como la matanza de un cerdo, o la degollación de una gallina, pero es que los niños de hoy, salvo alguna visita a la Granja Escuela, han visto menos campo que Harrison Ford en Blade Runner.
Los niños no saben que hay que matar animales para comerlos, porque hacemos lo posible por quitarles la vista de la muerte en la vida real. Y digo en la vida real porque, en la tele y en los videojuegos se hartan de ver cadáveres fritos a tiros y a bombazos sin inmutarse. Y nos importa un pimiento.
Esa es la muerte a distancia. El dolor y el horror envueltos en una mezcla de materiales plásticos. Y lejitos. Y si nos fijamos en nuestras caras frente al televisor, lo vemos todo con cierta frialdad mientras apretamos convulsivamente un botón en el videojuego o mientras tenemos en la mano el mando a distancia para cambiar de canal si lo que vemos en el telediario nos desagrada en exceso.
No digo que estemos criando una generación menos sensible. Digo que les estamos robando a nuestros hijos sentimientos, reacciones emocionales y experiencias que nos ayudan a afrontar en mejores condiciones la vida. Y la muerte.
LOS NIÑOS Y UNA MUERTE CERCANA
Recuerdo cuando murió mi padre. El empeño que tenían algunas personas en apartar a los niños de la fase final de la enfermedad y del mismo dolor posterior a la muerte. Yo me enfrenté a los que pretendían que mis hijos no tuvieran la oportunidad de ver a su abuelo yéndose y de poder decirle adiós. Aunque, para hacerlo, tuvieran que tragarse las lágrimas e irse a casa con un nudo de angustia en la tripa.
Yo les pregunté uno a uno si querían ver a su abuelo en el hospital. Y los tres me dijeron que sí. Y los tres eran perfectamente conscientes de que su abuelo se estaba muriendo y de que no iban a pasar las tardes en una zona recreativa. Pero fueron allí. Y yo les agradecí tremendamente que fueran. Y creo que mi padre lo agradeció también en el alma. Y, cuando murió, mis hijos estuvieron con nosotros en el tanatorio para recibir a los amigos y para despedir a un hombre al que querían muchísimo.
Yo no sé qué recuerdo les queda a mis hijos de aquellos días. No lo hemos hablado todavía. Pero estoy seguro de que están contentos de haberlo vivido así. Sobre todo porque esos días les hicieron darse cuenta de que la vida es maravillosa, pero también es jodidamente dura. Y, desde entonces, no digo que quieran más a sus abuelos, pero sí que los tratan siendo conscientes de que, cualquier día, pueden faltarles. Y son más cariñosos con ellos. Más atentos. Y disfrutan de sus abuelos intensamente como yo disfruté de los míos.
UN OJO QUE ES OJETE
Claro que a veces en esa relación hay que tener cuidado y explicarles a los niños que no todo lo que dicen sus abuelos va a misa. Sobre todo algunas de las cosas que dice mi suegra. Todavía me duelen los abdominales recordando la frase con la que nos obsequió un día de este invierno terriblemente frío. Llegó a casa con los ojos vidriosos, frotándose las manos y quejándose de que ahí fuera se caían los pájaros. Para apoyar su argumentación, mientras se acercaba un pañuelo a los párpados nos dijo a todos: “¡Ay! Es que, con este frío, me gotea el ojete”.
Yo sé que ella no quería decir aquello. Y que el diminutivo cariñoso en “ete”, realmente quería haber sido en “ito”. Pero a mi suegra, que es una mujer moderna, ojito le debió parecer cursi y tiró por el ojete. Con todas las consecuencias.
Y me encanta recordarlo, porque me río mucho. Aunque sé que esto me va a costar un disgusto con ella, que me amenazó con algo peor que la muerte si algún día contaba el sucedido. Pero, lo siento Suegra, esta Cabra me estaba quedando un poco triste y hoy tenía que recuperar también uno de los días en los que más me he reído en mi vida. Y con una abuela de por medio.
EL TRABAJO BIEN HECHO
Al final va a resultar que el Rey mató a Manolete. Viene esta frase a cuento del titular que leí anteayer en “elmundo.es” que contaba, textualmente, que “tres primas del rey” estaban imputadas en la trama de blanqueo de dinero de Gao Ping. No sé a ustedes, pero a mí esta noticia, así titulada, me parece un auténtico truño profesional. A primer bote, uno lo lee y piensa, “si es que, menudos chorizos; otras Urdangarinas”. Y claro, hasta el más antimonárquico tendrá que reconocer que no es lo mismo que haga pirulas el marido de tu hija, que el que las hagan tus primos segundos, terceros o cuartos. Vamos, yo creo que en mi familia la mayor parte del personal es gente honrada, pero ¿podría poner yo la mano en el fuego por todos los hijos de los innumerables primos de mis padres? Ni borracho. Ni creo que puedan hacer lo mismo los directores de los diversos medios que publicaron con esa mala leche la noticia. Porque, al introducir el nombre del Rey en el titular, ¿qué se pretende? Yo creo que hacer daño y, sin decirlo, insistir (eso en el periódico de Pedro J. lo están haciendo de una manera demoledora) en que el monarca y su entorno son una ralea de choricetes a los que deberíamos quitarnos de encima cuanto antes.
