Sé que me meto en un buen lío arrancando una columna de esta manera. Para empezar reconozco que no es un titular muy atractivo, aunque el papa Francisco esté consiguiendo que la Iglesia Católica, y el cristianismo en general, caigan algo mejor al vulgo patrio. Pero me van a permitir que hoy me ponga un poquito trascendente porque están pasando cosas que hacen que me remueva en mis fundamentos de cristiano de base. A ver, me explico. Yo no creo que, cristianamente hablando, sea un ejemplo de nada. De hecho, asumo que, si Rouco and friends analizaran mi modo de comportarme, probablemente llevarían al Vaticano mi expediente para una próxima excomunión. Porque todo depende del cristal con que se mire. Si le preguntas a uno del Opus qué es un buen cristiano, su definición tendrá poco que ver con la que haga, es un poner, un cura obrero de un arrabal de cualquier ciudad grande del mundo. Es muy difícil encontrar una definición homogénea de lo que es un buen cristiano. Pero creo que si, consideraciones morales al margen, yo tuviera que destacar dos de las principales aportaciones del cristianismo a la humanidad son el perdón y la misericordia. Es decir; la empatía con el que sufre. La capacidad de ponernos en el lugar del otro para perdonarle y para ayudarle aunque sea nuestro enemigo. Y son dos conceptos muy fáciles de expresar, pero jodidamente difíciles de aplicar en nuestro día a día. Por lo menos para mí.
Pero eso no quita para que me sorprendan algunas decisiones políticas en las que estoy seguro de que no ha habido ningún cristiano de verdad por medio. Y eso que se supone que en el PP debe haber más cristianos practicantes que en otras formaciones políticas. Por ejemplo la burrada esa de poner cuchillas en lo alto de la valla de Melilla para impedir el paso a los inmigrantes que buscan mejorar sus vidas al otro lado de la frontera. Yo no digo que no haya que establecer controles, pero coño, no me creo que no haya métodos mejores que provocarle heridas graves y dolorosísimas al que intenta saltar la alambrada.
A otro nivel, me ha sorprendido también la frialdad con la que el presidente de Valencia anunció que se cepillaba Canal Nou. Una sentencia anuló anteayer el ERE con el que habían echado a mil y pico trabajadores y, ante la imposibilidad de cumplir la sentencia, Alberto Fabra decide aniquilar la RTV. No entro en si son o no necesarias las teles públicas (yo creo que no), ni en si la estructura sindical y unos convenios colectivos excesivamente rígidos hacen insostenible el funcionamiento de una televisión pública (que me parece obvio), pero he echado en falta algo de misericordia en todo este proceso. ¿Se ha parado alguien a pensar si había otra solución antes de dejar a 1.700 familias en la calle? Parece que no y, de hecho, el consejo directivo de Canal Nou ha dimitido en desacuerdo con la decisión del Presidente Fabra y con la nota que se publicó al dar la noticia. Son dos ejemplos, pero hay infinidad de asuntos similares en los que los políticos a los que elegimos nosotros toman decisiones sin pensar en el sufrimiento que generan. Y yo creo que lo hacen todo a sabiendas de que nosotros, por pereza o por no mojarnos en exceso, preferimos mirar casi siempre hacia otro lado. Como tapándonos, los ojos, los oídos y la nariz.
Y es esa huida de la realidad la que hace, probablemente, que el otro día las dos noticias más vistas en la web de uno de los principales periódicos nacionales fuesen la del saludo de la Princesa Letizia a Belén Esteban en una fiesta y el anuncio de la custodia compartida para el hijo de Isabel Pantoja que ha sido papá y no ha aguantado con su señora ni dos telediarios. Pero es que la tercera eran unas declaraciones de la líder del PP en Catalunya que tuvo un hijo por lo civil y asegura que su churumbel tiene el mejor padre del mundo. Ya se puede caer el planeta, que nosotros estamos a lo que estamos. Como la gente del pueblo es sabia, eso se lo advirtió hace casi 70 años un ujier de un juzgado a mi tío José Luis que se estrenaba como juez en Coín. En su primer día de juicios en sala, mi tío le pidió que anunciara que era “Audiencia Pública”. El ujier voceó: “Audencia pública”. Mi tío le corrigió un par de veces y, cuando le iba a enmendar por tercera vez porque era incapaz de pronunciar “audiencia”, el ujier le dijo: “Mire zeñoría, zi da iguá. Aquí en no ziendo azunto de folleteo no viene ni Dió”. Pues eso, que ya se nos puede morir de hambre el vecindario que, si no hay morbillo, ni nos inmutamos. Así que, por si acaso, yo a mis lectores cabreros les animo a que miren un rato por el hambre del prójimo y se apunten a la iniciativa del banco español de alimentos. Se trata de participar los días 29 y 30 de noviembre y 1 de diciembre en una recogida masiva de alimentos. Necesitan miles de voluntarios y toda la información sobre la acción y sobre la ONG está en www.bancodealimentos.es. Si nos animamos y les echamos un cable seguramente no acabemos con el hambre en el mundo, pero algo haremos y sin duda, por lo menos, se nos va a quedar la conciencia un poco más tranquila.
CAGAÍTO
Así se debió quedar el pobre Obama después del inquietante anuncio de España en protesta por el espionaje al que, según parece, nos sometió Estados Unidos por nuestro bien. Es en estas pequeñas cosas en las que se nota si eres una potencia o un país de los del montón. No recuerdo si era Forges el que decía que lo que distingue a un español de un estadounidense es que el español cuando llega a un lugar en el que hay muchas banderas lo primero que hace es comprobar que está la rojigualda. El yanqui ni mira, porque da por hecho que la suya pende de algún mástil. Pues con esto del espionaje pasa igual. Hombre, molesta que te digan que tu aliado está escuchando tus conversaciones, pero después del anuncio de que EEUU había espiado hasta al Platanito, como que jode saber que no te están espiando. Por eso, cuando se ha sabido que también a nosotros nos espiaron, el gobierno español ha tenido que hacer el paripé de “huuuuyyy lo que me ha hechooooo” y decir la tontada esa de que “se podría romper el clima de confianza”. Una reacción incontestable que ha dejado demolida a la administración americana y le ha hecho responder con el paripé “huuuuuyyyy lo que me ha dichoooo”. Lo malo es que la cosa se está liando y ahora resulta que, según El Mundo, puede que nos hayan espiado con nuestra propia ayuda. Conclusión que yo creo que cortocircuitaría al propio Gila (q.e.p.d.) si estuviera entre nosotros.
