Lo fácil que se les pone en la boca para pedirlo. Y lo que les cuesta practicarlo cuando mandan. No sé de qué se quejan los políticos cuando constatan, encuesta tras encuesta, que están metidos en la hez hasta las axilas. Es que se lo están trabajando. Y vale, aceptemos que no todos los políticos son penosos, pero el nivel general da más que pena; deprime.
Hoy el PSOE pide al PP consenso para todo. Para la Reforma Laboral, para la fiscal, la educativa, la sanitaria y, últimamente (y da risa) para acabar con la corrupción. Es curioso lo brillantes que se ponen en la oposición. La cantidad de ideas que se les ocurren y lo fácilmente que te dicen que ellos arreglarían todo. No como los pánfilos que están gobernando.
Recuerdo aquellos momentos gloriosos de ZP en los que sus fieles consideraban (como él mismo) que estaba tocado por una varita mágica y que era el Merlín que nos iba a llevar al pleno empleo, a la cordialidad con los musulmanes radicales y a la paz mundial. Por aquel entonces yo iba cada semana un par de veces a una tertulia de Punto Radio en la que abundaban zapateristas fervorosos. Había empezado ya la crisis esa que se tiraron 3 años negando y yo pedía insistentemente que el PSOE se sentara con el PP para ver si entre los dos partidos sacaban algo en claro. Y no veas cómo me ponían. Me decían que era un facha que quería que gobernase el PP cuando las urnas habían decidido que siguiera gobernando ZP. Y además insistían mucho en que el PSOE estaba llegando a acuerdos con todos los partidos del arco parlamentario excepto con el PP. Qué cachondos. Es que eso no es consenso. Tratar con el que te tiene agarrada la bolsa escrotal no es consenso; es pactar con uno que, si aprieta, te rompe un huevo. En cualquier caso, negociar asuntos de calado nacional y dejar de lado al partido que representa a la mitad de tu país no es consenso; es hacer el lelo.
Pues ahora le toca al PP. Ahora son ellos los que dicen que el pueblo les escogió para tomar decisiones. Incluso aunque esas decisiones sean difíciles. Pero es que encima Rajoy, que es un fino humorista, se permitió asegurar que “la mayoría silenciosa” (séase, los que no vamos a manifestaciones) estamos con él. Vamos anda. O sea que, los que no vamos a manifestaciones convocadas por el PP ¿Estamos en su contra? Pues somos treinta y tantos millones. Eso es tan bobo como decir que los que no vamos al desfile del orgullo Gay somos homófobos. Y, hombre, alguno habrá, pero a la mayoría es un desfile que no nos llama, que no nos conmueve o que directamente nos la refanfinfla. Y por eso no vamos.
Pues tan convencido está Rajoy de lo que hace y dice que, salvo en algún caso extraño, gobierna sin detenerse un rato a escuchar, no vaya a ser que a los de enfrente se les ocurra una buena idea. Me recuerda a la frase que nos soltaba el mítico director de informativos de A3 televisión, Jorge del Corral cuando oía un teléfono sonar en la redacción sin que nadie lo cogiera. Desde su despacho gritaba: “¡¡¡No lo cojáaaaaaais, no vaya a ser una noticiaaaaaaa!!!”. Pues eso; no escuches al de la oposición, no vaya a ser que diga algo que te ayude. No entiendo ese empeño en hacer las cosas en solitario buscando la ovación para uno solo.
Yo estoy seguro, por ejemplo, de que a ZP le habría ido mucho mejor en la película si, cuando comenzó la crisis, hubiera hecho un pacto nacional con el PP para buscar caminos de emergencia.
Como creo que la historia del PP habría sido distinta si, el día del 11-M hubieran reunido en Moncloa a todos los líderes de los partidos políticos para hacer causa común. En vez de eso hicieron lo posible por dar una rueda de prensa en solitario para anunciar “sin ninguna duda” la autoría de ETA. A la misma hora que Acebes decía eso en Madrid, en toda Europa se daba por hecho que había sido Al Qaeda. Y así les fue, claro.
El problema es que lo del consenso no nos va. Y eso que somos ejemplo internacional por lo que hicimos entre 1975 y 1978. Porque luego se estropeó. La verdad. Yo creo que Suárez (que por cierto nunca tuvo una mayoría absoluta) se encontró con una generación de políticos de altura intelectual y política. Pero sobre todo se juntaron varios señores y señoras que eran muy conscientes de que tenían una oportunidad histórica para decirle adiós para siempre a la caspa de las dictaduras. En torno a un Rey, que hoy está en horas bajas, construyeron una democracia razonablemente sólida que lo peor que tiene es a los políticos que la gestionan. Y no le damos mucha importancia, pero el Rey es para mí el que guarda aquel espíritu del consenso. Es que parece que se nos olvida, pero ese Rey que inoportunamente caza elefantes, que echa canas al aire, que tiene yernos que le salen rana y un director de comunicación manifiestamente mejorable, fue el motor que hizo que todo esto esté hoy funcionando. Lo malo es que va a hacer falta que se muera para que salgan los cien mil hijos de San Luis a hacerle el panegírico. Entonces quizás nos demos cuenta de que le hemos desaprovechado en estos años en los que no les vendrían mal a nuestros políticos unas clases particulares de consenso.