Pero, ¿sabe Pedro J. lo que hacen sus primos segundos? ¿Y se le puede responsabilizar de ello? Si mañana se descubre que un primo segundo de Pedro J. dirige una red de clubes de alterne en los que hay explotación sexual de inmigrantes ilegales, ¿puede publicar, por ejemplo, “El País” una noticia titulando “Un primo de Pedro J. detenido por proxenetismo”?. Yo creo que no. Si en El País se publicara una noticia así, los redactores y sus jefes estarían faltando a la ética profesional y titulando de manera tendenciosa para perjudicar a una persona no afín. Que es lo que creo que han hecho, con esta noticia, varios medios con “El Mundo” a la cabeza.
Pero es que estamos en una época en la que estas cosas dan un poco igual. No sé qué extraña epidemia está contagiando al periodismo de la ligereza habitual en las redes sociales. Yo puedo entender que un adolescente haga el bobo y tenga poco cuidado en lo que dice y difunde a través de esos medios de comunicación invasivos en los que nuestros hijos y nosotros estamos metidos horas y horas cada día. Lo que me parece inadmisible es que periodistas supuestamente serios acaben ejerciendo la profesión con esa misma frivolidad, como si lo que uno publica en un medio informativo fuera equiparable a lo que alguien suelta alegremente en su cuenta de Twitter. De hecho se han producido ya abundantes resbalones periodísticos por hacer caso a infundios que alguien dejaba caer en las redes sociales. Lo malo es que, cuando el periodista se da cuenta del patinazo y rectifica, en muchos casos ya no tiene remedio y la imagen de la persona a la que se ha hecho daño, ha sufrido una mancha difícilmente reparable.
Hoy mismo ya varios periódicos dicen que esas 3 presuntas primas del rey son muy lejanas y que Su Majestad no ha comido con ellas en los últimos 75 años, que son los que tiene el monarca. Pero para muchas personas, miles de ellas muy inteligentes, la noticia caló en esa parte blanda del cerebro en la que se aloja todo aquello que nos ratifica en nuestros pensamientos más asentados. Y, claro, borra esa sensación de “ya lo decía yo” al leer la noticia a cuatro columnas, con una rectificación de mierda en 2 líneas escondidas unos días más tarde.
Pero bueno, voy a cambiar de tercio, que me da que con este post me voy a buscar alguna enemistad entre los míos, que ya se sabe (y es una frase que se lanza a menudo en mi profesión) que “perro no come carne de perro”. Y para que mis compañeros no se me enfaden voy a enseñarles una foto que demuestra que no somos sólo los periodistas los que, de vez en cuando, hacemos mal nuestro trabajo.
La imagen está tomada en la segunda planta de un aparcamiento público de Madrid y me parece que podría ilustrar la portada de un libro de “Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio”. Le debieron dar a un empleado del parking una S, un punto para apoyar la abreviatura de sótano y un 2. Lo que debía aparecer colgado en la pared del sótano segundo era “S.2”. Si se fijan, no es que no se haya esmerado en su tarea atornilladora. Es más, la “S” y el “2”, que podrían sostenerse con algo de silicona o con un tornillo bien colocado, llevan dos tornillos más apretados que una morcilla de Burgos. Con mala leche. Y lo más tremendo es que están puestos como si lo hubiera hecho un niño de cuatro años. La S por un lado escorada hacia la derecha. El punto por otro. Y el 2, como escalando un monte, alejado del punto y yendo hacia arriba.
Pero eso no es lo peor; lo increíble es que he vuelto a pasar varias veces por el aparcamiento y a los jefes del operario les debe gustar cómo queda, porque ahí sigue el rótulo picassiano informándonos de que estamos en el sótano 2. Indudablemente.

ADHESIONES INQUEBRANTABLES
Este es el nombre de una de las secciones del magnífico programa que, cada día, hace Carlos Herrera en Onda Cero. En ese espacio, los oyentes cantan las virtudes del programa y alaban de manera hiperbólica al locutor almeriense y a todos sus colaboradores. Como el Herrera es un cachondo, disfruta, con la fina ironía que le ha hecho imprescindible, rebozándose en unas muestras de entusiasmo que no creo que le haya prodigado ni su señora madre.
Eso pasa mucho cuando uno sale por la tele o tiene cualquier actividad pública; frecuentemente la gente buena, al verte en persona, siente la necesidad de decirte cuán magnífico eres y puedes llegar a vivir situaciones abochornantes ante una cascada adulatoria para la que, en general, los humanos no estamos preparados. Por eso hay tantos famosos y dirigentes con exceso de poder a los que se les va la pinza. ¿Saben ustedes lo que es estar escuchando todo el día que eres el mejor, que, sin ti, la empresa, el equipo, el programa, el país… se irían a la porra? No es raro que muchos se lo acaben creyendo y vivan en la ficción de que, verdaderamente, el mundo es un sitio mucho mejor gracias a su intervención o a su mesiánica presencia.
Eso se hace especialmente obvio en los países que viven bajo dictaduras personalistas; esas adhesiones inquebrantables a Franco (se podían leer casi a diario en cualquier periódico de la época y hoy dan mucha risa), a Fidel Castro, a los que fueron líderes de la URSS, a Pinochet o, más recientemente, al cuasi dictador Hugo Chávez. Esto lo digo lleno de respeto por los muertos, pero toda la suerte de alabanzas a Chávez en sus funerales y la pinta que llevaba Maduro parecía calcada de las viñetas de Antofagasto Panocho, el mítico dictador que protagonizó algunas aventuras de Mortadelo y Filemón.