Porque de todo esto, que no debería tener ninguna gracia, Gila habría sacado por lo menos para 5 monólogos inolvidables. O sea. Resulta que Obama (que, por supuesto, de esto no sabía nada porque lo han hecho los malotes de la CIA) está indignado y va a “ordenar una investigación interna”. A la vez nos dicen que, en el hipotético caso de que escuchen lo que hablamos, lo hacen por la seguridad de EEUU y por la nuestra. Es decir: no os hemos espiado, pero si lo hacemos, tontorrones, es por vuestro bien. Lo de la investigación interna de la CIA es como si alguien dice que va a hacer un análisis de dopaje en un bote de orina metiendo un folio Galgo; “Señores, si se pone azul el folio es que hay dopaje”. Y claro, como ni de coña se pone azul el folio, pues, oigan, que aquí no se ha dopado nadie. Eso; hazle tú una investigación interna a la CIA para ver si espía. Todavía se están riendo los funcionarios americanos con las cachondadas que dice su presidente.
Pues con las amenazas de nuestro gobierno pasa igual. Que se están riendo los de la CIA y el propio Obama. Bueno, quizás ayer por la mañana se inquietaron un poco al oír a Rajoy proferir la terrible amenaza de la comparecencia en el Congreso del Director de nuestro CNI. En fin.
Me habría gustado leer hoy la columna sobre este asunto del maestro Manolo Martín Ferrand al que homenajeamos anteayer en la Academia de la Televisión. Este episodio estoy seguro de que le habría dado para poner en marcha el sacapuntas de su columna “Ad Libitum” y dejarnos una de esas gloriosas frases de Baura, que era un personaje inventado muy útil para que don Manuel diera auténticas hostias como panes y explicara lo inexplicable.
En el homenaje se contaron muchas anécdotas de un hombre al que debemos, entre otras cosas, la televisión privada. Vistos algunos de los programas que circulan hoy en día, muchos podrán pensar que el Gordo (como, con perdón, le llamábamos los de la tropa) se podía haber ahorrado el esfuerzo. Pero, ironías al margen, es verdad verdadera que sin el empuje, sin el empeño y sin el liderazgo de Manuel Martín Ferrand, la historia de la televisión española de los últimos 25 años habría sido muy diferente. Yo sólo contaré dos conversaciones que tuve con él cuando yo arrancaba en esto como becario de Antena 3 de Radio en junio de 1987. Una secretaria nos metió a los 12 novatos en una sala y nos anunció que don Manuel nos quería dar la bienvenida. Imaginen los nervios. Uno de mis ídolos se iba a sentar en la misma mesa en la que estaba yo para darme la bienvenida. Llegó y nos pidió nuestros nombres. Cuando yo le dije el mío me preguntó; “vaya, así que ¿tú eres el poeta?”. Mi profesor de literatura de la carrera, Luis Blanco Vila, gallego como él, le había advertido de que en el paquete de becarios le llegaba un rapsoda. Yo no supe si tomarme aquello como algo bueno o como una de esas frases amenazantes de las pelis americanas de universitarios extrahormonados. Mientras yo pensaba en diferentes métodos para matar a mi profesor, empezó a hablarnos del periodismo y sobre todo de libertad. Nos dijo que en esa empresa íbamos a ser periodistas libres con dos únicos límites: la Constitución y la Casa Real. Igualito que hoy. Aquel fue para mí un día solemne, pero Martín Ferrand, en el trato corto como jefe no era en absoluto solemne. Era firme, pero cariñoso y siempre encontraba la frase justa que decirte, frecuentemente, con una coña interna considerable. Y lo comprobé pronto. Al mes de arrancar las prácticas me tuvieron que escayolar un pie. Nadie sabe por qué, me empezó a doler tremendamente el dedo gordo del pie derecho y en urgencias me pusieron una escayola y me indicaron una semana de reposo. Yo, como becario que era, no podía dejar de ir a trabajar, así que acudí a la calle Oquendo y me senté en mi mesa con la pierna en alto intentando tener margen de maniobra para usar la máquina de escribir. Un rato antes de que comenzara el informativo Crónica 3 al que me habían asignado, llegó por la redacción don Manuel y, al verme en postura tan extraña me preguntó: “¿Qué te ha pasado, muchacho?” Yo le contesté que no lo sabía; que, sin caerme ni nada, me había empezado a doler el pie horriblemente y me habían escayolado. El jefe me miró y me soltó una de sus frases cortas, directas y con retranca: “Cuando me dijo tu profesor que tenías mucha vida interior no sabía que se refería a esto. Cuídate…” De nuevo en aquel momento pensé en Luis Blanco Vila con intenciones homicidas, aunque no sabía lo que le iba a acabar agradeciendo para siempre, poco después, el haberme puesto en el camino de conocer a un hombre, a un periodista y también poeta llamado Manuel Martín Ferrand, de la Coruña.
LA HIJAPUTA
Me van a perdonar el exabrupto, pero no sabía cómo arrancar esta Cabra posterior a la decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, que nos cortó la digestión hace unos días.
Por si alguno no lo sabe, que lo dudo, anteayer salió de la cárcel Inés del Río. Inés es una etarra que asesinó a 24 personas y que fue condenada a 3.828 años de cárcel por delitos que cometió antes de la entrada en vigor del código penal de 1995. Suena a broma, pero, por las distintas redenciones de pena que se recogían en nuestro ordenamiento jurídico, esta señora debería haber cumplido sólo 20 años de esos casi 4.000. Pero en 2006 hubo una decisión del Tribunal Supremo, respondiendo a un recurso del etarra Henri Parot, que supuso un cambio en esas redenciones; las reducciones de pena no se aplicarían sobre los 30 años del máximo que una persona puede estar en prisión, sino sobre cada una de las condenas acumuladas por el recluso. De este modo, se evitaba el absurdo de que una persona condenada por muchos asesinatos pudiera recibir el mismo trato que el autor de una única muerte. Esto se llamó la “doctrina Parot”. Y la aplicación retroactiva de esta “doctrina Parot” en el caso de Inés del Río la tumbó a comienzos de esta semana el susodicho Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo.
Hay muchas maneras de interpretar lo que ha sucedido allí. El TEDH da por mal parida una decisión aprobada por nuestro más Alto Tribunal y la aplicación retroactiva de una doctrina que, por lo que parece, vulnera los más fundamentales derechos de la etarra. Yo no pienso, como muchas personas a las que he leído, que sea absurdo invocar el respeto a los Derechos Humanos para dejar en libertad a una asesina miserable. Precisamente lo que nos diferencia de estos seres abyectos es que nosotros no nos pasamos las leyes, ni los derechos por el arco del triunfo. Otra cosa es que esté de acuerdo.