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LA FUNCIONARIA
No tengo por costumbre defender a los funcionarios. La verdad. Y me da pena, porque tengo mucha familia y buenos amigos en la Función Pública. Pero creo que el tener un empleo fijo y una seguridad laboral absoluta puede hacer que uno se amojame. Por otro lado, las empresas públicas, en general, tienen convenios colectivos que resultarían absolutamente insostenibles para cualquier empresa privada. Y así nos va. No estoy diciendo que la culpa del déficit del estado y las autonomías sea de los funcionarios, pero es evidente que un sector público tan absurdamente gordo y tan mal gestionado como el nuestro, no se sostiene. Uno de los problemas es que, además, con esos convenios, es fácil que gente algo laxa acabe abusando del hecho cierto de que, siendo empleado público, tienes poco menos que matar a tu jefe para conseguir que te echen. Y en ese agua tibia del empleo público nadan gentes escaqueadas y personas ejemplares como la mujer de la que voy a hablar.
Imagino que varios de ustedes habrán tenido la desgracia de tener que pasar por la experiencia del cáncer de un familiar. Yo, en concreto, viví hace dos años la dureza del cáncer de laringe de mi padre. Tras meses de tratamiento para intentar acabar con el tumor, hubo que hacerle una laringectomía. Cuando llevaba casi un año intentando adaptarse a su nueva vida, regresó el cáncer en forma de diversas metástasis hasta que no quedó más remedio que ingresarle en La Paz para intentar reducir sus intensísimos dolores. En los primeros días todo fueron pruebas hasta que los médicos nos dieron la noticia más terrible; lo de mi padre era incurable y sólo cabía esperar unos días, quizás semanas, y que no sufriera demasiado.
Lo subieron a la planta 14. Era una planta en la que había enfermos con esperanza de curación, pacientes ya prácticamente diciéndole adiós al cáncer y al hospital y personas, como mi padre, que estaban intentando sortear el dolor y despedirse de su familia lo más serenamente posible. No era una planta alegre y se me sigue poniendo un nudo en el estómago cuando recuerdo los veinte pasos que había desde el distribuidor de los ascensores hasta la habitación de mi padre; la 1411. Eran veinte metros escasos en los que ibas saludando a familiares que te decían con un gesto cómo había ido la noche, o la mañana o si un rato antes les habían dado una noticia buena. O una mala. Y en ese ambiente duro, intenso, había un grupo de trabajadores que lidiaba con tantas emociones tratando de hacer su labor de la mejor manera posible. Y entre todos ellos, sobresalía un ángel. Una enfermera de veintitantos años llamada Beatriz Villa.
Nosotros somos 7 hermanos. Y somos gente bulliciosa. Junto a nuestra madre hicimos lo posible durante aquellos días para que la habitación 1411 fuera, dentro de lo que cabe, un lugar feliz. Mi padre era un hombre que vivía contento y yo creo que le habría demolido, más que la enfermedad y el dolor, ver a su familia constantemente con cara de pena. Por eso intentamos que en la habitación se notara lo menos posible que todos estábamos tristes y que aquel era un lugar del que nuestro padre no iba a salir con vida. No puedo decir que la habitación fuera una fiesta. Pero hasta nos reíamos. Y a crear aquel ambiente contribuyeron tremendamente las personas que trataron a mi padre y, muy especialmente, la funcionaria Beatriz. Hubo muchos detalles de aquella mujer que aún hoy me emocionan. Por ejemplo, una de las últimas noches de mi padre. Estaba retorciéndose de dolor y, a las 4 de la mañana, no conseguían dar con la tecla para calmarle. A eso de las 4 y cuarto, entró Beatriz en la habitación y le puso una dosis de analgésicos para ver si lo lograba. Yo estaba sujetando la mano derecha de mi padre y ella hizo lo mismo con la izquierda. Y allí estuvo conmigo durante una hora y cuarto acariciando la mano de mi padre hasta que, por fin, logró quedarse dormido.
Dos días más tarde, en su penúltima noche, de nuevo me tocó a mí la guardia y de nuevo le tocó el turno de madrugada a Beatriz. A eso de las 12 mi padre, que ya tenía pocos ratos de consciencia, estaba consiguiendo tranquilizarse, cuando entró en la habitación la funcionaria. Mi padre la saludó con una sonrisa y un movimiento leve de cejas. Y se llevó la mano a la mejilla mirándome primero a mí y luego a ella. Beatriz me preguntó: “¿Qué quiere?” y yo le dije: ”Creo que un beso”. Y la funcionaria se lo dio. Y yo recordaré toda mi vida a aquella mujer, su dedicación amorosa a su trabajo, su vocación admirable y aquel beso.
Sé que en la función pública, como en cualquier sitio, habrá de todo y que, junto a personas como Beatriz, habrá muchos vagos y mal encarados que hagan su trabajo como quien fríe un huevo con desgana. Pero en estos días de tanto debate sobre la Sanidad Pública, sobre los privilegios de los funcionarios y de tantas miradas de sospecha sobre los que tienen un sueldo público, me apetecía contarlo. La humanidad de una mujer que ayudó a que mi familia viviera con menos angustia aquellos días de enero de hace dos años en los que le dijimos adiós a mi padre.
PONTIFEX
Hay temas que, entre mis diversos grupos de amigos, generan indefectiblemente controversia. Y la Iglesia Católica es uno de ellos. Yo, que llevo un tiempo así como especialmente broncas, tuve el otro día un desencuentro con un amigo hablando sobre el Papa. Nos hacía gracia a todos el hecho de que un Papa tan conservador, tan carca, se abriera cuenta de Twitter y nos hacía todavía más gracia el palabro que había escogido para darse nombre; Pontifex. Sé que ya se ha escrito todo acerca de las evocaciones que provoca la palabrita; desde un producto para limpiar la cocina, hasta un instrumento sado-maso, pasando por un nuevo aparato que te deje el abdomen mejor que el Ab-Shaper de Chuck Norris.