Ese es un tipo de adhesión. Hay otras que generan parecido bochorno, aunque no se hagan directamente al jefe de uno. Son las frases que uno suelta para quedar bien ante un grupo. Cuando alguien quiere demostrar que nadie hay más “proloquesea” que el declarante. Y nos encontramos con casos tan acongojantes como el del nuevo fichaje del F.C. Barcelona, el brasileño Neymar da Silva Santos. Parece mentira que una de las primeras cosas que ha dicho el muchacho en España haya sido que habla mejor catalán que castellano. Para empezar, no creo que, hasta que sonaron en su oído los cantos de la sirenita blaugrana, hubiera sabido Neymar que había un idioma llamado castellano. Porque, el único país del mundo en el que existe el idioma castellano es en España. En el resto del mundo, fíjate qué cosas, oye, nuestro idioma se llama español. Pues bueno, la cuestión es que claramente al mozo le debieron aleccionar y asesorar sobre tan delicado asunto, no fuera a ser que se equivocara. Y, como pasa siempre con estos casos en los que uno quiere acertar para ser bien recibido, mostró una adhesión inquebrantable a la noble lengua catalana y a todos sus usuarios. Son esas mamonadas que acaban haciendo parecer naturales cosas que no lo son. ¿Es normal que en una final ganada por el Barça no haya ni un solo jugador que tenga el valor de mostrar una bandera española? Yo creo que es raro raro. Sobre todo porque estoy seguro de que el adorable Iniesta se siente más español que el Mío Cid. Pero cuando el Barsa gana, el manchego, para que no le abucheen tiene que gritar ¡¡Visca El Barsa y Visca Catalunya!! y, para que no le maten en su pueblo ¡¡Viva Fuentealbilla!! Pero ni se le ocurre gritar ¡¡Viva España!!, no vayan a pensar allí que es un fascista imperialista con ansias de invadir Cataluña por el Sur. Lo malo es que estas cosas nos parece que no tienen consecuencias. Pero claro que las tienen. Desde hace mucho tiempo hay situaciones que uno no entiende y vamos desgraciadamente a peor. Que Zanussi, Parmalat o Teka cuando patrocinaban al Madrid, no vendieran ni una escoba en Cataluña era absurdo. Tanto como que un amigo mío, que se vino a vivir a Madrid, tuviera que vender su coche porque su matrícula era B-0435-VB. Y claro, tal provocación, alteraba las conexiones cerebrales de determinados ultras que le destrozaban el coche cada vez que lo tenía aparcado cerca del Bernabéu en días de partido.
Hombre, no digo que Neymar tenga nada que ver con los cretinos que convierten el fútbol en algo que va más allá y puede justificar una pelea, pero declaraciones como la suya dejan claro que en ese mundo hay muchísima anormalidad. La suficiente como para que un muchacho de 21 años recién llegado a una ciudad ante la pregunta tontorrona de “¿en qué idioma te defiendes mejor; en castellano o en catalán?”, responda tontamente también diciendo que se defiende mejor en catalán. Pues hala, Neymar, como diría el maestro Llach: “que tinguis sort i que trobis el que t’ha mancat en Brasil*.”
Y me van a perdonar, pero me voy al Congreso de los Diputados a meterme un pelotazo, antes de que a nuestros padres de la patria, pobrecillos, les suban el precio de los Gin-Tonics.
(*) Basado en la canción “Que tinguem sort” de Lluis Llach. Esta versión libre viene a decir: “Que tengas suerte y que encuentres lo que te ha faltado en Brasil”. Que Lluis Llach me disculpe la chorrada…
LOS QUE LE ECHAN MORRO
Anda que se ha cubierto de gloria la Cospedal. Con lo mona que habría estado callada y tiene que dar un paso al frente (al menos eso le honra) para defender a Camps y Barberá del “ataque” de un juez (eso ya le honra un poquito menos). Hablo del caso Noos; el juez ha anunciado que observa indicios de delito en la conducta de ambos mandatarios al contratar a las fundaciones de Urdangarín. Y a la Secretaria General del PP eso le parece mal, porque con esa decisión “se trata de perjudicar a personas con responsabilidades públicas”.
Y no sólo eso; para defender a sus compañeros de partido doña Mª Dolores dice que “esos eventos se hicieron y se vieron”. Sí, maja, pero ¿a qué precio? Si voy yo con mi empresa a ver a doña Rita Barberá pidiendo las millonadas que pedía Urdangarín (y se las daban), a la alcaldesa de Valencia, en caso de haberme recibido, le habría salido una hernia inguinal de la risa. Pero es que el marido de la Infanta llegaba, pedía una millonada por tres mamarrachadas y se la daban mientras babeaban y tocaban la chepa del Duque demediado.
LOS PELOTAS DE URDANGARÍN
Ya he dicho aquí en varias ocasiones que, para mí, el principal problema del caso Urdangarín no es el yerno del Rey, sino la cantidad ingente de imbéciles que, desde sus cargos públicos, utilizaron el dinero de todos para adorar al Santo por la peana. Oséase; hacerle la pelota al Rey vía su yerno. Pero en España, me decía el otro día mi amigo Pepe Jordana, tenemos una especie de indolencia que nos impide pedir la guillotina para los políticos que nos roban o que, como parece en este caso, hacen con el dinero público un “carmencalvo”; vaya, que, como no es de nadie, lo gastamos bobamente.
No sé por qué con los políticos corruptos o malgastones somos tan blandos, porque cuando hay delincuentes como nosotros, de la plebe, a los que han pillado de algún modo con el carrito del helado, vamos en legión a la puerta de la comisaría a llamarle al susodicho “hideputaaaaa” o cosas peores, aunque no conozcamos de nada ni al malo ni a su víctima. Insisto en que no quiero defender a Urdangarín, que tampoco es plebe, pero todos esos que iban al juzgado a ponerle de chupa de dómine, ¿por qué no van a las sedes de los distintos gobiernos que le han soltado la pasta a pedir dimisiones?