Porque he estado estos días hablando con juristas de un lado y de otro y todos coinciden en lo mismo; en que es discutible lo que ha sentenciado Estrasburgo y en que el Tribunal Europeo no discrepa de la doctrina Parot, sino que discrepa de la aplicación con carácter retroactivo de esta doctrina en el caso de la tal Inés. Porque en tertulias y en artículos he escuchado y leído que Estrasburgo nos daba un “bofetón jurídico”, que algunos “sentían vergüenza” y “se les ponían los pelos de punta pensando en que en nuestro país podíamos vulnerar los Derechos Humanos” y sandeces similares. Tanto, que da la sensación de que a algunos les escandaliza más que España haya aplicado retroactivamente la doctrina Parot a esta etarra, que el hecho de que puedan salir a la calle antes de tiempo algunos asesinos. Es el problema de no llamar a las cosas por su nombre. Si no dejamos claro que los etarras eran unos vulgares asesinos y nos liamos hablando de “proceso de paz” y de “mesa de negociación”, parece que aquí estamos tratando de igual a igual con unos pobres infelices a los que la opresión estatal obligó a ser un poco malos chicos. Y no hay negociación que valga; oiga, entregue usted las armas, arrepiéntase, pida perdón a las víctimas y luego ya veremos si somos más o menos piadosos, indulgentes y magnánimos con ustedes. Pero aquí no; principalmente en la época de ZP estuvimos hablando de un “proceso de paz” como si hubiera habido una guerra entre dos estados. Nos pusimos a una supuesta misma altura con los terroristas, y claro, nos acabamos haciendo un lío. Y hay algunos que piensan que no pasa nada porque la tal Inés del Río salga de prisión antes del tiempo razonable y no se dan cuenta de que no estamos sacando a la calle a una noble guerrera, ni a una militar de un ejército derrotado o a una gudari que luchó por la liberación de su patria. Estamos dejando libre a una pedazo de hija de puta del tamaño de La Cibeles que ha cumplido un año y poco de prisión por cada uno de los 24 asesinatos que cometió en nombre de ETA. No estamos liberando a una luchadora llena de ideales; estamos mandando a la calle a una mujer mala que puede volver a matar en cualquier momento y que sigue pensando que lo que hizo está perfectamente justificado. Que es lo peor. Lo digo por si a alguien se le había olvidado. Que lo parece.
En fin, menos mal que el sábado juegan el Barça y el Madrid y vamos a volver a centrarnos en lo que de verdad importa. Saber si, como decía un amigo que es un rapsoda del fútbol: “a ver si después de Tito, y ahora con Tata, el Madrid va a poder jugar con el Barça al Teto”. Aunque después de lo visto anoche con la Juve, no sé yo…
WASHINGTON DEL MARESME
Es uno de los principios del cansinismo; ser inasequible al desaliento. Y no sé ustedes, pero este que suscribe está hasta los epidídimos* de oír quejarse a los nacionalistas de lo malos que somos los que no les dejamos hacer lo que les sale de los conductos deferentes*. Con lo que no cuenta un cansino profesional es con encontrarse con otro profesional, pero del escapismo. Rajoy es probablemente el mejor antídoto contra la pesadez, porque puede desesperar al más insistente a base de no hacerle ni caso, pero es raro que así se solucionen los problemas. Rajoy cree que, si mira para otro lado, Mas se va a aburrir. Y no sé yo, aunque el President de la Generalitat está atrapado en un enorme y a la vez estrechísimo callejón sin salida. Por si fueran pocas las bravatas de Mas, que es el poli malo, ahora se descuelga Durán i Lleida, que es el poli bueno, y nos dice que, cuidadín, que como esto siga así lo mismo el malote de Mas nos suelta en la cara una declaración unilateral de independencia, como si fuera el George Washington del Maresme. A mí Mas, e incluso el poli bueno, qué quieren que les diga, me la refanfinflan, pero no me pasa lo mismo con la relación de Cataluña y los catalanes con el resto de España y los demás españoles.
Y no digo que a Rajoy no le preocupe, pero meter la cabeza bajo tierra suele servir de poco. Es una técnica que dicen que usa el avestruz. Yo nunca he visto a una de estas gigantescas aves practicar el enterramiento de cabeza, pero sí he visto a bastantes seres humanos hacerlo. Tuve un jefe, con el que me llevaba incluso bien, que estaba convencido de que los problemas se solucionaban simplemente con no mirarlos. Y claro; es cierto que desaparecían… pero desaparecían de su vista. Porque los problemas seguían ahí, los tíos, pertinaces, a pesar de que él, sagazmente, siempre los esquivaba con la mirada. Y a base de dejar de mirar hacia los problemas, fue acumulando una torre que, cuando estalló, se lo llevó por delante a él y, unos años después, a bastantes de sus subordinados. Algo similar le pasa a Rajoy con el tema de Catalunya, que es un problema que, como no lo mira, pues no existe, oiga. Sucede igual con sus ruedas de prensa vía plasma, que él piensa que, como no los ve, los periodistas no están. Y él así es más feliz. Hombre un poco de razón tiene, porque yo creo que una de las desgracias de España es que el periodismo de verdad está desapareciendo. Hay muchos periodistas de un lado o del otro, pero quedan pocos periodistas independientes en estado de alerta y dispuestos a ser críticos con lo que se les ponga por delante. Lo cierto es que a Rajoy lo de coger el toro por los cuernos, ponerle el cascabel al gato o colocar los escrotos* encima de la mesa le genera esa inseguridad tan característica de nuestro primer ministro, que hace que los ojos se le vayan para los lados y le cueste tragar. Que ya podría hacer algo para mejorar su cara de póker porque, cuando le hacen una pregunta incómoda (en el extranjero) o cuando tiene que hablar de frente a una cámara sobre un tema delicado, muestra unos ojos parecidos a los que pondría el Gato con Botas de Shreck si tuviera estrabismo.
En fin, que me escapo. A lo que iba es a que con el tema de Cataluña llevamos demasiado tiempo haciendo el bobo y quizás deberíamos tomar nota de la idea que propone, entre grandes críticas, el ex presidente Aznar. Que es un cachondo. Porque este gran líder, este enorme estadista que hoy reclama a su partido que evite “el desaguace de la Nación y del Estado que propone el nacionalismo”, es el mismo que parlaba catalán en la intimidad con aquel Pujol enano que debía hablar castellano y que le agarraba el paquete* con inusitada fuerza. En este intento de desguace de la idea de España han participado por supuesto los nacionalistas, pero ahí han estado también con su pico y su palita los diferentes presidentes del gobierno, Aznar incluido, que les han dado todo lo que han ido pidiendo en años de mayorías relativas en el Congreso.
Y ahí seguimos. Constantemente sometidos al chantaje de Mas, que dice que le robamos cosa mala, y a las sutiles amenazas de Durán, que va de ponderado, pero suelta bombas como lo de la declaración unilateral de independencia, así como dejándolo caer. Y, claro, Durán no quiere oír hablar de emancipación, pero si en el viaje absurdo que ha abierto Mas le cae algo a Cataluña pues, osti tú, no van a ser tan tontos de no aceptarlo.