Pero, claro, el debate no vino sobre el nombrecito. La discusión se abrió porque a mí me pareció curiosa tal demostración de modernez en una Iglesia que habitualmente es muy regresiva. A mí lo que me sorprende, dije, es que esta involución se haya producido precisamente en el siglo en el que el mundo ha avanzado de una manera más vertiginosa. No sé si alguien ha hecho cálculos, pero probablemente la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI hayan sido los años en los que una mayor cantidad de cosas han evolucionado a mayor velocidad. Y ha sido justo en estos años en los que la Iglesia Católica ha dado un sinnúmero de pasos hacia atrás o, por lo menos, no ha seguido dando pasos hacia adelante. Porque, y aquí es cuando abrí el melón, a mí me parece que la Iglesia ha estado siempre en la vanguardia de la comunicación durante siglos. Fue la Iglesia la que en los primeros tiempos del cristianismo buscó la manera, con rudimentos, de llevar el mensaje de Cristo a todo el mundo. Fue la Iglesia la que utilizó y promovió las nuevas técnicas de pintura, de escultura, de arquitectura, de música y de edición de libros para llevar el mensaje de Cristo a la mayor cantidad de gente posible y de la manera más atractiva posible. Y hombre, no le fue mal la cosa al mensaje de Cristo.
Mi amigo defendía que la Iglesia ha sido siempre regresiva y que no es nada sorprendente el hecho de que lo sea en el Siglo XX. Y para ello me ponía ejemplos como el de Galileo y otros tantos como él. Y claro que la Iglesia se ha equivocado setecientos millones de veces, pero eso no choca con el hecho de que han ido siempre utilizando las técnicas que tenían a mano para comunicar mejor. Excepto en los siglos XX y XXI. Estamos en la era de la comunicación audiovisual y las misas siguen siendo un tostón realmente indigerible, incluso cuando el cura que la celebra es un gran comunicador. ¿Es que nadie se ha dedicado a intentar darle una vuelta para adaptarse y hacer algo más entretenidas las misas? Podrían tomar ejemplo del circo, y que se me perdone la irreverencia. Pero si se comparan los tempos del circo de hoy con los de mi infancia, se aprecia que los profesionales se han dado cuenta de que, o metían en su espectáculo un ritmo televisivo, o estaban muertos. Y lo han hecho. La Iglesia, no. Yo no estoy pidiendo que hagan happenings. Estoy reclamando que se den cuenta de que las misas de 1980 (y no digo las de 1950) están muertas como medio para llegar a la gente. Y deberían ponerse las pilas, porque ya nadie te mira mal por no ir a misa. La Iglesia Católica ya no es hegemónica y tiene una competencia feroz de otras confesiones que le están comiendo el terreno. Y, lo más vanguardista que se les ocurre, es sacar un canal de televisión en el que, a las doce, cortan la programación para emitir una misa. Magnífico.
Si lo de tener un canal como 13TV es para que disfruten las personas mayores católicas de España, no tengo ni un pero que poner. Ahora, si lo que pretenden es llevar el mensaje de Cristo a los no convencidos, y lograr que la voz de la Iglesia se escuche de veras, están haciendo un pan como unas tortas.
Pero vamos, discusiones con mis amigos aparte, no es el único problema de mi Iglesia. Yo, por ejemplo, creo que si Jesús viviese hoy estaría indudablemente al lado de los enfermos de SIDA, es un poner, y haciendo campañas para el uso del preservativo. Y hay miles de curas y monjas dejándose la piel con los que sufren, pero, no sé por qué, me cuesta imaginarme a Benedicto XVI, o, viniendo más cerca, a Monseñor Rouco Varela repartiendo condones por las calles de Madrid.
CASTELLIO CONTRA MOURINHO
Sé que no me debería poner en plan pedorrillo intelectualoide para hablar de fútbol, pero los socios del Madrid deberían leerse el libro “Castellio contra Calvino” de Stefan Zweig. Yo he estado tres años viviendo en Ginebra y me fascinó, desde que llegué, el personaje de Jean Calvin. Un hombre de carácter tiránico que impuso, con el apoyo de toda la ciudad, un rigor extremo en la vida de los ginebrinos. Una austeridad, un puritanismo y una inflexibilidad que, en algunos aspectos, siguen gobernando a los habitantes de esta ciudad suiza.
Este libro cuenta cómo Sebastián Castellio, un predicador nada importante, tuvo en jaque a Calvino durante unos años. Castellio se enfrentaba no sólo a Calvino sino a los miles de acólitos del líder que intentaban difamarle y desacreditarle con las acusaciones más absurdas. Y todo porque había cometido la torpeza de enfrentarse al líder absoluto.
En varios pasajes del libro, Zweig habla de la necesidad que tienen los pueblos de un líder mesiánico que les dé orden y paz, sobre todo en tiempos de zozobra. Alguien que te libere de tener que pensar, aunque tengas que renunciar a tus más elementales libertades. Zweig dice que esos líderes suelen derivar en tiranos que “quieren imponer su orden como dogma único y estigmatizan cualquier diferencia de opinión, calificándola de delito”. Pues eso.