Yo creo que esa falta de respuesta ante los políticos que nos roban es porque, en el fondo, nos parece que lo de echarle morro no está tan mal. Mira que soy católico, pero creo que en este aspecto, los países protestantes nos llevan mucha delantera. Yo no digo que en países de tradición protestante no haya políticos y gestores de la cosa pública que le echen cara y hagan de su capa un sayo, pero es un tema de porcentajes. En esos países probablemente, el porcentaje de personas que le echan morro y que, si les dejaran, abusarían debe ser de un 20 por ciento. En España, por desgracia, yo creo que ese 20 por ciento es el de las personas que, pudiendo, no meterían la mano en la caja o no malgastarían.
Lo malo es que, de todos los que han robado o malgastado en España ¿Cuántos han tenido un encuentro con la ley? Y de esos ¿Cuántos han recibido condenas? Y de esos ¿Cuántos han devuelto el dinero? Probablemente nos deprimamos al ir respondiendo estas preguntas con la certeza de que aquí los políticos irresponsables no pagan jamás por sus desmanes.
Pero es que, en algunos aspectos, somos un país de pandereta. No sé cuántos de ustedes tendrán un vecino moroso en sus casas. Nosotros tenemos la desgracia de tener uno que debe a la comunidad recibos por valor de 6.000 euros. Él vino a la última reunión con cara de pena diciendo que lo lamenta muchísimo y que va a pagar en cuanto pueda.
Desde entonces me he ido fijando y el tío, con dos criadillas, tiene 3 coches. Su mujer utiliza un descapotable que nosotros no nos compramos porque me dijo mi santa esposa que no nos lo podíamos permitir. ¿Saben qué modelo de coche tiene el hijo del moroso? Un Audi A3. ¿Y saben cuál es la marca de la maleta con la que le vi el otro día esperando un taxi en la puerta de casa? Louis Vuitton. Y de las buenas. ¿Y saben cuál es el décimo vecino (de 64) en consumo de agua caliente de la comunidad con sólo dos hijos? Pues el que no paga nada desde hace un año.
Lo malo es que, ante este ser humano, la comunidad no puede hacer absolutamente nada, excepto denunciarle. Yo, en una de las últimas juntas propuse que se le retiraran determinados servicios comunitarios y me dijeron que la ley impide que se haga eso. ¿Cómo podemos hacer leyes tan estúpidas que protegen al que le echa morro frente a los cumplidores? Pues porque no nos parece mal que haya abusones.
Por eso en cualquier país serio del mundo si uno firma un cheque sin fondos o da un pagaré falso se le cae el pelo. Aquí en España no pasa nada e, incluso, si llamas chorizo al que te ha estafado te puede ganar una demanda por atentado a su honor.
Que, recórcholis, ahora que lo pienso. A ver si mi vecino me va a demandar por contar que es un moroso. Pues hala, estimado deudor, como dicen los famosos de medio pelo que salen en el Sálvame: “Dejo el tema en manos de mis abogados (un famoso de medio pelo que se precie JAMÁS tiene sólo un abogado). Nos vemos en los tribunales.”
LOS SOPLAPENES
Y empiezo así de fino porque los analistas de blogs me han insistido mucho en que está muy feo comenzar un post con un taco. Y, claro, escribir LOS SOPLAPOLLAS en mayúsculas, negrita y tipo de letra Cambria al 20, puede resultar muy agresivo.
Pero es que a mí me generan algo muy parecido a la agresividad esas personas que tienen tendencia natural a complicar las cosas y a generar situaciones tensas cuando puede uno conducirse de manera mucho más tranquila. Y, vaya, yo no es que sea Mahatma Gandhi, pero me muevo mucho mejor en ambientes tranquilos que en el estrés.
En este blog he dedicado numerosas líneas de mis Cabras a hablar de este tipo de personas; políticos de diverso color, el dúo Florentino-Mou que, como era de esperar, ha acabado en divorcio, o los que van por la vida dando por hecho que ellos merecen un trato diferente a los demás y que pueden tocar las narices al personal sin mancharse ni una mijita. En fin toda esa especie humana que cree que son mucho más listos que nosotros; los pobres tontos a los que vivir no se nos da tan bien como a ellos. Vaya por Dios.
Un ejemplo perfecto de esto que digo son algunos de los que se sientan cada tarde en el tendido 7 de Las Ventas. Yo soy muy aficionado a los toros y tengo que sufrir frecuentemente a estos señores que van a la plaza con la mala leche encima y dispuestos a compartir con los demás su úlcera de duodeno o sus tremendas almorranas. Que una cosa u otra han de tener para explicar semejante mal humor cotidiano a media tarde. Los hay en ese tendido que entienden de toros, pero se mezclan con una caterva de panolis que creen, por ejemplo, que ir a la plaza con un pañuelo verde es una señal de distinción y de independencia frente al poder establecido. La cuestión es que, cada dos por tres, deciden fastidiarle la tarde al torero que pisa el ruedo y con cuchufletas, pitos, palmas a destiempo y frases extemporáneas hacen que triunfar en Madrid sea cada vez más difícil. Y, por si hay lectores que no sepan el por qué del pañuelo verde taurino, lo explico. Cuando un toro es inválido y no sirve para la lidia, el presidente de la corrida saca un pañuelo verde para anunciar que el toro se devuelve a los corrales. Yo respeto profundamente las diferencias de opinión e incluso me parece muy bien que cada uno vaya a la plaza con lo que le dé la gana, pero reconozcamos que acudir a un espectáculo llevando un pañuelo verde anticipando que va a haber toros inválidos no es un buen indicio. Es como si alguien fuera al teatro con una redecilla de 2 kilos de tomates, por si los actores lo hacen mal. O como el que va a un concierto con tapones de corcho en el bolsillo para aislarse de unos previsibles desafines. Pues muchos de los del 7 van así a la plaza y están esperando que un toro pierda una mano, o que un torero dude, o que el matador ponga la muleta así o asá, para enseguida reprobarle con un pito, unas palmas de tango o gritando desgañitados: “¡Ponga usté bien la muletaaaaaaa!”.