Y me van a permitir que les deje así a botepronto, pero me voy para Barcelona a ver si el escolta de Mas me cuenta el truco para que le crecieran tan lozanas las plantas de marihuana de su jardín. Yo estoy ahí trabajando como un perro en mi huerto y no consigo que me maduren adecuadamente los calabacines.
* Sirvan estas finísimas maneras de decir cojones o similares para congraciarme con mi madre, mi mujer y mi tía Maravillas, que frecuentemente me critican por el uso en las Cabras de palabras bajunas y vulgares.
EL PUEBLO
Tengo algún amigo muy fascista y algún otro muy comunista, que piensan rotundamente que la democracia es un sistema podrido. Ellos defienden que no puede valer lo mismo su voto (el de una persona sú-per-lis-ta, por supuesto) que el de otra persona que no tiene sus mismos estudios, su educación y su inteligencia natural para afrontar lo que les toque vivir. Son ellos, los listos, los que, cuando a un país le vienen mal dadas, acaban ofreciéndose para guiar al pueblo que, sin ellos, estaría perdido. Y lo malo es que los pueblos, cíclicamente, entregamos sin pensar el poder a esos líderes para volver al útero en el que no tomábamos decisiones, pero estábamos muy tranquilos. En esa dejación de la ciudadanía nadan felices los déspotas que llegan tocándonos suavemente la cabeza, como diciendo: “Bueno, vale, ya que me lo pedís, acepto guiaros”. El paternalismo de fascistas y comunistas sería patético y hasta daría risa si no fuera porque están siempre a la vuelta de la esquina, asomando la patita, como diciendo: “Hey, chicos, que estamos aquí, que nunca nos hemos ido…”
Escribo esto porque recientemente se está viendo un auge de partidos filo-fascistas y filo-comunistas en diferentes elecciones de nuestro entorno. Me hace gracia la preocupación con la que en general se habla del resurgimiento de la ultraderecha, sin hacer excesivos ascos al resurgimiento de la extrema izquierda. Es algo que siempre me ha chocado tremendamente; cuando alguien (aunque sea muy de izquierdas) hace algo malo malísimo, cuando se cisca en los derechos civiles o contraviene las normas de la democracia, se le califica como “fascista”. Por ejemplo a los etarras, que son ultraizquierda pura, se les ha calificado frecuentemente de “fascistas”. Incluso, este denominativo se utiliza como insulto en según qué foros. Sin embargo, jamás el denominativo “comunista” se usa como elemento insultante en un rifirrafe dialéctico. Y a mí me parecen ambos la misma mierda. Y una mierda peligrosísima, por cierto. No sé si es la pátina de la supuesta defensa de los trabajadores y del supuesto reparto de la riqueza del comunismo, pero tiene una imagen ante la sociedad mucho mejor que el fascismo. Vaya; yo no he contado los millones de personas muertas, desaparecidas, torturadas, encarceladas o exiliadas por ser enemigos de las causas fascistas, nazis o comunistas, pero estoy seguro de que, en un torneo de exterminadores, acababan empatando. Aún así, el comunismo goza de una buena imagen sorprendente todavía hoy. Yo mismo, si veo a alguien portando una bandera con una esvástica o con el yugo y las flechas siento inmediatamente miedo y asumo que el que la porta es un tío violento al que habría que encarcelar. En cambio, si me cruzo con un mozo enarbolando la bandera de la hoz y el martillo, probablemente hasta le sonría y piense de él que es un tío idealista, buena gente, con el que me iría encantado a tomar unas cañas.
Decía el filósofo Stefan Zweig que los pueblos en períodos de zozobra necesitan a líderes que los anestesien, aunque, para que nos den esa anestesia tengamos que renunciar a nuestros derechos más elementales. Y esos líderes unas veces vienen a liberarnos del yugo de los ricos y otras veces a liberarnos del yugo de los de la dictadura del proletariado. Unos en nombre del fascismo y otros en nombre del comunismo, son anestesistas de la voluntad popular que siempre tienen una excusa magnífica para imponernos a los demás su liderazgo. Y así, les dejamos hacer hasta que, indefectiblemente, se les va la mano. Es entonces cuando el gen de la libertad (que está clavado en nuestro ADN) acaba explotando y mandamos a esos líderes tan majos a la mismísima porra hasta la próxima.
O sea que, por mucho que mis amigos comunistas y fascistas piensen que los pueblos somos genéricamente tontos, al final acabamos sacando una lucidez que nos permite, de vez en cuando, poner a cada uno en su sitio.
Lo triste es que luego pasan cosas que casi dan la razón a mis amigos los totalitarios. Sucedió hace un par de semanas y desde entonces llevo dándole vueltas al absurdo. Yo imagino que si, a cualquiera de nosotros alguien nos roba dinero, lo normal es que al ver al ladrón, tendamos a querer agredirle, insultarle o, sencillamente, por lo menos, mirarle mal. Lo que sería raro, es que le hiciésemos el pasillo al chorizo lanzándole vivas y tocándole la chepa a su paso. Pero algo parecido sucedió en unos juzgados de Barcelona en los que iba a declarar Messi por el confesado “olvido” de declarar 4 ó 5 milloncejos de euros de nada. Lo de la puerta de ese juzgado, es para que alguien haga un estudio socio-psicológico. Allí estaba «el pueblo», cientos de personas para aplaudir al ídolo blaugrana gritando: “¡¡¡Meeeeeesssiiiii, Meeeesssiiiii!!!!! Y yo no dudo de que, verdaderamente el muchacho ignorara que su papá estaba defraudando, pero hombre, de ahí a aplaudir a uno que nos ha quitado millones de euros, va un trecho. Porque casi nunca nos damos cuenta de eso, pero los cuatro o cinco millones de Messi, que hacían falta, nos los ha ido quitando a poquitos el simpatiquísimo Montoro a los que no tenemos posibilidad de defraudar con esa alegría vital.
Y por si alguien piensa que escribo esto porque soy del Madrid, les diré que, al principio de esta Cabra, cuando estaba hablando de los líderes paternalistas que vienen al mundo a salvarnos, me estaba acordando de Florentino y de los socios del Madrid. Lo que no sé yo es cuándo ni cómo va a explotar ese gen de la libertad en el madridismo. Claro que a lo mejor lo que pasa es que, cuando se habla de fútbol, ese gen, el pobre, permanece dormido le hagan lo que le hagan.
¡MARCHANDO OTRA DE TONTÁS!