Evidentemente no quiero comparar a Mourinho con Calvino, ni yo pretendo tomar el papel de Castellio, pero sí creo que la marea de adhesiones inquebrantables en torno a las personalidades mesiánicas de Mou y Florentino (otro que tal baila) se parece mucho a la que despiertan tradicionalmente los dictadores. Yo tengo amigos a los que considero inteligentes e incluso muy inteligentes que están absolutamente cautivados por el aura carismática de Mourinho; el líder, el Mesías que les va a liberar del yugo blaugrana cueste lo que cueste. Y a los que nos parece un maleducado, soberbio, déspota y dañino para la imagen del Madrid, nos miran como unos melifluos que no merecemos ser llamados madridistas. Y ya no te digo si dices que prefieres un entrenador tipo Guardiola, antes que uno tipo Mou. Entonces se ríen de tu mariconez y te sacan el discurso de que era “más falso que Judas” y que “meaba colonia” (sic). Me hace gracia lo de la evacuación urinaria perfumada. Porque yo, la verdad prefiero uno que mee colonia a otro que tenga pinta de orinar constantemente cálculos renales, y de ahí su mal café.
A ver, esto son cosas objetivas; que un entrenador de un equipo serio le meta el dedo en el ojo al segundo entrenador del máximo rival, está feo. Que un defensa central del Real Madrid pise queriendo la mano de un jugador del máximo rival, está feo. Que el entrenador del Real Madrid dedique más tiempo a protestar por los arbitrajes o por el empedrado que a hacer autocrítica, está feo. O que cite a sus aficionados veinte minutos antes de empezar un partido para salir en plan chulito piscinas, está feo. Y todo para que le aplaudan cinco gatos y le piten otros cinco. Pues qué bien.
Pero el problema no es que pasen estas cosas; es que desde la presidencia del club se le permita. Y luego hay un grupo numerosísimo de periodistas afines que se encargan de hacer ver como normales y muy justificadas las cosas anormales y de calificarnos de pseudomadridistas o, directamente, antimadridistas a los que opinamos que se está haciendo mal. Es como lo de Del Bosque. Desde que Florentino hizo la tontuna de echarle y poner al glamourosísimo Queiroz, Florentino, en petit comité, y sus periodistas afines, a lo grande, no han hecho más que lanzar mierda sobre don Vicente. Que si es un manta, que si es un blandengue, que si ganó el mundial porque el equipo se lo dejó hecho Aragonés, que la Eurocopa la ha ganado gracias a que tiene a los mejores de la historia (y a Luis Aragonés)… Pues qué quieren que les diga, pero si tengo que elegir prefiero a un manta como del Bosque a Mourinho.
Como prefiero ver a canteranos subiendo al primer equipo en vez de comprar mediocridades (alabadísimas por los periodistas pro-Flo) como el gran Coentrao. ¿De verdad no hay en la cantera del Madrid dos o tres chavales que lo hagan parecido a Coentrao? Es que no me lo creo. O, si es verdad, que cierren Valdebebas. Creo que de la cantera del Madrid no sale nadie porque no los sacan. Si tú tienes la sensación de que puedes jugar en el primer equipo juegas con un nivel de motivación que parece que has desayunado cinco red bulls. Si tienes la sensación de que no vas a salir de ahí, tu motivación anda por los suelos. Dicen que es que no dan el nivel. Yo creo que no dan el nivel los directivos y los técnicos del primer equipo. Estoy seguro de que Iniesta, si hubiese sido de la cantera del Madrid habría acabado jugando cedido en el Albacete, para luego ir al Depor y terminar triunfando en el Arsenal o así. O lo mismo se habría cogido tal aburrimiento que hoy estaría en Fuentealbilla poniéndose ciego de comer helados Kalise.
En fin. También decía Zweig que, al final, siempre acaba triunfando la libertad y que, salvo en casos raros, los tiranos acaban siendo devorados por ellos mismos. No sé si es el caso de Mou y Florentino, pero ya empiezan a escucharse voces críticas contra ambos. Lo malo es que el coro brutal no saldrá hasta que no caigan del todo. Entonces, cuando se vaya Mou, ya aparecerán antimourinhistas hasta debajo de los banderines de córner del Bernabéu.
P.D. Esta cabra lleva escrita desde hace días. No tiene nada que ver con la derrota de ayer en Vigo. Mourinho, por cierto, culpó a sus jugadores.
ESTAMOS TODOS LOCOS
Me van ustedes a perdonar que me ponga íntimo, pero menuda bronca tuve el sábado pasado con mi hija la mayor.
Se llama Paula, está a punto de cumplir 18 años y es una buena chica con la cabeza sobre los hombros. Llevaba semanas hablando de su viaje de fin de curso a Mallorca y yo, que tengo cierta tendencia al despiste, tampoco le hacía mucho caso. Pues vale; se va a Mallorca en junio. Hasta que el viernes por la noche estuvimos cenando con un grupo de amigos. En los postres, cuando se abren las conversaciones profundas, uno de ellos nos dice: “estamos agobiadísimos con lo del viaje de la niña a Mallorca”. Yo, la verdad, pensé: “Cáspita, ni que fuera Afganistán”. Hasta que continuaron hablando.
MACRO-BOTELLÓN EN MALLORCA
Resulta que lo que para mí era el viaje de estudios de fin de curso de mi hija a Mallorca (Catedral, casa de Chopin, algún museo, parajes naturales impresionantes, playas, cachondeo por la noche en alguna discoteca…) no era tal. El viaje de fin de curso es una especie de macro-concentración de chicos de 17 y 18 años de numerosos colegios de Madrid, que se van a Mallorca a pasar la semana posterior a los exámenes.