Me van a perdonar, porque no quería convertir esto en un artículo de toros, pero me estaba saliendo sólo. Claro que no sé si es mejor eso que hacer otro post de fútbol para que me pongan a parir mi mujer y mis amigos no futboleros. Pero, siendo francos, a estas alturas, lo del Madrid, la salida del pesado de Mou y la convocatoria de elecciones del César Florentinus me aburre soberanamente.
No tengo en cambio esa desidia, lo reconozco, al hablar de la Consejería de Educación del Gobierno de Asturias y su soplapénica decisión de cambiar de nombre a las vacaciones de Semana Santa y Navidad para que dejen de tener molestísimas connotaciones religiosas. La consejera se ha debido quedar descansando después de tomar una decisión de tanto calado y que tanto va a ayudar a mejorar las estadísticas de fracaso escolar en su comunidad autónoma. Lo que espero es que sus próximos pasos no sean quitar la cruz de la bandera de Asturias o pedir que cambien el nombre del Hotel más famoso de Oviedo y deje de ser el “Reconquista” para pasar a ser el “Hotel de la Alianza de las Civilizaciones”, para no herir a los no cristianos que paseen por la capital asturiana. Menos mal que, al lado de soplapolleces como estas, de vez en cuando, la vida te da motivos para sonreír.
Me sucedió hace unos días paseando por la Gran Vía de Granada. Iba caminando distraído y hubo algo que llamó mi atención. Era un cartel discreto al lado de un portal y anunciaba a la Asociación de Viudas de Granada. No es que me haga gracia que haya viudas en Granada, Dios me libre, pero me pareció de una brillantez rayana en la genialidad el logotipo que han escogido para asociarse las mujeres que han perdido a sus maridos. No era un corazón roto, ni un ojo femenino llorando una lágrima, ni un árbol con las hojas caídas. No. Lo que escogieron fue un trébol de cuatro hojas. Las cabronas.

PERO, ¿DE VERDAD QUERÉIS ACABAR CON EL PARO?
Porque, sinceramente, majos, parece que no. No sé ustedes, pero yo estoy ya de discursos chorras de los políticos que no puedo más. Empiezo a sufrir urticaria cada vez que oigo esas promesas electorales o esas soluciones mágicas que a nuestros políticos sólo se les ocurren cuando están en la oposición. Pero, si de verdad quisieran generar más empleo, estarían haciendo más cosas concretas para facilitar la tarea a los empresarios. Porque, mientras no se demuestre lo contrario, los que generamos empleo en serio somos los empresarios. El empleo que generan el Estado, las autonomías, ayuntamientos y entes públicos, en un porcentaje muy elevado, son pesebres en los que acomodar a amigos, familiares y compañeros de partido caídos en desgracia.
Pero sigo con mi argumento, que me estoy desviando. Imagino que muchos de ustedes habrán abierto alguna vez un negocio, o habrán contratado en alguna ocasión a alguna persona. Ignoro cómo son esos procesos en el extranjero, pero en España son una carrera de obstáculos por un circuito lleno de clavos. Y en la línea de meta no hay una cinta de papel, sino un cadenón de esos que hay en el exterior de las catedrales que, claro, rómpelo alegremente con el abdomen como hacen los maratonianos cuando ganan una competición.
Les pongo ejemplos recientes y cercanos. El primero; el mío. Necesitábamos en la empresa a una persona que hiciera varios trabajos básicos de limpieza, un poco de jardinería, un poco de cuidado de un pequeño huerto… Y pensé que sería una buena idea contratar por unas horas a la semana a una persona con discapacidad de una Fundación con la que habitualmente colaboramos. No se pueden imaginar el calvario en el que se convirtió esta contratación. Para empezar, no había en el convenio de televisiones ninguna labor similar a esta. Teníamos que adaptar en la oficina yo qué sé cuántas cosas, rellenar innumerables papeles y contestar a incontables preguntas. Todo para hacer que la contratación de esta persona se demorase más de cuatro meses. 130 días en los que este joven dejó de percibir su salario y 130 días en los que no cotizó, ni mi empresa generó esa actividad. Un absurdo.
Un día, hablando con un amigo parapléjico, me quedé de piedra cuando me dijo que las leyes de accesibilidad laboral para personas con discapacidad estaban haciendo casi imposible que los discapacitados trabajaran. Es tal la cantidad de burocracia, reformas y adaptaciones que debe hacer una empresa para poder emplear a una de estas personas que, la mayoría de los empresarios, acaban por no hacer esas contrataciones. Otro absurdo. Como el de otra amiga que iba a abrir un restaurante. En España batimos el récord del mundo de exigencias para hostelería y le pusieron tantas trabas que acabó desistiendo. Es más; esta amiga, vino a vernos cuando vivíamos en Ginebra y nos dijo que, con las leyes españolas en la mano, el 90 por cien de los bares y restaurantes ginebrinos tendrían que cerrar sus puertas por tremendos peligros para la humanidad. Y, hombre, Suiza no parece que sea un país subdesarrollado en el que estén en riesgo las vidas de los discapacitados y del resto de la población.