Como no estoy muy al tanto del articulismo patrio, y eso que soy bloguero, no sé si soy ya el decimoséptimo que escribe sobre el tema, pero una diputada de Izquierda Plural me hizo ver la semana pasada que lo de las tontadas no es exclusivo de los partidos que tocan gobierno. Ya dediqué una Cabra hace meses a las tontás que tanto practican nuestros partidos hegemónicos. No imaginaba que, tan pronto, iba a hacer otra hablando de partidos no tan fuertes.
Sucedió en la comisión de control parlamentario a RTVE. El presidente de la Corporación, Leopoldo González Echenique fue conminado por la diputada de Izquierda Plural, Laia Ortiz a rectificar y pedir disculpas por el tremendo error, el innombrable desprecio a la democracia, de haber denominado “Caudillo” a Franco en una información de un telediario. Cáspita. No sabía yo que el término Caudillo fuera laudatorio. O sea, que llamar Führer a Hitler o Duce a Mussolini, ¿es alabarles? Hombre, si hubiera añadido algún adjetivo apologético, vale, pero estoy seguro de que el periodista buscaba una manera de no repetirse llamándole todo el rato “Franco” o “el dictador”. En cualquier caso, me he entretenido en mirar lo que pone la RAE al buscar “Caudillo”, no fuera que la de IP tuviera razón y el panoli fuera yo. Y ahí en nuestro diccionario dice:
CAUDILLO: (del latín capitellus). m. 1.- Hombre que, como cabeza, guía y manda la gente de guerra. 2.- Hombre que dirige algún gremio, comunidad o cuerpo. Salvo que la señorita Ortiz quiera criticar la tendencia machista de la RAE que habla de “hombre” (porque la palabra tiene sólo acepción masculina y no hay Caudillas), no entiendo su enojo. Es que estamos instalados en una estupidez de lo correcto que nos lleva a preguntas como la de esta diputada, que no me creo que no tenga nada mejor que hacer desde su escaño para arreglar el país. Lo peor de esto no es que haya una diputada que exija explicaciones y una disculpa. Es que va el presidente de RTVE y se las da. Y dice que van a estar muy atentos para que no se repita tal afrenta a la democracia. Es que me despiporro (por no decir que me descojono, que luego me regañan mi madre y mi esposa). Pero es esa manía de cogérsela con papel de fumar con determinados asuntos. Pasa con los musulmanes. Si uno oye el discurso de la izquierda parece que aquí en España los únicos cabrones de la Historia hemos sido los cristianos. Hemos aniquilado la cultura y la presencia de judíos y moros, de los indios americanos y de no sé quién más. Y claro gracias a esos estereotipos pues acaban saliendo concejales como el de Mijas que se oponía a denominar una avenida como “Del Descubrimiento” porque era imperialista, pero no le importaba que se llamara “Villa Romana”. Otro listo. Porque el problema no es que este señor no sepa Historia, que está por ver. El problema es que es practicante de la tontá y mezcla churras con merinas. Para gran parte de la izquierda española, por ejemplo, los árabes que vinieron a la península eran unos alegres muchachotes que sólo trajeron progreso y cultura al país. Y que nos condujeron al camino del Islam con joviales juegos florales sin derramamiento de sangre. Lo malo es que se lo creen y ponen como muestra de la bestialidad de los cristianos la barrabasada que se hizo en Córdoba con la catedral renacentista superpuesta a la Mezquita. Y yo estoy de acuerdo. Es para matar al que se cargó medio templo musulmán, pero es que se nos olvida algo sin mucha importancia; la Mezquita fue edificada sobre los muros de la antigua basílica visigoda. Pero eso da igual, claro, porque lo hicieron “los buenos”, y sus razones tendrían.
Pero las tontadas que me alteran los nervios, no sólo las hacen los políticos. Me van a permitir que termine con unos personajes que aparecen y desaparecen de nuestras vidas como el Guadiana; los ciudadanos indignados con lo que haga falta. Son esos que pitan a los reos en los juzgados o, como hemos visto en estos días en Santiago, a las personas que son detenidas y llevadas al lugar del crimen. Son aquellos que chillan: “¡¡¡¡hijoputaaaaa!!!!” o “¡¡¡¡Asesinoooooo!!!” aunque no sepan de qué va la vaina y ni conozcan a las víctimas de los presuntos delincuentes. Pero ellos están allí para ser testigos directos del drama; fedatarios de la remierda. En mi época de reportero de calle me chocaba comprobar que había gentes a las que te ibas encontrando una y otra vez en diferentes lugares; los reventas de los más diversos espectáculos, los gorrones de canapés de las inauguraciones oficiales y estos indignados. Yo recuerdo lo que me impresionó una señora a la que vi una vez chillando y llorando desconsolada a la puerta de la casa de un presunto asesino en un barrio de Madrid. Meses más tarde volví a cruzarme con esos ojos, esta vez no llorosos sino indignados. A la salida de un juzgado aquella mujer gritaba contra otro detenido. Cuando la reconocí me dirigí a ella y le pregunté por la casualidad de que tuviera relación personal con ambas víctimas. La señora me miró como dando por hecho que yo no me enteraba de nada. “Si yo no las conozco… Es la indignación del pueblo, hijo”, me dijo. Y allá se quedó soltando por su boca los más espantosos improperios. Tan feliz.
Por eso viendo a este tipo de ciudadanos, me alegro tanto de que hayan cambiado los tiempos y ya no se lleven los linchamientos ni las ejecuciones de reos en la Plaza pública. Porque creo que estos que hoy dejan que se inyecten en sangre sus ojos contra el malo, son los mismos que hace unos siglos disfrutaban viendo oscilar, pendiendo de la soga, el cuerpo sin vida de los ahorcados.
HACIENDO EL BOBO
Juro que no soy de esos que piensan que nuestra juventud fue mucho mejor que la de nuestros hijos. Tengo amigos que tienden a sentenciar que los chicos de hoy son peores que los chicos que fuimos nosotros y llevan su pensamiento a cualquier cosa; “nosotros leíamos más”, ”nosotros éramos más cultos”, “nosotros teníamos más respeto por nuestros mayores”…
Es cierto que son niños diferentes. Mis hijos son muy distintos de cómo éramos mis hermanos y yo, pero no sé si son peores. Aunque a mí hay cosas que me chocan, a pesar de que no sean demasiado importantes. Por ejemplo, en los últimos tiempos, se le ha quitado toda importancia a la fotografía de personas. Ahora ya casi nadie quiere salir bien cuando le hacen un retrato. Es más, millones de personas, sobre todo jóvenes, cuando les enfoca el objetivo de una cámara muestran caras extrañas, como poseídos por algún espíritu que les lleva a poner morritos y/o a colocar manos, brazos y piernas en diferentes posiciones.