Esto, así dicho, no tiene por qué resultar escandaloso. Lo que para mí es tremendo, es que esos cientos de muchachos y muchachas, la mitad menores de edad, van solos. Aunque suene increíble, no hay ningún adulto al cargo de esta masa de postadolescentes que imagino que lo más parecido a algo cultural que van a ver, va a ser el Museo del Jamón.
¿VIAJE DE ESTUDIOS O INICIÁTICO?
Yo tengo la sensación de que estamos haciendo dejación de nuestra responsabilidad como padres. No entiendo que nos pueda parecer bien que nuestros hijos, en manada, acudan a un lugar en el que el 90 por cien de su tiempo van a estar tomando copas y tirados en la playa. ¿Qué les estamos enseñando con esto? Y conste que no estoy en contra de que se diviertan.
Yo también hice viaje de fin de curso y por las noches salíamos y desvariábamos, pero teníamos a dos adultos supervisando. Y al día siguiente, a las 9 tocaban diana porque teníamos que ir a ver la Mezquita, la Alhambra o la Giralda. Y estoy seguro de que, en mi viaje, con la tostada que llevaban, algunos no se enteraron de si la Alhambra la hicieron los moros o los cristianos. Pero allí estábamos controlados por dos adultos.
EDUCADOS EN LA PRISA
No sé qué nos ha pasado que nos ha vuelto locos. Qué sucede, para que personas a las que yo considero juiciosas y hasta excesivamente conservadoras, dejen a sus hijos acudir a este tipo de viajes. Qué falla para que nuestros hijos necesiten que todo ocurra ya. Porque hay cosas que hay que esperarlas y que lleguen cuando toque. Pero ellos y, lo que es peor, nosotros, le estamos dando alimento a su falta de saciedad con una cuchara del tamaño de un Seat Panda. Hemos dejado que nuestros hijos se eduquen en la prisa por llegar y por conseguir aunque ni ellos ni nosotros sepamos a dónde van, ni lo que quieren tener.
Pero volviendo a lo del viaje a Mallorca. Discutí con mi hija. Paula me insistía en que debía confiar en ella y yo le aseguraba que claro que me fiaba de ella. De lo que no me fío es de la horda. Quinientos postadolescentes sin control y con acceso ilimitado a alcohol y a juergas nocturnas tienen muchísimas posibilidades de acabar teniendo un problema. Lo he pensado frecuentemente después de lo del Madrid Arena, en el que estaban decenas de amigos de mis hijos.
PADRES QUE MIRAMOS A OTRO LADO
Estoy seguro de que en la tragedia influyó, al margen de la presunta avaricia y negligencia de los organizadores, el hecho de que hubiera miles de jóvenes pasados de alcohol. Y muchos de ellos menores de edad que, como han hecho mi hija y las amigas de mi hija en alguna ocasión, entran en los locales con DNI falsos. Mientras, sus padres, por no discutir, miramos para otro lado y hosteleros sin escrúpulos les dejan que pasen, sin ser demasiado estrictos, para no perder negocio.
Igual es que me estoy volviendo un carca, pero creo que si en estos viajes a Mallorca aún no ha pasado nada es porque hemos tenido suerte, porque desde luego nosotros, los padres, estamos haciendo lo posible porque suceda. El problema es que veo que, al paso que va la burra, lo mismo mi mujer y yo acabamos dejando a Paula que vaya, confiando en que sea un Ángel de la Guarda el que, al final, nos haga el trabajo.
¿SOMOS HUMANOS? O ¿SOMOS ESPAÑOLES?
Lo hablo muchas veces con mi mujer. A ver si es que va a ser que nuestros políticos son así porque así somos nosotros. Y me explico.
No sé cuántos años llevo preguntándome qué nos pasa para que, gobierne quien gobierne y donde gobierne salgan chanchullos, pufos, dineros malgastados a espuertas, subvenciones dadas alegremente e inútiles contratados por ser “hijo-cuñado-hermano-primo de”.
A poco que rasques, empiezas a darte cuenta de que el problema está metido como con pistola de presión en la manera que tenemos de ser, de vivir y de comportarnos los españoles. Que levante la mano aquel que nunca ha participado de manera activa o pasiva en algo de esto:
Nos parece normal engañar para conseguir llevar a los niños a un cole al que no tenemos derecho. Si tenemos un amigo que consigue no pagar ni una multa o defraudar un poquillo es un tío listo y un modelo a seguir. Si otro amigo trabaja en la Sanidad, con frecuencia se convierte en una farmacia ambulante que provee de productos a los cercanos.
Si nos dicen al pagar “¿Sin IVA?” decimos muchas veces sí. Si nos enfrentamos a la burocracia, rezamos para tener algún amigo o familiar que nos auxilie para reducir el tiempo de espera. Y no nos parece un valor decir la verdad. Si uno consigue algo engañando a lo grande o a lo pequeño, lejos de recibir reproches de las amistades, escucha cerradas ovaciones y gritos de “Es mi campeón”. Yo, desde luego, y me da vergüenza reconocerlo, no podría levantar la mano.