Pero la medalla de oro y brillantes del esperpento se la otorgamos a otros amigos míos que llevan 5 meses pagando el alquiler de un local en el que pretenden abrir un restaurante y contratar a 8 trabajadores. Estuvieron más de tres meses haciendo gestiones para conseguir que se les diera la licencia de obras. De esos tres meses de ir y venir, 40 días fueron para que una funcionaria se dignara a estudiar el expediente. Tardó más la interfecta en redactar su informe que el arquitecto en hacer el proyecto. Y no digo que la culpa sea de la funcionaria, que quizás esté saturada de trabajo, pero, córcholis, pongan a más gente a trabajar en estos departamentos de los que depende que se genere actividad económica. Por otro lado los pobres llevan más de dos meses intentando que les tramiten la licencia de actividad y la de apertura. Imagino que no van a contratar a ningún discapacitado, porque se les podría dilatar el asunto por lo menos otros dos meses más.
¿Es que no hay nadie con un poco de cerebro que se dé cuenta de que esto es insostenible? Mis amigos llevan 5 meses pagando el alquiler de un local que no es precisamente barato con lo que, cuando abran, llevarán en el hoyo de las agujas media estocada que hará que su negocio tarde más en empezar a generar beneficio. Y, ya lo lamento por aquellos que nos odian a los empresarios y piensan que somos todos unos cabrones chupasangres, pero si un empresario no tiene beneficios lo normal es que acabe cerrando su negocio.
Y así estamos. Porque lo de ayer en el Parlamento confirma que nuestros políticos siguen con la cabeza en otra cosa. Rajoy viendo brotes verdes (qué gran frase aquella de la Salgado) y Rubalcaba describiendo a España como una especie de Mordor esperando a que alguien encuentre el anillo. Y, oigan, por mí como si se operan, pero si dedicasen un poquito más de tiempo a sentarse juntos y ver de qué manera hacen, de verdad, algo por el empleo, los parados, los discapacitados, los empresarios, mis amigos los del restaurante y yo mismo, les estaríamos sinceramente agradecidos.
VALE, ¿Y QUÉ HACEMOS?
Ya nos hemos dado cuenta. Menos mal. El gobierno de Rajoy, ahí está, como un marmolillo, ni p’alante ni p’atrás. El problema grave, lo que produce congoja, es que uno mira el percal y no encuentra a nadie que produzca la más mínima sensación de esperanza.
Por ponernos optimistas, podemos decir que es cierto, que en algunas cosas estamos mejor. Puede. Pero hay récord en millones de parados, continuos recortes y una tremenda decepción entre los que, votantes o no, confiábamos en que mejorarían a ZP. Se suponía que iban a ayudar al crecimiento, pero nos siguen friendo a impuestos, no nos dejan acceder al crédito y no permiten que los empresarios, es un poner, paguemos el IVA cuando hayamos cobrado las facturas.
Puede que estén haciendo cosas para ayudarnos, pero yo no me entero. Y no soy el único. O sea que, la verdad, no parece que nos lo estén contando muy bien. Hombre, hay que reconocer que un presidente del gobierno metido en un plasma, comunicar, no comunica mucho, pero más allá del canguelo a los medios de Rajoy, hay un evidente problema de comunicación en Moncloa.
Lo malo llega cuando uno mira el arco parlamentario, que dicen los cronistas cursis. Es que la contemplación de los que se supone que nos tienen que salvar de esto provoca, en plan fino, estupor y, en plan prosaico, acojone puro.
Quito de en medio a UPYD. Creo que, con sus cosillas, sus errores, sus salidas de pata de banco, son de lo poco coherente y más o menos limpio que hay en el Parlamento. Y la prueba es que los ponen a parir unánimemente todos sus rivales políticos. Pero, claro, es que jamás han tocado pelo y, cuando pienso en ellos frente al gobierno de la nación me pregunto:
¿Tienen equipos para gobernar?
¿Tienen suficiente gente lista para llevarse y sostener una mayoría de 176 diputados?
¿Se volverán como los demás cuando entren en La Moncloa y tengan que empezar a gestionar la millonada de los Presupuestos Generales del Estado?
Y no sé qué responderme. Lo de que tengan equipos para gobernar, puede que sea poco problemático si llevan más o menos definido con quién contarían para formar un gobierno. Lo de que sumen suficiente gente lista podría no ser un problema; llevamos muchos años siendo gobernados y legislados con la sensación de que, en el Parlamento, no cabe un tonto más. Y lo de que se vuelvan raritos al gobernar, pues hombre, no lo sabremos hasta que les toque. Por lo menos no tienen la malísima pinta de otros. Porque si, por ejemplo, los comparamos con Izquierda Unida, los de UPyD salen ganando por goleada. No sé si recuerdan el papelón que tuvo que hacer hace unas semanas Cayo Lara para explicar que no pasaba nada por el hecho de que su coalición, en Madrid, tenga una deuda con Hacienda y la Seguridad Social de más de 2 millones de euros.
Dios. Lo de la viga y la paja, con perdón. Pero es que a un político no hay nada como tocarle un poco las narices para que le salga a borbotones la absurdez que lleva dentro. Cayo Lara defendiendo el impago, o la alcaldesa de Valencia Rita Barberá indignadísima con Montoro por hacer inspecciones fiscales a las comisiones falleras justo antes de Las Fallas. Coño, doña Rita indígnese, si procede, con los falleros que incumplan, si es que incumplen. Pero no critique al Ministro de Hacienda por hacer su trabajo. Porque, ¿cuándo quiere que vaya a ver si encuentra que las facturas se corresponden con lo pagado? ¿Cuando el fuego haya consumido ya los materiales, se hayan lanzado los cohetes y se hayan tomado los alimentos y las bebidas?