Cuando yo era chico, uno hacía lo posible por salir bien en la foto. En unos casos era por pensar en la posteridad; no iba uno a dejarle al futuro una imagen de tío chorra. Otras veces, las más, era para que tu padre no te diera una colleja, por fastidiarle una foto de un carrete de 12, 24 ó 36. Y ya no te digo si la foto era con esos flashes desechables que costaban una pasta. Si te pillaban haciendo el ganso y averiabas una instantánea, ese día, además de la colleja, te quedabas la tarde en casa castigado, que era un drama. Porque claro, nos hacemos los listos, pero es que hace 40 años, si te quedabas en casa una tarde, en la tele durante varias horas sólo se podía ver la carta de ajuste. Y acababas jugando con los hermanos, o, si eso, leyéndote un libro. Yo, que ya de chico era un poco raruno, leía todo lo que me caía en las manos. Sin criterio. Y puedo decir que soy de los pocos seres humanos que se han leído los 4 primeros tomos de el Cossío, que es como el Espasa de los toros. Vamos, es que no creo que se leyera los cuatro volúmenes ni el propio don José María de Cossío, que fue el que dio nombre a la serie de libracos. Vaya; se lee hoy mi hijo esos cuatro tomos del tirón y lo llevo al psicólogo de cabeza. Pero, por mucho que nos empeñemos en mejorarnos con la nostalgia, lo mío no era muy normal y, en ratos de estar sin hacer nada, mis amigos y yo preferíamos deshojar plantas, mirar al techo o hacer trampas para hormigas, antes que sentarnos a leer un libro. Sin embargo nos sentimos mejores que esta generación de muchachos y muchachas que están más comunicados que nunca, pero a la vez más aislados que en la vida. No creo que a ninguno nos choque oír contar de reuniones de adolescentes en las que cada uno está con su móvil mandando mensajes, muy probablemente, a los que tienen al lado. Pero es que no son sólo los adolescentes; ya he visto en varias ocasiones mesas de restaurante en las que estábamos cuatro adultos, cada uno con nuestro móvil y todos con una excusa magnífica para practicar la descortesía; “es que tengo que mandar un wassap”, “es que me piden no sé qué” o “es que es mi hijo/a” que es una manera muy socorrida de excusarte sin que te miren mal.
La cuestión es que yo no reniego de los avances de las tecnologías, ni de que estemos en la era de la comunicación masiva e instantánea, pero creo que deberíamos hacer algo por guardar nuestra comunicación personal y, por supuesto, nuestra propia imagen. No sé si tienen cerca adolescentes. Yo tengo tres hijos en esa edad en la que tus padres te parecen unos bobos con los que no habría que tener piedad. Les aseguro que es imposible encontrarles en el móvil una foto en la que salgan normales. En la que no aparecen poniendo morritos, están ellos y sus amigos con caras de cantantes de grupo Punk, de tíos súper duros o de mozas de mirada inquietante. El otro día me encontré con una vieja amiga a la que no veía desde hacía años. Cogimos ambos nuestros móviles para enseñarnos mutuamente fotos de la familia y fuimos incapaces de hallar una imagen en la que nuestros respectivos hijos salieran con pinta de no tener algún trastorno de personalidad. Quedamos en hacer un reportaje a la familia e intercambiarnos postales en unas semanas. Y en eso estoy. Lo malo es que antes de publicar esta Cabra, leyó este texto mi hija la mayor y, sin decirme nada, se fue a escanear una vieja foto que encontró por ahí.
Hace un rato he recibido un email de Paula con el asunto: “Papá haciendo el bobo”. Sin más comentarios. Y esta es la foto. Yo soy el que está a la izquierda, haciendo el Tarzán junto a mi padre y mi hermano Javier en la Playa de La Concha. Pues eso, que a ver si va a resultar que los pobres tienen a quien salir…

¿Y POR QUÉ NO LES ECHAMOS?
Lo sé. Me van a dar la del pulpo. Y a mi madre le van a pitar los oídos durante semanas. Pero estoy ya de los catalanes que quieren dejar de ser españoles hasta el testículo izquierdo. No digo el derecho, para que no me llamen facha, pero vaya, me da igual. Estoy, la verdad, hasta todo el relleno de la bolsa escrotal, mismamente. Y no es algo nuevo. Hombre, hay que reconocer que últimamente Mas está haciendo oposiciones para tonto del lustro, pero los catalanes llevan dando la matraca desde hace muchos años. Ya no nos acordamos de Jordi Pujol, pero durante décadas, en el gobierno de la Nación (de la nación española, quiero decir), no se movía un sofá sin que el Molt Honorable diera su consentimiento. Y daba igual el partido, porque tanto el PSOE como el PP (“Pujol enano, habla castellano”) han hincado la rodilla ante los nacionalistas. Y como consecuencia de ello hemos oído a nuestros políticos frases absurdas como “hablo catalán en la intimidad” (Aznar) o “el concepto de nación es discutido y discutible” (ZP). Y las frases, en sí, no son importantes. Lo jodido es lo que escondían; y era una entrega absoluta de los sucesivos gobiernos centrales a la apretura de pescuezo del partido bisagra por definición. Y, claro, de aquellos polvos (y no hablo, por Dios, de sexo explícito entre nuestros dirigentes, porque no tengo pruebas) vienen estos lodos.
La cuestión es que ahora mismo miles de catalanes piden tener derecho a decidir. Que es una solicitud algo perversa, porque da la sensación de que el marco legal en el que nos movemos ahora mismo no lo hubiéramos decidido nosotros. Es una matraca constante de los que pretenden, por su cuenta, cambiarnos las reglas del juego a mitad de partido. Y en este saco entran los republicanos y los nacionalistas. Resulta que España decide en 1978 en referéndum que seamos una monarquía parlamentaria con un sistema (más o menos absurdo, pero un sistema) autonómico que ya quisieran para sí la mayor parte de las regiones-autonomías del mundo. Pero eso no vale. Porque eso pasó hace mucho tiempo… y estábamos saliendo de una dictadura… y al Rey lo propuso Franco. Coño, ¿Y qué? Lo propondría Franco, pero lo votaron casi el 90 por ciento de los españoles. Es que no hay ni un solo monarca europeo que haya recibido tanto apoyo vía urnas como Juan Carlos I y no hay un sistema democrático occidental que tenga una Constitución tan reciente y tan masivamente apoyada como la nuestra. Pero, según los republicanos y los nacionalistas, hay que revisarlo todo. ¿Es poco legítima la Reina Isabel II de Inglaterra por el hecho de que los Windsor lleven toda la vida en Buckingham? Yo creo que no. Pero aquí en España, como tenemos un sistema electoral tan grotesco, cada vez que un gobierno no tiene mayoría absoluta se pone en manos de pequeños partidos regionales, con ansias más o menos independentistas, que acaban haciendo que el gobierno central gobierne para ellos durante unos cuantos ratos. Y así vamos.