Es una picaresca que está embutida en nuestro ADN como un pequeño chorizo. Y no es una analogía tomada al azar. Es que todos somos un poco choricillos. Y mientras no nos demos cuenta, no lograremos acabar del todo con la corrupción. Muchos podrán decir: “Bueno, no es sólo España. Corruptos hay en todos sitios. Es la condición humana.” Indudablemente. Pero en España esa condición humana desbarra mucho más que en otros países del mundo serio. Y yo creo que es porque, en el fondo, todos somos un poco corruptos.
Es como lo de Urdangarín. Desde luego que no voy a defenderle, pero a mí me parece incluso más grave que lo del yerno del Rey lo de las decenas de cargos públicos que le dieron dinero a espuertas sin que les temblara un músculo. Imagino que en aquellas decisiones en las que se le daba una millonada por una semana de conferencias, habría varias personas implicadas. ¿Es que no hubo nadie con el sentido común y el valor de preguntar en voz alta?: “¿Estamos tontos?”.
No discuto que a Urdangarín, si se prueba que delinquió, haya que meterlo en el trullo, pero ¿Y los bobo-pelotas que le soltaron la morterada? ¿Se van a ir de rositas? Me temo que sí. Pero, claro, es que no son sólo casos tan gordos como el de Urdangarín…
Para mí uno de los principales cánceres del Estado, de las autonomías y de las administraciones locales es la legión de cargos de confianza que puede contratar, sin dar explicaciones, cualquiera que, desde la política, llegue a un cargo medio-alto. Hay que ser un santo, sobre todo en los tiempos que corren, para no contratar a tu hermano-cuñado-primo-sobrino que está pasando un mal momento, o que es tirando a inútil y, “pobre, no va a encontrar quien le dé un trabajo”.
Esa es la pregunta; ¿No haríamos nosotros lo mismo que las decenas de miles de cargos medio-altos que contratan a decenas de miles de personas de confianza? Yo creo que, la mayoría, lo haríamos. Y mientras no tengamos la certeza de que contestaríamos NO, seguiremos siendo, en el fondo, unos choricillos. También es verdad que debería haber una ley que protegiera a las administraciones de este tipo de contrataciones a dedo, pero el problema es que los que mandan en esas administraciones son los mismos que han de cortar el grifo y claro “No voy a ser yo el tonto que acabe con el chollo”.
Pues eso. Que no nos podemos quejar. Que tenemos lo que nos merecemos. Y que no nos vendría mal auto-intervenirnos quirúrgicamente para extirparnos ese choricillo que llevamos todos enganchado al ADN como una garrapata más musculada que el deltoides del Increíble Hulk.
LA TETA DE MAS
No pensaba publicar hoy ninguna cabra. Es más; mis amigos se reparten entre los que consideran que debería publicar algo a diario y los que me aseguran que, la clave del éxito para un bloguero, es tener un día fijo a la semana para que las masas esperen ansiosas tu artículo.
No sé. Igual me equivoco, pero después de haberle dedicado una cabra enterita a Artur Mas (aquella de “Mas madera”) hoy tengo que decir algo. Aunque sea brevemente.
Es que vaya leche se ha pegado. Esto se puede endulzar, valorar de diferentes maneras, buscar los más sesudos análisis. Pero es que Mas se ha dado una nata que, si hubiera sido en mi colegio cuando yo tenía 11 años, estarían todavía a estas horas dándole collejas entre carcajadas de la concurrencia. El problema es que la cosa tiene poca gracia.
No sé qué burrada han costado estos comicios. ¿Veintitantos millones de euros? Pero no es sólo el dinero. No sé qué burrada ha costado tener un Parlament Catalá más débil. No sé qué burrada ha costado crispar a la sociedad catalana y a la sociedad española. Y no sé qué burrada ha costado conseguir que muchos españoles de los que no viven en Cataluña suelten con frecuencia frases del estilo de “Coño, pues que se vayan”.
Yo decía en aquella cabra que Mas se veía a sí mismo como la Liberté de Delacroix guiando al pueblo catalán con una teta fuera y que podía acabar pareciéndose a Sabrina Salerno, cuando se le escapó una ubre en aquella Nochevieja inolvidable. Pero el derrape de Mas le ha llevado más lejos. La teta de Mas puede que se parezca a una de Sabrina, pero en la Nochevieja de 2052 con la italiana intentando reverdecer laureles. Y no tengo nada en contra de las octogenarias, pero debemos reconocer que pensar en esa visión sobrecoge.
Bueno, me sobrecoge a mí. Porque Mas ahí estaba anoche como si no hubiera pasado nada. O casi nada. Claro, claro. No ha pasado nada, Artur, pero qué poco me habría gustado ser tú esta madrugada cuando en la cama cerraste los ojos intentando quedarte dormido.
Y ME GUSTAN LOS TOROS
Muchos de mis amigos y conocidos se sorprendieron cuando en mi declaración de intenciones cabruna no dije que me apasionan los toros. Y eso que en mis años mozos llegué a trabajar con los maestros Matías Prats padre, Vicente Zabala padre (que en paz descansen ambos) y Pedro Javier Cáceres. Pero, y mira que me gustan los toros, me dio una pereza cósmica meterme en ese mundillo. Me sucede siempre. Sobrevuelo los sitios por los que paso sin acabar de meterme del todo en ninguno de ellos. Por eso casi nadie me considera “uno de los suyos”.
Pero yo, además de cabruno, me siento taurino. Empecé a ir a los toros cuando casi no andaba. Mis padres contaban que, dos días después de cumplir 2 años, le eché encima una Fanta de naranja a una señora bien en la Goyesca de Ronda. Por eso los toros, la lidia, los toreros, el lenguaje, el olor a chiquero mezclado con el aroma de los puros forman para mí un mundo en el que me siento a gusto.