Pues yo qué quieren que les diga, Montoro, con esos ojillos, a mí me da más miedo que el malo de Chitti-Chitti Bang-Bang, pero en esto (y sólo en esto, cuidadín) estoy con el Ministro. A por ellos. Si los que no pagan IVA o IRPF empiezan a pagarlo, estoy seguro de que estaremos más cerca de que dejen de masacrarnos a impuestos a todos.
Pero tendríamos que preguntarnos qué hemos hecho para que nos merezcamos estos gobiernos. Porque, sí, les han votado millones de españoles, pero es que llevamos unos años de película de Esteso y Pajares. Casi se nos olvida, pero ahí al lado está, reciente, el desastre de ZP y tenemos ahora puesto en suerte a Rajoy que no quiere darse cuenta de que cuando aprietas el cuello de un ser vivo lo normal es que acabe dejando de respirar. Pues ya que a ellos no se les ocurre nada, yo me pregunto: ¿Por qué no hacemos algo? ¿Hay alguien que tenga ideas para salir de esta? Abro desde ya en mi blog un foro de propuestas. No va a servir de nada, pero al menos que nadie nos diga que no pensamos, ni proponemos y que somos unos perroflautas o unos antisistema. Yo empiezo reclamando, por poner un ejemplo y para provocar un pelín, una revisión uno a uno de los convenios colectivos del funcionariado, entes públicos y demás organismos pagados con el dinero de todos. Quizás sentándonos tranquilamente y leyendo con pausa nos demos cuenta de que hay determinadas maneras de funcionar que son absolutamente insostenibles en el año 2013. Bueno. Yo ya les he tocado las pelotas a unos cuantos. Ahora les toca a ustedes.
EL VENTAJISTA
Hoy jueves, día después de la hecatombe, miren ustedes por dónde, me voy a ciscar directamente en varios de los supuestos principios del bloguerismo.
Es una ley, como no escrita, que viene a decir:
1º que un bloguero no debe despistar a sus lectores saliendo en días insospechados.
Y 2º que un bloguero no debe jamás ser ventajista.
La 3ª ley la han dictado mi mujer y varios de mis amigos que me insisten en que no hable de fútbol. Pero, Dios, cómo no voy a hablar de fútbol después del burreo que nos pegó anoche el Borussia Dortmund.
Así que, aunque hoy sea jueves, escribo. Y aunque esté feo el ventajismo, voy a aprovechar la riada para darle un par de collejas al insoportable José Mourinho.
Estábamos todos un poco con el canguelo, hay que reconocerlo, pero después de la soba del Bayern al Barsa, los madridistas llevábamos ayer en la cara una sonrisa de oreja a oreja. Lo que pasa es que teníamos el miedo en el cuerpo no fuera a ser que la sonrisa se nos quedara igual de congelada que al Coyote cuando Correcaminos hace que le estallen en el hocico 500 cartuchos de dinamita marca ACME.
Y anoche el Borussia fue Correcaminos. Micmic.
Y aquí empieza el ventajismo. Porque, desde mi punto de vista, el magnífico entrenador que ingresa desde hace años una pasta gansa para que ganemos de una puñetera vez la Décima, anoche otra vez más se equivocó, no supo cómo meterle mano a los alemanes y, si no volvimos eliminados del todo es porque, de nuevo, Ronaldo marcó su gol. Vamos, diciéndolo de manera expresiva, pero a lo fino, que Mourinho anoche evacuó su vientre en Dortmund.
Parece que queda claro que Casillas no era el problema de nuestra portería, ni de nuestra defensa. No digo que los goles fueran culpa de Diego López (incluso hizo paradas para evitar un 6-1), pero, si hubiera estado Casillas en la portería, sus críticos estarían dándole por acabado tras cuatro goles en la ida de unas semifinales. Yo, sinceramente, creo que el milagroso Casillas igual podría haber hecho algo más en alguno de los goles.
Parece que queda claro que Pepe ya ni siquiera es ese buen defensor que cíclicamente sufría una descarga cerebral en los partidos importantes. Ahora mismo es, simplemente, un defensa mediocre.
Parece que queda claro que, si Ramos y Varane son tu mejor pareja de centrales desde hace semanas, no la debes cambiar en el partido más importante del año.
Parece que queda claro que Modric es otro pufo más de los que le han metido a la máquina de fichar del Madrid, que lleva atorada desde tiempo inmemorial.
Parece que queda claro que es inverosímil que no haya en toda la cantera del Madrid, por poner un ejemplo, un lateral izquierdo mejor que Coentrao. La cantera también está atorada desde tiempo inmemorial.
Parece que queda claro que a Florentino se le acaban los parapetos y que, salvo milagro la semana que viene, va a tener que decir adiós al dramaturgo-comediante que le ha estado parando y desviando los marrones desde hace 3 años.
Y, por último, parece que queda claro también que los que somos madridistas, pero pensamos que Mou es un cretino, nos fuimos anoche a la cama remolachados, pero con un cierto alivio convencidos de que, después de lo de ayer, el año que viene en el banquillo no va a estar el mismo entrenador. Lo malo es que, conociendo a Florentino, lo mismo nos vuelve a traer a un piernas glamuroso y nos tiramos otros tres años muy entretenidos en las ruedas de prensa, pero sin comernos un Sacis en la Champions.