Tacita a tacita, mayoría simple a mayoría simple, hemos ido construyendo un mapa autonómico que se cae por su propio peso y en el que multitud de niños están siendo educados en el odio-desprecio-desafección a España. Lo del otro día de los niños con discurso independentista en TV3 nos lo venden como algo inocente y casi sin importancia, pero a mí me parece una de esas cosas que te hacen ver que algo no funciona. Y los del gobierno catalán dicen que no hay una educación que marque a los niños de ningún modo. Ja. Yo todavía recuerdo lo que me reía cuando mi padre me contaba que él, de pequeño, estuvo muchos años creyendo firmemente que los rusos tenían rabo y cuernos y la piel roja. Porque era lo que les contaban en el colegio, en las misas, en su casa y en las casas de sus amigos… Yo puedo entender que haya muchos catalanes que aún tengan abierta la herida de las barrabasadas que se hicieron en Cataluña durante el franquismo con el catalán y con los catalanes no afectos al régimen. Pero, por favor, que eso pasó hace mucho tiempo y ya va siendo hora de que ambas partes dejemos a un lado la parte visceral que nos separa y busquemos acercarnos en aquello que nos une.
No recuerdo quién fue, pero hace unas semanas estaba almorzando con un grupo de amigos. Y uno de ellos propuso algo que me hizo gracia: “Coño; tanto que quieren irse de España, ¿Y por qué no les echamos?” La pregunta tiene su miga, pero, con lo que les gusta el victimismo a los nacionalistas en general (españoles y no españoles) lo mismo era mano de santo. Si pasamos del “¡España nos roba!” al “¡España nos echa!”, igual les sale un sentimiento patriota de algún sitio y deciden que no se está tan mal aquí. O, a lo mejor, ante el anuncio de que van a echar a Cataluña de España, los catalanes que quieren ser también españoles deciden salir del armario y decir quiénes son, qué piensan y qué sienten. De una puta vez.
EL TUTEO
No quería empezar esta Cabra del retonno, que diría Millán Salcedo, hablando de política. Quería dedicarme al abuso del tuteo, pero no me queda más remedio que referirme al atocinamiento general que padecemos. Y no me refiero al estado mental posterior a las vacaciones de verano, sino a una actitud ante la vida que está metida con fuerza en nuestro ADN hispánico. O sea; para que, como país, mandemos a alguien a la mierda nos tiene que pasar algo requetegordo, como que bajen a nuestro equipo a segunda o cosas así. Pero me sorprende ver que no haya manifestaciones diarias en contra de un gobierno central sostenido por un partido que parece estar hasta las axilas de heces. Me pasma que en Andalucía no haya habido ni una sola manifestación a las puertas del palacio de San Telmo para abuchear a los que se lo han estado llevando crudo con el asunto de los ERES. Del mismo modo, me desconcierta escuchar a nacionalistas españoles diciendo que la cadena de la Diada de ayer no triunfó tanto porque hubo muchos más en silencio que manifestándose. Ya estamos con lo de contar como propio el voto del que se abstiene. Pues no señores; en lo de Catalunya tiene mucha culpa el iluminado de Mas, pero hay muchísimos catalanes que creen firmemente que su país debe independizarse de España. ¿Que hay muchos catalanes que no quieren la independencia? Coño, pues que se manifiesten. Es que esto de la independencia-autodeterminación (no sé cuál es la diferencia) de Cataluña es un mantra que llevamos escuchando innumerables años. Y muchos que ahora dicen que no quieren la independencia les han reído las gracias a los nacionalistas catalanes y hasta han participado por acción o por omisión cuando se ha ridiculizado en público a los llamados “españolistas”. Porque, en público, en Cataluña, manifestarse español es correr el riesgo de que te llamen fascista y te miren como si fueras alguien con quien no merece demasiado la pena relacionarse. Y eso lo han aceptado tácitamente todos los catalanes desde tiempo inmemorial y hoy ya es un tren sin frenos que va a toda leche hacia la estación término, que se llama independencia. Y ¿quién le pone ahora el cascabel al gato de Mas? Yo creo que deben ser los catalanes que no quieren la independencia, pero esos están mucho más cómodos en su casa esperando a que venga alguien a solucionarles la papeleta.
¡¡Bueno!! Menudo mitin me ha salido casi sin querer. Es que lo de llevar mes y medio sin escribir hace que me desafore. Pero yendo a lo del atocinamiento. No es sólo cuestión de la política. A mí me inquieta ver la parálisis de los socios del Madrid ante los desmanes, uno tras otro, de Florentino Pérez, que acaba de pagar “sólo” (supuestamente) 91 millones de euros por un jugador que lo único que ha ganado es la Carling Cup, que es como una subcopa del Rey, pero ininglish. ¿Ha protestado alguien? No. Florentino, con diversas maniobras aclamadas unánimemente por la asamblea de compromisarios, le ha quitado al 99’9 por cien de los socios del Madrid la posibilidad de ser presidentes de su equipo y ha dejado el club en manos de una oligarquía en la que sólo tíos tan listos y tan multimillonarios como él pueden ser presidentes. ¿Ha habido alguien que proteste? No. Y ¿por qué?, pues por el atocinamiento.
Aquí en España nunca decimos nada, hasta que el que nos ha estado tocando las pelotas cae. Eso sí, cuando cae, somos crueles como pocos pueblos y le damos al interfecto hasta en el carné de identidad. A Florentino le pasará como a Mou, que tenía al madridismo unido como una piña, hasta que el mismo madridismo que le hacía la ola, empezó a hablar de él echando pestes. Lo que no tengo tan claro es cuándo sucederá que en Andalucía un día despertemos del letargo y mandemos a la mierda a los que llevan años haciendo de la Junta un enorme cortijo con nuestra anuencia, o cuándo en Madrid haremos eso mismo con los políticos del Parlamento de la Nación que se ciscan tan ricamente en los que les hemos votado. ¿Es casual, por ejemplo, que se borraran los datos del portátil de Bárcenas unos días después de que entrara en prisión? Hombre, me puedo poner en modo Osito de Mimosín y pensar que es casual, pero, sin necesidad de sacar la sagacidad de Sherlock Holmes, me da que muy casual no es.