Veo morir en el ruedo cada tarde seis toros sin sentir repelús, excepto en días aciagos de los toreros, pero cuando veo un gato atropellado me pongo malo. O sea que entiendo a los que piensan que los taurinos somos unos monstruos sin sentimientos. Pero les aseguro que la tauromaquia tiene poco que ver con los monstruos, salvo cuando alguien se refiere así a un torero, como le pasó a Manolete; “Er Montruo”. Y hay mucho sentimiento. No voy a decir que el toro no sufre. Claro que sufre. Pero ninguna de las cosas que se le hacen en el ruedo, es mortal, salvo, y lamento ponerme obvio, la estocada. Hasta ese momento, si se hacen bien las suertes, el toro padece un castigo del que puede recuperarse en unas semanas si tiene la rara fortuna de recibir el indulto.
Yo jamás he intentado convencer a un antitaurino para que deje de serlo. Primero por respeto y, segundo, porque lo veo tan imposible como que yo haga el camino en el sentido contrario. Pero sí me gustaría que, antes de ponernos a parir, algunos se informaran un poco. No es verdad que haya aficionados que van a la plaza con el ánimo de ver sufrir a un animal. Al revés. Cuando un matador, un banderillero o un picador hacen al toro un daño innecesario, se llevan unas broncas de aúpa. Tampoco somos todos unos insensibles. A mí se me han saltado las lágrimas viendo a Curro Romero salir por la Puerta Grande, o después de un quite arrebatado de Morante, o cuando he visto a un tío dejarse partir por la mitad para sacarle unos naturales a un toro que, el cabrón, no tragaba por el izquierdo. Y me he emocionado aplaudiendo a héroes como Padilla que torea con un solo ojo o a cualquiera de esos toreros sin gran cartel que salen a cada plaza sabiendo que si no están bien, mañana están muertos.
Y lo del ecologismo. Deberían muchos ecologistas pasarse por alguna ganadería brava. Porque allí encontrarán amor y respeto a los animales y a la naturaleza. Aunque luego manden a sus toros a morir en la plaza. Es que están criados para eso. Y, lamento ponerme otra vez obvio, si se acaba la tauromaquia, se acaban los toros. Porque, entre otras cosas, resulta que los toros pastan justo donde nosotros vamos de merienda. Y no creo que a nadie, por muy ecologista que sea, le guste que un morlaco de 600 kilos le salude con el morro mientras le hinca el diente a un bocadillo de Nocilla.
RAZONES PARA LA HUELGA
Pues me van a poner a parir. Pero, qué quieren que les diga. A mí me parece que los empresarios teníamos muchos motivos para haber hecho huelga anteayer.
Indudablemente parados y trabajadores tienen muchos argumentos para acordarse de los antepasados de Rajoy, pero tampoco nos faltan razones para estar quemados a los que nos dedicamos a crear empleo, a invertir y, en definitiva, a generar riqueza en España.
Yo creo que España no merece una huelga. Y aún menos una huelga apoyada por un partido que ha hecho bastante para que estemos en el hoyo. La coyuntura internacional, la burbuja inmobiliaria y la mala conjunción de los planetas (Pajín dixit y pixit) también influyeron. Pero deberían reconocer los que estuvieron 8 años gobernándonos que lo hicieron como el culo. Y que Dios me perdone por decir estas cosas. Pero me quedé de piedra cuando vi a Rubalcaba anunciando que el PSOE iba a apoyar la huelga general. Es como si un pirómano convoca a las masas para protestar contra el gobierno por no saber prevenir ni extinguir los incendios que él mismo provoca. Y además salen ahí a decirle al pueblo que ellos, los socialistas, no van a abandonarles. ¡¡Olé tus criadillas!! En cualquier caso, me estoy despistando del objeto principal de esta cabra.
Es que ser empresario en España es un dolor. Puede parecer una frase dramática viniendo de un optimista existencial como yo. Pero ser empresario en España es un dolor. Yo sólo puedo hablar de los últimos ocho años y medio de nuestra historia, que es el tiempo que llevo con mi empresa en pie. Pero, en todos estos años, los gobiernos que nos han dirigido no han tomado ni una sola decisión que nos ayude a mantener el empleo que tenemos, a generar más puestos de trabajo y a invertir.
Se suponía que el nuevo gobierno del PP iba a ser un gobierno que ayudara a los empresarios. Que dejaríamos de ser esos cabrones chupasangres en que nos habíamos convertido con la ayuda inestimable de los discursos de los distintos gobiernos de ZP. Es un cliché metido a fuego en nuestros cerebros. Le dices en un test rápido al 90 por cien de la población: “¿Empresario?” y te sueltan: “millonario cabrón”. Y si pides que te hagan un dibujo tipo, te sacan a un tío gordo con traje, gafas negras y puro como en las viñetas del maestro Forges. Y puede que haya empresarios gordos, ricos y bien vestidos que se fuman un puro mientras sufren sus trabajadores. Incluso acepto que haya empresarios cabrones. Pero la mayoría somos gente como usted y como su primo el de Murcia. Gente normal que tenemos vocación de generar riqueza, de crear empleo, de levantar los proyectos que nos apasionan y, a ser posible, ganar dinero. Incluso mucho dinero. No conozco a ningún empresario que monte su empresa para despedir a gente. Y estoy seguro de que la mayoría de nosotros queremos tener a nuestros empleados felices y sin ganas de irse a trabajar a la competencia. Pero, lamentablemente, no se nos pone fácil. En los meses que lleva el PP gobernando no se ha aplicado ni una sola de las reformas que, se suponía, nos iban a ayudar. Se nos ha puesto más fácil despedir, pero nada más. ¿Apoyo a la inversión? Cero pelotero. ¿Excepciones para no pagar el IVA hasta cobrar las facturas? Cero Zapatero. ¿Ayudas extraordinarias para crear más empleo? Cero cascabelero.