EL EMPEDRADO
Morir por sobredosis de Coca-Cola. Imagino que muchos de ustedes leyeron hace unas semanas aquella noticia terrible que hablaba de una mujer neozelandesa que murió en 2010 por un excesivo consumo diario de Coca-Cola. Resulta que la desdichada bebía diariamente entre 7 y 10 litros de este refresco y acabó muriendo por diversos fallos de su cuerpo todos directamente relacionados con su adicción. Como suele pasar en muchos de estos casos, la familia intentó culpar a la compañía fabricante del refresco de la muerte de su ser querido y un juez acaba de sentenciar que Coca-Cola no puede responsabilizarse de que haya consumidores que estén más locos que la cabra que da nombre a este blog.
Es la costumbre que tenemos siempre de echarle la culpa al empedrado. Aquello tan italiano de: “¿Llueve?, ¡vaya mierda de gobierno!”. Pasa, por ejemplo, con los fumadores. Y yo he sido uno de ellos, empedernido, durante años. Todas esas demandas ganadas por ciudadanos de los Estados Unidos de América a las tabaqueras, han llevado a situaciones que a mí me parecen delirantes. Se ha asumido que el tabaquismo es una adicción a la altura de la dependencia de la heroína y de otros psicotrópicos. Y ahí están los fumadores, reclamando y consiguiendo que el Estado les ayude a dejar su vicio. Y para hacer ese tipo de reclamaciones, se atiborran de argumentos. He escuchado a algunos fumadores citar estudios ignotos que aseguran que la nicotina genera en el cuerpo humano una adicción mayor que la de los derivados del opio. Y no lo niego, porque no he visto esos estudios, ni los contrarios, pero, sapristi, ya me extraña.
Está feo ponerse como ejemplo, pero, como este es mi blog, hago de mi capa un sayo y me pongo.
Yo fumaba una media diaria de dos paquetes y medio de cigarrillos. Una burrada. Y eso en un día normal, porque, si me tocaba escribir guiones, o estaba trabajando en algo que requería mucho ordenador, podían caer fácilmente los tres paquetes y pico. Y tenía esa actitud típica de los drogodependientes de afirmar: “yo lo dejo cuando quiera” o de decirle a mi mujer, así, en plan chulito: “¿Que yo, ejem, jarrúnjarrún, carraspeo mucho? ¿Ejem?”. Llegué a negar evidencias como que carraspeaba de una manera casi constante. Por otro lado, ignoraba a todos los que me pedían que lo dejara y les mandaba al guano o a lugares incluso peores, si me mentaban el libro aquel de “Dejar de fumar es fácil” a cuyo autor insulté gravemente, en público y en privado, durante años.
Luego estaban los niños. Pobres. Paula, a sus 7 años, ya me había dejado por imposible, y Macarena, con uno escaso, no se pronunciaba, pero a Carlillos, que tenía 5, en el colegio le estaban dando información sobre el tabaquismo. Maldita sea. Su profesora puso en la clase un cartel que rezaba: “El humo mata” y aparecía la silueta de un hombre fumando junto a una foto de una fábrica humeante. Yo no sé si yo me parecía a aquella silueta o qué, pero mi hijo se obsesionó y empezó a decirme entre lágrimas cada vez que me veía con un cigarrillo: “¡¡¡Papá, deja de fumar yaaaaa!!!” o “¡¡¡Papáááá yo no quiero que tú te mueraaaasss!!!”, que claro, a ver cómo aguanta esa presión una persona con un corazón normal. Estuve a punto de conseguir que se le olvidara el dramón, pero una de las tardes de aquellos días, yendo con ellos en el coche hacia casa, me desvié del camino habitual. Me preguntaron por qué y, cuando les dije que iba a comprar tabaco, empezaron los dos a llorar, como instruidos por alguien, y a reclamarme que dejara de fumar de una vez. Y me atraparon. Tanto, que les prometí que era el último paquete que me compraba en mi vida. Al día siguiente pensé seriamente en mentirles, seguir comprando tabaco y decirles que es que me estaba durando mucho el último paquete, pero decidí echarle coraje y escribí dos sonetos de cierre de mi etapa de fumador. Este era uno de los tercetos:
“Eran las seis y cuarto de la tarde
dos mil dos, de noviembre, el dieciocho
Hice con gran ligereza el alarde:”
Y lo dejé.
Estuve varios días con una mala leche bastante espectacular, engordé unos diez kilos, de los que jamás me quité ni la mitad, pero lo dejé. Y juro por mis hijos (a los que tuve cierta manía durante un tiempo) que no utilicé ni chicles, ni parches, ni acupuntura ni ninguno de esos tratamientos costosísimos que, desde mi punto de vista, lo único que hacen es sustituir un enganche por otro. Lo dejé a puro riñón, no maté a nadie (aunque no por falta de ganas), nadie me mató a mí (aunque no por falta de ganas) y dejé de carraspear y de gastarme unos 250 euros al mes en cigarrillos. Estoy muy orgulloso de ello y, sobre todo, de no haber convertido mi problema en un supuesto problema de la Sanidad Pública de mi país, que bastante tiene ya con lo que lleva encima.
¿Que cuesta dejarlo? Un huevo. Pero si yo, que fumaba más que la pobre Mariví Bilbao (q.e.p.d.), logré dejarlo a pelo, es que se puede. Otra cosa es que prefiramos mirar al empedrado y pensar que deba ser ese Estado cabrón que se ha lucrado con los impuestos del tabaco el que nos saque del atolladero y nos pague los chicles de nicotina.