Vaya me estoy liando. Yo quería, realmente, hablar de la invasión del tuteo y de la pérdida de importancia de cosas que yo considero que son importantes, pero me he salido una Cabra con más tocino que un cerdo ibérico. Pero es que creo que hay que hacer algo con lo del tuteo. Yo no digo que volvamos atrás; a esos tiempos en los que la gente llamaba de usted a sus padres y a sus suegros, pero no nos vendría mal un poco de la cortesía que se sigue conservando en muchos países de nuestro entorno. Ya me fastidia poner como ejemplo a los franceses, pero allí no se les cae de la boca el Monsieur y el Madame, cada vez que entras en un comercio. Aquí en Madrid entras en una tienda y no te llaman colegui de milagro. Eso por no hablar de los hospitales. A mi padre, que se llamaba Francisco Javier, pero todo el mundo le llamaba Javier, una de las enfermeras de sus últimos días, sin conocerle de nada, se le acercó, leyó el cartelito de su cama y le soltó: “¿qué tal has pasado la noche Paquito?”. A mi padre, con esas cosas, se lo llevaban los demonios, pero, por suerte para la enfermera, Paquito ya no estaba para broncas. Claro que lo de la enfermera es de alta educación si lo comparamos con la experiencia de una amiga mía cuando fue a depilarse hace unas semanas. La esthéticienne, tras depilarle las piernas, le preguntó si quería también que le rasurara las ingles. Mi amiga contestó afirmativamente y la delicada trabajadora, en un alarde de elegancia y de respeto a la clienta, le dijo: “Pues agárrate el chus, que voy”. Sé que entre la del “chus” y tratar de usted a los padres hay un término medio y yo me voy a proponer, como sea, en este curso que comienza, encontrarlo.
SPANISH TRUÑO
Pobres mis hijos. Les ha tocado un padre militante. Y no hablo de tener carnet de partido político (que podría yo ser presidente del Constitucional sin ningún problema); hablo de gente pesadita que, si decimos que algo se hace de un modo, lo mantenemos. A sangre. Ellos lo llevan más o menos bien. O eso dicen. Aceptan mis rarezas y saben que, en determinados temas, no les vale eso de “pues los padres de fulano…”
Por ejemplo, yo soy militante con lo de la piratería. Creo que las discográficas y las productoras de cine se han quedado en el pleistoceno y no saben aún por dónde les viene el aire, pero jamás he comprado cedés, ni películas en el top manta, ni me he descargado ilegalmente nada. Tengo amigos de esos muy progres que se la cogen con papel de fumar y que ponen a parir a todo el que defrauda de manera diferente a ellos, que tienen el ordenador lleno de música pirateada que no van a poder oír ni aunque vivan 350 años. Y cuando les dices que eso es robar, te miran muy dignos y te sueltan un rollo sobre los ejecutivos forrados de las multinacionales (cabrones) y no sé qué de stock options y precios abusivos, que les debe dejar muy suave la conciencia. Pero eso es robar. Y ya no te digo la que lías, si discutes esto con un amigo de derechas. El discurso de las multinacionales cambia por el de “losdelazeja” y esos artistas forrados (hideputas), esos izquierdistas de la gauche caviar y tal y tal y tal. La cuestión es que a izquierdas y a derechas, les parece estupendo disfrutar gratis de algo que cuesta dinero. Pero a mí no me parece bien. Por eso, cada mes, les dejo a mis 3 hijos comprarse, más o menos, lo que antes venía a ser un LP. Pueden gastar 12 euros mensuales cada uno en comprar música, que me sale a 36 euros por mes; unas 36 canciones. Entre todos son 400 títulos al año y, vaya, me parece que ya tienen para estar escuchando música buenos ratos.
Con esto mis hijos, mal que bien, me toleran. Pero se me están empezando a rebelar con otras de mis matracas, que es que vean cine español. Por definición, para mis hijos, no sé por qué, el cine español “es una mieeeeerdaaaa”. Yo les insisto en que no pueden ser tan burros como para meter a todo el mundo en el mismo saco, que también los yankees hacen malas pelis, pero que no todas nos llegan… No sé. Intento convencerles con películas extraordinarias antiguas y modernas, aunque me cueste la vida que sean capaces de tragarse una peli en blanco y negro. Luego se ponen y las disfrutan, pero se tiran los primeros diez minutos rezongando contra los ritmos narrativos en el cine antiguo. Ahora la mayoría de las películas se hacen a lo videoclip y, claro, métele al niño un plano secuencia de “Ciudadano Kane” diciéndole que es una cumbre de la cinematografía, que te manda a recoger caracoles al Ampurdán.
Pero a lo que voy, que me pierdo, es que me cuesta mucho convencerles para que se sienten con nosotros a ver cine español y, en las dos últimas ocasiones, pinché en hueso. La primera de ellas fue hace dos semanas. Teníamos grabada la película de “Alatriste” y les vendí la moto; “es una peli basada en las novelas magníficas de Pérez Reverte…” “La protagoniza Viggo Mortensen…” (esto molaba para mi hijo porque es Aragorn y para mis hijas porque es guapííííííísimo), “La escenografía y el vestuario son bestiales…” y conseguí sentarlos en el sofá después de la cena. Y menudo truño. Qué decepción. No sé si conocen ustedes la película o las novelas, pero a mí, leyendo los libros del Pérez Reverte, se me erizaban los pelillos de la nuca cada vez que aparecía en escena el malísimo Gualterio Malatesta. En la peli, Malatesta parece un ligoncete romano en horas bajas y mete menos miedo que Blanca Portillo que da tremenda grima vestida de fraile. La cuestión es que la película, que yo creía que podía ser la primera parte de una serie gloriosa, me condujo a un fracaso sin paliativos como padre hispanocinéfilo.
Pero el remate absoluto de mi caída como referente del celuloide para mis hijos llegó la semana pasada. Mi mujer estaba fuera y yo aproveché para hacer con ellos sesión de cine español. Habíamos grabado “El Artista y la modelo” de Fernando Trueba. Ante el anuncio, mis hijos comenzaron su letanía de “seguroqueesunrollo-elcinespañolesunabasura-¿porquénolavestúconmamá?”. Y yo ahí, imperturbable, diciéndoles que tuvo un premio en San Sebastián y que, aunque el comienzo era lentito, jamás había visto una película aburrida de Trueba. Coño, hasta que vi esta. A pesar de que salía una señora en pelotas casi todo el rato, aquel arranque de peli hay que reconocer que era un ladrillo y acabé acusando la presión de 6 ojos clavados en mí. Y a la media hora, cedí. Busqué con ellos entre las pelis grabadas y apareció Misión Imposible IV. Para qué decir más. En el rato en el que Jean Rochefort no había pintado ni media teta, Tom Cruise se había apiolado a 25 malos, había hecho caer rendidas de amor a 3 troncas espectaculares y había cambiado cinco veces el rumbo del futuro del planeta. Y a ver cómo se compite con eso. Puede que mis hijos sean algo más burros mañana, pero pasamos un rato estupendo y se fueron a la cama pensando que su padre, en el fondo, no es tan pringao. Y la de Trueba ya la veré con mi mujer un día en el que la churumbelada nos deje solos. Que ya nos va pasando cada vez más.