Me lo pregunto millones de veces. Por ejemplo; ¿Por qué no le da el gobierno el 50 por ciento de lo que cobra un parado a un empresario para que contrate a ese parado? Imaginemos que Manolita C. recibe una prestación por desempleo de 1.000 euros. ¿No creen que si le dieran a un empresario que pudiera necesitar a Manolita 500 euros mensuales para contratarla la contrataría? Yo creo que sí. El estado se ahorraría 500 euros y tendría a Manolita produciendo, pagando IRPF y seguridad social y encontraría a un empresario 500 euros menos jodido. Igual no es tan fácil. Pero, córcholis, es que no han tenido en estos meses ni una puñetera idea para crear. Todas las que yo he visto han sido para sacar la tijera o para destruir. Y, hombre, no digo que la situación no requiera sacar la guadaña, pero quizás harían bien en darle también de vez en cuando a la mollera con un punto creativo.
BARDEM
Conste que no conozco de nada a Javier Bardem. Bueno, en los últimos años se ha hecho conocidísimo, pero quiero decir que nunca le he saludado personalmente. Vaya, que no somos amigos.
Digo esto porque me resulta sorprendente la tremenda inquina que levanta el actor entre mis amigos de derechas. Es curioso, porque es una inquina directamente proporcional a la irrefrenable pasión que Javier Bardem despierta entre mis amigos de izquierdas.
Contra la pasión sin freno no tengo casi ninguna pega, pero sí se me ocurre alguna contra ese odio visceral hacia un actor que a mí me parece magnífico.
Viene esto a cuento porque el otro día vi la última película que ha protagonizado el hijo de Pilar Bardem (otro coco para mis amigos de la diestra). Era la última de la serie de James Bond. La vi con mi hijo y lo pasamos en grande. A mí me pareció que Bardem estaba majestuoso y que era de esos malos-malísimos que te erizan los pelos de la nuca cuando los ves en pantalla grande. Es más creo que vuelve a hacer, en otro registro, una interpretación para llevarse decenas de premios. Probablemente le cueste que le den galardones, porque está en el reparto de una de 007, y eso como que mola menos, pero el Bardem, de verdad, se sale.
La cuestión es que no han sido ni uno ni dos los amigos que me han asegurado que ellos no piensan ir a ver esa peli. Cuando les preguntas por qué, las contestaciones oscilan desde la muy conciliadora: “yo no le doy dinero a ese gilipollas”, hasta la más enternecedora: “Que le vayan a ver su madre, Pe y ZP”.
Yo comprendo que Javier Bardem pueda no caer muy bien entre cierto electorado; que sus apoyos a determinadas posiciones políticas puedan levantar alguna ampolla, o que su defensa de ciertas ideas le genere enemistades. Hay que reconocer que tampoco es que él haya hecho mucho por congraciarse con los que no son de su cuerda. Y también es verdad que a Bardem sólo se le ve en manifas cuando son contra el PP y quizás podría manifestarse de cuando en cuando contra algún gobierno del PSOE. No lo hace. Pero, que yo sepa, Javier Bardem no ha matado a nadie, no es un maltratador, no roba y ni siquiera ha sido tertuliano de Sálvame. Razones, todas ellas, que podrían provocar esa furia. No. Sencillamente, a Bardem le dan hasta en el DNI porque, de una manera vehemente y un punto provocadora, opina distinto a los que le odian muy cordialmente. Y a mí ese es uno de los sentimientos que me aparcan en el garaje junto a la cabra. ¿A qué punto hemos llegado, que resulta que no vamos a ver a un actor porque hace campaña por tal o cual, o porque defiende al muy demagógico y desparramado Alcalde de Marinaleda?
Yo, personalmente, creo que Bardem haría mejor en no meterse en esos charcos de los antipepé y del Sánchez Gordillo, pero pienso que debería tener absoluta libertad para hacerlo sin que media España lo considere por ello enemigo público namberguán y deje de ir a sus películas. Por supuesto que esa media España tiene todo el derecho a despreciar a Bardem y a no ir a verle actuar, pero creo que en esa inquina reside una gran parte del problema que tenemos hoy encima. Han sido muchos años de dos partidos nacionales y unos cuantos nacionalistas echándose mierda unos a otros a paladas. Han sido muchos años de apertura de brecha, de escarbar en una zanja en la que hoy estamos de barro hasta las ingles. A lo mejor deberíamos mirar afuera y salir de ella. Hay un estupendo dicho inglés que reza: “When you’re in a hole, stop digging”. O sea; si estás en un hoyo, deja de cavar. Quizás, que mis amigos los de derechas se vayan a ver el papelón de Bardem sea una manera, tonta, pero una manera de que vayamos soltando de una vez el pico y la pala.
P.D. En otra cabra diré cómo se me ocurre que pueden ir soltando el pico y la pala mis amigos de izquierdas, que creo que también cavan lo suyo.